Lección 9 INDICIOS DE ESPERANZA

Sábado 19 de noviembre

“El que me ama, será amado de mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él”. Jesús leía el futuro de sus discípulos. Veía a uno llevado al cadalso, otro a la cruz, otro al destierro entre las solitarias rocas del mar, otros a la persecución y la muerte. Los animó con la promesa de que en toda prueba estaría con ellos. Esta promesa no ha perdido nada de su fuerza. El Señor sabe todo lo relativo a los fieles siervos suyos que por su causa están en la cárcel o desterrados en islas solitarias. El los consuela con su propia presencia. Cuando por causa de la verdad, el creyente está frente a tribunales inicuos, Cristo está a su lado. Todos los oprobios que caen sobre él, caen sobre Cristo. Cristo vuelve a ser condenado en la persona de su discípulo. Cuando uno está encerrado entre las paredes de la cárcel, Cristo arroba el corazón con su amor. Cuando uno sufre la muerte por causa suya, Cristo dice: “Yo soy... el que vivo, y he sido muerto; y he aquí que vivo por siglos de siglos... Y tengo las llaves del infierno y de la muerte”. La vida que es sacrificada por mí se conserva para llegar a disfrutar la gloria eterna.

En toda ocasión y lugar, en todas las tristezas y aflicciones, cuando la perspectiva parece sombría y el futuro nos deja perplejos y nos sentimos impotentes y solos, se envía el Consolador en respuesta a la oración de fe. Las circunstancias pueden separamos de todo amigo terrenal, pero ninguna circunstancia ni distancia puede separamos del Consolador celestial. Dondequiera que estemos, dondequiera que vayamos, está siempre a nuestra diestra para apoyamos, sostenemos y animamos (El Deseado de todas las gentes, p. 623).

Las vicisitudes más difíciles de la vida cristiana deberían ser las que proporcionen mayores bendiciones. Las providencias especiales recibidas en las horas lóbregas deben animar al alma en los futuros ataques de Satanás, y deben aparejar al siervo de Dios para que permanezca firme en las fieras pruebas. La prueba de vuestra fe es más preciosa que el oro. Debéis tener esa confianza en Dios que no es perturbada por las tentaciones y los argumentos del engañador. Confiad en la palabra del Señor... La fe familiariza al alma con la existencia y la presencia de Dios (A fin de conocerle, p. 259).


 

Domingo 20 noviembre: Fraguadores de mentiras


“Respondió Jehová a Job desde un torbellino” (Job 38:1), y reveló a su siervo la grandeza de su poder. Cuando Job alcanzó a vislumbrar a su Creador, se aborreció a sí mismo y se arrepintió en el polvo y la ceniza.

Entonces el Señor pudo bendecirle abundantemente y hacer de modo que los últimos años de su vida fuesen los mejores.

La esperanza y el valor son esenciales para dar a Dios un servicio perfecto. Son el fruto de la fe. El abatimiento es pecaminoso e irracional. Dios puede y quiere dar “más abundantemente” (Hebreos 6:17) a sus siervos la fuerza que necesitan para las pruebas. Los planes de los enemigos de su obra pueden parecer bien trazados y firmemente asentados; pero Dios puede anular los más enérgicos de ellos. Y lo hace cómo y cuándo quiere; a saber, cuando ve que la fe de sus siervos ha sido suficientemente probada.

Para los desalentados hay un remedio seguro en la fe, la oración y el trabajo. La fe y la actividad impartirán una seguridad y una satisfacción que aumentarán de día en día. ¿Estáis tentados a ceder a presentimientos ansiosos o al abatimiento absoluto? En los días más sombríos, cuando en apariencia hay más peligro, no temáis. Tened fe en Dios. El conoce vuestra necesidad. Tiene toda potestad. Su compasión y amor infinitos son incansables. No temáis que deje de cumplir su promesa. Él es la verdad eterna. Nunca cambiará el pacto que hizo con los que le aman. Y otorgará a sus fieles siervos la medida de eficiencia que su necesidad exige (Profetas y reyes, pp. 120, 121).

Cuando se alberga a Cristo en el corazón, su imagen se manifiesta en la vida. La humildad remará donde antes predominaba el orgullo. La sumisión, la mansedumbre y la paciencia suavizarán los rasgos ásperos de una disposición naturalmente perversa e impetuosa. El amor a Jesús se manifestará en el amor a su pueblo. No será vacilante ni espasmódico, sino tranquilo, profundo y fuerte. La vida del cristiano estará desprovista de toda pretensión, libre de toda afectación, artificio y falsedad. Será ferviente, verdadera, sublime. Cristo aparecerá en cada palabra. Se lo verá en cada acto.

La vida resplandecerá con la luz del Salvador que mora interiormente. En comunión con Dios y en la feliz contemplación de las cosas celestiales, el alma se preparará para el cielo y trabajará para atraer a otras almas al redil de Cristo. Nuestro Salvador es capaz y está dispuesto a hacer por nosotros más de lo que podemos pedir y aun pensar (Mente, carácter y personalidad, tomo 2, p. 645).

Satanás triunfa cuando puede inducir a los hijos de Dios a la incredulidad y al desaliento. Se regocija cuando nos ve desconfiar de Dios, dudando de su buena voluntad y de su poder para salvamos. Le agrada hacemos sentir que el Señor nos hará daño por sus providencias. Es la obra de Satanás representar al Señor como falto de compasión y piedad. Tergiversa la verdad respecto a él. Llena la imaginación de ideas falsas tocante a Dios; y en vez de espaciamos en la verdad con respecto a nuestro Padre celestial, muchísimas veces fijamos la mente en las falsas representaciones de Satanás y deshonramos a Dios desconfiando de él y murmurando contra él. Satanás siempre procura presentar la vida religiosa como una vida de tinieblas. Desea hacerla aparecer penosa y difícil; y cuando el cristiano, por su incredulidad, presenta en su vida la religión bajo este aspecto, secunda la falsedad de Satanás (El camino a Cristo, p. 117).

 

Lunes 21 noviembre : Aunque me matare


No hay salvación sin arrepentimiento. Ningún pecador impenitente puede creer con su corazón para justicia. El arrepentimiento es descrito por Pablo como un piadoso dolor por el pecado, que “produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse” (2 Corintios 7:10). Este arrepentimiento no tiene en sí ningún mérito por naturaleza, sino que prepara al corazón para la aceptación de Cristo como el único Salvador, la única esperanza del pecador perdido. Cuando el pecador contempla la ley, le resulta clara su culpabilidad, y queda expuesta ante su conciencia, y es condenado.

Su único consuelo y esperanza se encuentran en acudir a la cruz del Calvario. Al confiar en las promesas, aceptando lo que dice Dios, recibe alivio y paz en su alma. Clama: “Señor, tú has prometido salvar al que acude a ti en el nombre de tu Hijo. Soy un alma perdida, impotente y sin esperanza. Señor, sálvame, o perezco”. Su fe se aferra de Cristo, y es justificado delante de Dios.

Pero al paso que Dios puede ser justo y sin embargo justificar al pecador por los méritos de Cristo, nadie puede cubrir su alma con el manto de la justicia de Cristo mientras practique pecados conocidos, o descuide deberes conocidos. Dios requiere la entrega completa del corazón antes de que pueda efectuarse la justificación. Y a fin de que el hombre retenga la justificación, debe haber una obediencia continua mediante una fe activa y viviente que obre por el amor y purifique el alma (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 428, 429).

Necesitamos tener más de Jesús y mucho menos del yo. Necesitamos la sencillez de un niño que nos conduzca a contarle al Señor todos nuestros deseos, y creer que de acuerdo con sus riquezas y bondad y amor satisfará nuestras necesidades. “Y todo lo que pidierais al Padre en mi nombre, lo haré”. Si me aman —dice— mostrarán su amor guardando mis mandamientos. “Y yo rogare al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad” (Juan 14: 13, 16, 17)...

“El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él” (S. Juan 14:21). Esta es la única prueba del carácter. Al hacer la voluntad de Dios damos la mejor evidencia de que amamos a Dios y a Jesucristo a quien ha enviado. Las palabras de amor a Dios repetidas a menudo no tienen valor a menos que el amor se manifieste en la vida práctica. El amor a Dios no es un mero sentimiento; es un poder viviente y que obra… El hombre que hace la voluntad de su Padre que está en los cielos muestra al mundo que ama a Dios. El fruto de su amor se ve por medio de buenas obras (Reflejemos a Jesús, p. 71).


Martes 15 de noviembre : Indicios de esperanza


Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de aquellos que dormían. Él estaba representado por la gavilla agitada, y su resurrección se realizó en el mismo día en que esa gavilla era presentada delante del Señor... La gavilla dedicada a Dios representaba la mies. Así también Cristo, las primicias, representaba la gran mies espiritual que ha de ser juntada para el reino de Dios.

Su resurrección es figura y garantía de la resurrección de todos los justos muertos. “Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con él a los que durmieron en Jesús”.

La resurrección de Jesús fue una muestra de la resurrección final de todos los que duermen con él. El cuerpo resucitado del Salvador, su semblante, el acento de su voz, eran familiares a sus seguidores. De la misma manera se levantarán los que duermen en Jesús.

Conoceremos a nuestros amigos del mismo modo como los discípulos conocieron a Jesús. Pueden haber estado deformados, enfermos o desfigurados en esta vida mortal; no obstante en su cuerpo resucitado y glorificado se conservará perfectamente su identidad individual y reconoceremos, en el rostro radiante con la luz reflejada del rostro de Jesús, los rasgos de los que amamos. Nos recibirá con honores. Se nos entregará una corona de vida que nunca perderá su resplandor (La fe por la cual vivo, p. 182).

Pablo dirigió los pensamientos de los hermanos corintios a los triunfos de la mañana de la resurrección, cuando todos los santos que duermen se levantarán, para vivir para siempre con el Señor. “He aquí —declaró el apóstol— os digo un misterio: Todos ciertamente no dormiremos, mas todos seremos transformados, en un momento, en un abrir de ojo, a la final trompeta; porque será tocada la trompeta, y los muertos serán levantados sin corrupción, y nosotros seremos transformados. Porque es menester que esto corruptible sea vestido de incorrupción, y esto mortal sea vestido de inmortalidad. Y cuando esto corruptible fuere vestido de incorrupción, y esto mortal fuere vestido de inmortalidad, entonces se efectuará la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte con victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?...

A Dios gracias, que nos da la victoria por el Señor nuestro Jesucristo”. Glorioso es el triunfo que aguarda al fiel. El apóstol, comprendiendo las posibilidades que estaban por delante de los creyentes corintios, trató de exponerles algo que los elevara del egoísmo y la sensualidad y glorificase su vida con la esperanza de la inmortalidad. Fervorosamente los exhortó a ser leales a su alta vocación en Cristo. “Hermanos míos amados —les suplicó— estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es vano (Los hechos de los apóstoles, p. 258).


 

Miércoles 23 de noviembre : Esperanza antes de que comenzara el mundo


La excelencia de una relación genuina con Cristo proviene de la obediencia a las palabras: “Tomad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí”...

El obrero que ha experimentado esto tiene un intenso anhelo de conocer la plenitud del amor que sobrepuja todo conocimiento. Su capacidad para disfrutar del amor de Dios aumenta constantemente. Al aprender cada día en la escuela de Cristo, tiene una capacidad creciente para captar el significado de las sublimes verdades que son tan abarcantes como la eternidad...

Comprende que él es un material con el cual está obrando Dios y que debe ser pasivo en las manos del Maestro. Las pruebas lo asaltan, porque a menos que sea probado por la piedra de toque y por los contratiempos, nunca llegaría a conocer su falta de sabiduría y de experiencia. Si busca al Señor con humildad y confianza, cada prueba resultará para su bien. A veces le parecerá que fracasa, pero su supuesto fracaso para alcanzar el lugar donde esperaba estar puede ser el camino de Dios para hacerle avanzar. Piensa que ha fracasado, pero su fracaso aparente significa un mejor conocimiento de sí mismo y una confianza más firme en Dios...

Quizá cometa errores, pero aprende a no repetirlos. Unido a Cristo, la Vid verdadera, puede llevar fruto para gloria de Dios (En lugares celestiales, p. 28). Todo el desprecio y la amargura que Cristo encontraba a diario no lo pudieron despojar de su serenidad. Cuando lo insultaban, él no devolvía las injurias... Nunca cruzó los límites de la corrección. ¿Quién era él? La Majestad del cielo, el Rey de gloria. La tormenta levantada por sus opositores azotaba a su alrededor, pero él no le prestaba atención. Podía darse el lujo de mantenerse en calma, porque era la encamación viviente de la verdad. Y actualmente los que proclaman el mensaje de verdad al mundo deberían estudiar la vida de Cristo y practicar sus lecciones. Nunca olviden que son hijos del Rey celestial, hijos e hijas del Señor de los ejércitos. Mantengan una compostura tranquila en Dios, aun cuando se encuentren con personas movidas por un poder inferior y dispuestas a sostener falsedades. Tengan la certeza de que sus mejores armas son incapaces de destruir la verdad, no importa cuánto se esfuercen por ennegrecerla con sus representaciones fraudulentas. “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Romanos 8:11) (Exaltad a Jesús, p. 161).

Los siervos del Señor han de contar con tener que hacer frente a toda clase de desalientos. Serán probados, no solo por la ira, el menosprecio y la crueldad de los enemigos, sino también por la indolencia, la inconsecuencia, la tibieza y la traición de amigos y ayudantes... Aun algunos de los que parezcan desear que la obra de Dios prospere, debilitarán las manos de sus siervos oyendo, llevando y creyendo a medias las calumnias, jactancias y amenazas de sus adversarios...

En medio de grandes desalientos, Nehemías www.escuela.sabatica.com 63 confió en Dios; y en él está también nuestra defensa. El recuerdo de lo que Dios ha hecho por nosotros resultará un apoyo en todo peligro. “El que aun a su propio Hijo no perdonó, antes le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” Y “si Dios está por nosotros, ¿quién puede estar contra nosotros?” Por astutos que sean los planes de Satanás y sus agentes, Dios puede descubrirlos y anular todos sus consejos (Servicio cristiano, p. 297).

Jueves 24 de noviembre: Imágenes de esperanza


Hay quienes han conocido el amor perdonador de Cristo y desean realmente ser hijos de Dios; sin embargo, reconocen que su carácter es imperfecto y su vida defectuosa, y están propensos a dudar de que sus corazones hayan sido regenerados por el Espíritu Santo. A los tales quiero decirles que no se abandonen a la desesperación. Tenemos a menudo que postramos y llorar a los pies de Jesús por causa de nuestras culpas y errores; pero no debemos desanimamos. Aun si somos vencidos por el enemigo, no somos arrojados, ni abandonados, ni rechazados por Dios. No; Cristo está a la diestra de Dios e intercede por nosotros. Dice el discípulo amado: “Estas cosas os escribo, para que no pequéis. Y si alguno pecare, abogado tenemos para con el Padre, a saber, a Jesucristo el Justo” (1 S. Juan 2:1). Y no olvidéis las palabras de Cristo: “Porque el Padre mismo os ama” (Juan 16:27). Él quiere que os reconciliéis con él, quiere ver su pureza y santidad reflejadas en vosotros. Y si tan solo queréis entregaros a él, el que comenzó en vosotros la buena obra la perfeccionará, hasta el día de Jesucristo. Orad con más fervor; creed más plenamente. A medida que desconfiemos de nuestra propia fuerza, confiaremos en el poder de nuestro Redentor, y luego alabaremos a Aquel que es la salud de nuestro rostro (El camino a Cristo, p. 65).

A veces, cuando veo una nube en el cielo, exclamo involuntariamente: “Ven, Señor Jesús; ven pronto”. Tiempos como éste revelarán el carácter de cada cual. Anhelo ver quebrantado el poder engañoso del enemigo. Pero no permitamos que nuestra fe falle. El único verdadero consuelo que encuentro consiste en mirar más allá del conflicto y contemplar el triunfo final, la gloria de Dios que refleja su resplandor sobre los vencedores. La profecía señala con certeza el resultado final del conflicto, y por fe lo podemos ver...

El poder restrictivo del Espíritu de Dios se está retirando de la tierra. Nuestra obra tiene que terminar pronto. Deberíamos hacer todos los esfuerzos posibles para salvar a las almas de la muerte. Dentro de poco el Señor Dios del cielo establecerá su reino, que no será destruido. Ha llegado el momento de desarrollar un carácter puro y celestial. La obra aumentará en fervor e intensidad hasta el mismo fin. Necesitamos que nuestra fe aumente. Debemos velar en oración (Cada día con Dios, p. 198).

Pronto apareció la gran nube blanca sobre la que reposaba el Hijo del hombre. Cuando apareció primero a la distancia parecía muy pequeña. El ángel dijo que era la señal del Hijo del hombre. Cuando se acercó a la tierra pudimos contemplar la excelsa gloria y la majestad de Jesús que avanzaba como vencedor. Una comitiva de ángeles ceñidos de brillantes coronas lo escoltaba en su camino.

No hay palabras para describir la magnificencia de este espectáculo. Cuando se acercó la nube viviente de insuperable gloria y majestad, pudimos contemplar con nitidez la amable figura de Jesús. No llevaba una corona de espinas; ceñía su santa frente en cambio una corona de gloria. Sobre sus vestidos y su muslo había un nombre escrito: Rey de reyes y Señor de señores. Su rostro resplandecía más que el sol al mediodía, sus ojos eran como llama de fuego y sus pies tenían el aspecto del bronce bruñido. Su voz tenía el sonido de numerosos instrumentos musicales. La tierra tembló delante de él; los cielos se desvanecieron como un pergamino que se enrolla, y todo monte y toda isla se removió de su lugar (La historia de la redención, pp. 430, 431).