Notas EGW

Lección 5
El bautismo y derramamiento del Espíritu Santo

Sábado 28 de enero

Cristo sopló sobre sus discípulos y dijo: “Recibid el Espíritu Santo”. Cristo es representado por su Santo Espíritu hoy en día en todas partes de su gran viña. El dará la inspiración de su Santo Espíritu a todos los de corazón contrito... Cuando los agentes humanos escogen la voluntad de Dios y se conforman al carácter de Cristo, Jesús actúa por medio de los órganos y facultades de ellos. Ponen a un lado todo orgullo egoísta, toda manifestación de superioridad, toda exigencia arbitraria, y manifiestan la humildad y la mansedumbre de Cristo. No son ya ellos mismos los que viven y actúan, sino que es Cristo el que vive y actúa por medio de ellos. Entienden las preciosas palabras de la oración del Salvador: “Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado”... Los colaboradores de Dios tienen una opinión humilde de sí mismos. No son jactanciosos, no tienen suficiencia propia, no se ensalzan a sí mismos. Son longánimos, bondadosos, llenos de misericordia y buenos frutos. La ambición humana ocupa una posición subordinada en ellos. La justicia de Cristo los precede, y la gloria del Señor es su retaguardia (Testimonios para los ministros, pp. 214, 215).
Aquellos que en Pentecostés fueron dotados con el poder de lo alto, no quedaron desde entonces libres de tentación y prueba. Como testigos de la verdad y la justicia, eran repetidas veces asaltados por el enemigo de toda verdad, que trataba de despojarlos de su experiencia cristiana. Estaban obligados a luchar con todas las facultades dadas por Dios para alcanzar la medida de la estatura de hombres y mujeres en Cristo Jesús. Oraban diariamente en procura de nuevas provisiones de gracia para poder elevarse más y más hacia la perfección. Bajo la obra del Espíritu Santo, aun los más débiles, ejerciendo fe en Dios, aprendían a desarrollar las facultades que les habían sido confiadas y llegaron a ser santificados, refinados y ennoblecidos. Mientras se sometían con humildad a la influencia modeladora del Espíritu Santo recibían de la plenitud de la Deidad y eran amoldados a la semejanza divina (Los hechos de los apóstoles, p. 40). Que cada uno venga a Cristo en humildad...
Usted debiera orar a Dios por sí mismo, creyendo que El escucha cada palabra que usted pronuncia. Abra su corazón para su inspección, confíese sus pecados, pídale que lo perdone, rogando por los méritos de la expiación y entonces, por fe, contemple el gran plan de redención, y el Consolador traerá todas las cosas a su recuerdo. Cuanto más estudie el carácter de Cristo, tanto más atractivo aparecerá ante usted. Llegará a estar cerca de usted, en estrecho compañerismo; sus afectos irán hacia él. Si la mente es moldeada por los objetos con los cuales más se relaciona, entonces pensar en Jesús, hablar de Él, lo capacitará para ser como él en espíritu y carácter. Reflejará su imagen en lo que es grande y puro y espiritual. Tendrá la mente de Cristo y él lo enviará al mundo como su representante espiritual (Reflejemos a Jesús, p. 57).

 

Domingo 29 de enero: El bautismo del Espíritu Santo


Dios nos ha dado a Jesús, y en él está la revelación de Dios. Nuestro Redentor dice: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él”... Si conocemos a Dios, y a Cristo Jesús a quien él ha enviado, un gozo inefable llenará el alma. ¡Oh, cuánto necesitamos la presencia divina! Todo obrero debiera estar exhalando su oración a Dios por el bautismo del Espíritu Santo. Debieran reunirse grupos para pedir a Dios ayuda especial, sabiduría celestial, a fin de que el pueblo de Dios sepa cómo planear, proyectar y ejecutar la obra (Testimonios para los ministros, p. 169).
Un requisito esencial para recibir e impartir el amor perdonador de Dios es conocer ese amor que nos profesa y creer en él. Satanás obra mediante todo engaño a su alcance para que no discernamos ese amor. Nos inducirá a pensar que nuestras faltas y transgresiones han sido tan graves que el Señor no oirá nuestras oraciones y que no nos bendecirá ni nos salvará. No podemos ver en nosotros mismos sino flaqueza, ni cosa alguna que nos recomiende a Dios. Satanás nos dice que todo esfuerzo es inútil y que no podemos remediar nuestros defectos de carácter. Cuando tratemos de acercamos a Dios, sugerirá el enemigo: De nada vale que ores; ¿acaso no hiciste esa maldad? ¿Acaso no has pecado contra Dios y contra tu propia conciencia? Pero podemos decir al enemigo que “la sangre de Jesucristo... nos limpia de todo pecado”. Cuando sentimos que hemos pecado y no podemos orar, ése es el momento de orar. Podemos estar avergonzados y profundamente humillados, pero debemos orar y creer. “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero”.
El perdón, la reconciliación con Dios, no nos llegan como recompensa de nuestras obras, ni se otorgan por méritos de hombres pecaminosos, sino que son una dádiva que se nos concede a causa de la justicia inmaculada de Cristo. No debemos procurar reducir nuestra culpa hallándole excusas al pecado. Debemos aceptar el concepto que Dios tiene del pecado, algo muy grave en su estimación. Solamente el Calvario puede revelar la terrible enormidad del pecado. Nuestra culpabilidad nos aplastaría si tuviésemos que cargarla; pero el que no cometió pecado tomó nuestro lugar; aunque no lo merecía, llevó nuestra iniquidad. “Si confesamos nuestros pecados”, Dios “es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiamos de toda maldad”. ¡Verdad gloriosa! (El discurso maestro de Jesucristo, p. 98).

 

Lunes 30 de enero: Ser lleno del Espíritu Santo


No os apresuréis ni seáis negligentes en vuestras oraciones. Rogad a Dios que obre en vosotros una reforma cabal, para que los frutos de su Espíritu moren en vosotros y permanezcáis como luminarias en el mundo. No seáis un estorbo ni una maldición para la causa de Dios; podéis ser una bendición. ¿Os dice Satanás que podéis disfrutar de una salvación plena y gratuita? No le creáis. Vi que es privilegio de todo cristiano gozar de las profundas emociones del Espíritu de Dios. Una paz dulce y celestial invadirá la mente y os deleitaréis en meditar en Dios y en el cielo. Os regocijarán las gloriosas promesas de su Palabra (Testimonios para la iglesia, t. l, p. 149).
Mientras el hombre se convierte por la verdad, la obra de transformación del carácter continúa. Aquél recibe mayor proporción de entendimiento al convertirse en un hombre que obedece a Dios. El ánimo y la voluntad de Dios se transfunden en los suyos, y al buscar constantemente el consejo del Señor, se convierte en u hombre de entendimiento superior. Siempre revela desarrollo general la mente que se entrega sin reservas a la dirección del Espíritu de Dios (Mi vida hoy, p. 243).
Contemplando a Jesús recibimos en el corazón un principio viviente y que se expande; el Espíritu Santo lleva a cabo la obra y el creyente progresa de gracia en gracia, de fortaleza en fortaleza, de carácter en carácter. Se amolda a la imagen de Cristo hasta que en crecimiento espiritual alcanza la medida de la estatura plena de Cristo Jesús. Así Cristo pone fin a la maldición del pecado y libera al alma creyente de su acción y efecto... Cristo fue el canal por cuyo medio pudieron fluir la misericordia, el amor y la justicia del corazón de Dios al corazón del pecador. “Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”. 1 Juan 1:9 (Mensajes selectos, t. 1, p. 463).
Podemos lisonjearnos como Nicodemo de que nuestra vida ha sido muy buena, de que nuestro carácter es perfecto, y pensar que no necesitamos humillar nuestro corazón delante de Dios como el pecador común, pero cuando la luz de Cristo resplandece en nuestras almas, vemos cuán impuros somos; discernimos el egoísmo de nuestros motivos y la enemistad contra Dios que han manchado todos los actos de nuestra vida. Entonces conocemos que nuestra propia justicia es en verdad como andrajos inmundos y que solamente la sangre de Cristo puede limpiarnos de las manchas del pecado y renovar nuestro corazón a su semejanza...
Nicodemo recibió la lección y se la llevó consigo. Escudriñó las Escrituras de una manera nueva, no para discutir una teoría, sino para recibir vida para el alma. Empezó a ver el reino de los cielos cuando se sometió a la dirección del Espíritu Santo (Conflicto y valor, pp. 292, 293).

 

Martes 31 de enero: Condiciones - I


spíritu, invita fervientemente a los hombres a que se arrepientan, pues el arrepentimiento es don de Dios; y a quienes él perdona, los hace arrepentirse previamente. El hombre disfruta del gozo más dulce debido a su sincero arrepentimiento ante Dios por la transgresión de su ley, y debido a la fe en Cristo como el Redentor y Abogado de los pecadores. Cristo atrae a los hombres mediante la manifestación de su amor para que puedan comprender el gozo del perdón, la paz de Dios. Si responden a su atracción, entregando su corazón a la gracia divina, los guiará paso tras paso a un conocimiento pleno de Dios, y esto es vida eterna. Cristo vino a revelar la justicia y el amor de Dios al pecador para que el Salvador diera a Israel arrepentimiento y remisión de pecados. Cuando el pecador contempla a Jesús levantado en la cruz, sufriendo la culpabilidad de los transgresores, llevando el castigo del pecado; cuando contempla el aborrecimiento de Dios por el mal, manifestado en la terrible muerte en la cruz, y cuando contempla el amor de Dios por el hombre caído, es inducido al arrepentimiento hacia Dios debido a la transgresión de la ley que es santa, justa y buena. El ejerce fe en Cristo porque el divino Salvador ha llegado a ser su sustituto, su garantía y abogado, Aquel en quien se centraliza su misma vida. Dios puede mostrar su misericordia y verdad al pecador arrepentido y puede conferirle su perdón y su amor... Cuando el enemigo invada como inundación y procure abrumaros con el pensamiento de vuestros pecados, decidle: “Sé que soy pecador. Si no fuera, no podría ir al Salvador, pues él dice: ‘No he venido a llamar a justos, sino a pecadores’. Marcos 2:17. Y porque soy pecador tengo derecho a ir a Cristo. Soy pecaminoso y estoy manchado, pero Cristo sufrió la humillación y la muerte y extinguió la maldición que me corresponde. Vengo. Creo. Demando la segura promesa divina: ‘Todo aquel que en él cree, no se’ pierde, mas tiene ‘vida eterna’”. Juan 3:16 (Mensajes selectos, t. 1, pp. 380, 381).
Hay poder espiritual para todos los que lo buscan con intensidad de propósito. Esos serán participantes de la naturaleza divina, por haber cooperado con Dios. La influencia que les será dada debe ser incrementada por medio del uso debido. Les será conferido un gran poder proporcionado a sus deseos de cumplir la voluntad de Dios... Jesús declara que el Padre está más deseoso de dar el Espíritu Santo a los que se lo piden, que los padres están de dar buenas dádivas a sus hijos. El Espíritu Santo comprende toda necesidad del hombre...
Las bendiciones que Dios tiene para conceder son ilimitadas. No podemos comprender su altura y profundidad y anchura. Todo el cielo está a las órdenes de los que, al comprobar su falta de sabiduría, se acercan directamente a la Fuente de sabiduría. A los tales Dios les da liberalmente y sin reconvenciones. Pero que pidan con fe sin dudar...
El que recibe sabiduría de lo alto es el que se aferra firmemente de la promesa, el que siente su necesidad y que no se vuelve atrás (En los lugares celestiales, p. 296).

Miércoles 1 de febrero: Condiciones – II


Cristo no reviste el pecado con su justicia, sino que elimina el pecado, y en su lugar imputa su propia justicia. Cuando el pecado de usted es limpiado, la justicia de Cristo lo precede, y la gloria de Dios es su retaguardia. Su influencia será entonces decididamente de parte de Cristo; pues en vez de centrarse en el yo, usted hará de Cristo el centro, y sentirá que es un guardián de los depósitos sagrados que Dios le encomendó... Dejemos de miramos a nosotros mismos, y miremos hacia él, de quien provienen todas las virtudes. Nadie puede mejorarse a sí mismo, sino que hemos de acudir a Jesús como somos, deseando fervientemente ser limpiados de toda mancha y suciedad de pecado, y recibir el don del Espíritu Santo. Por medio de la fe viviente debemos asirnos de su promesa, pues él ha dicho: “Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Reflejemos a Jesús, p. 205).
La perseverancia en la oración ha sido constituida en condición para recibir. Debemos orar siempre si queremos crecer en fe y en experiencia. Debemos ser “perseverantes en la oración” (Romanos 12:12). “Perseverad en la oración, velando en ella, con acciones de gracia” (Colosenses 4:2). El apóstol Pedro exhorta a los cristianos a que sean “sobrios, y vigilantes en las oraciones” (1 Pedro 4:7). El apóstol Pablo aconseja: “En todas las circunstancias, por medio de la oración y la plegaria, con acciones de gracias, dense a conocer vuestras peticiones a Dios” (Filipenses 4:6). Dice Judas: “Vosotros empero, hermanos... orando en el Espíritu Santo, guardaos en el amor de Dios” (Judas 20, 21).
Orar sin cesar es mantener una unión continua del alma con Dios, de modo que la vida de Dios fluya a la nuestra, y de nuestra vida la pureza y la santidad refluyan a Dios. Es necesario ser diligentes en la oración; ninguna cosa os lo impida. Haced cuanto podáis para que haya una comunión continua entre el Señor Jesús y vuestra alma. Aprovechad toda oportunidad de ir adonde se suela orar. Los que están realmente procurando mantenerse en comunión con Dios asistirán a los cultos de oración, serán fíeles en cumplir su deber, y ávidos y ansiosos de cosechar todos los beneficios que puedan alcanzar. Aprovecharán toda oportunidad de colocarse donde puedan recibir rayos de luz celestial. Debemos orar también en el círculo de nuestra familia; y sobre todo no descuidar la oración privada, porque ella es la vida del alma. Es imposible que el alma florezca cuando se descuida la oración. La sola oración pública o con la familia no es suficiente. En medio de la soledad, abrid vuestra alma al ojo penetrante de Dios. La oración secreta solo debe ser oída por el Dios que oye las oraciones. Ningún oído curioso debe recibir el peso de tales peticiones.
En la oración privada el alma está libre de las influencias del ambiente, libre de excitación. Tranquila pero fervientemente se elevará la oración hacia Dios. Dulce y permanente será la influencia que dimana de Aquel que ve en lo secreto, cuyo oído está abierto a la oración que brota del corazón. Por una fe sencilla y serena el alma se mantiene en comunión con Dios, y recoge los rayos de la luz divina para fortalecerse y sostenerse en la lucha contra Satanás. Dios es el castillo de nuestra fortaleza. Orad en vuestro gabinete; mientras atendéis a vuestro trabajo cotidiano, levantad a menudo vuestro corazón a Dios (El camino a Cristo, pp. 98, 99)

 

Jueves 2 de febrero: Vida centrada en el yo versus vida centrada en Cristo


“Yo soy la Vid, vosotros los pámpanos”, dijo Cristo a sus discípulos. Aunque él estaba por ser arrebatado de entre ellos, su unión espiritual con él no había de cambiar. La unión del sarmiento con la vid, dijo, representa la relación que habéis de sostener conmigo. El pámpano está injertado en la vid viviente, y fibra tras fibra, vena tras vena, va creciendo en el tronco. La vida de la vid llega a ser la vida del pámpano. Así también el alma muerta en delitos y pecados recibe vida por su unión con Cristo. Por la fe en él como Salvador personal, se forma esa unión. El pecador une su debilidad a la fuerza de Cristo, su vacuidad a la plenitud de Cristo, su fragilidad a la perdurable potencia de Cristo. Entonces tiene el sentir de Cristo. La humanidad de Cristo ha tocado nuestra humanidad, y nuestra humanidad ha tocado la divinidad. Así, por la intervención del Espíritu Santo, el hombre viene a ser participante de la naturaleza divina. Es acepto en el Amado. Esta unión con Cristo, una vez formada, debe ser mantenida... Este no es un contacto casual, ninguna unión que se realiza y se corta luego. El sarmiento llega a ser parte de la vid viviente. La comunicación de la vida, la fuerza y el carácter fructífero de la raíz a las ramas se verifica en forma constante y sin obstrucción. Separado de la vid, el sarmiento no puede vivir. Así tampoco, dijo Jesús, podéis vivir separados de mí. La vida que habéis recibido de mí puede conservarse únicamente por la comunión continua. Sin mí, no podéis vencer un solo pecado, ni resistir una sola tentación. “Estad en mí, y yo en vosotros”. El estar en Cristo significa recibir constantemente de su Espíritu, una vida de entrega sin reservas a su servicio. El conducto de comunicación debe mantenerse continuamente abierto entre el hombre y su Dios. Como el sarmiento de la vid recibe constantemente la savia de la vid viviente, así hemos de aferramos a Jesús y recibir de él por la fe la fuerza y la perfección de su propio carácter (El Deseado de todas las gentes, pp. 629, 630).
No traslade las cosas desagradables del pasado a su vida presente. Testimonie que la vida con Cristo no es un fracaso. Hable de Cristo, déjelo ser su compañero. Deseche a Satanás, camine con Jesús, y alcance la plenitud en El. Nunca dé al enemigo la satisfacción de que lo vitupere a Ud. o a otros, diciendo que nuestra fe es un engaño, una ilusión. El Espíritu Santo debe realizar una obra en el corazón; cuando esté concluida, las aguas amargas ya no brotarán, sino que se cumplirá la promesa: “El agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna”. Juan 4:14. Solo es posible sostenerse en Dios. Cuando el corazón se reconcilie con el Señor, esta realidad se pondrá de manifiesto en su relación con sus hermanos. Se verá que Cristo está morando en el templo del alma (Alza tus ojos, p. 312). El desarrollo del carácter cristiano, dada su tendencia a alcanzar tal estado de perfección, es un crecimiento hacia la belleza...
Cuando el corazón se transforma merced a la renovación de la mente, las virtudes del Espíritu graban su impresión en nuestro rostro, y éste expresa el refinamiento y la delicadez, la paz y la benevolencia y el amor puro y tierno que reinan en el corazón... Dad “gracias siempre de todo al Dios y Padre” (Mi vida hoy, p. 157).