Lección 8 Sangre inocente

Sábado 12 de noviembre


El filósofo que recorre todo el universo, tratando de descubrir las manifestaciones del poder divino para gozar de su armonía, a menudo no logra contemplar en esas maravillas la Mano que las formó a todas. “Mas el hombre no permanecerá en honra; es semejante a las bestias que perecen” (Salmo 49:12). El futuro de los enemigos de Dios no se ve iluminado por la gloriosa esperanza de la inmortalidad. Pero los héroes de la fe poseen la promesa de una herencia de mayor valor que cualquier riqueza terrenal: una herencia que satisfará los anhelos del alma. Puede ser que el mundo los desconozca y no los tome en cuenta, pero en los libros del cielo están inscritos como ciudadanos. La recompensa final de aquellos a quienes Dios ha hecho herederos de todas las cosas, será una grandeza exaltada, y un inagotable y eterno peso de gloria (Exaltad a Jesús, p. 322).
Cristo siente los males de todo doliente. Cuando los malos espíritus desgarran un cuerpo humano, Cristo siente la maldición. Cuando la fiebre consume la corriente vital, él siente la agonía. Y está tan dispuesto a sanar a los enfermos ahora como cuando estaba personalmente en la tierra. Los siervos de Cristo son sus representantes, los conductos por los cuales ha de obrar. El desea ejercer por ellos su poder curativo.
Cristo es el único que experimentó todas las penas y tentaciones que sobrevienen a los seres humanos. Nunca fue tan fieramente perseguido por la tentación otro ser nacido de mujer; nunca llevó otro una carga tan pesada de los pecados y dolores del mundo. Nunca hubo otro cuya simpatía fuese tan abarcante y tierna. Habiendo participado de todo lo que experimenta la especie humana, no solo podía condolerse de todo aquel que estuviese abrumado y tentado en la lucha, sino que sentía con él (El ministerio de la bondad, p. 28).
La restauración es la esencia misma del evangelio, y el Salvador quiere que sus siervos inviten a los enfermos, a los desesperados y a los afligidos a confiar en su poder. Los siervos de Dios son los conductos de su gracia, y por ellos desea ejercer su poder sanador. Es obra suya presentar a los enfermos y a los que sufren al Salvador en los brazos de la fe. Deben vivir tan cerca de él, y revelar tan claramente en sus vidas el efecto de su verdad, que él pueda emplearlos como medios de bendecir a aquellos que necesitan ayuda corporal al mismo tiempo que curación espiritual.
Es privilegio nuestro orar con los enfermos, para ayudarles a asir la cuerda de la fe. Los ángeles de Dios están muy cerca de aquellos que así ayudan a la humanidad que sufre. El consagrado embajador de Cristo que, cuando los enfermos se dirigen a él, trata de fijar su atención en las realidades divinas, hace una obra que perdurará por toda la eternidad. Y al llevar a los enfermos la consolación de una esperanza adquirida por la fe en Cristo y por la aceptación de promesas divinas, su propia experiencia se vuelve más y más rica en fuerza espiritual (Obreros evangélicos, p. 225).

 

 

Domingo 13 noviembre: LA PROTESTA DE JOB


Nadie tiene por qué entregarse al desaliento ni a la desesperación. Puede Satanás presentarse a ti, insinuándote desapiadadamente: “Tu caso es desesperado. No tienes redención”. Hay sin embargo esperanza en Cristo para ti. Dios no nos exige que venzamos con nuestras propias fuerzas. Nos invita a que nos pongamos muy junto a él. Cualesquiera que sean las dificultades que nos abrumen y que opriman alma y cuerpo, Dios aguarda para libertamos. El que se humanó sabe simpatizar con los padecimientos de la humanidad. No solo conoce Cristo a cada alma, así como sus necesidades y pruebas particulares, sino que conoce todas las circunstancias que irritan el espíritu y lo dejan perplejo. Tiende su mano con tierna compasión a todo hijo de Dios que sufre. Los que más padecen reciben mayor medida de su simpatía y compasión. Le conmueven nuestros achaques y desea que depongamos a sus pies nuestras congojas y nuestros dolores, y que allí los dejemos. No es prudente que nos miremos a nosotros mismos y que estudiemos nuestras emociones. Si lo hacemos, el enemigo nos presentará dificultades y tentaciones que debiliten la fe y aniquilen el valor. El fijamos por demás en nuestras emociones y ceder a nuestros sentimientos es exponemos a la duda y enredamos en perplejidades. En vez de miramos a nosotros mismos, miremos a Jesús. Cuando las tentaciones os asalten, cuando los cuidados, las perplejidades y las tinieblas parezcan envolver vuestra alma, mirad hacia el punto en que visteis la luz por última vez. Descansad en el amor de Cristo y bajo su cuidado protector. Cuando el pecado lucha por dominar en el corazón, cuando la culpa oprime al alma y carga la conciencia, cuando la incredulidad anubla el espíritu, acordaos de que la gracia de Cristo basta para vencer al pecado y desvanecer las tinieblas. Al entrar en comunión con el Salvador entramos en la región de la paz (El ministerio de curación, pp. 192, 193). Cristo se identifica con la humanidad sufriente e inculca claramente en todos nosotros la verdad de que la indiferencia o la injusticia hechas al menor de sus santos son hechas a él. Aquí está el lado del Señor, y cualquiera que esté en el lado del Señor, que venga con nosotros. El amado Salvador es herido cuando herimos a uno de sus humildes santos. El justo Job se lamenta por sus aflicciones y defiende su causa cuando es acusado injustamente por uno de sus consoladores. Dice: “Yo era ojos al ciego, y pies al cojo. A los menesterosos era padre, y de la causa que no entendía, me informaba con diligencia; y quebrantaba los colmillos del inicuo, y de sus dientes hacía soltar la presa” (Job 29:15-17) (Testimonios para la iglesia, t. 3, p. 568).

 

 

Lunes 14 noviembre : ¿Sangre inocente?


Era posible para Adán, antes de la caída, conservar un carácter justo por la obediencia a la ley de Dios. Mas no lo hizo, y por causa de su caída tenemos una naturaleza pecaminosa y no podemos hacemos justos a nosotros mismos. Puesto que somos pecadores y malos, no podemos obedecer perfectamente una ley santa. No tenemos por nosotros mismos justicia con que cumplir lo que la ley de Dios demanda. Mas Cristo nos ha preparado una vía de escape. Vivió sobre la tierra en medio de pruebas y tentaciones tales como las que nosotros tenemos que arrostrar. Sin embargo, su vida fue impecable. Murió por nosotros y ahora ofrece quitamos nuestros pecados y vestimos de su justicia. Si os entregáis a él y lo aceptáis como vuestro Salvador, por pecaminosa que haya sido vuestra vida, seréis contados entre los justos por consideración a el. El carácter de Cristo toma el lugar del vuestro, y vosotros sois aceptados por Dios como si no hubierais pecado.
Más aun, Cristo cambia el corazón. Habita en vuestro corazón por la fe. Debéis mantener esta comunión con Cristo por la fe y la sumisión continua de vuestra voluntad a él; mientras hagáis esto, él obrará en vosotros para que queráis y hagáis conforme a su voluntad…
Así pues no hay nada en nosotros mismos de que jactamos. No tenemos motivo para ensalzarnos. El único fundamento de nuestra esperanza es la justicia de Cristo imputada a nosotros y la que produce su Espíritu obrando en nosotros y por nosotros (El camino a Cristo, pp. 62, 63).
Dios quiso que la historia de la caída de David sirviera como una advertencia de que aun aquellos a quienes él ha bendecido y favorecido grandemente no han de sentirse seguros ni tampoco descuidar el velar y orar. Así ha resultado para los que con humildad han procurado aprender lo que Dios quiso enseñar con esa lección. De generación en generación, miles han sido así inducidos a darse cuenta de su propio peligro frente al poder tentador del enemigo común. La caída de David, hombre que fue grandemente honrado por el Señor, despertó en ellos la desconfianza de sí mismos. Comprendieron que solo Dios podía guardarlos por su poder mediante la fe. Sabiendo que en él estaba la fortaleza y la seguridad, temieron dar el primer paso en tierra de Satanás (Patriarcas y profetas, pp. 783, 784).
Es verdad que algunas veces los hombres se avergüenzan de sus caminos pecaminosos y abandonan algunos de sus malos hábitos antes de darse cuenta de que son atraídos a Cristo. Pero cuando hacen un esfuerzo por reformarse, con un sincero deseo de hacer el bien, es el poder de Cristo el que los está atrayendo. Una influencia de la cual no se dan cuenta, obra sobre el alma, la conciencia se vivifica y la vida externa se enmienda. Y a medida que Cristo los induce a mirar su cruz y contemplar a quien han traspasado sus pecados, el mandamiento despierta la conciencia. La maldad de su vida, el pecado profundamente arraigado en su alma se les revela. Comienzan a entender algo de la justicia de Cristo y exclaman “¿Qué es el pecado, para que exigiera tal sacrificio por la redención de su víctima? ¿Fueron necesarios todo este amor, todo este sufrimiento, toda esta humillación, para que no pereciéramos, sino que tuviéramos vida eterna?”. El pecador puede resistir a este amor, puede rehusar ser atraído a Cristo; pero si no se resiste será atraído a Jesús; un conocimiento del plan de la salvación lo guiará al pie de la cruz, arrepentido de sus pecados, que han causado los sufrimientos del amado Hijo de Dios (El camino a Cristo, pp. 25, 26).

 

Martes 15 de noviembre : Suertes injustas


El templo judío fue construido con piedras cinceladas sacadas de la cantera de las montañas, y cada piedra estaba preparada para su lugar en el templo, cincelada, pulida y probada antes de ser llevada a Jerusalén. Y cuando todas estuvieron en el lugar correspondiente, la edificación avanzó sin que hubiera el ruido de un hacha o martillo. Este edificio representa el templo espiritual de Dios que está compuesto de materiales extraídos de cada nación y lengua y pueblo, de toda clase, alta y humilde, ricos y pobres, instruidos e ignorantes. Los tales no son sustancias inertes, que deban ser preparadas con martillo y cincel. Son piedras vivientes extraídas del mundo por la verdad; y el gran Arquitecto, el Señor del templo, ahora las está cincelando y puliendo y adecuando para su lugar correspondiente (A fin de conocerle, p. 153).
Estos mensajeros angelicales llevan un fiel registro de las palabras y los hechos de los hijos de los hombres. Cada acto de crueldad o injusticia ejecutado contra los hijos de Dios, todo lo que ellos tienen que sufrir por causa del poder de los obradores de maldad, se registra en los cielos.
“¿Y Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche, aunque sea longánimo acerca de ellos? Os digo que los defenderá presto”.
“No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande remuneración de galardón; porque la paciencia os es necesaria; para que, habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa. Porque aun un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará”. “Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia, hasta que reciba la lluvia temprana y tardía. Tened también vosotros paciencia; confirmad vuestros corazones: porque la venida del Señor se acerca”.
La longanimidad de Dios es maravillosa. La justicia espera largo tiempo mientras la misericordia suplica al pecador. Pero “justicia y juicio son el asiento de su trono”. “Jehová es tardo para la ira”, pero es “grande en poder, y no tendrá al culpado por inocente. Jehová marcha entre tempestad y turbión, y las nubes son el polvo de sus pies”.
El mundo ha llegado a ser temerario en la transgresión de la ley de Dios. A causa de la larga clemencia divina, los hombres han pisoteado su autoridad. Se han fortalecido mutuamente en la opresión y la crueldad que ejercen contra su herencia, diciendo: “¿Cómo sabe Dios? ¿Y hay conocimiento en lo alto?” Pero existe una línea que no pueden traspasar. Se acerca el tiempo en que llegarán al límite prescrito. Aun ahora casi han pasado los límites de la paciencia de Dios, los límites de sus gracia y misericordia. El Señor se interpondrá para defender su propio honor, para librar a sus pueblo, y para reprimir los desmanes de la injusticia (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 140, 141).

Miércoles 16 de noviembre : Basta al día…


Satanás es el originador del mal. Se apartó de la lealtad a Dios. Los que persistieron en simpatizar con él en su descontento fueron echados del cielo juntamente con él. La mente de Satanás está llena de odio implacable hacia la Divinidad. Usa persistentemente su influencia para borrar la imagen de Dios en la familia humana y estampar, en cambio, su propia imagen satánica. Su esfuerzo para engañar a nuestros primeros padres tuvo éxito. Hecha a imagen de Dios, la familia humana perdió su inocencia, se transformó en transgresora y, como súbdita desleal comenzó un rumbo descendente. Satanás llegó a dominar la facultad de actuar que tiene el hombre. A través de los sentidos influyó en la mente.

Así ha ocurrido desde el comienzo del mundo. En vez de permanecer bajo la influencia de Dios, a fin de reflejar la imagen moral de su Creador, el hombre se colocó bajo el control de la influencia satánica y se volvió egoísta. De esta manera el pecado llegó a ser un mal universal. ¡Y qué mal temible es el pecado!… El mal que comenzó en el Paraíso se extendió a través de las edades (Alza tus ojos, p. 39).

A medida que los que han gastado su vida en el servicio de Cristo se acercan al fin de su ministerio terrenal, serán impresionados por el Espíritu Santo a recordar los incidentes por los cuales han pasado en relación con la obra de Dios. El relato de su maravilloso trato con su pueblo, su gran bondad al librarlos de las pruebas, debe repetirse a los que son nuevos en la fe. Dios desea que los obreros ancianos y probados ocupen su lugar y hagan su parte para impedir que los hombres y mujeres sean arrastrados hacia abajo por la poderosa corriente del mal; desea que tengan puesta su armadura hasta que él les mande deponerla.

En la experiencia que adquirió el apóstol Juan bajo la persecución, hay una lección de maravilloso poder y ánimo para el cristiano. Dios no impide las conspiraciones de los hombres perversos, sino que hace que sus ardides obren para bien a los que en la prueba y el conflicto mantienen su fe y lealtad. A menudo los obreros evangélicos realizan su trabajo en medio de tormentas y persecución, amarga oposición e injusto oprobio. En momentos tales recuerden que la experiencia que se adquiere en el homo de la prueba y aflicción vale todo el dolor que costó. Así Dios acerca a sus hijos a sí mismo, para poder mostrarles sus debilidades en contraste con su fortaleza. Les enseña a apoyarse en él. Así los prepara para afrontar emergencias, para ocupar puestos de confianza, y para cumplir el gran propósito para el cual les concedió sus poderes (Los hechos de los apóstoles, pp. 458, 459).

 

Jueves 17 de noviembre: