CAPÍTULO 9
Vislumbres de esperanza

E1 libro de Job nos sigue llevando hacia un punto esperanzado!". Esa esperanza se expresa con firmeza cuando Job les contesta a sus amigos.
La Biblia nos dice que no debemos colocar nuestra esperanza en ningún ser humano. De hecho todos los seres humanos somos pecadores; la carne es pasajera y terminará en la tumba. Sin embargo, los que confían en el Señor permanecerán para siempre.

La Palabra de Dios declara:

La esperanza de Job estaba colocada en Dios, su salvador. Los amigos de Job, el grupo EBZ, lo habían presionado bastante para que confesara su pecado. Tal vez sin ser consciente de ello, estos personajes se unieron al enemigo al expresar sus constantes y persistentes acusaciones. Job se cansó de ellos. No estaba dispuesto a seguir escuchándolos; decide que ya es suficiente.
acusaciones falsas? Desde luego que sí. Jesús es nuestro ejemplo en todo. Él permaneció en silencio mientras era acusado falsamente (Isa. 53: 7). Probablemente actuó de esa forma debido a su tarea como nuestro Salvador: llevar los pecados y las cargas de todos los seres humanos Llevó nuestra culpa gozosamente y se revistió de nuestra vergüenza allá en la cruz.
Job estaba siendo sometido a un severo examen y prueba, y de igual manera todos nosotros seremos también probados. ¿Por qué aquella prueba? Recordemos que Dios conocía las intenciones del corazón de Job. Pero Satanás y el resto de los ángeles —tanto los santos como los malos— no lo conocían.
Job había sido considerado un hombre sin tacha, recto, temeroso de Dios y apartado del mal. Ahora está siendo probado, no para beneficio de Dios, sino para beneficio de los espectadores: los seres celestiales que estaban pendientes del desarrollo del gran conflicto. Los «hijos de Dios» que habían escuchado las acusaciones de Satanás fijaron su atención en ver si era posible que los seres humanos fueran fieles a Dios y si resistirían con fe todos los embates de las fuerzas del mal.
Dice Elena G. de White que «la esperanza y el valor son esenciales para dar a Dios un servicio perfecto. Son el fruto de la fe. El abatimiento es pecaminoso e irracional. Dios puede y quiere dar "más abundantemente" (Heb. 6: 17) a sus siervos la fuerza que necesitan para las pruebas. Los planes de los enemigos de su obra pueden parecer bien trazados y firmemente asentados; pero Dios puede anular los más enérgicos de ellos. Y lo hace cómo y cuándo quiere; a saber cuando ve que la fe de sus siervos ha sido suficientemente probada».1
La esperanza de Job descansaba en el Señor. A pesar de todo lo que se le vino encima, )ob mantuvo su fe en Dios. Pablo nos explica que la esperanza es producto de la fe. «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no nos defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado» (Rom. 5: 1-5).
¿Lo entendemos? Pablo dice que las tribulaciones producen paciencia; que la paciencia desarrolla el carácter; y el carácter da como resultado esperanza. ¡Y la esperanza no nos defrauda! Más bien, nos recompensa. Por supuesto que Job no contaba con los escritos de Pablo, o con los de cualquier libro de la Biblia, para que le ayudaran a entender lo que estaba sucediendo. Él abrigaba esperanza porque tenía fe en Dios. Eso lo sostuvo en sus horribles pruebas.
Santiago se refiere a esto en su Epístola. Él dice: «Hermanos míos, gozaos profundamente cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia» (Sant. 1:2,3).
Santiago nos dice que deberíamos considerar, o pensar, que es un gozo cuando nos llegan pruebas o tribulaciones. «No hay ninguna vicisitud en la vida, no importa cuán amarga o desanimadora, que por la providencia de Dios y la gracia de Cristo no pueda contribuir al crecimiento cristiano, a acercarnos más a Dios y a enriquecer nuestra comprensión de su amor para nosotros».2
Cuando surgen las pruebas, los problemas y las tribulaciones deberíamos detenernos a pensar en qué forma ellas encajan en el plan de Dios con nosotros. Casi puedo oír a algunos lectores decir: «Es más fácil decirlo que hacerlo». Y lo es. Pero no cabe dudas de que Dios está obrando en nosotros y está puliendo nuestro carácter.
Necesitamos recordar lo que dijo Pablo: «Sabemos, además, que a los que aman a Dios, todas las cosas los ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados» (Rom. 8: 28).
Es obvio que no todo lo que nos sucede es bueno. El cáncer, el sida, o una embolia paralizante no son nada bueno. Tampoco lo son los ataques al corazón o una bancarrota. No lo son el divorcio o la violencia en el hogar. Y la lista podría alargarse. Pero Dios utiliza todo para perfeccionarnos.
Las pruebas han de ayudarnos reconocer que Dios continúa obrando en nuestras vidas y que al final todo obra para nuestro provecho. Si reconocemos eso quizá podamos «gozarnos profundamente ». Únicamente un cristiano maduro o que está en crecimiento, podrá abrigar esa actitud. Podemos esperar esas pruebas, problemas y tribulaciones y recibirlos con un gozo espiritual; pero ciertamente constituye un desafío. Jesús, al enfrentar la cruz, pudo mirar más allá de sus sufrimientos, contemplando la salvación de la raza humana (Heb. 12: 2). El gozo no viene por experimentar las pruebas, sino de saber que al final saldremos más que vencedores.
El diablo utiliza las pruebas para tentarnos a pecar, o para mantenernos en jaque. Él las provoca para interrumpir nuestra relación con Dios. Sin embargo, su objetivo es ir más allá de la incomodidad y de la tentación; él desea que perdamos nuestra fe en Jesús. No obstante, nuestro Padre celestial permite en su sabiduría que el diablo nos hostigue, nos persiga y nos importune.
El carácter define lo que somos. Cada piedra de tropiezo que el diablo arroja en nuestro camino puede convertirse en un peldaño hacia la salvación. Durante cada prueba, problema o tribulación que experimentemos, podemos tener la seguridad de que todo percance hará que crezca nuestra fe en Dios. Nuestra fe debe ser lo suficientemente madura como para que entremos al reino eterno de Dios. Nuestra fe debe ser firme, no vacilante. Nuestra fe debe ser probada y medida. Cuando tengamos esa fe, una fe que haya superado todas las pruebas, reconoceremos que nada ni nadie puede impedir el plan de Dios en nuestra vida. Job jamás perdió su fe en Dios (Job 1: 20-22; 2: 7-10).
Debido a la presión que sentía de parte de sus amigos, Job procuró conseguir una audiencia con Dios. Él deseaba obtener respuestas a sus preguntas, y para ello era necesario dialogar con Dios. Job sigue afirmando que es inocente, y para defenderse apela a otro tribunal que no sea el grupo EBZ, que ya lo había declarado culpable.
En resumen, Job apela a una autoridad superior. De acuerdo con el profeta Isaías, el Señor nos invita a dialogar con él: «Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana» (Isa. 1: 18).
Dios no rehúye dialogar y razonar con su pueblo. Job acude al Tribunal Supremo del Universo. Él remite su caso a la máxima autoridad y llegó al punto de reconocer que el único responsable de su sufrimiento era Dios; sin embargo, en medio de todo afirma: «Aunque él me mate, en él esperaré. Ciertamente delante de él defenderé mis caminos» (Job 13: 15).
Una vez escuché al Dr. Leslie Pollard, presidente de la Universidad Oakwood, predicar un sermón basado en el relato del enfrentamiento entre David y Goliat. El Dr. Pollard dijo que David «preparó su hoja de vida» mientras se preparaba para aquella histórica batalla. Con esto quiso decir que David recordaba cómo había vencido a un oso y a un león, en combates «cuerpo a cuerpo».
Las dificultades y las pruebas que Dios nos ha ayudado a soportar, o nos ha permitido triunfar sobre ellas, nos recuerdan sus promesas y su compañía (Heb. 13: 5). Asimismo nos dan la certeza de su presencia en el presente y en el futuro, porque «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos» (Heb. 13: 8).
Job debe de haber tenido alguna experiencia previa con Dios, que le permitió decir con firmeza: «Aunque él me mate, en él esperaré ». Bajo el ataque de un enemigo desconocido y sin el apoyo de sus amigos, abandonado por todos, Job pudo haberse sumido en un profundo y oscuro agujero de desesperación. Él decidió confiar en Dios mientras sufría un inmerecido ataque en cuerpo y espíritu, ¡fue algo excepcional! ¡Qué maravilloso testimonio! Elena G. de White añade a todo lo anterior: «Desde las profundidades del desaliento, Job se elevó a las alturas de la confianza implícita en la misericordia y el poder salvador de Dios. Declaró triunfantemente: "He aquí, aunque me matare, en él esperaré"».3 Al leer el relato siglos más tarde, alguien puede recibir la impresión de que Job no tenía motivos racionales para abrigar tal esperanza.
Él debe haber tenido una previa relación con Dios para que esa esperanza en el Señor lo absolviera. Job también tenía su esperanza puesta en la resurrección. Él miró por fe, más allá de su situación, al día de la resurrección.
De nuevo, Job no poseía un texto escrito, como nosotros, que le animara a creer en el futuro; fue su confianza en Dios lo que le permitió contemplar el futuro, creer en la resurrección, la gran esperanza de todos.
Efesios 1: 4 y Tito 1: 2 nos recuerdan que Dios nos escogió desde antes de la creación del mundo. Asimismo, Dios no puede mentir y prometió antes del comienzo de la historia, que les concedería la vida eterna a todos los fieles.
En Génesis 22 encontramos el relato de la prueba de Abraham, cuando se le pidió sacrificar a Isaac su único hijo. No puedo colocarme en el lugar de Abraham. Él había deseado ese hijo por tanto tiempo, y ahora ese mandado contradecía todo lo que el patriarca había aprendido de Dios. Cuando ya estaban llegando al lugar del sacrificio, Isaac preguntó por el cordero. Su padre respondió diciendo: «Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío».
Cuando Abraham levantó el cuchillo para herir en el pecho a Isaac, que estaba atado, el Angel del Señor lo detuvo,4 y Abraham encontró un carnero atascado entre los arbustos. El Señor había provisto un sacrificio para la ofrenda. «Y llamó Abraham a aquel lugar "Jehová proveerá". Por tanto se dice hoy: "En el monte de Jehová será provisto"» (Gén. 22: 14).
Job tenía la convicción de que aunque estaba atravesando por una enrevesada experiencia, Dios lo ayudaría a salir adelante. Regresemos a Romanos 5: 3-5. «Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no nos defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado». La esperanza no nos defrauda. En Jesús, nuestro salvador, se fundamenta nuestra esperanza. Job tenía su esperanza puesta en su redentor. La esperanza era su ancla, y la misma se mantuvo firme en medio de la tormenta.
«Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús» (Fil. 4: 7). Esto es, nuestra esperanza nos aporta una paz que sobrepasa nuestro entendimiento. Sabemos que el Señor proveerá todo lo que necesitamos para ser fieles y victoriosos en su nombre.
Esa era la esperanza de Job. ¿Cuál será la nuestra?
Referencias 1. Elena G. de White, Profetas y reyes, cap. 12, p. 164. 2. Comentario bíblico adventista, t. 7, p. 520. 3. Elena G. de White, Profetas y re}'es, cap. 12, pp. 163, 164. 4. Muchos consideran que esta es una manifestación de Jesús, previa a la encarnación.