Notas EGW

Lección 4
La personalidad del Espíritu Santo

Sábado 21 de enero

Cuando la verdad llega a ser un principio permanente en nuestra vida, el alma renace, “no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios, que vive y permanece para siempre”. Este nuevo nacimiento es el resultado de haber recibido a Cristo como la Palabra de Dios. Cuando las verdades divinas son impresas sobre el corazón por el Espíritu Santo, se despiertan nuevos sentimientos, y las energías hasta entonces latentes son despertadas para cooperar con Dios.
Así sucedía con Pedro y sus condiscípulos. Cristo es el revelador de la verdad al mundo. Por él, la simiente incorruptible—la Palabra de Dios—fue sembrada en el corazón de los hombres. Pero muchas de las más preciosas lecciones del gran Maestro fueron habladas a quienes no las entendían. Cuando, después de su ascensión, el Espíritu Santo trajo sus enseñanzas a la memoria de los discípulos, se despertaron sus sentidos dormidos. El significado de esas verdades iluminó sus mentes como una nueva revelación, y la verdad, pura y sin adulteración, se hizo lugar. Entonces la maravillosa experiencia de la vida de Cristo llegó a ser suya. La Palabra dio testimonio por medio de ellos, los hombres de su elección, y proclamaron la importante verdad: “Y aquel Verbo [Palabra] fue hecho carne, y habitó entre nosotros... lleno de gracia y de verdad”. “Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia por gracia”. Juan 1:14-16 (Los hechos de los apóstoles, p. 415).
Sé que debe ocasionarle mucho pesar el encontrarse sola para cumplir la Palabra. Pero ¿puedes saber, oh esposa, si tu vida consecuente, de fe y obediencia, no podrá reconquistar a tu esposo para la verdad? Presenta a tus amados hijos a Jesús. Con lenguaje sencillo, dirígeles las palabras de verdad. Cántales himnos agradables y atrayentes, que revelen el amor de Cristo. Lleva a tus hijos a Jesús, porque él ama a los pequeñuelos. Consérvate animosa. No olvides que tienes un Consolador, el Espíritu Santo, a quien Cristo envió. Nunca estás sola.
Si escuchas la voz que te habla ahora, si contestas sin dilación al que llama a la puerta de tu corazón: “Entra, Señor Jesús, para que cene contigo, y tú conmigo,” el Huésped celestial entrará. Habiendo en tu vida este elemento, del todo divino, tendrás paz y descanso (El hogar cristiano, p. 318).
Necesitamos la iluminación del Espíritu Santo para discernir las verdades de la Palabra de Dios. Las cosas hermosas del mundo natural no se ven hasta que el sol, disipando las tinieblas, las inunda con su luz. Así los tesoros de la Palabra de Dios no son apreciados hasta que no sean revelados por los brillantes rayos del Sol de Justicia. El Espíritu Santo, enviado desde los cielos por la benevolencia del amor infinito toma las cosas de Dios y las revela a cada alma que tiene una fe implícita en Cristo. Por su poder, las verdades vitales de las cuales depende la salvación del alma son impresas en la mente, y el camino de la vida es hecho tan claro que nadie necesita errar en él. Mientras estudiamos las Escrituras, debemos orar para que la luz del Espíritu Santo brille sobre la Palabra, a fin de que veamos y apreciemos sus tesoros (Palabras de vida del gran Maestro, p. 84).

 

Domingo 22 de enero:
La descripción de Jesús del Espíritu Santo


“De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago también él las hará; y mayores que éstas hará; porque yo voy al Padre”. Juan 14:12. Con esto Cristo no quiso decir que los discípulos habrían de realizar obras más elevadas que las que él había hecho, sino que su trabajo tendría mayor amplitud. No se refirió meramente a la realización de milagros, sino a todo lo que sucedería bajo la acción del Espíritu Santo. “Cuando viniere el Consolador —dijo él—, el cual yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio de mí. Y vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio”. Juan 15:26, 27. Estas palabras se cumplieron maravillosamente. Después del descenso del Espíritu Santo, los discípulos estaban tan llenos de amor hacia Cristo y hacia aquellos por quienes él murió, que los corazones se conmovían por las palabras que hablaban y las oraciones que ofrecían. Hablaban con el poder del Espíritu; y bajo la influencia de ese poder miles se convirtieron (Los hechos de los apóstoles, pp. 18, 19).
El verdadero valor de los hombres que ocupan cargos de responsabilidad se manifiesta cuando tienen una experiencia cristiana diaria en las cosas de Dios. Las palabras de Cristo son música para ellos. “Pero cuando venga el Consolador, a quien os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí. Y vosotros daréis testimonio también porque habéis estado conmigo desde el principio”. Si los hombres aceptaran el ministerio del Espíritu Santo —el más rico don que Dios puede dispensar— impartirían bendiciones a todos los que se relacionan con ellos (Testimonios para los ministros, p. 285).
Los cristianos pueden mantener una reputación limpia si son cristianos, es decir, como Cristo. Dios ha hecho todas las provisiones para que por medio de la fe en el Señor Jesucristo no tengan por qué fracasar ni sentirse desanimados por un futuro oscuro y atribulado, que él sabía que llegaría. El Señor Jesucristo sentía pena por sus discípulos, porque tendrían que pasar por múltiples aflicciones en el mundo. Los preparó para ese tiempo de prueba, de gran tentación y peligro de perder la fe, presentando delante de sus mentes la parte alentadora del futuro. Debía mezclar los matices brillantes y llenos de esperanza con los oscuros...
Les habló acerca de cómo deberían cooperar con el Espíritu Santo. La gran Fuente de su fortaleza —que constituye nuestro consuelo, esperanza y valor inmutables— estaría siempre al alcance de ellos. Debían ser testigos de Cristo. “Y vosotros daréis testimonio también, porque habéis estado conmigo desde el principio”. Juan 15:27. Debían ser sus representantes fíeles ante un mundo apóstata. Mientras estuvieran en el mundo no debían ser del mundo, sino presentar un fiel testimonio contra el mal que está obrando a través de planes y principios mundanos contrarios a la verdad y la justicia (Alza tus ojos, p. 135).

 

Lunes 23 de enero:
Aspectos personales del Espíritu Santo – I


El que está en armonía con Dios y con su prójimo no sabrá lo que es la desdicha. No habrá envidia en su corazón ni su imaginación albergará el mal; allí no podrá existir el odio. El corazón que está de acuerdo con Dios participa de la paz del cielo y esparcirá a su alrededor una influencia bendita. El espíritu de paz se asentará como rocío sobre los corazones cansados y turbados por la lucha del mundo. Los seguidores de Cristo son enviados al mundo con el mensaje de paz. Quienquiera que revele el amor de Cristo por la influencia inconsciente y silenciosa de una vida santa; quienquiera que incite a los demás, por palabra o por hechos, a renunciar al pecado y entregarse a Dios, es un pacificador. “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios”.
El espíritu de paz es prueba de su relación con el cielo. El dulce sabor de Cristo los envuelve. La fragancia de la vida y la belleza del carácter revelan al mundo que son hijos de Dios. Sus semejantes reconocen que han estado con Jesús. “Todo aquel que ama, es nacido de Dios”. “Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él”, pero “todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (El discurso maestro de Jesucristo, pp. 27, 28).
Nunca puede la humanidad de por sí alcanzar un conocimiento de lo divino. “Es más alto que los cielos: ¿qué harás? Es más profundo que el infierno: ¿cómo lo conocerás?” Únicamente el espíritu de adopción puede revelarnos las cosas profundas de Dios, que “ojo no vio, ni oído oyó, y que jamás entraron en pensamiento humano”. “Pero a nosotros nos las ha revelado Dios por medio de su Espíritu; porque el Espíritu

escudriña todas las cosas, y aun las cosas profundas de Dios”. “El secreto de Jehová es para los que le temen”; y el hecho de que Pedro discernía la gloria de Dios era evidencia de que se contaba entre los que habían sido “enseñados de Dios”. ¡Ah! en verdad, “bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás; porque no te lo reveló carne ni sangre” (El Deseado de todas las gentes, p. 380).
El caso de Ananías y Safíra era de lo más grave. Al retener parte del precio, mintieron al Espíritu Santo. Del mismo modo, la culpa pesa proporcionalmente sobre cada individuo que cometa ofensas semejantes. Cuando los corazones de los hombres han sido enternecidos por la presencia del Espíritu de Dios, son más sensibles a las impresiones del Espíritu Santo, y se resuelven a negarse a sí mismos y sacrificarse por la causa de Dios. Al brillar la divina luz en las cámaras de la mente con claridad y fuerza inusitadas, es cuando los sentimientos del hombre natural quedan vencidos y el egoísmo pierde su poder sobre el corazón y se despiertan los deseos de imitar al Modelo, Jesucristo, en la práctica de la abnegación y la generosidad. La disposición del hombre naturalmente egoísta se impregna entonces de bondad y compasión hacia los pecadores perdidos, y él formula una solemne promesa a Dios como la hicieron Abrahán y Jacob. En tales ocasiones los ángeles celestiales están presentes. El amor hacia Dios y las almas triunfa sobre el egoísmo y el amor al mundo. Esto sucede especialmente cuando el predicador, con el Espíritu y el poder de Dios, presenta el plan de redención, trazado por la Majestad celestial en el sacrificio de la cruz (Testimonios para la iglesia, t. 4, p. 461).

 

Martes 24 de enero:
Aspectos personales del Espíritu Santo – II


Las promesas son: “Les daré un corazón nuevo”; “un espíritu nuevo pondré dentro de ellos”. Esta provisión para nosotros se hace por los méritos de la justicia de Cristo: “Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de justicia, reposo y seguridad para siempre”. Isaías 32:17. Los que hayan experimentado la transformación mencionada en estas palabras hallarán que sus inquietudes y preocupaciones desaparecen y encontrarán reposo para sus almas en Cristo. Los méritos y la justicia de Cristo son imputados al alma creyente y éste obtiene paz y gozo interior por el Espíritu Santo. El Señor quiere que todos sus hijos e hijas sean felices, llenos de paz y obedientes... (La fe por la cual vivo, p. 123). El creer produce paz, y la confianza en Dios produce gozo. “¡Crea, crea —dice mi alma— crea!” Descanse en Dios. Él es poderoso para guardar lo que usted le ha confiado. La hará más que vencedora por medio de aquel que la amó (Testimonios para la iglesia, t. 2, p. 286).
Hay obreros cristianos que no recibieron educación en ningún colegio, porque les era imposible conseguirla; pero Dios ha dado evidencia de que los ha escogido y ordenado, para que vayan y trabajen en su viña. Los ha hecho eficaces colaboradores suyos. Tienen un espíritu susceptible de ser enseñado; sienten que dependen de Dios; y el Espíritu Santo está con ellos para ayudarles en sus flaquezas. Vivifica y vigoriza la mente, dirige los pensamientos y ayuda eficazmente en la presentación de la verdad. Cuando el obrero se halla delante de la gente para impartir las palabras de vida, se oye en su voz el eco de la voz de Cristo. Es evidente que anda con Dios, que ha estado con Jesús y ha aprendido de él. Ha introducido la verdad en el santuario íntimo del alma; es para él una realidad viviente; y presenta la verdad con demostración del Espíritu y poder. La gente oye el grato sonido; Dios habla a su corazón por el hombre consagrado a su servicio. Cuando el obrero ensalza a Jesús por el Espíritu, se vuelve realmente elocuente. Es fervoroso y sincero, y muy amado de aquellos por quienes trabaja (Consejos para los maestros, p. 495).
Pablo comprendía que su suficiencia no estaba en él, sino en la presencia del Espíritu Santo, cuya misericordiosa influencia llenaba su corazón y ponía todo pensamiento en sujeción a Cristo. Hablando de sí mismo, afirmaba que llevaba “siempre por todas partes la muerte de Jesús en el cuerpo, para que también la vida de Jesús sea manifestada en nuestros cuerpos”. 2 Corintios 4:10. En las enseñanzas del apóstol, Cristo era la figura central. “Vivo —declaraba—, no ya yo, mas vive Cristo en mí”. Gálatas 2:20. El yo estaba escondido; Cristo era revelado y ensalzado (Exaltad a Jesús, p. 240).

 

Miércoles 25 de enero:
El Espíritu de verdad


El Salvador sabía que ningún argumento, por lógico que fuera, podría ablandar los duros corazones, o traspasar la costra de la mundanalidad y el egoísmo. Sabía que los discípulos habrían de recibir la dotación celestial; que el evangelio sería eficaz solo en la medida en que fuera proclamado por corazones encendidos y labios hechos elocuentes por el conocimiento vivo de Aquel que es el camino, la verdad y la vida. La obra encomendada a los discípulos requeriría gran eficiencia; porque la corriente del mal que fluía contra ellos era profunda y fuerte. Estaba al frente de las fuerzas de las tinieblas un caudillo vigilante y resuelto, y los seguidores de Cristo podrían batallar por el bien solo mediante la ayuda que Dios, por su Espíritu, les diera (Los hechos de los apóstoles, p. 25). Ser santificado es participar de la naturaleza divina, captando el espíritu y la mente de Cristo, aprendiendo siempre en la escuela de Cristo. “Nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria... como por el Espíritu del Señor”.
Es imposible para cualquiera de nosotros producir este cambio por nosotros mismos. Es el Espíritu Santo, el Consolador, que Jesús dijo que enviaría al mundo, quien cambia nuestro carácter a la semejanza de Cristo; y cuando esto se ha realizado, reflejamos como en un espejo la gloria del Señor. Esto es, el carácter de quien mira así a Cristo es tan parecido al de él, que quien lo mira ve el carácter de Cristo como en un espejo. Aunque no lo notemos, cada día nuestros caminos y nuestra voluntad se transforman en los caminos y la voluntad de Cristo, en la hermosura de su carácter. Así crecemos en Cristo, e inconscientemente reflejamos su imagen. Los profesos cristianos se mantienen demasiado cerca de los pantanos de esta tierra. Sus ojos solo están adiestrados para ver las cosas comunes, y sus mentes se detienen solo en las cosas que sus ojos ven. Su experiencia religiosa es a menudo superficial e insatisfactoria, y sus palabras son frívolas y sin valor. ¿Cómo pueden los tales reflejar a Cristo? ¿Cómo pueden irradiar los brillantes rayos del Sol de justicia a todos los rincones oscuros de la tierra? Ser cristiano es ser semejante a Cristo (Reflejemos a Jesús, p. 12).
El Espíritu Santo acompaña al investigador fervoroso. Su inspiración fulgura sobre la Palabra, estampa la verdad sobre la mente y le da una importancia renovada y actual. El investigador se siente invadido por una sensación de paz y de gozo que nunca había experimentado. Comprende como nunca antes el inmenso valor de la verdad. Una nueva luz celestial brilla sobre la Palabra, y la ilumina como si cada letra estuviera matizada con oro. Dios mismo ha hablado a la mente y el corazón, y ha hecho que la Palabra sea espíritu y vida. Cada verdadero investigador de la Palabra eleva a Dios su corazón e implora la ayuda del Espíritu (Mensajes selectos, t. 2, pp. 44, 45).

 

Jueves 26 de enero:
¿Por qué es importante?


Cuando los hijos de Dios son uno en la unidad del Espíritu, todo farisaísmo, toda justicia propia, que fueron el pecado de la nación judía, se eliminarán de su corazón. El molde de Cristo estará en cada miembro individual de su cuerpo, y su pueblo será odres nuevos en los cuales él pueda vaciar su vino nuevo, y el vino nuevo no romperá los odres. Dios hará conocer el misterio que ha estado oculto durante siglos. Hará saber cuáles son “las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” (Colosenses 1:27; también se citan los versículos 28 y 29).
Jesús vino para impartir el Espíritu Santo al alma humana. Mediante ese Espíritu, el amor de Dios es difundido en el corazón, pero es imposible conceder el Espíritu Santo a los hombres que están cristalizados en sus ideas, cuyas doctrinas son todas estereotipadas e inmutables, que caminan de acuerdo con las tradiciones y mandamientos de los hombres, como lo hicieron los judíos en el tiempo de Cristo. Ellos eran muy minuciosos en los ritos de la iglesia, muy rigurosos en seguir sus formas, pero estaban destituidos de vitalidad y consagración religiosa. Fueron representados por Cristo como los cueros secos que entonces se usaban como recipientes. El evangelio de Cristo no podía ser colocado en sus corazones, pues no había lugar para recibirlo. No podían ser los nuevos odres en los cuales él pudiera derramar su vino nuevo. Cristo estuvo obligado a buscar odres para su doctrina de verdad y vida entre otras personas que no eran los escribas y los fariseos. Tuvo que buscar hombres que estuvieran dispuestos a recibir la regeneración del corazón. Vino a dar nuevos corazones a los hombres. Él dijo: “Os daré corazón nuevo” (Mensajes selectos, t. 2, p. 452).
Debe realizarse una obra real en nosotros. Permanentemente debemos rendir nuestra voluntad a la voluntad de Dios, nuestro camino al suyo. Nuestras ideas personales lucharán constantemente por obtener la supremacía, pero debemos hacer de Dios el todo y en todo. No estamos libres de las flaquezas de la humanidad pero debemos esmeramos continuamente por liberamos de ellas, no para ser perfectos según nuestra propia manera de ver; sino perfectos en toda buena obra. No debemos morar en el lado oscuro. Nuestras almas no deben descansar en sí mismas sino en Quien es todo y en todos. Al contemplar como en un espejo la gloria del Señor estamos realmente siendo transformados a su misma imagen, de gloria en gloria, como por el Espíritu del Señor. Esperamos demasiado poco y recibimos de acuerdo con nuestra fe.
No debemos aferrarnos a nuestros propios caminos, nuestros propios planes, nuestras propias ideas; hemos de ser reformados por la renovación de nuestras mentes para que podamos demostrar cuál es la voluntad de Dios, agradable y perfecta. Debemos vencer los pecados que nos acosan y derrotar los hábitos perversos. Las disposiciones y sentimientos inclinados al mal han de ser extirpados, para dar paso a caracteres y emociones santas, engendrados en nosotros por el Espíritu del Señor (Alza tus ojos, p. 216).