Notas EGW

Lección 3
La divinidad del Espíritu Santo

Sábado 14 de enero

Necesitamos comprender que el Espíritu Santo... es una persona así como Dios es persona... El Espíritu Santo tiene una personalidad, de lo contrario no podría dar testimonio a nuestros espíritus y con nuestros espíritus de que somos hijos de Dios. Debe ser una persona divina, además, porque en caso contrario no podría escudriñar los secretos que están ocultos en la mente de Dios (El evangelismo, p. 447). “
El Espíritu Santo es un agente libre, activo e independiente. El Dios del cielo usa su espíritu como a él le place; y las mentes humanas, el juicio humano y los métodos humanos, no pueden fijar límites a su obra, o señalar un canal por el cual deba obrar, así como no pueden decir al viento: ‘Te prohíbo soplar en tal dirección y comportarte en tal o cual manera’”. Desde el principio Dios ha estado obrando por el Espíritu Santo mediante instrumentos humanos para el cumplimiento de su propósito en favor de la raza caída... El mismo poder que sostuvo a los patriarcas, que dio fe y ánimo a Caleb y Josué y que hizo eficaz la obra de la iglesia apostólica, ha sostenido a los fieles hijos de Dios en cada siglo sucesivo... El Espíritu Santo es un auxiliador eficaz para restaurar la imagen de Dios en el alma humana (La fe por la cual vivo, p. 54).
El pueblo participaba en extenso grado del mismo espíritu, invadía la esfera de la conciencia, y se juzgaban unos a otros en asuntos que tocaban únicamente al alma y a Dios. Refiriéndose a este espíritu y práctica, dijo Jesús: “No juzguéis, para que no seáis juzgados”. Quería decir: No os consideréis como normas. No hagáis de vuestras opiniones y vuestros conceptos del deber, de vuestras interpretaciones de las Escrituras, un criterio para los demás, ni los condenéis si no alcanzan a vuestro ideal. No censuréis a los demás; no hagáis suposiciones acerca de sus motivos ni los juzguéis. “No juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones”. No podemos leer el corazón. Por ser imperfectos, no somos competentes para juzgar a otros. A causa de sus limitaciones, el hombre solo puede juzgar por las apariencias. Únicamente a Dios, quien conoce los motivos secretos de los actos y trata a cada uno con amor y compasión, le corresponde decidir el caso de cada alma (El discurso maestro de Jesucristo, pp. 105, 106).


Domingo 15 de enero: El Espíritu Santo y Dios

Más tarde, Ananías y Safíra agraviaron al Espíritu Santo cediendo a sentimientos de codicia. Empezaron a lamentar su promesa, y pronto perdieron la dulce influencia de la bendición que había encendido sus corazones con el deseo de hacer grandes cosas en favor de la causa de Cristo. Pensaban que habían sido demasiado apresurados, que debían considerar nuevamente su decisión. Discutieron el asunto, y decidieron no cumplir su voto. Notaron, sin embargo, que aquellos que se despojaban de sus posesiones a fin de suplir las necesidades de sus hermanos más pobres, eran tenidos en alta estima entre los creyentes; y sintiendo vergüenza de que sus hermanos supieran que sus almas egoístas les hacían dar de mala gana lo que habían dedicado solemnemente a Dios, decidieron deliberadamente vender la propiedad, y pretender dar todo el producto al fondo general, cuando en realidad se guardarían una buena parte para sí mismos. Así se asegurarían el derecho de vivir del fondo común, y al mismo tiempo ganarían alta estima entre sus hermanos. Pero Dios odia la hipocresía y la falsedad. Ananías y Safira practicaron el fraude en su trato con Dios; mintieron al Espíritu Santo, y su pecado fue castigado con un juicio rápido y terrible (Los hechos de los apóstoles, pp. 59, 60).
Aquellos que han hecho promesas para posibilitar el avance de la obra de Dios no deben arrepentirse de sus votos y retener para sí lo que prometieron. Quienes asumen la responsabilidad de anular una promesa que ha sido hecha a Dios están haciendo algo de lo cual no querrán dar cuenta en el día del ajuste final. Debiera rechazarse el asesoramiento de los hombres que en este tiempo aconsejan retener los medios de la causa de Dios para invertirlos en otras empresas, porque el Señor les dice: “Haceos tesoros en el cielo”. “Invertid vuestros medios para hacer avanzar mi obra para abrir nuevos campos, de tal forma que la luz de la verdad presente pueda brillar en todas partes del mundo” (Alza tus ojos, p. 90).
La sabiduría infinita vio que esta manifestación señalada de la ira de Dios era necesaria para impedir que la joven iglesia se desmoralizara. El número de sus miembros aumentaba rápidamente. La iglesia se vería en peligro si, en el rápido aumento de conversos, se añadían hombres y mujeres que, mientras profesaban servir a Dios, adoraban a Mammón. Este castigo testificó que los hombres no pueden engañar a Dios, que él descubre el pecado oculto del corazón, y que no puede ser burlado. Estaba destinado a ser para la iglesia una advertencia que la indujese a evitar la falsedad y la hipocresía, y a precaverse contra el robar a Dios. Este ejemplo del aborrecimiento de Dios por la codicia, el fraude y la hipocresía, no fue dado como señal de peligro solamente para la iglesia primitiva, sino para todas las generaciones futuras. Era codicia lo que Ananías y Safira habían acariciado primeramente. El deseo de retener para sí mismos una parte de lo que habían prometido al Señor, los llevó al fraude y la hipocresía (Los hechos de los apóstoles, pp. 60, 61).
Cristo anhelaba estar en una situación en que pudiera realizar la obra más importante con pocos medios y sencillos. El plan de redención es abarcante, sin embargo sus partes son pocas, y cada parte depende de las otras; pero todas obran juntas con máxima sencillez y completa armonía. Cristo es representado por el Espíritu Santo, y cuando el Espíritu es apreciado, cuando los que son gobernados por el Espíritu comunican a otros la energía de la cual están saturados, vibra una cuerda invisible que electriza todo el ser. ¡Ojalá todos pudieran entender cuán ilimitados son los recursos divinos! Jesús dice: “Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos”. La unión del Espíritu Santo y el testimonio del testigo viviente es la que amonestará al mundo. El obrero de Dios es el instrumento mediante el cual se da la comunicación celestial, y el Espíritu Santo da autoridad divina a la palabra de verdad (Comentarios de Elena G. de White, en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 6, p. 1053).

 


Lunes 16 de enero: Los atributos divinos del Espíritu Santo

Cristo dijo acerca del Espíritu: “Él me glorificará”. Juan 16:14. Así como Cristo glorificó al Padre por la demostración de su amor, así el Espíritu habría de glorificar a Cristo revelando al mundo las riquezas de su gracia. La misma imagen de Dios debe ser reproducida en la humanidad. El honor de Dios, el honor de Cristo, está implicado en la perfección del carácter de su pueblo... El Espíritu obra en nosotros trayendo a menudo a la mente y en forma vivida las preciosas verdades del plan de redención. Olvidaríamos esas verdades y las ricas promesas de Dios perderían para nosotros su eficacia, si no fuera por el Espíritu, que toma las cosas de Dios y nos las muestra...
El Espíritu ilumina nuestras tinieblas, informa nuestra ignorancia, y nos ayuda en nuestras múltiples necesidades. Pero la mente debe buscar a Dios en forma constante. Si se permite que la mundanalidad entre en ella, si no tenemos deseos de orar, ni deseos de estar en comunión con él, quien es la fuente de la fortaleza y la sabiduría, el Espíritu no permanecerá en nosotros. Los incrédulos no reciben la rica dotación de gracia que los haría sabios para la salvación, pacientes, perdonadores, rápidos para percibir y apreciar las ministraciones celestiales, prontos en discernir las trampas de Satanás, y fuertes para resistir el pecado. La religión de Cristo significa más que el perdón del pecado; significa que el pecado es quitado y que el vacío es llenado con el Espíritu. Significa que la mente es divinamente iluminada, que el corazón es vaciado del yo, y llenado con la presencia de Cristo. Cuando esta obra sea realizada por los miembros de la iglesia, la iglesia será una iglesia viva y activa (Nuestra elevada vocación, p. 156).
Aunque Dios no mora en templos hechos por manos humanas, honra con su presencia las asambleas de sus hijos. Prometió que cuando se reuniesen para buscarle, para reconocer sus pecados, y orar unos por otros, él los acompañaría por su Espíritu (Profetas y reyes, p. 35).
Cuando Cristo ascendió a los cielos, la sensación de su presencia permaneció aun con los que le seguían. Era una presencia personal, llena de amor y luz... Y desde aquel día Cristo había de morar continuamente por el Espíritu en el corazón de sus hijos. Su unión con ellos era más estrecha que cuando él estaba personalmente con ellos. La luz, el amor y el poder de la presencia de Cristo, resplandecían en ellos, de tal manera que los hombres, mirándolos ‘se maravillaban,’ y al fin los reconocían que eran de los que habían estado con Jesús. Hechos 4:13. Todo lo que Cristo fue para sus primeros discípulos, desea serlo para sus hijos hoy. Podemos ser fuertes en el Señor y en la potencia de su fortaleza. Al recibir a Cristo, quedamos revestidos de su potencia. Cuando el Salvador habita en nosotros, su fuerza viene a ser nuestra... La presencia de Cristo en el corazón es un poder vitalizador, que fortalece el ser entero. Nunca penséis que Cristo está lejos. Siempre está cerca. Su amorosa presencia os circunda (The Faith I Live By, p. 62; parcialmente enLa fe por la cual vivo, p. 64).


Martes 17 de enero: : Pistas bíblicas
En la purificación del templo, Jesús anunció su misión como Mesías y comenzó su obra. Aquel templo, erigido para morada de la presencia divina, estaba destinado a ser una lección objetiva para Israel y para el mundo. Desde las edades eternas, había sido el propósito de Dios que todo ser creado, desde el resplandeciente y santo serafín hasta el hombre, fuese un templo para que en él habitase el Creador.
A causa del pecado, la humanidad había dejado de ser templo de Dios. Ensombrecido y contaminado por el pecado, el corazón del hombre no revelaba la gloria del Ser divino. Pero por la encarnación del Hijo de Dios, se cumple el propósito del Cielo. Dios mora en la humanidad, y mediante la gracia salvadora, el corazón del hombre vuelve a ser su templo. Dios quería que el templo de Jerusalén fuese un testimonio continuo del alto destino ofrecido a cada alma. Pero los judíos no habían comprendido el significado del edificio que consideraban con tanto orgullo.
No se entregaban a sí mismos como santuarios del Espíritu divino. Los atrios del templo de Jerusalén, llenos del tumulto de un tráfico profano, representaban con demasiada exactitud el templo del corazón, contaminado por la presencia de las pasiones sensuales y de los pensamientos profanos. Al limpiar el templo de los compradores y vendedores mundanales, Jesús anunció su misión de limpiar el corazón de la contaminación del pecado—de los deseos terrenales, de las concupiscencias egoístas, de los malos hábitos, que corrompen el alma (El Deseado de todas las gentes, p. 132).
[Pablo] les suplicó [a los Corintios] que dominaran las bajas pasiones y apetitos. “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo —les preguntó—, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios?”... Su corazón estaba lleno de ardiente amor por los creyentes corintios. Anhelaba verlos revelar una piedad interior que los fortaleciera contra la tentación. Sabía que a cada paso del camino cristiano se les opondría la sinagoga de Satanás, y que tendrían que empeñarse diariamente en conflictos.
Tendrían que guardarse contra el acercamiento furtivo del enemigo, rechazar los viejos hábitos e inclinaciones naturales, y velar siempre en oración... Los creyentes corintios necesitaban una experiencia más profunda en las cosas de Dios. No sabían plenamente lo que significaba contemplar su gloria y ser cambiados de carácter en carácter. No habían visto sino los primeros rayos de la aurora de esa gloria. El deseo de Pablo para con ellos era que pudieran ser henchidos con toda la plenitud de Dios, que prosiguieran conociendo a Aquel cuya salida se prepara como la mañana, y continuaran aprendiendo de él hasta que llegaran a la plenitud del mediodía de una perfecta fe evangélica (Los hechos de los apóstoles, pp. 247, 248)..


Miércoles 18 de enero: La obra divina del Espíritu Santo
Toda verdadera reforma comienza con la purificación del alma. Es gracias al lavacro de la regeneración y a la renovación de la mente por medio del poder del Espíritu Santo, como se opera un cambio en la vida. Al contemplar a Cristo, nos transformamos. Si la mente se espacia en forma constante en las cosas temporales, éstas llegan a absorberlo todo y afectan al carácter, de modo que la gloria de Dios se pierde de vista y se olvida. Las oportunidades que están al alcance de ellos para llegar a ser versados en las cosas celestiales, se pasan por alto. Muere la vida espiritual. El Señor dice que tales obreros: “Son dados a ídolos; dejadlos”... Depended plenamente de Dios. Si obráis de otro modo, conviene que os detengáis. Deteneos donde estáis, y cambiad el orden de las cosas... Clamad a Dios con sinceridad, con hambre en el alma. Luchad con los instrumentos celestiales hasta que obtengáis la victoria. Poned todo vuestro ser en las manos del Señor, alma, cuerpo y espíritu, y resolved convertiros en su instrumento amante y consagrado, impulsado por su voluntad, dominado por su mente, saturado de su Espíritu... Entonces veréis claramente las cosas celestiales (Hijos e hijas de Dios, p. 107).
¿Qué hombre hay que se atreva a tomar la Biblia y decir que esta parte es inspirada y aquella otra no lo es? Preferiría que me arrancaran ambos brazos antes de que jamás hiciera una declaración o impusiera mi juicio sobre la Palabra de Dios en cuanto a qué es inspirado y qué no lo es. ¿Cómo sabría el hombre limitado cosa alguna en cuanto a este asunto? Debe tomar la Palabra de Dios al pie de la letra, luego apreciarla tal como es, incorporarla en la vida y entretejerla en el carácter. En la Palabra de Dios está plenamente revelado todo lo que concierne a la salvación de los hombres, y si tomamos esa Palabra y la comprendemos en la mejor forma en que nos es posible, Dios nos ayudará en su comprensión. Las mentes humanas sin la ayuda especial del Espíritu de Dios considerarán que muchas cosas de la Biblia son muy difíciles de comprender, porque les falta esclarecimiento divino. Los hombres no deben ocuparse de la Palabra de Dios ensalzando su propia manera de obrar, o su propia voluntad, o sus propias ideas, sino deben ocuparse de ella con un espíritu dócil, humilde y santo. Nunca tratéis de escudriñar las Escrituras a menos que estéis listos a escuchar, a menos que estéis dispuestos a aprender, a menos que queráis escuchar la Palabra de Dios directamente desde los oráculos vivientes. Nunca permitáis que un hombre mortal juzgue la Palabra de Dios o dictamine cuánto de ella es inspirado y cuánto no es inspirado, o que esta porción es más inspirada que algunas otras porciones. Dios le amonesta que se retire de ese terreno. Dios no le ha dado una obra tal para hacer (Comentario de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista, t. 7, p. 931).


Jueves 19 de enero: : La importancia de su divinidad

En su capacidad de Mediador, Cristo concede a sus siervos la presencia del Espíritu Santo. Es la eficacia del Espíritu la que capacita a los agentes humanos para ser representantes del Redentor en la tarea de salvar almas. Es indispensable que nos coloquemos bajo la influencia modeladora del Espíritu Santo si queremos unimos con Cristo en esta obra. El poder impartido de este modo nos capacita para trabajar con el Señor, en el vínculo de la unidad, como colaboradores suyos en la salvación de las almas. A todo aquel que se ofrece al Señor para servir, sin retener nada, se le concede poder para alcanzar resultados sin medida. Mediante una promesa eterna, Dios se ha comprometido a suplir de poder y gracia a todo aquel que se santifica mediante la obediencia de la verdad. Cristo, a quien se le ha entregado todo el poder en el cielo y en la tierra, aprueba a sus instrumentos y colabora con ellos: esas almas fervientes que participan cotidianamente del pan vivo “que desciende del cielo”. Juan 6:50. La iglesia de la tierra, unida con la iglesia celestial, puede lograr todas las cosas (Testimonios para la iglesia, t. 7, p. 32).
Cristo determinó que cuando él ascendiera de esta tierra, concedería un don a los que habían creído en él y a los que creyeran en él. ¿Qué don suficientemente precioso podía él conceder para destacar y honrar su ascensión al trono de mediación? Debía ser digno de su grandeza y su realeza. Cristo determinó dar como su representante a la tercera Persona de la Deidad. Ese don no podría ser igualado. Daría [sintetizaría] todos sus dones en uno, y por lo tanto su dádiva sería el Espíritu divino, ese poder transformador, iluminador y santificador... Se presentó con plenitud y poder, como si hubiera estado retenido por años, pero recién ahora se lo derramaba sobre la iglesia... Los creyentes se convirtieron de nuevo. Los pecadores se unieron con los cristianos para buscar la perla de gran precio... Cada cristiano veía en su hermano la divina imagen de la benevolencia y el amor. Un solo interés prevalecía. Un solo tema sorbía todos los demás. Todos los pulsos latían en sano concierto. La única ambición de los creyentes era ver quién podía revelar con mayor perfección la semejanza del carácter de Cristo, y quién podía hacer más para ensanchar su reino. Se envió el Espíritu Santo como el tesoro más preciado que el hombre pudiera recibir (Mi vida hoy, p. 37).
El Príncipe del cielo estaba entre su pueblo. El mayor don de Dios había sido dado al mundo... Cuando saliese de la tumba, su tristeza se trocaría en gozo. Después de su ascensión, iba a estar ausente en persona; pero por medio del Consolador estaría todavía con ellos, y no debían pasar su tiempo en lamentaciones. Esto era lo que Satanás quería. Deseaba que diesen al mundo la impresión de que habían sido engañados y chasqueados; pero por la fe habían de mirar al santuario celestial, donde Jesús ministraba por ellos; debían abrir su corazón al Espíritu Santo, su representante, y regocijarse en la luz de su presencia (El Deseado de todas las gentes, p. 243).