CAPÍTULO 8
Sangre inocente
A1 continuar nuestro estudio del libro de Job, llegamos a un capítulo que revela el profundo dolor del patriarca. En su discurso, podemos apreciar la profundidad de su sufrimiento.
El grupo EBZ ha expresado su teología en forma de poesía. Ha acertado en algunas cosas y en otras no. Están en lo cierto al decir que Dios castiga el pecado. Ahora bien, Job había sido considerado como justo, ¡incluso por el mismo Dios! Eso es precisamente lo que sorprende a Job que, sin saber lo que ocurría entre Dios y Satanás, mantenía su inocencia.
Pero Job va más allá: le pide a Dios que no lo condene y le pregunta si disfruta castigarlo (Job 10: 3). Le ruega que le muestre su pecado, ya que no está consciente de haber pensado, dicho o hecho algo que lo haga merecedor de tan espeluznante castigo. Lamentablemente nuestro «héroe», le atribuye todo lo que le está sucediendo a la mano de Dios, a quien ha servido con fidelidad.
Una y otra vez hemos de recordar que nosotros tenemos la ventaja de saber cómo y por qué comenzó y cómo concluye. Pero en medio de todo, Job es abandonado para que luche con su imaginación, con sus ideas, y medite en las convincentes presentaciones de sus amigos.
¿Qué hacemos por lo general con amigos como ellos? ¿Tenemos amigos como Elifaz, Bildad, y Zofar? ¡Espero que no!
Job mantuvo su integridad en todo momento, rehusando «maldecir a Dios y morir», como le recomendó su esposa.
Hasta aquí no tenemos la respuesta que hemos estado procurando. Mientras que el sufrimiento de Job es quizá el punto más elevado de su experiencia, no tenemos la respuesta; o al menos Job no tiene la respuesta para sus increíbles sufrimientos. Recordemos que Job no solo experimenta un dolor físico, que debe haber sido extenuante, sino que también sufrió el rechazo social manifestado por sus amigos cercanos, y probablemente su infortunio constituía el tema de conversación de sus vecinos. «Pérdidas materiales, hijos y sirvientes muertos; el cuerpo afectado por una enfermedad incurable, ¿qué hizo para merecer todo aquello?». Job estaba sufriendo porque Dios conocía a Job, y él conocía a Dios. De acuerdo con Dios, Job estaba mejor capacitado que Satanás para representar a la Tierra en una reunión del concilio celestial.
Dios sabía que podía contar con Job como un digno representante de los valores de su reino.
Pero, ¿qué le diríamos a Job si nos hubiera tocado estar con él, presenciar su sufrimiento? ¿Qué les decimos a nuestros hermanos de iglesia, a nuestros vecinos, a nuestros compañeros de trabajo, cuando los golpea una enfermedad incurable? He aprendido que las frases hermosas de nada sirven cuando la gente está experimentando algún tipo de sufrimiento.
Un pariente mío me comentó de un sermón acerca del desengaño, del sufrimiento y del dolor, en el que un pastor aconsejó a sus miembros a «j construir un puente para pasarle por encima a todo!». ¡Una gran muestra de insensibilidad! No ayuda para nada decir: «¡Enfréntate a ello!». O decirles: «Eso también pasará»; «¡No te rindas. Dios está de tu lado!». Aveces el silencio de Dios hace que el dolor del sufrimiento sea prácticamente insoportable.
Además de que pronunciar una serie de frases vacías puede ser inapropiado, tampoco sirve de mucho para ayudar a la gente a lidiar con su sufrimiento. Así como Job no merecía sufrir, también hay muchos que en la actualidad sufren injustamente. Por ejemplo, una joven mujer que es atacada y golpeada mientras camina de regreso a su casa. O las tres jóvenes que fueron secuestradas y encarceladas durante casi diez años en la ciudad de Cleveland, Ohio; hasta que una de ellas escapó e hizo que la policía liberara a sus dos compañeras. Esas chicas no merecían nada de eso. Aunque nadie es completamente inocente, lo cierto es que hay millones de seres humanos que sufren injustamente.
Somos conscientes de lo que la Biblia dice respecto al mal y la corrupción del corazón humano, y de la crueldad del hombre con el hombre. El pecado nos ha marcado a todos. La Biblia registra la oración de Salomón durante la inauguración del templo. En aquella oportunidad él dijo: «Si pecan contra ti (porque no hay hombre que no peque)» (1 Rey. 8: 46). ¡Qué gran declaración! Nadie está libre de pecar. Nadie.
Por medio de la dirección divina, somos guiados a reconocer nuestra pecaminosidad. Nuestros pensamientos, nuestras palabras manchadas de egoísmo, nos impelen a clamar como Pablo: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro! Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, pero con la carne, a la ley del pecado» (Rom. 7: 24, 25). «Pero Satanás se ha propuesto interesar a los hombres en primer término en sí mismos, y estos al ceder a su control han desarrollado un egoísmo que ha llenado al mundo de miseria y lucha, y ha indispuesto a los hombres entre sí».1
«Todo pecado es egoísmo. El primer pecado de Satanás fue el egoísmo. Él intentó hacerse del poder para exaltar su yo.
Una especie de locura lo llevó a intentar sobreponerse a Dios. La tentación que llevó a Adán a pecar fue la falsa declaración de Satanás de que le sería posible alcanzar más de lo que hasta allí había disfrutado: ser como el mismo Dios.
De esa forma las semillas del egoísmo fueron sembradas en el corazón humano».2
Para romper el hechizo del egoísmo necesitamos al Señor de la cruz, a Jesús, el hijo de Dios. «El sacrificio de Cristo como expiación del pecado es la gran verdad en derredor de la cual se agrupan todas las otras verdades. A fin de ser comprendida y apreciada debidamente, cada verdad de la Palabra de Dios, desde el Génesis al Apocalipsis, debe ser estudiada a la luz que fluye de la Cruz del Calvario.
Os presento el magno y grandioso monumento de la misericordia y regeneración, de la salvación y redención: el Hijo de Dios levantado en la cruz».3
Job y sus amigos obviamente no contaban como nosotros con el Nuevo Testamento para que les mostrara el gran sacrificio de Cristo, que un día eliminaría del mundo todo egoísmo y pecados resultantes.
Hay algunos ejemplos, desde luego, de gente que sufre sin ninguna aparente conexión con pecados conocidos. Los discípulos en su momento también creían que todo sufrimiento se debía a los pecados de la víctima. Pero Jesús demostró que no siempre ese era el caso. En Juan 9 : 1 - 5 leemos lo siguiente: «Al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos, diciendo:
—Rabí, ¿quién pecó, este o sus padres, para que haya nacido ciego?
Respondió Jesús:
—No es que pecó este, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él. Me es necesario hacer las obras del que me envió, mientras dura el día; la noche viene, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, luz soy del mundo».
Después de esto, Jesús sanó al ciego de una forma poco usual.
Escupió en tierra, hizo un poco de lodo con el polvo y la saliva, lo puso en los ojos del hombre y le dijo que fuera a lavarse en el estanque de Siloé. El hombre fue sanado de su ceguera.
En Job 15: 14-16, Elifaz se reenfoca en la pecaminosidad humana al recordarle a Job que ningún hombre es puro. En ocasiones decimos que el sufrimiento purifica la visión y aclara los objetivos.
A veces reconocemos que el sufrimiento que Dios permite que nos afecte, tiene el propósito de eliminar la «escoria» de nuestras vidas con el fin de que la pureza del carácter santificado pueda revelarse, como el oro bajo el fuego del crisol.4 Muchas veces no podemos identificar nada bueno cuando la gente sufre. Es de notar que algunas personas, en medio de su congoja se alejan de Dios, y este es uno de los objetivos de Satanás al utilizar el dolor y el sufrimiento.
Quizá necesitamos mencionar lo que Abraham dijo cuando intercedió delante del Señor por Sodoma y Gomorra. «Lejos de ti el hacerlo así, que hagas morir al justo con el impío y que el justo sea tratado como el impío. ¡Nunca tal hagas! El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?» (Gén. 18: 25).
La Biblia no oculta que la vida en este mundo jamás será justa: los hijos de Job murieron (Job 1: 18-20); Abel fue ultimado por su hermano (Gén 4: 8); David conspiró para matar a Urías el heteo (2 Sam. 11); Jeremías fue echado en una enlodada mazmorra (Jer. 32: 2, 3); Juan el Bautista fue degollado (Mat. 14: 10); y un sinnúmero de fieles fueron torturados, echados en prisión... Dicho esto, entonces no es posible que los seguidores de Dios creamos que estamos que el dolor nunca tocará nuestra puerta.
Mateo 6: 34 dice: «Así que no os angustiéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su propia preocupación. Basta a cada día su propio mal». Sobre este pasaje, que constituye el punto culminante del sermón que Jesús pronunció para instruir a sus seguidores respecto a la forma de enfrentar los desafíos de la vida, un reconocido comentario bíblico afirma: «Nuevamente Jesús emplea la forma típica del razonamiento judío: de lo menor a lo mayor. Si la lógica de su argumento es aceptable, luego la preocupación únicamente será el resultado de una falta de fe genuina en la bondad y en la misericordia de Dios. R. Mounce afirma: "La preocupación es un ateísmo práctico y una afronta a Dios"».5
¡Esas son palabras fuertes!
El Comentario bíblico adventista, afirma respecto al mismo texto: «Los cristianos pueden vivir libres de ansiedad aun en medio de las circunstancias más difíciles, plenamente confiados en que Aquel que "bien lo ha hecho todo" (Mar. 7:37) hará que todas las cosas ayuden a "bien" (Rom. 87:28). Aunque nosotros no sabemos "qué dará de sí el día (Prov. 27:1), Dios sabe muy bien lo que ocurrirá el día de mañana. Nuestro Padre, que conoce el futuro, nos insta a confiar en su cuidado permanente y a no afanarnos por supuestos problemas y perplejidades.
Cuando llegue el día de mañana, los problemas que habíamos temido encontrar, con frecuencia resultarán haber sido totalmente imaginarios. Muchísimas personas están obsesionadas, sin necesidad, por el fantasma del día de mañana».6
Al enfocarnos en las enseñanzas de Jesús, encontramos que él reconoció lo aparentemente caprichosa que es la vida en sus in justicias y malignos sufrimientos. Eso lo experimentó él mismo: Herodes intentó matarlo (Mat. 2: 16-18); el juicio que le celebraron era un remedo de justicia, finalmente, a pesar de que Pilato dijo en tres ocasiones: «Yo no hallo en él ningún delito» (Juan 18: 38, 19: 4, 6), lo crucificaron. ¡Una gran injusticia! Jesús experimentó todo eso por nosotros.
Sin saberlo, Job fue un símbolo de Cristo, puesto que también supo lo que es sufrir injustamente. Satanás lo atacó, así como atacó a Cristo. El caso de Job tampoco constituye una norma para el sufrimiento. No existe tal cosa. Pero en su ejemplo vemos la fidelidad en medio de un sufrimiento injusto.
Aunque la Biblia jamás enseña que la gente estará libre de dolor y sufrimiento en este mundo, sí nos brinda esperanza.
Hace algún tiempo, yo era un buen jugador de racquetball. Cuando uno de mis oponentes conseguía aventajarme en un partido, le decía: «La esperanza es algo horrible que se le brinda al ser humano ». Queriendo decir, desde luego, que la esperanza conlleva un beneficio intangible. Tenemos la esperanza de que este mundo pronto desaparecerá a causa de la venida del Señor, y que luego se establecerá un nuevo sistema, un nuevo estilo de vida.
A lo largo de las Escrituras encontramos esperanza para los habitantes de este mundo lleno de pecado y saturado del mal. Aunque el dolor y el sufrimiento abundan, también lo hace la esperanza.
El autor de Proverbios nos recomienda: «Confía en Jehová con todo tu corazón y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos y él hará derechas tus veredas» (Prov. 3: 5, 6). No importa qué sepamos, ni lo que no sepamos, lo que Dios pide es que confiemos en él. Confiar en Dios es fácil cuando todo va bien. Pero hemos de confiar también cuando las cosas no van bien. Con cada problema o lucha, sufrimiento o dificultad, tenemos que confiar en la bondad divina. No tanto porque nos sintamos con ese deseo, sino porque reconocemos que es lo mejor.
Un corito que los niños aprenden en la Escuela Sabática lo dice muy bien: «Cristo me ama bien lo sé, su Palabra lo hace ver [...]».
Debido a que la Biblia lo dice tan claramente, lo aceptamos por fe. Eso es lo mismo que Job expresó al proclamar: «Aunque él me mate, en él esperaré» (Job 13: 15).

Referencias