Notas EGW

Lección 9 El Espíritu Santo y la iglesia

Sábado 25 de febrero

Si los que profesan pertenecer a Dios recibiesen la luz tal cual brilla sobre ellos al dimanar de su Palabra, alcanzarían esa unidad por la cual oró Cristo y que el apóstol describe como “la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”. “Hay —dice— un mismo cuerpo, y un mismo espíritu, así como fuisteis llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un mismo Señor, una misma fe, un mismo bautismo”. Efesios 4:3-5. Tales fueron los resultados benditos experimentados por los que aceptaron el mensaje del advenimiento. Provenían de diferentes denominaciones, y sus barreras confesionales cayeron al suelo; los credos opuestos se hicieron añicos; la esperanza antibíblica de un milenio temporal fue abandonada, las ideas erróneas sobre el segundo advenimiento fueron enmendadas, el orgullo y la conformidad con el mundo fueron extirpados; los agravios fueron reparados; los corazones se unieron en la más dulce comunión, y el amor y el gozo reinaban por encima de todo. Si esta doctrina lo hizo para los pocos que la recibieron, habría hecho lo mismo para todos, si todos la hubiesen aceptado (El conflicto de los siglos, p. 377).
Hay un solo Señor, una sola fe. Debiéramos tratar de contestar la oración de Cristo por sus discípulos, para que sean una sola cosa. “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad... Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste”. Juan 17:17-21. Debiera entenderse que la unidad perfecta entre los obreros es necesaria para llevar a cabo con éxito la obra de Dios. Con el fin de preservar la paz, todos debieran procurar recibir sabiduría del gran Maestro. Que todos ejerzan cuidado para no introducir proposiciones ambiciosas que crearían disensión. Debemos sometemos unos a otros. Ninguna persona, en sí misma, es un todo completo. Por medio del sometimiento de la mente y la voluntad al Espíritu Santo, debemos continuar aprendiendo del gran Maestro (Testimonios para la iglesia, t. 9, pp. 157, 158).
El fin de todas las cosas está a las puertas. No debemos permitir que lo que hemos realizado ponga el punto final a nuestro trabajo. El Capitán de nuestra salvación dice: Avancen. “La noche viene, cuando nadie puede trabajar” Juan 9:4. Hemos de crecer constantemente en utilidad. Nuestras vidas han de estar siempre bajo el poder de Cristo. Hemos de mantener nuestras lámparas alumbrando brillantemente. La oración es la herramienta del éxito establecida por el Cielo. Exhortaciones, peticiones y ruegos entre hombre y hombre, mueven a los hombres y desempeñan una parte en el control de los asuntos de las naciones. Pero la oración mueve al cielo. Solo ese poder que viene en respuesta a la oración hará a los hombres sabios en la sabiduría del cielo y los capacitará para trabajar en la unidad del Espíritu, unidos por el vínculo de la paz. La oración, la fe y la confianza en Dios ponen en juego un poder divino que coloca las maquinaciones humanas en su verdadero valor cero...
El que se ubica a sí mismo donde Dios puede iluminarlo, avanza, por decirlo así, de la parcial oscuridad del amanecer hasta el pleno resplandor del mediodía (Reflejemos a Jesús, p. 151).

 

Domingo 26 de febrero: El Espíritu Santo nos une con Cristo


Cuando Jesús dijo: “yo soy el camino, y la verdad, y la vida”, pronunció una verdad de significado admirable. La transgresión del hombre había separado a la tierra del cielo, y al hombre finito del Dios infinito. Como una isla se separa de un continente, así la tierra fue apartada del cielo y un gran canal quedó entre el hombre y Dios. Jesús salvó ese abismo, e hizo un camino para que el hombre fuera a Dios. El que no tiene luz espiritual, no ve el camino, no tiene esperanza; y los hombres han originado teorías propias acerca del camino de la vida... Pero Jesús es el único nombre dado a los hombres por el que pueden ser salvos. A través del abismo provocado por el pecado vienen las palabras de Jesús: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida”. Cristo dijo: “El que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá y hallará pastos”. Juan 10:9. Alégrese la tierra, regocíjense los habitantes del mundo porque Cristo ha salvado el abismo abierto por el pecado y ha unido a la tierra con el cielo. Un camino se ha preparado para los redimidos del Señor. Todos los que están cansados y cargados pueden venir a él y hallar descanso para su alma. El peregrino puede viajar hacia las mansiones que él ha ido a preparar para todos los que le aman (That I May Know Him, p. 82; parcialmente en A fin de conocerle, p. 83).
Los apóstoles edificaron la iglesia de Dios sobre el fundamento que Cristo mismo había puesto. Frecuentemente se usa en las Escrituras la figura de la construcción de un templo para ilustrar la edificación de la iglesia. Zacarías señaló a Cristo como el Pimpollo que debía edificar el templo del Señor... Reyes y gobernantes, sacerdotes y magistrados, procuraron destruir el templo de Dios. Pero frente al encarcelamiento, tortura y muerte, hombres fieles llevaron la obra adelante; y la estructura creció hermosa y simétrica. A veces los trabajadores estaban casi cegados por la neblina de superstición que se levantaba en su derredor. Por momentos se encontraban casi abrumados por la violencia de sus opositores. Pero con fe firme y valor inquebrantable prosiguieron con la obra. Uno tras otro, los primeros edificadores cayeron a mano del enemigo. Esteban fue apedreado; Santiago, muerto por la espada; Pablo, decapitado; Pedro, crucificado; Juan, desterrado. A pesar de ello la iglesia crecía. Nuevos obreros tomaban el lugar de los que caían, y piedra tras piedra se colocaba en el edificio. Así, lentamente se levantaba el templo de la iglesia de Dios (Los hechos de los apóstoles, pp. 475-477).
En cada acto de la vida los cristianos deben representar a Cristo, hacer atractivo el servicio que le brindan. Ninguno haga repulsiva la religión mediante quejas y gesticulaciones y el relato de sus pruebas, abnegación y sacrificios personales. No nieguen su profesión de fe mediante la impaciencia, el mal genio y el descontento. Permitan que las gracias del Espíritu se manifiesten en bondad, humildad, paciencia, alegría y amor. Demuestren que el amor de Cristo es una motivación permanente; que la religión de ustedes no es un ropaje que se pone o se saca de acuerdo con las circunstancias, sino que es un principio sereno, constante e invariable. ¡Ay del que abriga orgullo, incredulidad y egoísmo, que como un cáncer consume la piedad vital del corazón de muchos profesos cristianos! (Reflejemos a Jesús, p. 360).

 

Lunes 27 de febrero: El Espíritu Santo nos une por medio del bautismo


El descenso del Espíritu Santo sobre los gentiles no equivalía al bautismo. Los pasos requeridos en el proceso de la conversión, en todos los casos, son fe, arrepentimiento y bautismo. Por eso la verdadera iglesia cristiana está unida; tiene un Señor, una fe y un bautismo. Los diversos temperamentos se modifican por virtud de la gracia santificante, y los mismos principios distintivos regulan la vida de todos. Pedro accedió a los ruegos de los creyentes gentiles, y permaneció con ellos por un tiempo, para predicar a Jesús a todos los paganos de la comarca (La historia de la redención, p. 303).
Cristo ha hecho del bautismo una señal de entrada en su reino espiritual. Él ha hecho de esto una positiva condición con la cual deben cumplir todos los que quieren que se reconozca que están bajo la

autoridad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Antes que el hombre pueda encontrar un hogar en la iglesia, antes de traspasar el umbral del reino espiritual de Dios, ha de recibir la impresión del nombre divino: “Jehová, justicia nuestra”. Jeremías 23:6... Cuando los cristianos se someten al solemne rito del bautismo, el Señor registra el voto que hacen de serle fieles. Este voto es su juramento de lealtad. Son bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Así están unidos con los tres grandes poderes del cielo. Se comprometen a renunciar al mundo para observar las leyes del reino de Dios. Por lo tanto, han de andar en novedad de vida. No han de seguir más las tradiciones de los hombres. No han de seguir por más tiempo métodos deshonestos. Han de obedecer los estatutos del reino del cielo. Han de buscar el honor de Dios. Si son fieles a su voto, serán provistos de gracia y poder que los habilitará para cumplir con toda justicia. “A todos los que le recibieron, dióles potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre” (El evangelismo, p. 226).
Dondequiera que la Palabra de Dios se predicara con fidelidad, los resultados atestiguaban su divino origen. El Espíritu de Dios acompañaba el mensaje de sus siervos, y su Palabra tenía poder. Los pecadores sentían despertarse sus conciencias... Al serles revelada la cruz del Calvario, indicio del sacrificio infinito exigido por los pecados de los hombres, veían que solo los méritos de Cristo bastaban para expiar sus transgresiones; eran lo único que podía reconciliar al hombre con Dios. Con fe y humildad aceptaban al Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo...
Creían y eran bautizados y se levantaban para andar en novedad de vida, como nuevas criaturas en Cristo Jesús; no para vivir conforme a sus antiguas concupiscencias, sino por la fe en el Hijo de Dios, para seguir sus pisadas, para reflejar su carácter y para purificarse a sí mismos, así como él es puro (El conflicto de los siglos, pp. 455, 456).

 

Martes 28 de febrero: El Espíritu Santo une a la iglesia por la Palabra de Dios


La Biblia no está encadenada. Se la puede llevar a la puerta de todo hombre y sus verdades pueden ser presentadas a la conciencia de todo ser humano. Hay muchos que, como los nobles bereanos, escudriñarán las Escrituras diariamente por sí mismos, cuando les sea presentada la verdad, para ver si estas cosas son así. Cristo ha dicho: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí”. Jesús, el Redentor del mundo, manda a los hombres no solo que lean, sino que escudriñen las Escrituras. Esta es una obra grande e importante, y nos está encomendada a nosotros, y al hacerla seremos grandemente beneficiados; porque la obediencia al mandato de Cristo no queda sin recompensa. El coronará con señales especiales de su favor este acto de lealtad que consiste en seguir la luz revelada en su Palabra (Consejos sobre la obra de la escuela sabática, p. 92).
La Palabra de Dios es verdadera filosofía, verdadera ciencia. Las opiniones humanas y la predicación sensacional valen muy poco. Los que están imbuidos de ella, la enseñarán de la misma manera sencilla que Cristo la enseñó. El mayor Maestro del mundo usaba el lenguaje más sencillo y los símbolos más claros. El Señor invita a sus pastores a apacentar el rebaño con alimento puro. Quiere que le presenten la verdad en su sencillez. Cuando se haga fielmente esta obra, muchos se convencerán y convertirán por el poder del Espíritu Santo. Se necesitan maestros de Biblia que se acerquen a los inconversos, que busquen a las ovejas perdidas, que hagan trabajo personal, que den instrucciones claras y definidas (Consejos para los maestros, p. 419).
Debemos llegar a una sagrada proximidad junto al Redentor del mundo. Debemos ser uno con Cristo como él es uno con el Padre. ¡Qué extraordinaria transformación experimentaría el pueblo de Dios si llegara a formar esta unidad con el Hijo de Dios! Debemos dominar nuestros gustos y tendencias, ambiciones y pasiones, y ponerlas en armonía con el ánimo y espíritu de Cristo. Esta es precisamente la obra que el Señor quiere hacer por todos los que creen en él. Nuestra vida y comportamiento deben tener poder para reformar el mundo. El Espíritu de Cristo debe tener una influencia dominante en la vida de sus seguidores, de modo que éstos puedan hablar y obrar como Jesucristo dice: “La gloria que me diste les he dado... La gracia de Cristo debe efectuar una maravillosa transformación en la vida y el carácter de quien la recibe; y si somos verdaderamente los discípulos de Cristo, el mundo verá que el poder divino ha hecho algo en nuestro beneficio. Porque si bien estamos en el mundo, no debemos pertenecer a él (Mi vida hoy, p. 260). [Se cita Juan 17:17, 19-21]
Esa oración de Cristo abarca a todos los que le habían de seguir hasta el fin del tiempo. Nuestro Salvador previo las pruebas y los peligros de su pueblo; no se olvidó de las disensiones y divisiones que distraerían y debilitarían a su iglesia. Nos consideró con interés más profundo y compasión más tierna que los que mueven el corazón de un padre terrenal hacia un hijo extraviado y afligido. Nos ordena que aprendamos de él. Solicita nuestra confianza. Nos aconseja que abramos nuestro corazón para recibir su amor. Se ha comprometido a ser nuestro ayudador (Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 219).

 

Miércoles 1 de marzo: El Espíritu Santo une a la iglesia en fe y doctrina


Cada miembro de iglesia necesita sentir el poder transformador de Dios sobre la mente y el corazón, a fin de experimentar desarrollo espiritual. Dios tiene la gracia suficiente para hacer de cada verdadero creyente un hijo de Dios. Los ángeles están trabajando en beneficio del pueblo de Dios, a fin de que Satanás no pueda obtener la victoria sobre sus integrantes... El Espíritu Santo no deja que ningún miembro de la iglesia desarrolle un carácter desprovisto de gracia. Demanda para cada hombre y mujer el privilegio de llegar a ser un hijo de la luz, una influencia en favor de la justicia, un ejemplo de lo que significa ser como Cristo. Esta es la forma como Dios ayuda a la iglesia. Satanás está trabajando por todos los medios para desbaratar el propósito de Dios; y por eso él desea que su pueblo profeso no cometa errores, sino que cada movimiento pueda ser dado correctamente. La Cabeza de la iglesia en la tierra requiere que los miembros de iglesia sometan sus voluntades a la de Dios, en obediencia voluntaria. Dios ha unido a los instrumentos de la iglesia de la tierra con la iglesia del cielo (Alza tus ojos, p. 182).
La unidad cristiana es una fuerza poderosa. Proclama con voz vigorosa que quienes la manifiestan son hijos de Dios. Ejerce una influencia irresistible sobre el mundo, revelando que el hombre dentro de sus características humanas, pueden ser participante de la naturaleza divina, habiendo escapado a la corrupción que está en el mundo por concupiscencia. Debemos ser uno con nuestros semejantes y con Cristo, y, en Cristo, uno con Dios. Entonces se podrá decir de nosotros: “En él estáis cumplidos” (Mi vida hoy, p. 284).
Vi que Dios está purificando y probando a su pueblo. Lo refinará como se hace con el oro, hasta que la escoria quede consumida y su imagen pueda reflejarse en ellos... Será sacudido todo lo que pueda serlo. El pueblo de Dios pasará por grandes pruebas, y todos deben afianzarse, arraigarse y consolidarse en la verdad, porque si no lo hacen, ciertamente resbalarán. Si Dios reconforta y alimenta el alma con su presencia inspiradora, podrán resistir aunque el camino sea tenebroso y esté cubierto de espinas. Las tinieblas pronto se disiparán y la luz auténtica brillará para siempre... Había que obrar con mucha precaución. “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres”. Romanos 12:18. Podemos obedecer esta amonestación sin sacrificar ningún principio de nuestra fe. Satanás y su hueste están en guerra con los observadores de los mandamientos, y harán todo lo posible para ponerlos en situaciones angustiosas. No debieran ellos mismos crearse problemas debido a su falta de discreción (Testimonios para la iglesia, t. 1, p. 317).

 

Jueves 2 de marzo: El Espíritu Santo une a la iglesia en misión y servicio


SDurante diez días los discípulos presentaron sus peticiones por el derramamiento de su Espíritu, y Cristo en el cielo añadió su intercesión. Esta era la ocasión de ascensión y comienzo de su ministerio, y una oportunidad de regocijo en el cielo. Él había ascendido a lo alto llevando cautiva la cautividad, y ahora pedía el don del Espíritu para poder derramarlo sobre sus discípulos... Es con ferviente anhelo que anticipo el tiempo cuando se repetirán los sucesos del día de Pentecostés aun con mayor poder que en esa ocasión. Juan dice: “Vi a otro ángel descender del cielo con gran poder; y la tierra fue alumbrada con su gloria”. Entonces, como en el momento del Pentecostés, la gente oirá la verdad que será presentada a cada hombre en su propio idioma (Comentarios de Elena G. de White, enComentario bíblico adventista del séptimo día, t. 6, p. 1055).
El Señor no cerró los depósitos celestiales después de haber derramado su Espíritu sobre los primeros discípulos. También nosotros podemos recibir la plenitud de su bendición. El cielo está lleno de los tesoros de su gracia, y los que con fe se acercan a Dios pueden reclamar todo lo que él ha prometido. Si no contamos con su poder es por la indiferencia, el letargo espiritual y nuestra indolencia. Abandonemos la mortal formalidad (Recibiréis poder, p. 25).
Dios puede infundir nueva vida en cada alma que sinceramente desea servirle, y puede tocar los labios con un carbón encendido tomado del altar y hacer que se vuelva elocuente con su alabanza a Dios. Miles de voces serán impregnadas con poder para presentar públicamente las admirables verdades de la palabra de dios. Se desatará la lengua del tartamudo, y los tímidos recibirán fuerza para dar un valeroso testimonio de la verdad. Quiera el Señor ayudar a su pueblo a limpiar el templo del alma de toda contaminación, y a mantener una relación tan íntima con él que puedan ser participantes de la lluvia tardía cuando ésta se derrame (Comentarios de Elena G. de White, en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 6, p. 1055).
Acerca de la iglesia apostólica perteneciente a la época maravillosa en que la gloria del Cristo resucitado resplandecía sobre ella, leemos que “ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía”, “que no había entre ellos ningún necesitado”, que “con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos”. Y, además, que “perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos”.
Podemos buscar por el cielo y por la tierra, y no encontraremos verdad revelada más poderosa que la que se manifiesta en las obras de misericordia hechas en favor de quienes necesiten de nuestra simpatía y ayuda. Tal es la verdad como está en Jesús. Cuando los que profesan el nombre de Cristo practiquen los principios de la regla de oro, acompañará al Evangelio el mismo poder de los tiempos apostólicos (El discurso maestro de Jesucristo, p. 116).
En toda iglesia debe establecerse un fondo para los pobres. Luego cada miembro presentará una ofrenda de agradecimiento a Dios cada semana o cada mes, según resulte más conveniente. Esta ofrenda expresará nuestra gratitud por los dones de la salud, el alimento y las ropas cómodas. Y en la medida en que Dios nos haya bendecido con estas comodidades, apartaremos recursos para los pobres, los dolientes y los angustiados. Quisiera llamar especialmente la atención de los hermanos a este punto. Recordemos a los pobres. Privémonos de algunos de nuestros lujos; sí, aun de comodidades, y ayudemos a aquellos que pueden obtener solamente la más escasa alimentación e indumentaria. Al obrar en su favor, obramos para Jesús en la persona de sus santos. Él se identifica con la humanidad doliente. No aguardemos hasta que hayan sido satisfechas todas nuestras necesidades imaginarias. No confiemos en nuestros sentimientos para dar cuando nos sintamos dispuestos a ello, y retener cuando no nos inclinemos a dar. Demos regularmente, sea diez, veinte o cincuenta centavos por semana, según lo que quisiéramos ver anotado en el registro celestial en el día de Dios (Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 140).