CAPÍTULO 2

EL PODER DE LA HUMILDAD

Podemos imaginarnos que la noche de la traición de Jesús habría sido un momento perfecto para desarrollar ante los discípulos el misterio de la Cruz; la naturaleza del amor de Dios, que llevó al sacrificio de Cristo; o aun a algún aspecto del Reino de Dios. Si hablar de estas cuestiones fue su intención, Jesús nunca logró su deseo. La verdad es que los discípulos todavía estaban angustiados por la exhibición de humildad de Jesús al lavar los pies de ellos (Juan 13:2-6, 12-16), la revelación de que Judas lo traicionaría (versículos 21-30) y la declaración de Cristo de que pronto los dejaría (versículos 33, 36).
Lo que Jesús necesitaba esa noche era la simpatía y el ánimo de sus compañeros más cercanos. En cambio, percibía sentimientos de celos y confusión entre ellos (Lucas 22:24-27). Por eso, en lugar de concentrarse en sí mismo –realmente, el Hombre de la hora, ¡de toda la historia del universo! –, se concentró en ellos y en sus necesidades. Dijo: “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre” (Juan 14:16). Durante toda esa velada, Jesús desplegó este misterioso paráklétos –Uno que era como él–, cuyo propósito era brindarles consuelo y fortaleza. La forma en que describió la obra del Espíritu habla claramente de un rol voluntario y secundario que el Espíritu Santo asumiría en nombre de la misión de Jesús, y para el beneficio de la humanidad. Por ejemplo, dijo que el Espíritu Santo daría “testimonio de mí” (Juan 15:26). El Espíritu Santo les “enseñará todas las cosas” y les recordará las cosas que Jesús les había enseñado (Juan 14:26). El Espíritu Santo los “guiará a toda verdad”, y así “glorificará” a Jesús. El Espíritu “no hablará por su propia cuenta” (Juan 16:13, 14). ¡Asombroso! Dios mismo, el Espíritu, no hablaría por su propia autoridad.

DETRÁS DEL ESCENARIO

El libro de Juan toma nota de la obra “entre bastidores” que hace el Espíritu en nombre de Jesús. De acuerdo con el diccionario de la Real Academia Española, entre bastidores es una expresión que significa “todo aquello que se trama o prepara reservadamente entre algunas personas y de modo que no trascienda al público”. 1 ¿Cómo podría Dios el Espíritu trabajar “entre bastidores”? ¿Cómo podría cualquier persona de la Deidad, por definición, tomar un papel secundario? Pensamos en dirigentes en el mundo, tales como presidentes o primeros ministros, y no podemos imaginar que gobiernen entre bastidores, detrás de escena. Y, no obstante, Dios el Espíritu hace precisamente eso. ¿Es porque el Espíritu Santo es equivalente a un consejero divino, una persona consultora para la Deidad? De ningún modo. La palabra que Juan usa para identificar al Espíritu Santo en el así llamado “Discurso de despedida de Jesús” (Juan 13-16) es parákletos (Juan 14:16, 26; 15:26; 16:7).
Esta palabra solo es usada en los escritos de Juan. El término se empleaba en el mundo grecorromano para señalar a “un ayudante en la corte”, “un abogado”, y también en el sentido de “un amigo en la corte”. 2 En algunos sistemas legales, cuando una persona o un grupo están interesados en influir sobre el resultado de un juicio legal, pueden presentar un escrito como “amigo en la corte” (amicuscuriae). No forman parte de una de las facciones involucradas en el juicio, pero procuran mediar en favor del demandante. Sin embargo, en este caso, el “amigo en la corte” no está a favor del demandante, que es el acusador, sino del lado del abogado defensor. ¿Quién es este? La respuesta es Jesús. “Si alguno hubiere pecado”, dice Juan en otra parte, “abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2:1). La palabra traducida como “abogado” aquí es también una forma del griego parákletos. Siendo que Jesús es quien asume nuestra defensa contra el diablo –“el acusador de nuestros hermanos [...] delante de nuestro Dios día y noche” (Apocalipsis 12:10) –, el Espíritu Santo está del lado de Jesús, es decir, de nuestro lado. Esta verdad también se advierte en el término que usó Jesús. Parákletos está compuesta por dos palabras: pará, que significa “al lado de”, y kaléo, que significa “llamar”; es decir, “Uno que es llamado al lado de”. El profesor Daniel Stevick lo dice de este modo: “El evangelista (Juan) describe al Parácleto como cumpliendo un rol social, de relación; el Abogado está con la gente, o entre la gente. A diferencia de un ‘katégoros’, un acusador, un ‘parákletos’ apoya, ayuda a alguien que está en desventaja, fortaleciendo a los que están abrumados, sosteniendo a los que están ocupados en una lucha, hablando de parte de alguien que es acusado [...]. Un parácleto se une con otra persona, con cuidado y, tal vez, con un costo.
Un Abogado está autoinvolucrado en el bienestar de otro. Un parácleto es un partidario, siempre en favor de otro”. 3 En la gran controversia entre el bien y el mal, la luz principal del cielo está sobre Jesús. Pero el Espíritu trabaja en silencio junto con Jesús, para liberarnos del acusador. La expresión específica que usó Jesús fue állosparákletos, “otro abogado”. Aquí, observamos otro aspecto de la obra del Espíritu detrás del escenario. Jesús equipara al Espíritu consigo mismo; es decir, el poder y la influencia del Espíritu son exactamente como los de Jesús. El Espíritu es otro como él. En este sentido es que “el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Romanos 8:26). Jesús es nuestro Abogado legal frente a las acusaciones de Satanás. Esto es como debe ser, siendo que él pagó el precio por nuestra redención. Pero el Espíritu está igualmente comprometido en nuestra redención, y está junto a Jesús en esta obra de intercesión. Mientras el foco, hasta el regreso de Jesús, estará puesto sobre su obra intercesora en el cielo delante del tribunal de Dios, en favor de los pecadores (Hebreos 7:23-25), la obra del Espíritu es la misma sobre la Tierra a favor de los pecadores (Romanos 8:26). La diferencia está en que el Espíritu no se ve ni se oye, a diferencia de Jesús mientras estuvo sobre la Tierra. Él hace su obra en nuestro favor con serena eficiencia. Este es un pensamiento hermoso: Jesús, el Hombre, trabaja a nuestro favor en el cielo, mientras el Espíritu Santo, sin el estorbo de las limitaciones humanas, trabaja en nuestro favor aquí, entre nosotros. La Humanidad está en el cielo; la Deidad, sobre la Tierra. ¡La Deidad por entero está de nuestro lado!

LA HUMILDAD DEL ESPÍRITU

Este no es el caso con el enemigo del pueblo de Dios. Tal vez la característica más clara del diablo sea el orgullo. No es la ruindad, ni la crueldad, ni el engaño ni la maldad evidente, sino el orgullo. Aunque todas esas características definen a Satanás, el orgullo lo describe con mayor precisión. Fue el orgullo lo que le impidió entregarse a Dios después de haberse dado cuenta plenamente de su error en el cielo. 4 El orgullo de Satanás le hizo ofrecer a Jesús todos los reinos de este mundo, a cambio de inclinarse en adoración ante él (Mateo 4:8-10). El orgullo por su belleza y talento fue lo que lo llevó a su caída, desde una posición privilegiada en el cielo (Ezequiel 28:14, 15, 17). El apóstol Pablo, aconsejando a Timoteo que no se apresurara en dar posiciones de liderazgo a los novatos, añade esta razón: “No sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo” (1 Timoteo 3:6). Pues, “antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu” (Proverbios 16:18).
El diablo cayó. Así como el orgullo define a Satanás más precisamente, la humildad define a Dios con toda exactitud. La humildad que requiere que Dios sea Dios, por ejemplo, sobrepasa nuestra comprensión. Piensa en esto: si tuvieras todo el poder, toda la sabiduría y toda la gloria, ¿no se te subiría todo eso a la cabeza, por lo menos algunas veces? Requiere una humildad suprema el ser Dios: omnipotente, omnipresente y omnisciente. ¿Quién puede manejar eso? La humildad es una característica tan iden- tificadora de Dios que Moisés, a quien miles consideran como reflejo de la naturaleza de Dios mismo, es la persona a quienes los israelitas consideraron “muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra” (Números 12:3). Ahora bien, el Espíritu Santo se menciona en la Biblia un poco más de cuatrocientas veces, 5 pero este número palidece en comparación con las miles de veces que el Padre y el Hijo se mencionan en las Escrituras. Fue el Espíritu Santo quien inspiró a los autores bíblicos (2 Pedro 1:21), y lo hizo con la típica humildad divina. El Espíritu Santo dice muy poco acerca de sí mismo. Él quiere que sepamos mucho más acerca de la relación entre el Padre y el Hijo que de su propia relación con el Padre y el Hijo. Y esto, a pesar del hecho de que desde el nacimiento de la iglesia del Nuevo Testamento (Hechos 2) hasta el presente es la era del Espíritu Santo. 6 La humildad tiene mucho que ver con un servicio de éxito. Cierta vez escuché a un sabio dirigente de la iglesia decir que se requiere verdadera humildad para ser un misionero fructífero en una tierra que ofrece menos que la suya propia. El sacrificio requiere humildad. Aun cuando el Espíritu Santo es Dios (Hechos 5:3, 4), y que él ejerce gratuitamente su voluntad (1 Corintios 12:11), encontramos que su clara revelación a este mundo depende de dos de los otros miembros de la Trinidad: el pedido del Hijo y la provisión del Padre. “Y yo rogaré al Padre”, dijo Jesús, “y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre; el Espíritu de verdad” (Juan 14:16, 17; énfasis añadido). El Espíritu Santo voluntariamente adopta un rol subordinado a ambos, el Padre y el Hijo. Lo hace libremente, porque los ama, así como ama la causa de Dios en la Tierra. El Espíritu Santo es ilimitado en su poder: es omnipresente (Salmo 139:7), omnisciente (1 Corintios 2:10, 11) y omnipotente (1 Corintios 12:11), y no obstante concentra ese poder para sencillamente conducir a los hombres y las mujeres a conocer a Cristo, el Hijo de Dios. Su deseo es glorificar al Hijo, recordar a la gente sus enseñanzas y revelarles cómo es Jesús. El Espíritu Santo ni siquiera hablará “por su propia cuenta” o autoridad, sino que hablará todo lo que oiga (Juan 16:13). Así como Jesús, el Hijo que voluntariamente se somete al Padre, el Espíritu Santo se somete al Hijo. ¡Qué condescendencia asombrosa! Qué contraste increíble para los discípulos, esa noche de Pascua, tan ansiosos de ver quién sería el más importante en el Reino. Tal vez aquí haya material para pensar, para quienes dudan de la divinidad del Espíritu Santo. Los humanos buscan preeminencia; los demonios ansían ser adorados. Pero Dios cede. Dios, en su maravillosa y misteriosa naturaleza divina, tiene la tendencia a ceder. La naturaleza del verdadero amor, de Dios mismo, es la humildad. Dios es amor (1 Juan 4:8), y todo lo que Dios hace refleja esa naturaleza. Y el amor está integralmente relacionado con la humildad, ya que “no es jactancioso, no se envanece” y “no busca lo suyo” (1 Corintios 13:4, 5). El amor naturalmente piensa primero en los demás. Esta disposición a ser secundario parece ser distintiva de la Deidad en general, y del Espíritu Santo, en particular. El Espíritu Santo nunca busca lo suyo propio.


Referencias 1 Diccionario de la Real Academia Española, 21a edición (1992), art. “Bastidor”. 2 Theological Dictionary of the New Testament, ver artículo “Parakletos”, por J. Behm (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 1976), t. 5, pp. 800-814. 3 Daniel B. Stevick, Jesús and His Own: A Commentary on John 13-17 (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 2011), p. 287. 4 Elena de White explica: “El Rey del universo convocó a las huestes celestiales a comparecer ante él, a fin de que en su presencia él pudiese manifestar cuál era el verdadero lugar que ocupaba su Hijo y manifestar cuál era la relación que él tenía para con todos los seres creados [...]. Los ángeles reconocieron gozosamente la supremacía de Cristo y, postrándose ante él, le rindieron su amor y adoración. Lucifer se postró con ellos, pero en su corazón se libraba un extraño y feroz conflicto. La verdad, la justicia y la lealtad luchaban contra los celos y la envidia. La influencia de los santos ángeles pareció por algún tiempo arrastrarlo con ellos. Mientras en melodiosos acentos se elevaban himnos de alabanza cantados por millares de alegres voces, el espíritu del mal parecía vencido; indecible amor conmovía su ser entero; al igual que los inmaculados adoradores, su alma se hinchió de amor hacia el Padre y el Hijo. Pero luego se llenó del orgullo de su propia gloria” (Patriarcas y profetas [Mountain View, CA: Publicaciones Interamericanas, 1955], pp. 14, 15).