CAPÍTULO 4
LLEGAR A CONOCER AL ESPÍRITU

Cada persona tiene una personalidad: las cualidades esenciales y las características distintivas que hacen a una persona. Mi amigo es hablador. Mi esposa tiene una personalidad agradable. Mi gato es curioso... ¡Sospecho que todo ser viviente tiene algún tipo de personalidad! Por supuesto, cuanto más astuta es una persona, y con más alta estima propia, mayor es el potencial para que tenga una personalidad distintiva. Lo mismo ocurre con el Espíritu Santo. La Biblia aplica diversos atributos al Espíritu Santo que solo son característicos de una persona. 1 Por ejemplo, el Espíritu Santo tiene voluntad. En Hechos 16, encontramos que a Pablo y sus compañeros “les fue prohibido por el Espíritu Santo hablar la palabra en Asia; y cuando llegaron a Misia, intentaron ir a Bitinia, pero el Espíritu no se lo permitió” (Hechos 16:6-8). En 1 Corintios 12 se nos dice, después de mencionar varios dones del Espíritu, que “todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere” (1 Corintios 12:7-11). Por supuesto, el Espíritu Santo tiene una mente. Pablo nos recuerda que “mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención (el pensamiento) del Espíritu” (Romanos 8:27). El Espíritu usa esta mente para interceder en nuestro favor, “pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede [...] con gemidos indecibles” (versículo 26).
Es decir, el Espíritu toma decisiones, basado en su conocimiento y comprensión. El Espíritu Santo también da instrucción. Pablo escribe a Timoteo: “Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios” (1 Timoteo 4:1). Nehemías recordó cómo Dios había dado a Israel su “buen Espíritu para enseñarles” (Nehemías 9:20). Y Jesús prometió a sus discípulos que, cuando afrontaran peligros o tensiones por causa de él, “el Espíritu Santo os enseñará en la misma hora lo que debáis decir” (Lucas 12:12). Otra característica de la personalidad del Espíritu Santo es que tiene capacidad de sentir. Pablo aconseja a los efesios que se aseguren de que “no agravien al Espíritu Santo de Dios” (Efesios 4:30, NVI); e Isaías recuerda cómo los hijos de Israel, obstinadamente, “fueron rebeldes, e hicieron enojar su santo espíritu”, por lo que el Espíritu “se les volvió enemigo” (Isa. 63:10).
El Espíritu procura ejercer su influencia. Pablo nos asegura que “nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo” (1 Corintios 12:3). 2 Jesús prometió que “cuando él [el Espíritu] venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Juan 16:8). Finalmente, se nos dice que el Espíritu Santo ama. Pablo apela a los romanos: “Pero os ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu”, que oren (Romanos 15:30). Y ya antes les había dicho, en Romanos 5, que “la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” (vers. 5). Para recapitular, basados en la evidencia bíblica, el Espíritu Santo parece tener una personalidad fuerte, que procura enseñar a otros e influir sobre ellos, tomando decisiones y comunicándolas a los que están dispuestos a escuchar. Por otro lado, también es sensible, porque se interesa profundamente -él ama- a los seres humanos, intercede en favor de ellos, y se siente profundamente herido cuando se lo rechaza.

LA RELACIÓN DEL ESPÍRITU SANTO CON LA DEIDAD 3

Los Adventistas del Séptimo Día afirmamos que “desde la eternidad, Dios el Espíritu Santo vivía en la Deidad como su tercer miembro. El Padre, el Hijo y el Espíritu son igualmente eternos. Aun cuando los tres están en posición de absoluta igualdad, dentro de la Trinidad opera una economía de función”.4 Mientras las controversias cristológicas de los primeros siglos de la Era Cristiana giraron en torno a la doble naturaleza de Cristo, la resistencia a aceptar al Espíritu como una persona y como pleno Dios surge de su rol en la Trinidad, esta “economía de función”. Como se indicó antes, la Biblia no proporciona un análisis sistemático acerca del Espíritu Santo. Lo más cercano a eso puede encontrarse en el diálogo de Pascua de Cristo en el aposento alto. Allí, encontramos declaraciones asombrosas que revelan lo que parece ser un rol voluntariamente subordinado del Espíritu con respecto al resto de la Trinidad. “Y yo rogaré al Padre”, declaró Jesús, “y os dará otro Consolador [...] el Espíritu de verdad” (Juan 14:16, 17).
Aunque vemos claramente en las Escrituras que el Espíritu ejerce su voluntad, encontramos en este texto que todo depende de los otros dos miembros de la Trinidad –uno pide y el otro otorga–; de allí el rol subordinado del Espíritu. Por medio del Espíritu, Cristo mora en sus discípulos. “En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros” (versículo 20). Cristo añade que él se revelará a ellos entonces (versículo 21). De hecho, la promesa es que tanto el Padre como el Hijo vendrán a hacer su morada con ellos (versículo 23). Aun cuando no se hace ninguna mención explícita acerca de que el Espíritu es el tercer Huésped en sus corazones, es el Espíritu quien ayudará a los discípulos a comprender lo que Cristo acababa de decir. Otra vez, encontramos aquí una clara subordinación de la persona del Espíritu Santo, aun cuando él es otroparákletos, otro ser como el Hijo. Esto de ninguna manera debe entenderse que significa que el Espíritu es un Dios menor que Cristo o que el Padre. Esta parece ser la función y el rol del Espíritu en la Trinidad, no su condición ni su rango. En Juan 15, otra vez encontramos el rol subordinado del Espíritu: “Cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio de mí” (versículo 26). Finalmente, en el capítulo 16 podemos encontrar las declaraciones más claras con respecto a esta relación triuna: “Cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber” (Juan 16:13-15). Así como el Hijo revela el amor y el carácter del Padre, y así como el Hijo elige no tomar sus propia iniciativa, sino que cede esa prerrogativa al Padre (ver Juan 5:30; 6:38), así hace el Espíritu en relación con el Hijo. El peligro aquí es mantener un arrianismo subconsciente, que ve al Padre y al Hijo en un plano, pero al Espíritu Santo en uno inferior; pero es un plano subordinado por causa de su función en el plan de salvación. Arrio fue un dirigente cristiano, en el siglo IV, que influyó en muchos para creer que Cristo era menos que divino. Así como los seguidores de Arrio leían declaraciones de la Biblia que señalaban el papel subordinado de Cristo al Padre, y concluían que él no podía ser plenamente divino, algunos hoy suponen que el Espíritu Santo no es plenamente una persona divina, por causa de su voluntaria subordinación. En realidad, en esta economía de funciones, parece como si el Padre fuera la fuente, el Hijo el mediador y el Espíritu el que aplica lo que Dios se propone hacer. 5 El concepto de una unión plural dentro de la Deidad, que es interactiva y mutuamente subordinada, se ve aun en el pasaje que los judíos han usado por generaciones para expresar su monoteísmo: laShemá. “Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es” (Deuteronomio 6:4). La palabra traducida como “uno” proviene del hebreo ‘ejad. La palabra realmente significa “uno entre otros”; el énfasis está sobre uno específicamente. De acuerdo con Otto Christensen, “la posibilidad de que haya otros [en esta integridad] es inherente en ‘ejad". Moisés pudo haber usado la palabra yajid para indicar “uno”, como en “uno solo”; pero la palabra que usó resulta “de la unidad de numerosas personas”. 6 La misma palabra se emplea para describir la unión subordinada entre la primera pareja: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Génesis 2:24). La Deidad, entonces, es un compañerismo divino; no un grupo de “Dioses”, sino la unión de tres Personas que practican el perfecto amor en perfecta humildad.

POR QUÉ ESTO IMPORTA

¿Por qué es importante comprender al Espíritu Santo como una Persona en la Deidad? 7 Si no entendemos, o rehusamos comprender, que el Espíritu Santo es una Persona de la Deidad, tenderemos a tratarlo como a un objeto. E incurriremos en nuestra propia destrucción, como lo demuestra la trágica historia de Ananías y Safira (Hechos 5). Por esto, el pecado imperdonable es el que se comete contra el Espíritu Santo (Mateo 12:31,32). Para nosotros, el punto de contacto con Dios es por medio del Espíritu Santo. “¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?” (Salmo 139:7). El punto de contacto más inmediato no es a través del Padre, y ni siquiera a través de Jesús. Mientras Cristo es el Intercesor por el pecador, como nuestro Sumo Sacerdote en el cielo (Hebreos 7:17-8:2), el Espíritu es nuestro intercesor como parákletos –uno como él– sobre la Tierra (Romanos 8:26, 27), en nuestro medio. Solo por medio del ministerio del Espíritu Santo podemos tener acceso a la eficacia del ministerio intercesor de Cristo. Sin él, sería imposible aun comprender o aceptar a Cristo como nuestro Salvador y Señor. Si tratamos al Espíritu Santo como una “cosa”, una mera emanación o influencia desprovista de personalidad y voluntad, encontramos que será muy fácil ignorarlo, prestar oídos sordos a su voz, y a su invitación a dejar el yo atrás y abandonarlo en las manos de un Dios con quien todas las cosas son posibles. Como los fariseos de antaño, es probable que rechacemos a aquel a quien ansían nuestras almas y que el Espíritu revela, el mayor objeto de nuestra gratitud: Jesucristo, nuestro Salvador. Podemos comprender la desesperanza de Jesús en la ladera del Monte de los Olivos ese domingo al amanecer cuando, mirando al Templo, sabía que el tiempo de prueba para los líderes de Jerusalén terminaría esa noche. Con la emoción más profunda, Cristo clamó: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!” (Mateo 23:37, 38). Habían rechazado a Cristo el Mesías, al rechazar la atracción y los ruegos del Espíritu a sus corazones. Una segunda razón por la que es importante que comprendamos que Dios el Espíritu es una Persona es esta: si lo tratamos como un “sentimiento” o un mero “poder”, que tiene la intención de calentar nuestros corazones cuando sentimos que lo necesitamos, de hecho, nos volveremos incrédulos. En Apocalipsis 16, se nos presenta la falsa trinidad, una alianza entre el dragón, la bestia y el falso profeta (versículos 13, 14), siendo este último equivalente a la tercera Persona de la Trinidad. Así como un profeta habla por Dios, específicamente por el Espíritu Santo –porque los “santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Pedro 1:21)–, el falso profeta pretende hacer lo mismo. Pero, mientras que el Espíritu Santo habla por medio de la Palabra de Dios, el falso profeta lo hace con señales y cosas sobrenaturales. El Espíritu de Dios no es “una máquina expendedora cósmica, que responde mecánicamente con poder o bendiciones si uno solo inserta suficientes monedas de fe”. 8 Los que confían en Dios solo cuando ven señales y maravillas no confían en una Persona sino en un “poder”, o una “sensación”. No caminan por fe, porque “la fe es por el oír, y el oír por la palabra de Dios” (Romanos 10:17). La fe no viene por los milagros. Por lo tanto, aquellos que tratan al Espíritu Santo como un “poder” impersonal que puede ser llamado a voluntad –en vez de una Persona que responde a la cesión de nuestras voluntades– serán engañados, percibiendo un dios de su propia fabricación, en vez del Dios de la Biblia. Y un dios de nuestra hechura nos conducirá finalmente al chasco y a la incredulidad, por haber sido engañados. Una última razón por la que resulta importante creer que el Espíritu es una Persona, con personalidad, es porque solo las personas pueden elegir cooperar unas con otras, y se nos invita a cooperar con el Espíritu mientras él conduce la iglesia de Cristo. 9 Cuando la iglesia primitiva, conducida por el Espíritu, afrontó su primera controversia teológica importante (Hechos 15:1-29), la iglesia –“varones principales entre los hermanos” (versículo 22)– se reunió en Jerusalén para tratar el problema. Después de que se decidió el asunto, es interesante ver cómo ellos describieron su decisión: “Ha parecido bien al Espíritu Santo y anosotros” (versículo 28; énfasis añadido). Una asociación y la cooperación tan estrechas pueden lograrse solamente mediante una interacción personal y de confianza. Cuando Pablo y sus misioneros asociados desearon predicar en Asia y dos veces el Espíritu les impidió hacerlo, terminaron, en cambio, en Macedonia, “dando por cierto que Dios [note que aquí el Espíritu es llamado Dios] nos llamaba para que les anunciásemos el evangelio” (Hechos 16:6-10). Una interacción tan abierta solo puede lograrse entre personas que se aman y respetan mutuamente. El Espíritu es mucho más que una impresión en la mente de Pablo; es su Guía constante. Cuando el Jesús glorificado en Apocalipsis se dirige a las iglesias en Asia, por medio del Espíritu Santo, él las amonesta siete veces a que presten atención a “lo que el Espíritu dice a las iglesias” (Apocalipsis 2:7, 11, 17, 29; 3:6, 13, 22). Las advertencias y los consejos del Espíritu a las iglesias presuponen una relación establecida. No es posible mantener tales relaciones sino con personas. Reconocer la voz del Espíritu significa que los creyentes han pasado un tiempo significativo, tal vez, escuchando. Él no es un fantasma celestial: el Espíritu habla, para que podamos escuchar.


Referencias

1 Clouzet, Adventism’s Greatest Need, pp. 76, 77. Otra vez, esta sección inicial fue tomada de mi libro. 2 El erudito neotestamentario Gordon Fee presenta un punto importante cuando destaca que lo que Pablo dice acerca del Espíritu como agente de la actividad de Dios “es paralelo de lo que dice en veintenas de lugares acerca de Cristo, cuya actividad solo puede ser personal. Por implicación, la agencia del Espíritu difícilmente puede ser menos personal que la de Cristo" (Gordon D. Fee, Paul, the Spirit, and the People of God [Peabody, MA: Hendrickson, 1996], p. 26). 3 Clouzet, “The Personhood of the Holy Spirit and Why it Matters”, pp. 24, 25. Mucho de esta sección proviene de este artículo publicado. 4 Asociación Ministerial de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, “Dios el Espíritu Santo”, en Creencias de los Adventistas del Séptimo Día, p. 71 (énfasis añadido). 5 Por otro lado, otra aberración sería considerar al Espíritu como el Señor mismo, como algunos hacen cuando leen 2 Corintios 3:17 y 18: “Porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (énfasis añadido). Otra vez, Fee es útil aquí: “Pablo está usando una forma bien conocida de interpretación judía, en la que el intérprete toma una palabra de una cita bíblica y le da ‘su verdadero significado’ para un contexto nuevo. De este modo, ‘el Señor es el Espíritu’ interpreta ‘el Señor’ recién mencionado en el versículo 16, que es una alusión a Éxodo 34:34. ‘El Señor’ a quien nos volvemos, dice Pablo, tiene que ver con el Espíritu. Es decir, ‘el Señor’ ahora debe ser comprendido en términos de la actividad del Espíritu entre nosotros” (Fee, Paul, the Spirit, and the People of God, p. 32. Louis Berkhof destacó que la identificación de Cristo (el Señor) con el Espíritu en este texto “no es con respecto a personalidad, sino a su manera de actuar”. Louis Berkhof, Systematic Theology, 3a ed. (Grand Rapids, Ml: Eerdmans, 1996), p. 97. 6 Otto H. Christensen, Getting Acquainted with God (Wàshington, DC: Review and Herald®, 1970), p. 69, como se cita en Woodrow Whidden, Jerry Moon, John W. Reeve, The Trinity: Understanding God’s Love, his Plan of Salvation, and Christian Relationships (Hagerstown, MD: Review and Herald ®2002), p. 34. 7 Clouzet, Adventism’s Greatest Need, pp. 79-81. 8 Donald T. Williams, The Person and Work of the Holy Spirit (Eugene, OR: Wipfamd Stopck, 1994), p. 10. 9 Clouzet, “The Personhood of the Holy Spirit and Why it Matters”, pp. 31, 32.