CAPÍTULO 10

LOS PACTOS NUEVO Y ANTIGUO; DE LA PROMESA Y DE LA CARNE
(GÁL. 4:21-31)

"Decidme, los que queréis estar bajo la ley: ¿no habéis oído la ley? Porque está escrito que Abraham tuvo dos hijos; uno de la esclava, el otro de la libre [...]. De manera, hermanos, que no somos hijos de la esclava, sino de la libre" (Gál. 4:21, 22, 31).

Algunas personas encuentran que Gálatas 4:21 al 31 es la sección más difícil de la carta. Pero ciertas claves nos ayudarán a destrabar su significado. "Una", señala Richard Longenecker, "es que el problema central del que trata Pablo en su uso tanto del ejemplo de Abraham, en 3:6 al 9, como la historia de Agar y Sara, en 4:21 al 31, es un tema de identificación propia: ¿Quiénes son los verdaderos hijos de Abraham? Sobre este tema, los judaizantes y Pablo están diametralmente opuestos".1

CARNE Y LEY, VERSUS PROMESA Y GRACIA (GÁL. 4:21-31)

Los judaizantes en Galacia, por supuesto, tenían su solución a esa adjudicación de identidad. "Los verdaderos descendientes de Abraham", para ellos, señala C. K. Barrett, "son los judíos que viven en Jerusalén. Aquí está el verdadero pueblo de Dios; y se sigue que Jerusalén es el centro, dotado de autoridad, del pueblo renovado de Dios, ahora llamado la iglesia. Los que no están preparados para añadirse a esta comunidad por los medios aprobados (circuncisión) deben ser expulsados; no pueden esperar heredar las promesas dadas a Abraham y a su simiente".2 Por supuesto, Pablo tiene una opinión bastante diferente. En los versículos 21 al 31, usa la historia de Agar y Sara para poner de cabeza la lógica de los judaizantes. Para lograrlo, emplea una forma específicamente judía de argumentar, que algunos cristianos modernos pueden encontrar difícil de seguir. Tenemos que recordar que Pablo era un rabí educado, y bastante hábil en usar los métodos rabínicos. Primero, debemos darnos cuenta de que para los rabíes cualquier pasaje de las Escrituras tiene cuatro significados. William Barclay los enumera: 1) el significado literal; 2) el significado sugerido; 3) el significado que se puede deducir por la investigación; y 4) el significado alegórico.

En la manera de pensar de ellos, el alegórico era el más elevado de los significados. Por lo tanto, tomaban una historia sencilla de la Biblia y proyectaban diversos significados en ella. Aunque tales significados pudieran no convencernos a nosotros, eran convincentes para quienes estaban adiestrados en la tradición rabínica.3 De este modo, Pablo emplea la historia de Abraham y Sara para plantear su punto de una manera que los judaizantes podían entender. Sara, como recordarán, era estéril, y en armonía con la cultura de sus días ella sugirió a Abraham que tuviera un hijo por medio de Agar, su sierva. El resultado de esa unión fue Ismael. Entretanto, Dios prometió a Abraham y a Sara que tendrían un hijo propio. Pero eso parecía ridículo para ellos, porque Abraham tenía casi cien años de edad; y Sara, noventa. Ambos rieron, porque la promesa involucraba una imposibilidad humana. Pero, a pesar de sus dudas, Dios cumplió su promesa por medio del "don" de Isaac. De este modo, por así decirlo, Ismael había nacido por la forma usual de la carne, pero Isaac por medio de una promesa espiritual. Después del nacimiento de Isaac, surgieron dificultades entre las dos mujeres y sus hijos, y el mayor, Ismael, perseguía a Isaac. Eso finalmente llevó a la insistencia de Sara de que Abraham expulsara a Agar (Gén. 16:1-16; 17:1, 5-25; 18:9-15; 21:1-21; Rom. 4:16-25; Heb. 11:11, 12).

Pablo desarrolla la historia en el contexto de Gálatas en tres niveles. El primero es el histórico, en Gálatas 4:22 y 23. En estos versículos, repite la esencia de la historia del Antiguo Testamento acerca de dos mujeres y sus dos hijos. Ambos hijos tenían a Abraham por padre, pero existían dos grandes diferencias entre ellos. Una, tenían madre diferentes, con estatus diferentes. Siendo que ambos siguieron a sus madres, Ismael nació en la esclavitud, mientras que Isaac nació en la libertad. Una segunda diferencia que Pablo subraya es que el nacimiento del uno ocurre por la manera usual de la carne, mientras que el nacimiento del segundo sucede sobrenaturalmente, por medio de la promesa de Dios.

El segundo nivel del desarrollo de Pablo de la historia de Agar y Sara es la alegorización que hace el apóstol en los versículos 24 al 27. En esos versículos, él compara a las dos mujeres con dos pactos y dos ciudades.

Los pactos, aquí, representan dos maneras de ser justos ante Dios. Pablo vincula a uno con el Monte Sinaí, donde Moisés recibió la Ley de Dios. Los que siguen ese pacto, están vinculados con Agar y, de ese modo, al camino de la carne, la Ley, la esclavitud. El otro está vinculado con Sara y, por extensión, con la libertad y la promesa milagrosa de Dios. La pregunta implícita hasta aquí en la presentación de Pablo es: ya que ambos tienen el mismo padre, ¿quién es la madre? ¿Son ellos hijos de la libertad o de la esclavitud?

Con su tratamiento de las dos ciudades, Pablo se vuelve un poco más específico. En un paso que invierte la comprensión de los judaizantes, él vincula la "Jerusalén actual" con Agar e Ismael. Aquí, Pablo da un golpe importante a los judaizantes, que sostenían que la manera en que se hacían las cosas en Jerusalén (circuncisión y otras) era como debían hacerlas también los cristianos en Galacia. Pablo contrasta la "Jerusalén actual" con la "Jerusalén de arriba", siendo la primera un lugar de esclavitud y la segunda la morada de los libres, los hijos de Sara. Entonces, en el versículo 27 él cita Isaías 54:1, al efecto de postular que la mujer que recibe la bendición era la estéril; es decir, Sara, la que vivió por la promesa más bien que por la carne. En este contexto, por supuesto, los que viven por la carne son los que confían en la circuncisión y en la observancia de la Ley para llegar a ser justos ante Dios, mientras que los que viven por la promesa son los que aceptan la justificación de Dios, por medio de la fe en la promesa de bendecir a todo el mundo por medio de Abraham (Gál. 3:6-9).

Ese pensamiento nos lleva al tercer nivel del tratamiento de la historia de Sara y Agar, el personal (Gál. 4:28-31). Aquí, identifica a los cristianos gálatas con Isaac, el hijo de la promesa. De este modo, ellos no habían de seguir a esos "misioneros" de la Jerusalén terrenal, sino mantenerse con Pablo sobre la promesa de la justificación por la fe hecha al patriarca (Gál. 3:6-9; Gén. 15:6). Pero, si así lo hacían, ellos también podían esperar persecución (Gál. 4:29), así como Pablo mismo la experimentaba.

Por otro lado, ellos también podían esperar la bendición de Abraham. Entretanto, los judaizantes y aquellos que sostenían que guardar la Ley era el camino para ser justos ante Dios, finalmente serían echados afuera por él (vers. 30). Pablo concluye con la resonante afirmación de que los gálatas "no [son] hijos de la esclava, sino de la libre" (vers. 31).

Los versículos 21 al 31, a pesar de sus partes oscuras para la concepción moderna, tienen lecciones sumamente importantes para los del siglo XXI. Por una parte, la iglesia todavía está dividida en los bandos de los que viven según la carne en asuntos espirituales y los que confían en Dios mediante la promesa; es decir, los que piensan en justificarse por obras de la Ley y los que son justificados por la fe. No obstante, como señala John R. W. Stott, los que ahora molestan en las iglesias no son los "judíos o judaizantes a quienes Pablo escribe, sino personas cuya religión es legalista, que imaginan que el camino a Dios es por la observancia de ciertas reglas".4

El hecho claro es que cada miembro de iglesia es ya sea uu Ismael o un Isaac; es decir, o se aferra de la promesa de Dios por la fe o es esclavo que todavía necesita ser liberado.

Stott resume el asunto en forma exacta, cuando escribe que "la religión de Ismael es una religión de naturaleza-, es decir, lo que el hombre puede hacer por sí mismo sin intervención especial de Dios. Pero la religión de Isaac es una religión de gracia, de lo que Dios ha hecho y hace, una religión de iniciativa e intervención divinas, pues Isaac nació en forma sobrenatural, por medio de la promesa divina. Y esto es el cristianismo, no una religión 'natural' sino 'sobrenatural'. Los Ismaeles de este mundo confían en sí mismos, de que son justos; los Isaacs confían solo en Dios, por medio de Jesucristo. Los Ismaeles están en esclavitud, porque a eso lleva siempre la dependencia propia; los Isaacs gozan de libertad, porque es por medio de la fe en Cristo que los hombres son hechos libres".5 0, dicho de otra manera, los Ismaeles gastan todas sus vidas procurando cumplir toda la Ley, mientras que los Isaacs viven sus vidas entregados al Maestro.

UNA NUEVA MIRADA AL "PACTO"

Algunos, sobre la base de una mala comprensión del Pacto, han enseñado que Dios, a lo largo de la historia, ha tenido más de una forma de salvación. Comenzando en el Sinaí, dice la teoría, Dios esperaba que su pueblo se salvara guardando la Ley. Pero ahora, desde la muerte de Jesús, somos salvos por la gracia, que se acepta por fe (Efe. 2:8).

Esta caricaturización crea varios problemas. Por un lado, interpreta mal la aceptación del Pacto que hizo el antiguo Israel en Éxodo 24. Cuando Moisés les leyó el pacto de Dios, incluyendo los Diez Mandamientos, ellos respondieron: "Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos" (vers. 7). Algunos han considerado ese pasaje como un pacto de la Ley directamente relacionado con la salvación por la obediencia.

Pero, esa no era la intención de Dios. Volviendo atrás a ese evento, ya cerca del final de la experiencia del desierto, Moisés recordó: "Y oyó Jehová la voz de vuestras palabras cuando me hablabais, y me dijo Jehová: He oído la voz de las palabras de ese pueblo, que ellos te han hablado; bien está todo lo que han dicho. ¡Quién diera que tuviesen tal corazón, que me temiesen y guardasen todos los días todos mis mandamientos, para que a ellos y a sus hijos les fuese bien para siempre!" (Deut. 5:28, 29). Más allá de eso, Dios específicamente les prometió bendiciones por la obediencia (Deut. 28:1) y maldiciones por la desobediencia (vers. 15). No hay nada de malo con la obediencia. Aun Pablo, en Romanos, su gran libro sobre la justificación por la fe, conectó sus pensamientos con el hecho de que Dios le había otorgado "el apostolado, para la obediencia a la fe" (Rom. 1:5; 16:26). De este modo, el gran concepto de Romanos trata sobre "la obediencia de fe". Dios espera que su pueblo sea obediente.

Y justo, como no hay nada de malo con la promesa de los antiguos judíos que prometieron que serían obedientes, así no hay nada de malo con la Ley de Dios. En realidad, Hebreos 8:10 nos dice que Dios pondrá sus leyes en la mente de los cristianos y las escribirá en sus corazones. Eso está muy lejos de abolir la Ley para dar lugar a la salvación por la gracia.

Parece que en el centro de la batalla sobre la salvación por gracia versus la salvación por las obras asecha una gran incomprensión de cómo se relacionan la gracia y la Ley. Lo que la mayoría de la gente pierde cuando lee los Diez Mandamientos es el preámbulo: "Yo soy Jehová tu Dios que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre (Éxo. 20:2; Deut. 5:6). Esa es una declaración de gracia: Dios rescata a su pueblo primero, luego viene la Ley. Aun en el Antiguo Testamento, la obediencia, idealmente, es una respuesta de fe a la gracia salvadora de Dios, así como lo es en pasajes tales como Romanos 1:5.

El problema a lo largo de los siglos no ha sido la disposición a la obediencia, sino esta intentada fuera de una relación salvífica con Dios. La obediencia, en el Nuevo Pacto, siempre fluye de una relación de fe. De este modo, Pablo puede hablar de ser salvados "por gracia [...] por medio de la fe", en vez de por obras de la Ley. No obstante, en el versículo siguiente mismo añade que "somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas" (Efe. 2:8-10). Otra vez, el apóstol podía hablar de "la fe que obra por el amor" (Gál. 5:6), y pudo felicitar "la obra de vuestra fe, [el] trabajo de vuestro amor" de los tesalonicenses (1 Tes. 1:3; cf. 2 Tes. 1:3).

Aun Martín Lutero pudo ver la conexión apropiada, cuando no estaba sobreexcesivamente dedicado a su propia vida monacal, orientada hacia las obras. De este modo, pudo escribir, en su prefacio a Romanos, que "esta fe es algo vivo, activo, atareado y poderoso; y así es imposible que no haga buenas obras en forma incesante [...]. Es imposible separar las obras de la fe, en forma muy similar a la imposibilidad de separar el calor de un fuego encendido".6

El Pacto antiguo no era el pacto sinaítico de Dios, sino la tentación humana de tratar de ser obedientes fuera de una relación con Dios. Cuandoquiera y dondequiera que la gente crea que puede ganar la salvación por medio de sus propios esfuerzos, se ponen bajo el Pacto antiguo. La obediencia no conduce a la salvación; fíuye de ella.

Otra cosa que aquellos que quieren igualar el Pacto antiguo con el Sinaí y el nuevo con la gracia en Jesús necesitan reconocer es que el así llamado Pacto "nuevo" en realidad es más antiguo que el antiguo. No debe nunca olvidarse que Abraham vivió antes del Sinaí, y que el pacto que Dios hizo con él estaba basado en la fe, antes que en las obras (Gén. 15:6, 17-21). También es importante que la Escritura repetidamente llame a ese pacto abrahámico de fe como el "eterno pacto" de Dios (Gén. 17:7, 13, 19). En realidad, el pacto que él hizo con Israel en Sinaí no era nuevo, sino una reafirmación del que había establecido con Abraham. De hecho, el libro del Éxodo está basado en que Dios recuerda su pacto con Abraham y decide sacar a Israel de Egipto, para cumplir su promesa al patriarca (Éxo.2:24; 6:5).

En última instancia, el problema no era con el Pacto eterno de Dios sino con el pueblo (Heb. 8:8). Como nota Hebreos en los capítulos 3 y 4, salieron de una relación de fe con Dios y concluyeron que él no podía guiarlos al descanso de la Tierra Prometida (ver Heb. 3:7-19; 4:2, 6, 11; 8:9). Luego, después de rechazar la conducción generosa de Dios, ellos procuraron conquistar la Tierra Prometida con sus propias fuerzas (Núm. 14:39-45; Heb. 3:18; 8:9). En esto, fracasaron. Pero ese mismo fracaso es símbolo de su experiencia del Pacto antiguo. Los antiguos israelitas habían caído fuera de la relación salvífica con Dios, y habían procurado el descanso prometido sobre la base de sus propios esfuerzos.

En resumen, Dios tiene solo un pacto: el Pacto eterno de salvación por gracia. El Pacto antiguo fue una invención humana, que procuraba la salvación por el esfuerzo humano fuera de una relación con Dios. En el proceso, la gente vino a usar la Ley como el camino al cielo, en vez de ser una respuesta amante a la salvación de Dios. Por causa de esta perversión de la Ley, Pablo pudo comparar el Monte Sinaí con la esclavitud (Gál. 4:21-31). Pero fue la perversión humana, y no el ideal de Dios, lo que hizo que el Sinaí fuera problemático.

Si eso es así, puedes estar pensando, ¿por qué Hebreos 8:7 asevera que el primer Pacto no era sin defecto? El pacto establecido por medio de Moisés no era malo en que prometiera la salvación sobre la base de algo que la gente no podía hacer (es decir, trabajar para llegar al cielo); pero era inadecuado, ya que el sistema ceremonial añadido a él no podía realmente traer un perdón verdadero y completo. El sistema levítico podía solo señalar a Cristo, quien moriría de una vez por todas, y traería la única solución genuina al problema del pecado (Heb. 10:1,10, 12, 14, 18).

Bueno, eso tiene sentido, puedes razonar, pero si Dios tiene un solo Pacto eterno, ¿por qué Hebreos 8 y 9 y oñ'os pasajes del Nuevo Testamento se refieren a un primero y a un segundo, o a uno nuevo, implicando uno antiguo? En respuesta a esta pregunta, necesitamos notar que el griego tiene dos palabras que se traducen al castellano como "nuevo". La primera es neós, que significa algo nuevo en el tiempo; la segunda, kainós, se refiere a algo diferente en cualidad o clase.7 Hebreos usa la segunda de estas palabras, lo cual indica que el autor no está enfatizando algo nuevo en el tiempo, sino algo que tiene una cualidad nueva. Como dice un autor, el "Pacto es llamado nuevo porque el Pacto eterno de Dios se había perdido tan completamente de vista que parecía ser un pacto enteramente nuevo".8

De este modo, el pacto de amor y gracia de Dios era nuevo para muchos judíos del siglo primero, pero no lo era para Dios. Después de todo, el Dios del Éxodo había sido "misericordioso y piadoso", y perdonó el pecado de su pueblo (Éxo. 34:6, 7). Más allá de eso, no había nada de nuevo en escribir la Ley en el corazón del creyente. Dios quería hacer lo mismo por su pueblo del Antiguo Testamento (ver Deut. 6:4-6; Jer. 31:33). Como resultado, el corazón del Pacto, tanto para Israel como para la iglesia cristiana, es el mismo.

No obstante, hay también un sentido en el que el Pacto eterno de Dios "no es como" el Pacto que hizo con la generación sinaítica (Heb. 8:9). El núcleo de esa diferencia tenía que ver con el sistema levítico, que no podía hacer nada que fuera perfecto (Heb. 7:11, 19) y estaba próximo a desaparecer. (Heb. 8:13).

Y hay una cosa final que deberíamos notar acerca del Pacto nuevo: no está todavía completado del todo. En una frase que nos recuerda la visión milenial de Isaías 11:9, Hebreos 8:11 nos dice que cuando el Pacto nuevo haya alcanzado su plenitud, todo el pueblo conocerá a Dios. El pueblo pactual de Dios no ha alcanzado todavía ese estado. Todavía tenemos la necesidad de enseñanza y evangelización. De ese modo, la experiencia del Pacto nuevo es tanto una realidad presente como una esperanza futura. Esa esperanza alcanzará su completo cumplimiento cuando Cristo aparezca por "segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan" (Heb. 9:28).


1 Longenecker, Galatians, p. 219.

2Barrett, citado en Longenecker, Galatians, p. 218.

3 Barclay, The Letters to the Galatians and Ephesians, pp. 44, 45.

4Stott, The Message oí Galatians, pp. 121, 122.

' Ibíd.
6 Martín Lutero, Commentary orí Romans, trad. J. Theodore Mueller (Grand Rapids, MI: Kregal, 1954), xvii.

7 Richard Chenevix Trench, Synonyms of the New Testamerit (Grand Rapids, MI: Baker, 1989), pp. 233-237.

8Edward Heppenstall, "The Covenants and the Law", in OurFirm Foundation (Washington, D.C.: Review and Herald®, 1953), t. 1, p. 456.