Lección 12 La obra del Espíritu Santo

Sábado 18 de marzo

Podemos pedirle mucho a nuestro bondadoso Padre celestial. Grandes bendiciones hay en reserva para nosotros. Podemos creer en Dios, podemos confiar en él, y al hacerlo glorificar su nombre. Aun cuando seamos vencidos por el enemigo, no somos desechados ni abandonados ni rechazados por Dios. No; Cristo está a la diestra de Dios, e intercede por nosotros. “Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”... No haga caso de los susurros del enemigo. Váyase libre, alma oprimida. Tenga buen ánimo. Dígale a su pobre corazón desalentado: “Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío”. Salmos 43:5.
Sé que Dios la ama. Ponga su confianza en él. No piense en las cosas que producen tristeza y tribulación; apártese de todo pensamiento desagradable, y piense en el precioso Jesús. Medite en su poder para salvar, en su infinito e incomparable amor por usted, sí, por usted. Sé que Dios la ama. Si no puede reposar en su propia fe, hágalo en la de otros. Creemos y esperamos en lugar de usted. Dios acepta nuestra fe en lugar de la suya...
El creer produce paz y gozo en el Espíritu Santo. El creer produce paz, y la confianza en Dios produce gozo. “¡Crea, crea -dice mi alma- crea!” Descanse en Dios. Él es poderoso para guardar lo que usted le ha confiado. La hará más que vencedora por medio de aquel que la amó (Testimonios para la iglesia, t. 2, p. 286).
El Consolador que Cristo prometió enviar después de ascender al cielo, es el Espíritu en toda la plenitud de la Divinidad, poniendo de manifiesto el poder de la gracia divina a todos los que reciben a Cristo y creen en él como un Salvador personal. Hay tres personas vivientes en el trío celestial; en el nombre de estos tres grandes poderes—el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo—son bautizados los que reciben a Cristo mediante la fe, y esos poderes colaborarán con los súbditos obedientes del cielo en sus esfuerzos por vivir la nueva vida en Cristo (El evangelismo, p. 446).
El Espíritu Santo, enviado en el nombre de Cristo, iba a enseñarles todas las cosas, y traería todas las cosas a su memoria. El Espíritu Santo era el representante de Cristo, el Abogado que está constantemente intercediendo por la raza caída. Él ruega porque pueda serles dado el poder espiritual, para que mediante el poder de Uno que es más poderoso que todos los enemigos de Dios y del hombre, pudieran vencer a sus enemigos espirituales...
Quien conoce el fin desde el principio ha hecho provisión para el ataque de los agentes satánicos. Y él cumplirá su palabra a los fieles de cada época... Él le ha asegurado que el Espíritu Santo fue dado para morar con usted, para interceder por usted y ser su guía. Le pide que confíe en él y se encomiende a su protección. El Espíritu Santo está obrando constantemente, enseñando, recordando, testificando, viniendo al alma como consolador divino, y convenciendo de pecado como un Juez y Guía designado...
Su obra es cooperar con Cristo, a fin de que usted sea completo en él. Al unirse a él por la fe, creyendo en él y recibiéndolo, usted se convierte en parte de él. Su carácter es la gloria de él revelada en usted (Reflejemos a Jesús, p. 121).

 

Domingo 19 de marzo: Convencer de pecado


El oficio del Espíritu Santo se especifica claramente en las palabras de Cristo: “Cuando él viniere redargüirá al mundo de pecado, y de justicia, y de juicio”. Juan 16:8. Es el Espíritu Santo el que convence de pecado. Si el pecador responde a la influencia vivificadora del Espíritu, será inducido a arrepentirse y a comprender la importancia de obedecer los requerimientos divinos. Al pecador arrepentido, que tiene hambre y sed de justicia, el Espíritu Santo le revela el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. “Tomará de lo mío, y os lo hará saber,” dijo Cristo. “Él os enseñará todas las cosas, y os recordará todas las cosas que os he dicho”. Juan 16:14; 14:26.
El Espíritu Santo se da como agente regenerador, para hacer efectiva la salvación obrada por la muerte de nuestro Redentor. El Espíritu Santo está tratando constantemente de llamar la atención de los hombres a la gran ofrenda hecha en la cruz del Calvario, de exponer al mundo el amor de Dios, y abrir al alma arrepentida las cosas preciosas de las Escrituras. Después de convencer de pecado, y de presentar ante la mente la norma de justicia, el Espíritu Santo quita los afectos de las cosas de esta tierra, y llena el alma con un deseo de santidad. “Él os guiará a toda verdad” (Juan 16:13), declaró el Salvador. Si los hombres están dispuestos a ser amoldados, se efectuará la santificación de todo el ser. El Espíritu tomará las cosas de Dios y las imprimirá en el alma. Mediante su poder, el camino de la vida será hecho tan claro que nadie necesite errar (Los hechos de los apóstoles, p. 43).
Al curar a Simón de la lepra, Cristo lo había salvado de una muerte viviente. Pero ahora Simón se preguntaba si el Salvador era profeta... Como Natán con David, Cristo ocultó el objeto de su ataque bajo el velo de una parábola. Cargó a su huésped con la responsabilidad de pronunciar sentencia contra sí mismo. Simón había arrastrado al pecado a la mujer a quien ahora despreciaba. Ella había sido muy perjudicada por él... Pero Simón se sentía más justo que María, y Jesús deseaba que viese cuán grande era realmente su culpa...
La frialdad y el descuido de Simón para con el Salvador demostraban cuán poco apreciaba la merced que había recibido. Pensaba que honraba a Jesús invitándole a su casa. Pero ahora se vio a sí mismo como era en realidad... Su religión había sido un manto farisaico... Mientras María era una pecadora perdonada, él era un pecador no perdonado. La severa norma de justicia que había deseado aplicar contra María le condenaba a él. Simón fue conmovido por la bondad de Jesús al no censurarle abiertamente delante de los huéspedes. Él no había sido tratado como deseaba que María lo fuese...
Una denuncia severa hubiera endurecido el corazón de Simón contra el arrepentimiento, pero una paciente admonición le convenció de su error. Vio la magnitud de la deuda que tenía para con su Señor. Su orgullo fue humillado, se arrepintió, y el orgulloso fariseo llegó a ser un humilde y abnegado discípulo (Conflicto y valor, p. 308).

 

Lunes 20 de marzo: La necesidad de justicia


La ropa blanca de la inocencia era llevada por nuestros primeros padres cuando fueron colocados por Dios en el santo Edén. Ellos vivían en perfecta conformidad con la voluntad de Dios... Una hermosa y suave luz, la luz de Dios, envolvía a la santa pareja. Este manto de luz era un símbolo de sus vestiduras espirituales de celestial inocencia. Si hubieran permanecido fíeles a Dios, habría continuado envolviéndolos. Pero cuando entró el pecado, rompieron su relación con Dios, y la luz que los había circuido se apartó. Desnudos y avergonzados, procuraron suplir la falta de los mantos celestiales cosiendo hojas de higuera para cubrirse. Esto es lo que los transgresores de la ley de Dios han hecho desde el día en que Adán y Eva desobedecieron. Han cosido hojas de higuera para cubrir la desnudez causada por la transgresión. Han usado los mantos de su propia invención; mediante sus propias obras han tratado de cubrir sus pecados y hacerse aceptables a Dios. Pero esto no pueden lograrlo jamás. El hombre no puede idear nada que pueda ocupar el lugar de su perdido manto de inocencia. Ningún manto hecho de hojas de higuera, ningún vestido común a la usanza mundana, podrán emplear aquellos que se sienten con Cristo y los ángeles en la cena de las bodas del Cordero.
Únicamente el manto que Cristo mismo ha provisto puede hacernos dignos de aparecer ante la presencia de Dios. Cristo colocará este manto, esta ropa de su propia justicia sobre cada alma arrepentida y creyente... Este manto, tejido en el telar del cielo, no tiene un solo hilo de invención humana. Cristo, en su humanidad, desarrolló un carácter perfecto, y ofrece impartimos a nosotros este carácter. “Como trapos asquerosos son todas nuestras justicias” (Isaías 64:6). Todo cuanto podamos hacer por nosotros mismos está manchado por el pecado. Pero el Hijo de Dios “apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él” (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 252, 253).
Cuando nos sometemos a Cristo... vivimos su vida. Esto es lo que significa estar cubiertos con el manto de su justicia. Luego, al contemplamos, el Señor no ve la vestidura de hojas de higueras, ni la desnudez y deformidad del pecado, sino su propio manto de justicia, que es obediencia perfecta a la ley de Jehová. A todos Dios ha ofrecido la ayuda que vigorizará todos los nervios y músculos espirituales para el día en que llegue el tiempo de prueba que nos sobrecogerá a todos. Se me ha encomendado el siguiente mensaje: Cubríos con toda la armadura de la justicia de Cristo... Y, habiendo hecho todo cuanto esté de vuestra parte, tendréis la victoria asegurada. A cada alma se le ofrece la misericordiosa oportunidad de afirmarse sobre la Roca de los Siglos (Mi vida hoy, p. 321).
Muchos están engañados acerca de la condición de su corazón. No comprenden que el corazón natural es engañoso más que todas las cosas y desesperadamente impío. Se envuelven con su propia justicia y están satisfechos con alcanzar su propia norma humana de carácter. Sin embargo, cuán fatalmente fracasan cuando no alcanzan la norma divina y, por sí mismos, no pueden hacer frente a los requerimientos de Dios (Mensajes selectos, t. 1, p. 376).

 

Martes 21 de marzo: Convencimiento de juicio


Cristo vino a poner la salvación al alcance de todos. Sobre la cruz del Calvario pagó el precio infinito de la redención de un mundo perdido. Su abnegación y sacrificio propio, su labor altruista, su humillación, sobre todo la ofrenda de su vida, atestiguan la profundidad de su amor por el hombre caído. Vino a esta tierra a buscar y salvar a los perdidos. Su misión estaba destinada a los pecadores: de todo grado, de toda lengua y nación. Pagó el precio para rescatarlos a todos y conseguir que se le uniesen y simpatizasen con él. Los que más yerran, los más pecaminosos, no fueron pasados por alto; sus labores estaban especialmente dedicadas a aquellos que más necesitaban la salvación que él había venido a ofrecer. Cuanto mayores eran sus necesidades de reforma, más profundo era el interés de él, mayor su simpatía, y más fervientes sus labores. Su gran corazón lleno de amor se conmovió hasta lo más profundo en favor de aquellos cuya condición era más desesperada, de aquellos que más necesitaban su gracia transformadora (Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 568).
El hombre caído es el cautivo legítimo de Satanás. La misión de Jesucristo fue libertarlo de su poder. El hombre se inclina naturalmente a seguir las sugerencias de Satanás y por sí mismo no puede resistir con éxito a un enemigo tan terrible, a menos que Cristo, el poderoso Vencedor, more en él, guiando sus deseos y dándole fuerza. Solo Dios puede limitar el poder de Satanás, que anda en la tierra de acá para allá. Ni por un momento deja de estar alerta por temor a perder una oportunidad para destruir a los hombres. Es importante que el pueblo de Dios entienda esto, para que pueda evadir sus trampas (Mensajes para los jóvenes, p. 36).
En el día del juicio final, cada alma perdida comprenderá la naturaleza de su propio rechazamiento de la verdad. Se presentará la cruz y toda mente que fue cegada por la transgresión verá su verdadero significado. Ante la visión del Calvario con su Víctima misteriosa, los pecadores quedarán condenados. Toda excusa mentirosa quedará anulada. La apostasía humana aparecerá en su odioso carácter. Los hombres verán lo que fue su elección (Hijos e hijas de Dios, p. 246).
En la ejecución final del juicio se verá que no existe causa para el pecado. Cuando el Juez de toda la tierra pregunte a Satanás: “¿Por qué te rebelaste contra mí y arrebataste súbditos de mi reino?”, el autor del mal no podrá ofrecer excusa alguna. Toda boca permanecerá cerrada, todas las huestes rebeldes quedarán mudas. Mientras la cruz del Calvario proclama el carácter inmutable de la ley, declara al universo que la paga del pecado es muerte. El grito agonizante del Salvador: “Consumado es”, fue el toque de agonía para Satanás. Fue entonces cuando quedó zanjado el gran conflicto que había durado tanto tiempo y asegurada la extirpación final del mal. El Hijo de Dios atravesó los umbrales de la tumba, “para destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, es a saber, al diablo”. Hebreos 2:14. El deseo que Lucifer tenía de exaltarse a sí mismo le había hecho decir: “¡Sobre las estrellas de Dios ensalzaré mi trono... seré semejante al Altísimo!” Dios declara: “Te tomo en ceniza sobre la tierra... y no existirás más para siempre”. Isaías 14:13, 14; Ezequiel 28:18, 19 (El conflicto de los siglos, p. 493).

Miércoles 22 de marzo: Seguridad de salvación


¿Cómo podemos quedar en duda e incertidumbre y sentimos huérfanos? Por amor a quienes habían transgredido la ley, Jesús tomó sobre sí la naturaleza humana; se hizo semejante a nosotros, para que tuviéramos la paz y la seguridad eternas. Tenemos un Abogado en los cielos, y quienquiera que lo acepte como Salvador personal, no queda huérfano ni ha de llevar el peso de sus propios pecados. “Amados, ahora somos hijos de Dios”. “Y si hijos de Dios, también herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados”. “Y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos como él es” (Romanos 8:17) (El discurso maestro de Jesucristo, p. 90).
La fe que sirve para ponemos en contacto vital con Cristo expresa de nuestra parte una suprema preferencia, perfecta confianza, entera consagración. Esta fe obra por el amor y purifica el alma. Obra en la vida del seguidor de Cristo la verdadera obediencia a los mandamientos de Dios, pues el amor a Dios y el amor al hombre serán el resultado de la relación vital con Cristo. “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él”. Romanos 8:9 (Mensajes selectos, t. 1, p. 392).
Cuando terminen nuestras faenas terrenales, y Cristo venga por sus hijos fieles, brillaremos como el sol en el reino de nuestro Padre. Pero antes de que venga ese tiempo, todo lo que sea imperfecto en nosotros será quitado. Toda envidia, y celos, y malas sospechas, y todo plan egoísta, habrán sido eliminados de la vida. ¿Estamos luchando con todas las facultades que Dios nos dio para alcanzar la medida de la estatura de hombres y mujeres en Cristo? ¿Estamos procurando su plenitud, conquistando una altura cada vez mayor, en procura de la perfección de su carácter? Cuando los siervos de Dios alcancen este punto, serán sellados en sus frentes. El ángel registrador declarará: “Consumado es”. Serán completos en él los que le pertenezcan por creación y por redención. Cuando venga Cristo, él tomará a los que han purificado sus almas por medio de la obediencia a la verdad... Esto mortal será vestido de inmortalidad, y estos cuerpos corruptibles, sujetos a la enfermedad, serán transformados de mortales en inmortales. Entonces recibiremos el don de una naturaleza más elevada. Los cuerpos de todos los que purifican sus almas obedeciendo la verdad, serán glorificados. Ellos habrán recibido y creído plenamente en Cristo Jesús (Mensajes selectos, t. 3, p. 488).
Ha llegado el tiempo cuando debemos esperar que el Señor haga grandes cosas para nosotros. Nuestros esfuerzos no deben flaquear ni debilitarse. Hemos de crecer en la gracia y en el conocimiento del Señor. Antes de que sea completamente terminada la obra y termine el sellamiento del pueblo de Dios, recibiremos el derramamiento del Espíritu de Dios. Ángeles del cielo estarán en nuestro medio. El presente es un tiempo de preparación para el cielo, cuando debemos caminar en plena obediencia a todos los mandamientos de Dios (Mensajes selectos, t. 1, p. 130).

 

Jueves 23 de marzo: El Espíritu Santo y la esperanza


Dios necesita hombres de valor intrépido, hombres llenos de esperanza, fe y confianza, que se regocijen pensando en el triunfo final y rehúsen rendirse ante los obstáculos. Aquel que se adhiere firmemente a los principios de la verdad tiene la certeza de que sus puntos de carácter más débiles pueden transformarse en los más fuertes. Los ángeles del cielo están junto al que lucha para poner su vida en armonía con Dios y su santa ley. Dios está con él mientras declara: “Debo vencer las tentaciones que me rodean, antes de que tomen el lugar de Cristo en mi corazón”. Combate contra toda tentación y se enfrenta con valor a cada oposición. Por medio de la fortaleza obtenida de lo alto, domina las pasiones y tendencias que, si no los controlara, lo llevarían al fracaso...
¿Por qué, entonces, no se adelantan con fe y valor los que se enfrentan a los poderes de las tinieblas? Dios y Cristo y el Espíritu Santo están de su lado... Que los que se afianzan debajo del estandarte ensangrentado del Príncipe Emanuel no hagan nada que traería deshonra a la causa por la cual luchan. Dios espera que sus soldados sean valientes, leales y honrados (In Heavenly Places, p. 327; parcialmente enEn los lugares celestiales, p. 329).
Confiad en Dios, esperad en él y descansad en sus promesas. Cuando el diablo viene con sus dudas e incredulidades, cerrad la puerta de vuestro corazón. Cerrad vuestros ojos para no espaciaros en sus sombras infernales. Alzad vuestra vista a donde podáis contemplar las cosas que son eternas, y encontraréis fuerzas para cada hora. La prueba de vuestra fe es mucho más preciosa que el oro. ... Os hace valientes para pelear la batalla del Señor (Nuestra elevada vocación, p. 88).
Si Jesús no hubiera muerto como nuestro sacrificio y no hubiera resucitado, nunca hubiéramos conocido la paz, nunca hubiéramos sentido gozo, sino tan solo habríamos experimentado los horrores de la oscuridad y las aflicciones de la desesperación. Por lo tanto, solo la alabanza y gratitud sean el lenguaje de nuestro corazón. Toda nuestra vida hemos sido participantes de sus beneficios celestiales, recipientes de las bendiciones de su expiación sin par...
El lenguaje del alma debiera ser de gozo y gratitud. Si algunos tienen capítulos oscuros en su vida, sepúltenlos. No se mantenga viva esa historia mediante la repetición... Cultivad tan solo aquellos pensamientos y sentimientos que produzcan gratitud y alabanza... Os suplico que nunca profiráis una palabra de queja, sino que alberguéis sentimientos de agradecimiento y gratitud. Al proceder así, aprenderéis a producir melodías en vuestro corazón. Entretejed en vuestra experiencia como urdimbre y trama las áureas hebras de gratitud. Contemplad la tierra mejor, donde nunca se derraman lágrimas, donde nunca se experimentan las tentaciones y pruebas, donde no se conocen pérdidas ni reproches, donde todo es paz, gozo y felicidad. Aquí puede espaciarse ampliamente vuestra imaginación. Esos pensamientos os harán pensar más en el cielo, os dotarán de vigor celestial, satisfarán vuestra alma sedienta con ríos de aguas vivas, y pondrán sobre vuestro corazón el sello de la imagen divina. Os llenarán con gozo y esperanza al creer, y habitarán con vosotros para siempre como un consolador (En los lugares celestiales, p. 38).