CAPÍTULO 6
LA OBRA DE LA SANTIFICACIÓN

Si hay un teólogo de afuera de nuestra iglesia que ha influido en los adventistas del séptimo día más que cualquier otro, ese teólogo es John Wesley. Aproximadamente la mitad de los pioneros adventistas tenían raíces en la Iglesia Metodista, 1 incluyendo a Elena de White. Una característica del metodismo siempre fue el énfasis en la santificación, o como a veces se la conocía en el siglo XIX, “la perfección cristiana”. La palabra santificación viene del latín sanctus, que sencillamente significa santidad.
La santificación es el segundo aspecto fundamental de la obra de la salvación. El primero es la justificación; significa ser declarado justo, o justificado. Es un logro legal, forense. ¿Cómo es eso? Como pecadores, los seres humanos estamos condenados a la muerte eterna. Pero Dios, en Cristo, murió una muerte sustitutiva en favor de cada pecador en la historia del mundo. Él aplica la muerte de Cristo en la Cruz para cubrir nuestra condenación a la segunda muerte (eterna). En el momento en que los pecadores aceptan con agradecimiento tal regalo de Dios, son declarados justos, es decir, son justificados. Es un hecho logrado dos mil años atrás, que nadie puede cambiar: Dios, en el amor de Cristo, tomó nuestro lugar. Esto hace que nuestros corazones agradecidos vivan para él (2 Corintios 5:14, 15).
Sin embargo, la salvación no se limita al don de la justificación. La salvación está completa cuando el pecador no solo es declarado justo, sino también es realmente hecho justo. Es comprender que Dios ha quitado nuestro pecado por su gracia, declarándonos justos -justificados-, y que nos hace llegar a ser justos, la santificación. El objetivo final de Dios al salvar a las almas es la transformación de nuestros caracteres. Esto se llama santificación. Si una persona fuera declarada justa y recibiera la aceptación de Dios, todavía podría rechazarlo en algún momento futuro. Imagine a un pecador salvado por la gracia (justificado), pero que va al cielo sin ser santificado. El cielo llegaría a ser un lugar muy desagradable para él. Si su carácter no fue formado para apreciar la bondad, la pureza, el sacrificio propio y el amor en todas sus formas, esa persona se sentiría fuera de lugar, y el cielo llegaría a ser un “infierno” literal para ella. 2

LA NECESIDAD DE SANTIFICACIÓN

Con el principio de Sola gratia y sola fide (Solo por gracia y solo por fe) de la gran Reforma Protestante del siglo XVI, surgió la desesperada necesidad de un énfasis en la justificación forense: el hecho de que somos salvos por Dios, y solo por un acto de Dios; y que su sacrificio expiatorio es lo que hace que los pecadores sean justos. Sin embargo, tanto énfasis en la justificación oscureció la necesidad de la santificación, igualmente necesaria.
Por el siglo XVIII, John Wesley y los metodistas comenzaron a hablar de la necesidad del “testimonio del Espíritu”. Si el cristiano ha sido justificado, decían, debería haber evidencias en su vida de la obra del Espíritu Santo. Comenzaron a enfatizar la santificación, una doctrina descuidada. Wesley creía que la gracia debía ser experimentada, y no solo aceptada por fe. Esa gracia no solo provee el perdón legal de nuestros pecados, sino también resulta en una transformación personal. 3
En 1738, Wesley pasó por una fuerte experiencia religiosa. Estaba asistiendo a una pequeña reunión de cristianos en Aldersgate, Londres, y sintió su corazón “extrañamente entibiado” mientras oía que alguien leía la introducción del comentario de Lutero al libro de Romanos. Se sintió poderosamente atraído a Dios, y tuvo una experiencia de verdadera conversión. Esto contribuyó a su convicción de que la santidad era necesaria para la salvación. 4
Uno de sus textos favoritos llegó a ser Hebreos 12:14: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor”. Wesley comprendió que la santificación comienza en el momento en que un pecador fue justificado. Sin embargo, también llegó a creer que la limpieza del corazón de todo pecado y la impartición de amor puro ocurren en un instante. Así que, aplicó el término “santificación” al proceso gradual, y a la experiencia instantánea de la santificación la llamó “santificación completa”.5
Y así comenzó la idea de una segunda bendición, el equivalente a una segunda experiencia de conversión. No obstante, mientras Wesley se concentraba en el proceso entero de la santificación, sus seguidores se enfocaron más y más en el aspecto de “crisis” de la santificación -en la experiencia instantánea-, y la doctrina de la perfección cristiana llegó a identificarse crecientemente con la recepción o el bautismo del Espíritu Santo. La novedad era que los cristianos ya no deberían esperar ver su progreso cristiano -santificación- durante todo el período de su vida. Los cristianos podían ser transformados de la noche a la mañana.

LOS MOVIMIENTOS DE SANTIDAD Y PENTECOSTAL

Sin embargo, no fue sino hasta mediados del siglo XIX que este concepto de crisis, o santificación instantánea, impactó en los Estados Unidos. Esto llevó a lo que se conoce en la historia como el Movimiento de Santidad. Phoebe Palmer, una de las fuerzas originales detrás del movimiento, llamó a esta experiencia “gracia inmediata”, y la llamó un “camino más corto” a la santidad. De acuerdo con Palmer, podemos saltear el proceso de santificación totalmente, y ser santificados instantáneamente, por medio del bautismo del Espíritu Santo. Todo lo que se requería era “poner todo sobre el altar”, creer en la Palabra de Dios y dar testimonio público de la experiencia. 6
Las ideas de la santificación instantánea y la experiencia del bautismo del Espíritu Santo llegaron a ser comunes en las reuniones campestres del movimiento. La gente esperaba sentir que el Espíritu entraba en su vida, y una diversidad de manifestaciones extrañas llegarían a ser pruebas de esto: tirarse al suelo, clamar a Dios, y aun hablar en galimatías. Una expresión más calvinista 7 de la experiencia del Espíritu en la santificación sucedió en las llamadas Convenciones de Keswick. Se las llamó una Convención “para la promoción de la santidad bíblica”. Estas reuniones anuales en el Distrito Lake de Inglaterra predicaban una forma más gradual de la santificación, y era claramente cristocéntrica. Sin embargo, el resultado, a menudo, era similar: una experiencia poderosa por la que el Espíritu se posesionaba de la vida de una persona, y la preparaba para el servicio cristiano.
En este contexto nació el movimiento Pentecostal. La Reforma Protestante del siglo XVI había generado la justificación forense. Los movimientos Metodista y de Santidad de los siglos XVIII y XIX habían enfatizado la necesidad de la santificación; no obstante, una santificación que se buscaba experimentar en forma instantánea, como una experiencia de crisis. Finalmente, a comienzos del siglo XX, emergió el último movimiento, y el más fuerte: el movimiento Pentecostal, con su énfasis en el poder. 8
La justificación daría certeza (Romanos 5:1, 2), la santificación daría limpieza y reforma (1 Tesalonicenses 5:23); pero el poder daría lo milagroso. El Pentecostalismo fue más allá del Wesleyanismo: pretendió experimentar milagros como evidencia definitiva de la obra del Espíritu Santo en la vida de una persona. Algo falta en la vida del cristiano, predicaban los pentecostales. La conversión y la santificación están bien y son necesarias; pero la evidencia más veraz de que el Espíritu ha producido la santificación es el bautismo subsecuente y milagroso del Espíritu. En pocas palabras, ellos enseñaban que “el Espíritu ha bautizado a cada creyente en Cristo (conversión, justificación), pero [...] Cristo no ha bautizado a cada creyente en el Espíritu (Pentecostés)”. 9
La religión cristiana llegaría a ser una experiencia física, más que una decisión de convicción del corazón y la mente. La dirigente de Santidad Hannah Withall Smith solía informar que “el bautismo del Espíritu Santo era una cosa física, sentida por medio de placenteras vibraciones que te pasan de la cabeza a los pies, y que nadie puede conocer realmente el bautismo del Espíritu si no ha experimentado esos temblores”. 10
El Pentecostalismo clásico y su énfasis en el poder del Espíritu comenzaron en 1901 entre los grupos de Santidad. Comenzando en 1960, la Renovación Carismàtica siguió en las iglesias protestantes principales -anglicana, luterana, congregacional, presbiteriana, etc.-, junto con algunas iglesias católicas. Estos cristianos, cansados de un cristianismo sin poder, comenzaron a esperar la experiencia sobrenatural del hablar en lenguas como evidencia del poder santificador del Espíritu Santo. Finalmente, en la década de 1980, ocurrió la así llamada Tercera Ola del Espíritu. Las iglesias evangélicas de los Estados Unidos y de Canadá llegaron a estar abiertas a estas experiencias.
Hoy, hay cerca de seiscientos millones de cristianos pentecostales y carismáticos en el mundo. Uno de cada tres cristianos ha abandonado el cristianismo ortodoxo, anhelando sentir la presencia del Espíritu de una manera física. Cuando consideramos los movimientos Pentecostal y Carismàtico que se desarrollaron en el período de prácticamente un siglo, la conclusión es que el fenómeno creció más rápidamente aún que la iglesia primitiva en el libro de Hechos.
Elena de White vivió exactamente durante el período mencionado anteriormente (siglo XIX) de la historia religiosa estadounidense. Ella vio cómo “la santificación instantánea” y las expectativas sobrenaturales afectaron aun a algunos adventistas del séptimo día. Ella escribió: “El ruido y el alboroto en sí mismos no constituyen ninguna evidencia en favor de la santificación, o del descenso del Espíritu Santo”. 11
En 1862, ella escribió acerca de sucesos en el norte de Wisconsin. Con referencia al pastor K, ella dijo que él enseñaba “una falsa teoría de santificación [...] una teoría metodista de la santificación”, que conduce a un “terrible fanatismo”. Ella concedía que tal teoría era atractiva para la gente, pero que “les da apariencia de buenos cristianos, dotados de santidad, cuando sus corazones están corrompidos”. Ella dijo que sus conversos no tienen un ancla para sostenerlos, y que van a la deriva, de aquí para allá, hasta que muchos de ellos [...] se pierden en el mundo”. 12 Evidentemente, algunas de esas almas cubrían prácticas pecaminosas con la apariencia de una santidad intensa.

LA ENSEÑANZA BÍBLICA

La santidad no es instantánea. Como todo lo que crece, lleva tiempo. La santificación instantánea es un engaño velado, que conduce a la gente a pasar por alto los millares de decisiones que los confrontan cada día, por las cuales deben escoger la voluntad de Dios o la suya propia. “Los actos crean hábitos”, dice Elena de White, “y los hábitos, un carácter”. 13 Un carácter santificado se forma por medio de miles de decisiones de confiar en Jesús. Siempre es una tarea en progreso.
Desde el mismo comienzo, Dios quiso que fuéramos santos; es decir, aun antes de que naciéramos. “Antes de la fundación del mundo”, Dios nos predestinó para ser “santos y sin mancha delante de él” (Efesios 1:4). Fuimos creados a su imagen (Génesis 1:26, 27; 5:1) y, como tales, nos dice: “Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pedro 1:16). Lo que Pedro citó fue una referencia del libro de Levítico. Ese texto dice: “Santificaos, pues, y sed santos, porque yo Jehová soy vuestro Dios” (Levítico 20:7). El contexto de Levítico trata sobre la adoración de Moloc, y los que se prostituían con él.
¿Quién era Moloc? Moloc era un demonio-dios cananeo, conocido por su exigencia de sacrificios humanos. Algunas veces, los israelitas, incluyendo reyes como Acaz y Manasés, siguieron a Moloc, quemando a sus propios hijos con la intención de apaciguarlo (Jeremías 7:31; 32:35; 2 Crónicas 28:1, 3; 33:1, 6). Salomón, bajo la influencia de una de sus esposas, construyó un templo a Moloc (1 Reyes 11:7). Finalmente, la extensa reforma de Josías desde la idolatría hacia la adoración de Dios (2 Reyes 23:125) incluyó la destrucción de los altares a Moloc (versículo 10).
¿Pueden imaginarse quemar a sus hijos por razones religiosas? Así de oscuras y de malas se vuelven las mentes de los hombres dirigidos por Satanás. Desde esta mente corrupta, Dios llamó a su pueblo a ser santificados por su Espíritu. Una vida santificada refleja una manera de pensar opuesta.
La santificación, por lo tanto, es un cambio radical del engaño y la oscuridad a la verdad y a la pureza de vida. Esta es la obra del Espíritu Santo, porque “habéis sido santificados [...] por el Espíritu de nuestro Dios” (1 Corintios 6:11). ¿Cómo sucede esto, exactamente? Vienen a la mente dos instrumentos principales: el amor de Dios y la Palabra de Dios.
En el primer capítulo, presentamos el punto de que el autor de la Escritura es el Espíritu Santo (2 Pedro 1:21). El Espíritu Santo es el dedo de Dios, en un sentido figurado (Lucas 11:20; Mateo 12:28), y el instrumento de Dios para escribir su santa Ley (Éxodo 31:18). Cuando Jesús oró por aquellos que lo seguirían, pidió al Padre que los santificara “en tu verdad”; y esa verdad no es otra cosa que su Palabra (Juan 17:17). El Espíritu Santo, la santificación y la Palabra: todos se juntan, especialmente en los días finales. Note lo que Dios dice por medio del apóstol:
“He aquí vienen días, dice el Señor, en que estableceré con la casa de Israel y la casa de Judá un nuevo pacto; no como el pacto que hice con sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos no permanecieron en mi pacto, y yo me desentendí de ellos, dice el Señor, por lo cual, este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré; y seré a ellos por Dios, y ellos me serán a mí por pueblo” (Hebreos 8:8-10).
Otra vez, ¿quién escribió la Ley de Dios en el Sinaí? Lo hizo el Espíritu Santo. ¿Quién escribirá la Ley de Dios en nuestros corazones, como parte del Nuevo Pacto? ¡El Espíritu Santo! Pero, en lugar de escribir el carácter de Dios como una regla externa de vida, él la escribirá en el corazón, dándole un hogar permanente dentro de nuestra vida. Llegará a formar parte de nuestros caracteres, de nuestro ser mismo. De este modo, seremos otra vez su pueblo, uno con él, para nunca más separarnos. Por eso, es totalmente crítico que nos expongamos a la Palabra de Dios. Contemplando es como somos transformados (2 Corintios 3:18).
Aparte de la Palabra, el segundo instrumento que Dios usa para santificarnos, en el contexto de la obra del Espíritu, es el amor de Dios. Por esto, Pablo está tan interesado en que la iglesia de Dios entienda la profundidad y la anchura del amor de Dios. “Por esta causa”, escribió a los Efesios, oraba “para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu”; y que “arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo que excede a todo conocimiento para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios” (Efesios 3:14, 16-19).
Obviamente, sin la Palabra de Dios sería mucho más difícil percibir alguna anchura y longitud de su maravilloso amor. Pero esta es la meta máxima del Cielo para nosotros: percibir su insondable amor. Esa obra del Espíritu Santo, inevitablemente, nos impulsará del egoísmo a la entrega del yo. Llevará a que nuestros corazones pecaminosos deseen ser vaciados del yo y llenados con todo lo que tiene para ofrecer. Vendrá un tiempo en que las cosas del mundo que amamos llegarán a ser odiosas para nosotros. Nada, sino Jesús, será precioso para nosotros. Otra vez el apóstol Pablo nos da una idea de cómo funciona esto. Después de que nos damos cuenta de nuestra justificación, nuestra posición sin culpa delante de un Dios amante, llegamos a estar dispuestos a soportar el crecimiento que es necesario para realmente estar sin faltas. La percepción de ese amor nos lleva a darnos cuenta de ese amor. Por medio de ese proceso, percibimos que cada paso del camino es guiado por el Espíritu Santo de amor. “Justificados, pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Romanos 5:1-5).
¿Cómo llegamos a tener esperanza? Cuando podemos verificar cambios en nuestros caracteres, y llegamos a ser más como los hijos de Dios. ¿Cómo sucede esto? Por la perseverancia. ¿Cómo perseveramos? Al abrazar la tribulación. ¿Cómo llegamos al punto aun de dar la bienvenida a las pruebas? Manteniéndonos seguros en el amor de Cristo, derramado sobre nosotros por el Espíritu Santo.
El Espíritu Santo es el implacable perseguidor de nuestros corazones. Él nos ilumina mediante la Palabra de Dios, y nos revela al Dios de amor y de gracia. Estos son los medios que Dios usa para cambiarnos... ¡para siempre!


Referencias

1 John Wesley, como estudiante en la Universidad de Oxford, en Inglaterra, comenzó a reunirse con un grupo de amigos que buscaban animarse unos a otros en su crecimiento cristiano. Su rigurosa estructuración -tiempo para orar, estudiar la Palabra de Dios, etc., hizo que los demás los llamaran “metodistas”, como una crítica de que estaban demasiado preocupados por encontrar una “fórmula” para el desarrollo cristiano. Desde ese tiempo en adelante, los seguidores de Wesley fueron conocidos, sencillamente, como metodistas, aun cuando Wesley siempre se consideró un anglicano.
2 Esto está afirmado claramente por Elena de White: “El pecador no podría ser feliz en la presencia de Dios; le desagradaría la compañía de los seres santos. Y si se le permitiera entrar en el cielo, no hallaría alegría en ese lugar. El espíritu de amor puro que reina allí, donde cada corazón responde al corazón del Amor infinito, no haría vibrar en su alma cuerda alguna de simpatía. Sus pensamientos, sus intereses, sus móviles, serían distintos de los que impulsan a los moradores celestiales. Sería una nota discordante en la melodía del cielo. El cielo sería para él un lugar de tortura. Ansiaría ocultarse de la presencia de Aquel que es su luz y el centro de su gozo. No es un decreto arbitrario de parte de Dios el que excluye del cielo a los malvados: ellos mismos se han excluido por su propia ineptitud para aquella compañía”, El camino a Cristo (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1976), pp. 15, 16.
3 Donald W. Dayton, Theological Roots of Pentecostalism(Grand Rapids, MI: Baker Academic, 1987), pp. 42-48. Ver también Rolf J. Poehler, Sinless Saints or Sinless Sinners? An Analysis and Critical Comparison of the Doctrine of Christian Perfection as Taught by John Wesley and Ellen G. White (documento no publicado, Andrews University, 1979).
4 John Wesley, Plain Account of Christian Perfection (Chicago y Boston: The Christian Witness Co., 1921), pp. 1-5, en Clouzet, “Brief Theological Review”, en The Baptism of the Holy Spirit in the Writings and Experience of Ellen G. White, p. 17.
5 Ibid., p. 18.
6 Mark A. Noll, AHistory of Christianity in the United States and Canada (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 1992), p. 182; Thomas C. Oden, Phoebe Palmer: Selected Writings (New York: Paulist Press, 1988), p. 16.
7 Con esto, típicamente hablamos de Teología Reformada, dirigida por John Calvin. Es decir, el tema central del énfasis de la Reforma puesto en la justificación por la fe, versus el énfasis más arminiano o wesleyano en la santificación.
8 Walter J. Hollenweger, The Pentecostals (Peabody, MA: Hendrickson, 1988), p. 323.
9 Frederick D. Bruner, A Theology of the Holy Spirit: The Pentecostal Experience and the New Testament Witness (Grand Rapids, MI: Eermans, 1970), p. 60.
10 Donald W. Dayton, Theological Roots of Pentecostalism, p. 177.
11 White, Mensajes selectos (Mountain View, CA: Publicaciones Interamericanas, 1967), t. 2, p. 39.
12 ________, Joyas de los testimonios (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1975), t. 1, pp. 110-112; Testimonios para la iglesia, t. 1, pp. 300-302.
13 ________, “Christian Character Exemplified in Teachers and Students”, Review and Herald (8 de diciembre de 1891), t. 68, N° 48, párrafo 10.