CAPÍTULO 7
CASTIGO RETRIBUTIVO
A1 estudiar el tema del sufrimiento sale a relucir el asunto del castigo retributivo. El adjetivo retributivo parece ir % vinculado a un castigo motivado por la venganza. Sin Á M embargo, la justicia no puede tolerar el mal, y el mal no solo debe ser enfrentado, sino castigado. Si el mal no es castigado entonces se cometería una injustica. Por lo menos así lo creían Elifaz, Bildad y Zofar, los tres amigos de Job, a los que nos referiremos en conjunto con las siglas EBZ.
Recordemos que Job afirmaba que no había pecado; el grupo EBZ insistía que Job tenía que haber cometido un horrendo pecado y que por eso había recibido tan implacable castigo. En tanto que Job, también con mucha vehemencia, afirmaba que no merecía ese sufrimiento, puesto que era inocente.
A los seres humanos nos cuesta aceptar el sufrimiento de la «gente buena». No podemos entender que los niños mueran, que poblados enteros queden destruidos a causa de una inundación, o que un terrorista asesine a personas inocentes.
Lo cierto es que ningún ser humano puede ser tenido por bueno. La Biblia es clara en esto. Veamos la siguiente declaración inspirada:
«Todos se habían corrompido; no hay quien haga el bien, no hay ni aun uno» (Salmo 53: 3). O, lo que dice Romanos 3: 10-12:

Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno"».
Jesús habló de lo mismo en Marcos 10: 18: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino solo uno, Dios».1
Dios es el único ser que es bueno. Debido a nuestra naturaleza pecaminosa, incluso en nuestros mejores momentos, no somos buenos. Usted se puede comparar con otro ser humano y decir: «Yo podré ser malo, pero no tan malo». Pero si usted aplica esa justicia comparativa y se pone al lado de Dios, se dará cuenta cuán malo es usted. Elena G. de White declaró: «Los seres humanos pueden arroparse con su propia justicia, pueden alcanzar su propia norma de carácter, pero no alcanzan la norma que Dios ha presentado en su Palabra. Podemos medirnos con nosotros mismos, y compararnos entre nosotros; podemos decir que somos tan buenos como este, o como aquel; pero la gran interrogante es: "¿Alcanzamos la norma que el Cielo nos ha fijado?"».2
La misericordia, la compasión y el amor de Dios le permiten demorar la retribución final de los seres humanos. En su misericordia, el Señor desea salvarnos a todos, y por eso nos ha concedido más tiempo y oportunidades a fin de que podamos, con su ayuda, llegar a tener un carácter semejante al de Cristo.
Ahora bien, sabemos que hay ejemplos bíblicos que nos enseñan que Dios castiga el pecado y la maldad. EBZ intentaron vigorosamente de presentarle a Job que él encajaba en el marco de la justicia retributiva divina.
Bildad se enfoca en Job, y en esencia le dice que sus hijos fallecieron debido a que eran malos; que Dios en su justicia no los habría matado si no hubieran pecado en contra de él. De acuerdo con su idea, los pecadores recibían su merecido.
Era como decirle a aquel enlutado padre: «Tus hijos eran malvados, y Dios los mató. Ellos no merecían seguir con vida».
El razonamiento de Bildad posee algunos problemas. El primer capítulo demuestra que Job se preocupaba por sus hijos y que ofrecía sacrificios a favor de ellos. «Porque decía Job: "Quizá habrán pecado mis hijos y habrán blasfemado contra Dios en sus corazones". Esto mismo hacía cada vez» (Job 1: 5).
El registro añade que él santificaba, o consagraba, a sus hijos.
Job no tenía conocimiento concreto o específico de los pecados que sus hijos pudieron haber cometido en contra de Dios. No obstante, cumplía con su deber paternal y sacerdotal, ofreciendo sacrificios bajo la premisa de que quizá en sus fiestas o banquetes, sus hijos pudieron haber irrespetado a Dios.
Aquí hay algo que hemos de tener en cuenta: los padres jamás se liberan de la obligación de orar por sus hijos. Cuando nosotros, mediante el milagro de la procreación, concebimos y traemos hijos al mundo, nuestra responsabilidad por su bienestar espiritual jamás cesa. El ejemplo de Job quizá sea uno extremo, pero al menos nosotros, los padres, deberíamos orar en todo momento por nuestros hijos.
En su discurso, Bildad enfatiza un aspecto del carácter de Dios: su desprecio por el pecado y la maldad, y su misericordiosa disposición hacia sus hijos. Bildad fue cortante, y en ocasiones nosotros también lo somos. Una vez más el autor indica que Bildad, así como Elifaz antes que él, estaba intentando defender el carácter de Dios a costa de Job y de sus hijos.
No estoy tan seguro de que Dios «necesite» que lo defendamos. En realidad, debemos ser sus testigos (Isa. 43: 10-12; Hech. 1: 8); pero defender a Dios sin conocer la mente divina es una mala representación de la misma justicia que Bildad intentaba defender.
Aclarémoslo bien: tan solo entendemos un poco de lo que Dios ha revelado de sí mismo; y parte de lo que pudiéramos comprender no lo comprendemos adecuadamente. Algo sí es cierto: no podemos, ahora ni nunca, entender plenamente la voluntad divina.
La Palabra de Dios proporciona un equilibrio entre la ley y la gracia. Ya lo dijo la señora White: «Hay perfecta armonía entre la ley de Dios y el evangelio de Jesucristo. "El Padre y yo uno somos" dijo el gran Maestro. El evangelio de Cristo es la buena nueva de su gracia, por medio de la cual el hombre puede ser liberado de la condenación del pecado y capacitado para obedecer la ley de Dios. El evangelio señala hacia el código moral como regla de vida. Esa ley, mediante sus demandas de una obediencia sin desviaciones, le muestra continuamente al pecador el evangelio del perdón y la paz».3
Hay muchos que enseñan que la gracia cubre el pecado. No obstante, la gracia aunque se define claramente como un «favor inmerecido», es más que eso. Pablo le enseñó a Tito: «La gracia de Dios se ha manifestado para salvación a toda la humanidad, y nos enseña que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, mientras aguardamos la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo (Tito 2: 11-14).
Según leemos en Job 11: 7-9, no podemos descubrir los secretos de Dios. Sus propósitos sobrepasan nuestro entendimiento. Son en verdad más altos que los cielos y más profundos que el seol.
No solamente Elifaz y luego Bildad atacaron a Job, sino que luego los siguió Zofar, el tercer miembro del grupo. EBZ, como un trío de amistosos consejeros seguían intentando convencer a Job de que su maldad era la causa de todas sus calamidades. La intervención de Zofar la encontramos en Job 11: 1-20. En resumen, Zofar le recuerda a Job que sus muchas palabras no le garantizan ser justificado ante Dios (vers. 1-4). Además, desea que Dios hable para corregir a Job, y afirma que probablemente Dios todavía no había tomado en cuenta todos los pecados de Job. Zofar se nos recuerda que Dios castiga el pecado. Dios castigó a un mundo descarriado al enviar el Diluvio, pero también manifestó su gracia a través de Noé, que predicó durante 120 años.
«Ciento veinte años antes del diluvio, el Señor, mediante un santo ángel, comunicó a Noé su propósito, y le ordenó que construyera un arca. Mientras la construía, había de predicar que Dios iba a traer sobre la tierra un diluvio para destruir a los impíos. Los que creyeran en el mensaje, y se prepararan para ese acontecimiento mediante el arrepentimiento y la reforma, obtendrían perdón y serían salvos».4
Aunque Dios intervino para erradicar a los pecadores que habían llevado su maldad a niveles que la justicia divina ya no podía tolerar, a la vez proveyó una vía de salvación para aquellos que confiaran y creyeran en sus advertencias. Al tiempo que Dios decidió la suerte de la tierra, su gracia estuvo disponible para todo creyente. «Pero Noé halló gracia ante los ojos de Jehová» (Gén. 6: 8).
Aunque Dios condena el pecado, Dios también extiende su misericordia a todo aquel que esté dispuesto a recibirla. El Diluvio y la destrucción de Sodoma y Gomorra son dos ejemplos de la intervención directa de Dios y ambos ponen de manifiesto su actitud frente al pecado y los pecadores.
Aunque es innegable que Dios ha actuado para castigar a los pecadores, él también ha enviado un mensaje de salvación para todos. En Deuteronomio 6: 24, 25, Dios promete que él guardará a los que digan: «Jehová nos mandó que cumplamos todos estos estatutos». De hecho la Biblia nos recuerda que las bendiciones son el resultado de la obediencia. Todos esos sucesos han sido registrados para bendición de los que viven en los tiempos finales. Pablo escribió en 1 Corintios 10: 11-13: «Todas estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, que vivimos en estos tiempos finales. Así que el que piensa estar firme, mire que no caiga. No os ha sobrevenido ninguna prueba que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser probados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la prueba la salida, para que podáis soportarla». Está claro que los registros de la historia se conservan para beneficio de los que viven en el presente. Según dijo George Santayana: «Los que no aprenden de la historia, están condenados a repetirla». El relato de la rebelión de Coré, Datán y Abirán constituye un contundente ejemplo de justicia retributiva (Núm. 16). Tan en serio se consideró el desafío de aquellos revoltosos, que Moisés clamó a Dios para que hiciera «algo inaudito», distinto de lo que habían visto los israelitas en el pasado; algo que Dios haría para vindicar la autoridad de Moisés y de Aarón, y la de sí mismo. Esto fue una demostración directa e impresionante de un acto de justicia retributiva. En ocasiones el pecador es destruido a causa de sus propias decisiones. El Dios que consideramos como un Dios de amor, es también un Dios de justicia. Él continuamente nos llama para que acudamos a él, para que nos alejemos del pecado. De hecho, el desenlace del gran conflicto conlleva poner fin al pecado y a los pecadores. En 2 Pedro 3: 5-7 se nos asegura que así como el Diluvio destruyó a los pecadores, de igual modo el fuego consumirá al mundo y destruirá a los que rehusaron aceptar el mensaje de salvación. El profeta Malaquías expresó estas palabras: Está claro que el día del juicio retributivo ha sido predicho. Sin embargo, no estamos aún viviendo en ese tiempo. Pero llegará el día en que, como Jesús dijo, «el que es injusto, sea injusto todavía; el que es impuro, sea impuro todavía; el que es justo, practique la justicia todavía, y el que es santo, santifíquese más todavía» (Apoc. 22: 11). Mientras tanto nos vendría bien seguir el consejo de Pedro: «Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén» (2 Ped. 3: 18).
Referencias
1. Algunos eruditos creen que la pregunta de Jesús tenía el propósito de que se reconociera su divinidad. 2. Elena G. de White, «Jesús Knocking at the Heart», Signs of [he Times, 3 de marzo, 1890, pp. 129, 130. 3. Elena G. de White, Mente, carácter y personalidad, t. 2, cap. 61, p. 206. 4. Elena G. de White, Patriarcas y profetas, cap. 7, pp. 71, 72.