CAPÍTULO 1
EL DEDO DE DIOS EN ACCIÓN

Los estudios bíblicos avanzaban bien. El joven era un cristiano carismático, que expresaba el deseo de conocer mejor la Biblia, y yo estaba contento de ayudarlo. Él estudiaba por sí mismo cada lección bíblica, y luego la repasábamos juntos en su casa, semana tras semana, analizando enseñanzas clave y respondiendo a sus preguntas. Cuando estudiamos acerca del sábado bíblico, me agradó la nota de entusiasmo que mostró por esta enseñanza nueva. "¡Nunca me di cuenta de que esto era para los cristianos!", dijo. Me entusiasmó la perspectiva de que aceptara la verdad del sábado.
Después de varias semanas de aprender y de repasar la belleza y el don del sábado, finalmente reuní el valor suficiente para preguntarle si estaba listo para guardarlo. Su respuesta me anonadó, y años más tarde me di cuenta de cuan ingenuo había sido en aquellos días, como joven pastor, con poca o ninguna experiencia en estudiar con los que no eran de nuestra fe. Él dijo: "Oh, yo veo claramente que esto es lo que enseña la Biblia, pero no estoy listo para guardarlo. Estoy esperando que el Espíritu me diga eso, y ciertamente todavía no me ha impresionado sobre que deba hacerlo".
El resto del tiempo de estudio se me hizo un borrón. No sabía cómo responderle. No lo veía venir. Hoy, podría haberle dicho: "Tim, ¿no te está hablando el Espíritu por medio de la Palabra de Dios?"
Esto ilustra la falsa dicotomía que el diablo usa exitosamente con muchos cristianos, especialmente con quienes tienen antecedentes carismáticos y pentecostales. Él la usa aun contra los adventistas del séptimo día, cuando obstinadamente rehusamos renunciar a algo que acariciamos, pero a lo que la Biblia se opone. Aunque son dos cosas diferentes, el impulso del Espíritu está relacionado con la enseñanza de la Palabra. Y si somos hombres y mujeres del Espíritu, nuestro anhelo será escuchar la enseñanza de la Biblia y seguir sus instrucciones, no ignorarlas.
Eso sigue una lógica sencilla: el Espíritu Santo es el Autor de la Biblia y, por ende, seguir lo que dice la Biblia es seguir los impulsos del Espíritu. "Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro [...] porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo" (2 Ped. 1:19, 21).

EL SIGNIFICADO DEL DEDO DE DIOS

Uno de los encuentros más fascinantes que tuvo Jesús con los líderes religiosos fue con respecto a la acusación de que echaba los demonios por el poder de Beelzebú (Mat. 12:22-30; Mar. 3:22- 27; Luc. 11:14-23). Beelzebú, por supuesto, identificaba a Satanás mismo (Mar. 3:22,23). Ese nombre era la traducción griega de una palabra compuesta hebrea que incluye Ba-al -el dios cananeo de la lluvia y las tormentas- y zebul, que significa "casa elevada", o "casa celestial".1 Los judíos notaron que Jesús no echaba fuera los demonios, como lo hacían los exorcistas, usando nombres antiguos, usando hierbas o pociones, o anillos para la nariz, para extraer los espíritus. Jesús, en realidad, echaba fuera los demonios "con la palabra" (Mat. 8:16).
Ahora viene lo interesante. Los informes respecto de esta historia que se hallan en Mateo y Lucas son prácticamente idénticos, y ambos incluyen la respuesta de Jesús a la ridicula acusación de los fariseos y los escribas. "Si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios", escribe Mateo, "ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios" (Mat. 12:28). En otras palabras, ¿tiene sentido que el diablo pelee contra sí mismo? Yo echo fuera los demonios por el poder del Espíritu Santo, y esa es una evidencia de que el Reino de Dios está en medio de vosotros.
Pero, mientras el informe de Mateo usa la expresión "Espíritu de Dios", el informe de Lucas usa una expresión diferente: "Mas si por el dedo de Dios echo yo fuera los demonios, ciertamente el reino de Dios ha llegado a vosotros" (Luc. 11:20; énfasis añadido). ¿Qué? ¿El dedo de Dios? Bueno, esto nos recuerda la confrontación entre Moisés y los magos del Faraón, quienes al ver que no podían reproducir la tercera plaga por medio de la magia negra se volvieron a Faraón diciendo: "Dedo de Dios es este" (Éxo. 8:19).
Lo que los magos querían decir era que este era el poder de Dios. Lo que Jesús quiso significar fue: este es el Espíritu de Dios. Pero esto es aún más profundo. Basados en las lecturas de Mateo y de Lucas, podríamos decir que el dedo de Dios es el Espíritu de Dios. No es así, literalmente, sino que el poder de Dios -el dedo de Dios- se debe al Espíritu de Dios. Y ¿dónde más encontramos específicamente el dedo de Dios en acción? En la escritura de los Diez Mandamientos (Éxo. 31:18).
Si mi amigo carismático se hubiera dado cuenta de que el Autor de las Escrituras y el Escritor de la Ley moral de Dios son uno y el mismo -el Espíritu Santo-, tal vez no habría pasado por alto la Palabra de Dios en una enseñanza específica que era nueva para él. El hecho de que Jesús expulsara los demonios "con la palabra" (Mat. 8:16), y esa Palabra fuera una palabra poderosa, otorga mayor credibilidad al concepto de que la Palabra de Dios es realmente de donde proviene el poder del Espíritu. Por años, al dirigir reuniones evangelizadoras, he presenciado el poder de Dios que cambió cosmovisiones profundamente arraigadas, hábitos de toda la vida e ideas preconcebidas, no solo entre los jóvenes o los que no tenían educación formal, sino también entre los mayores y los muy educados. ¿Cómo puede ocurrir esto en cuestión de semanas, o algunas veces aun días? No es por causa de que mi predicación sea tan impresionante, o por que los lugares de las reuniones a los que invitamos a la gente sean tan transformadores. La única explicación posible es que el Espíritu de Dios está dentro de la Palabra de Dios. La Palabra de Dios convierte a los pecadores; los pecadores no convierten a los pecadores.

LA REVELACIÓN DE DIOS

La pregunta que se impone en este análisis es: ¿Cómo es que el Espíritu Santo revela esta palabra de poder a los seres humanos?" La respuesta es tan hermosa como importante, para nuestra comprensión de los caminos de Dios.
El plan original de Dios era comunicarse con la humanidad cara a cara, por medio del Hijo. Esa fue la experiencia temprana de Adán y de Eva (Gén. 1:27, 28; 2:16, 17). Pero, cuando entró el pecado en este mundo, los seres humanos ya no tuvieron el deseo de conversar con Dios directamente (3:8-13), y el pecado ya no Ies permitía ver a Dios (Éxo. 33:20). Aun el caminar de Enoc con Dios no fue literal, sino espiritual. "El andar de Enoc con Dios no era en éxtasis o visión, sino en todos los deberes de su vida diaria".2
Todavía era posible mantener un cuadro claro del carácter de Dios y de su voluntad desde el tiempo de Adán hasta Noé. Pero, después del Diluvio las cosas fueron más complicadas. El mundo cayó en una oscuridad abyecta, y la luz de Dios llegó a ser muy débil. Dios encontró a Abraham, un babilonio abierto al liderazgo de Dios, e inició una nueva nación que reflejaría al Dios del cielo. Pero, esta empresa no era suficiente. Quinientos años más tarde vino Moisés, y por medio de él Dios inició un nuevo plan, que aseguraría el mantenimiento del conocimiento de Dios para las generaciones futuras: la Biblia.
Desde el tiempo de los antediluvianos hasta el tiempo de Moisés, la forma en que el Espíritu Santo se comunicaba con la humanidad se conoce como la revelación general. Es decir, la humanidad ha mantenido un sentimiento de lo Divino, y procura encontrarlo, puesto que Dios ha "puesto eternidad en el corazón de ellos" (Ecl. 3:11). Y Dios se reveló a sí mismo, principalmente, por medio de su creación (Sal. 19:1-4; Rom. 1:19-23), y en la conciencia individual (Rom. 2:15). "Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa" (Rom. 1:20).
La comunicación con la humanidad a través de la Biblia se conoce como la revelación especial. Esta no es una revelación universalmente accesible. Fue dada a un grupo de personas que estaba abierto a recibirla, comenzando con Moisés y los profetas. Y, a través de esas personas, el conocimiento de Dios se difundiría a otros. Es una revelación mucho más personal, más específica. A pesar de la depravación humana y la falta de disposición de los hombres a conocer y obedecer a Dios, él encontró una manera de revelarse, ¡por un Libro! Esto es lo que él hace. El usa toda manera posible para darse a conocer, porque sin conocerlo no podemos tener vida (Juan 17:3). Finalmente, la revelación más clara de Dios vendría por medio de su Hijo, Jesucristo, caminando sobre la Tierra en la plenitud de la humanidad.
"Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo" (Heb. 1:1, 2).

EL PROCESO DE LA INSPIRACIÓN

Dios elige no guardar silencio. Y su método de revelación especial se llama inspiración. Esto es el cómo del qué. Lo que Dios hace es revelar, y el cómo lo revela es por medio de la inspiración. En un sentido humano, físico, la inspiración es equivalente a inhalar, a respirar. Pero, cuando hablamos acerca de la inspiración de las Escrituras, la inspiración es esa actividad de Dios que permite que los seres humanos reciban su "respiración"; y es lo que nos dará vida. Y así, "toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia, a fin de que el siervo de Dios esté enteramente capacitado para toda buena obra" (2 Tim. 3:16, 17, NV1). El Espíritu Santo "respiró" los mensajes de Dios para los profetas, quienes los registraron para todos los que deseen escuchar, y vivir.
La analogía de la "respiración" corresponde con el cuadro que nos dan las Escrituras acerca de la naturaleza del Espíritu Santo. La Biblia dice que "los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo" (2 Ped. 1:21). Esa palabra inspirados proviene del griego féromai, que significa "soplado", o "llevado", consistente con el nombre real y original para el Espíritu Santo: pnéuma, viento o aliento. Respirar es como soplar, es capaz de mover cosas. Jesús mismo tenía igual concepto cuando dijo a Nicodemo que debía nacer del Espíritu Santo (Juan 3:5-7).
"El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu" (vers. 8). Así que, aunque el Espíritu Santo sea un tanto misterioso, ciertamente puedes ver el impacto que tiene en la vida de aquellos sobe quienes "sopla" o "respira".
Ahora bien, algunos cristianos y eruditos creen que este "respirar", esta inspiración, es una inspiración literal, palabra por palabra. Creen que el Espíritu Santo dictó a los profetas lo que Dios quería decir, y ellos fueron apenas sus amanuenses. A esto se lo conoce como inspiración verbal. Sin embargo, esto sencillamente no puede ser verdad. Hay casos en las Escrituras en que dos o tres autores narran el mismo incidente, pero usan palabras diferentes o destacan aspectos distintos. Además, se nos dice, por ejemplo, que Salomón, cuando escribió sus proverbios, "procuró también hallar las palabras más adecuadas" (Ecl. 12:10); y Lucas nos dice que la historia de la iglesia temprana está disponible porque investigó "con diligencia todas las cosas desde su origen", y decidió escribirlas "por orden" (Luc. 1:3). Eso no suena como recibir un dictado.
Esto se conoce como inspiración del pensamiento. El Espíritu Santo impulsó a las personas a escribir sus mensajes, no a sus dedos para que lo hicieran. En 1886, la Sra. Elena de White tuvo esto para decir acerca de la forma en que el Espíritu Santo inspiró su Palabra: "La Biblia fue escrita por hombres inspirados; pero no es la forma del pensamiento de Dios y de su expresión, sino la forma humana. Dios no está representado como escritor. Los hombres dicen con frecuencia que tal expresión no parece ser de Dios; pero Dios no se ha puesto a prueba en la Biblia en palabras, en lógica, en retórica. Los escritores de la Biblia fueron los escribientes de Dios, no su pluma".3

LA ÚLTIMA ETAPA: ILUMINACIÓN

La última etapa en el proceso de la revelación especial se llama iluminación. Esta se refiere a la interpretación de las Escrituras. La iluminación tiene que ver con las luces que se encienden.
En algunas culturas, cuando una idea brillante resulta clara o se entiende una percepción profunda, se ilustra con una lámpara que se enciende. ¡La persona ahora lo "ve"! El hecho de que Dios se revele a sí mismo, y que lo haga por la inspiración del Espíritu Santo sobre los profetas y los apóstoles, no significa que automáticamente interpretemos correctamente todo lo que Dios quiere transmitirnos. Nosotros, los oyentes, los lectores de la Palabra de Dios, también necesitamos la ministración del Espíritu Santo para comprender correctamente su voluntad expresada por medio de las Escrituras. ¡Cuán a menudo la gente ha hecho decir a la Biblia lo que ellos querían que dijera!
Por esto, es muy importante tener la actitud correcta cuando abrimos la Palabra de Dios. Debemos orar antes de hacerlo, sometiendo nuestra voluntad a la de Dios, expresando nuestro deseo de comprender realmente su mensaje para nosotros en las palabras que estamos por leer. Debemos ponernos bajo la Palabra, no por sobre ella. Debemos permitir que Dios tenga la última palabra. Entonces, el Espíritu Santo guiará nuestras mentes y corazones para percibir las cosas de Dios.
"Porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios" (1 Cor. 2:10, 11). El argumento de Pablo a los corintios se basa en el principio filosófico griego de que "Solo los iguales conocen a los iguales". Nosotros, los seres humanos, no poseemos naturalmente la ca pacidad de conocer a Dios. Soio Dios puede conocer a Dios.4 Y por eso el Espíritu Santo es absolutamente esencial, si hemos de comprender lo que leemos en las Escrituras.

UNA HISTORIA DE ILUMINACIÓN

Hace años, como joven profesor, luchaba para comprender el significado de Marcos 11:24: "Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá". Yo sabía que el giro que le daban los predicadores de la "prosperidad" no podía ser correcto: la teología del "dilo y pídelo", que lleva a la gente a suponer que todo lo que desean es la voluntad de Dios.
Estaba en un retiro junto con otras personas, y me desperté temprano el sábado para estudiar el pasaje otra vez, sin la ayuda de libros de referencia o de comentarios. Por supuesto, yo sabía que leer las Escrituras en el contexto es esencial, de modo que decidí leer los pasajes anteriores y posteriores al versículo en cuestión.
Con una oración pidiendo la conducción del Espíritu Santo, llegué a ver que el versículo 22 era la clave: "Tened fe en Dios". Pero, lo que me desconcertaba era el versículo siguiente: "Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en el corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho" (vers. 23).
¿Realmente? ¿Cómo podía ser eso? Sabía que Jesús no estaba hablando meramente en un sentido figurado, porque la historia nos dice que él y sus discípulos acababan de pasar junto a la higuera que se había secado el día anterior, y que la ruta era entre Betania y el Templo. Así que, él pudo haber señalado al Monte de los Olivos o alguna otra montaña cercana, cuando se refería a "este monte". Después de todo, algunos montes literales una vez desaparecieron (Gén. 7:19, 20), y desaparecerán otra vez antes de la Segunda Venida (Apoc. 16:17-20).
Así que, Jesús pudo haber estado hablando tan literalmente aquí como cuando maldijo la higuera que se secó (Mar. 11:12-14). Ahora bien, entendía que la higuera era un símbolo de Israel; específicamente, de los líderes de Israel (Ose. 9:10). También sabía que el secamiento de la higuera sucedió el lunes de mañana, el día después de la entrada triunfal del Mesías en Jerusalén (Mat. 21:8-11). Y recordaba haber leído que Jesús había pasado toda la noche del domingo en oración.5 La Biblia solo menciona otras dos noches que Jesús pasó en oración: la noche antes de escoger a sus doce discípulos (Luc. 6:12), y la noche después de haber alimentado a los cinco mil, quienes, a su vez, casi lo coronaron por la fuerza como rey (Juan 6:15). Así que, la importancia de esa noche fue muy grande, porque la pasó en oración.
Entonces pensé acerca de por qué Jesús habría permitido que lo alabaran tan liberalmente y lo saludaran como el próximo rey durante la entrada triunfal el domingo; esto estaba decididamente fuera de su manera de ser. Y mi mente otra vez fue iluminada.
La razón estaba conectada con Éxodo 12. Allí, se nos dice que el Cordero pascual había de ser muerto el día 14 del mes de Nisán. El día en que Jesús murió (año 31 d.C) era el 14 de Nisán, y fue día viernes; día exacto de su crucifixión y muerte. Pero Éxodo también menciona que el cordero debía ser elegido el día 10°, y estar expuesto por cuatro días hasta su muerte. ¡Pensé que Jesús experimentó los eventos en su orden exacto! Durante toda la semana Jesús se mostró en el Templo, donde millares de personas llegaron a escucharlo. Y el 10 de Nisán fue lunes (la noche del domingo). Ese día, el Sanedrín escogió eliminar a Jesús, a cualquier costo. Los eventos del día anterior habían demostrado la enorme popularidad de Jesús, y los dirigentes judíos decidieron destruirlo. Eligieron el "sacrificio" el 10 de Nisán, domingo de noche, ¡la misma noche en que Jesús pasó intercediendo por ellos! Ahora ía maldición de la higuera el lunes de mañana adquiría sentido. El árbol representaba a los dirigentes judíos. Se suponía que ellos eran los agentes que Dios usaría para atraer a otros hacia Jesús, así como Jesús fue atraído al árbol. Procuró comer de él, creyendo que ya tendría higos -las primicias-, en vez de solo hojas. Cuando vio que no tenía nada sino hojas, Jesús debió de haber dado un paso atrás, fuertemente chasqueado, recordando la profecía de Jeremías: "¿Por qué es este pueblo de Jerusalén rebelde con rebeldía perpetua? Abrazaron el engaño, y no han querido volverse. Escuché y oí; no hablan rectamente, no hay hombre que se arrepienta de su mal, diciendo: ¿Qué he hecho? Cada cual se volvió a su propia carrera, como caballo que arremete con ímpetu a la batalla".
Claramente, este era un cuadro desalentador de los líderes de Jerusalén. Pero, el texto continúa: "¿Cómo decís: Nosotros somos sabios, y la ley de Jehová está con nosotros? Ciertamente la ha cambiado en mentira la pluma mentirosa de los escribas [...]. He aquí que aborrecieron la palabra de Jehová; ¿y qué sabiduría tienen?" Y entonces el golpe final:
"Los cortaré del todo, dice Jehová. No quedarán uvas en la vida, ni higos en la higuera, y se caerá la hoja; y lo que les he dado pasará de ellos" (Jer. 8:5, 6, 8, 9, 13; énfasis añadido).
Entonces comprendí qué quiso decir Jesús en Marcos 11. Él estaba tan convencido de que los montes desaparecerían por la palabra de uno, como de que la higuera se secaría por su palabra.
Y, en realidad, así sucedió. Pero esa no fue una maldición al azar contra un árbol cualquiera. Fue una orden dada en el momento exacto en que se cumplía la profecía de Jeremías por los eventos de esa semana, y las instrucciones dadas en Éxodo 12. Ocurrió en cumplimiento de la Palabra de Dios.
Toda esa comprensión, y muchos más detalles para los cuales no tenemos lugar aquí para contar, surgieron en mi mente ese sábado de mañana. ¿Por qué? Porque el Espíritu del Dios viviente había sido invitado a iluminar mi mente, y me permitieron entender las cosas de Dios.
Y esto es posible para cualquiera de sus hijos.


Referencias:

1 Eerdmans Dictionary ofthe Bible, bajo "Beelzebul", "Baal-zebub", por John L. McLaughlin (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 2000). Ver también, F. D. Nichol, ed., Comentario bíblico adventista (Boise, ID: Publicaciones Interamericanas, 1987), t. 5, p. 368; Darrel L. Bock, Luke, t. 2, 9:51-24:53, Baker Exegetical Commentary on the New Testament (Grand Rapids, MI: Baker Books, 1996), p. 1.074. Algunos eruditos creen que Beelzebú es una derivación de Baal-Zebub, "príncipe de las EL DEDO DE DIOS EN ACCIÓN 23 moscas". Baal-Zebub era el dios de la ciudad filistea de Ecrón (2 Rey. 1:2, 3, 6, 16). El control sobre las moscas sugeriría el control sobre las enfermedades. Por otro lado, varias tabletas de Ras Shamra, de alrededor de 1400 a.C., hablan de "Zebul, príncipe de la tierra". Esto nos recuerda el texto escrito por Pablo a los Efesios donde se refiere a Satanás como "el príncipe de la potestad del aire" (2:2). 2 Elena de White, Obreros evangélicos (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1971), pp. 52, 53. Se dice que Daniel y sus amigos "anduvieron con Dios como lo hizo Enoc", White, Profetas y reyes (Mountain View, Cal.: Publicaciones Interamericanas, 1957), p. 357. Nadie encuentra aquí que se hable de un caminar físico, cara a cara, con Dios. 'White, Manuscrito 24, 1866, en el Comentario bíblico adventista, t. 7, p. 957. 4 Gordon D. Fee, The First Epistle to the Corinthians, The New International Commentary on the New Testament (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 1987), p. 110. 5 White, El Deseado de todas las gentes (Mountain View, CA: Publicaciones Interamericanas, 1955), p. 534.