Lección 6 La maldición ¿sin causa?

Sábado 29 de octubre


Nuestro Salvador identifica su interés con el de la humanidad sufriente. Así como el corazón del padre añora con ternura compasiva al que sufre entre su pequeño rebaño, el corazón de nuestro Redentor se compadece con los más pobres y humildes de sus hijos terrenales. Los ha puesto entre nosotros para despertar en nuestros corazones el amor que él siente hacia los que sufren y están oprimidos y hará que sus juicios caigan sobre quien los ofenda, los menoscabe o abuse de ellos.
Consideremos que Jesús tomó en su corazón todas las tribulaciones y los pesares, la pobreza y el sufrimiento del hombre y las convirtió en parte de su experiencia. Aunque era el Príncipe de la vida, no se sentó entre los grandes y honorables, sino con los humildes, los oprimidos y los que sufren. Fue el Nazareno menospreciado. No tenía donde reposar la cabeza. Se hizo pobre por nosotros para que, por su pobreza, nosotros pudiésemos ser hechos ricos. Ahora es el Rey de gloria y si viniera coronado con majestad, muchos le rendirían homenaje. Todos competirían unos con otros para honrarlo; todos desearían estar en su presencia. Ahora se nos brinda una oportunidad para recibir a Cristo en la persona de sus santos. Dios quiere que apreciéis sus dones y los uséis para su gloria. Os recomiendo que abráis el corazón a la verdadera y desinteresada benevolencia (Testimonios para la iglesia, tomo 4, p. 613, 614).
Ahora que Ud. ya no puede mantenerse activa, y cuando las dolencias la asedian, todo lo que Dios requiere de Ud. es que confíe en él. Encomiende a él su alma como a un fiel Creador. Sus misericordias son seguras y su pacto es eterno. Bienaventurado es el hombre que espera en el Señor su Dios y que guarda la verdad para siempre. Que su mente se posesione de las promesas y que las retenga. Si Ud. no puede recordar rápidamente la abundante seguridad contenida en las preciosas promesas, escúchelas de los labios de otra persona. Qué plenitud, y qué amor y seguridad se encuentran en las siguientes palabras que proceden de los labios de Dios mismo, que proclaman su amor, su piedad y su interés en los hijos que constituyen su preocupación: “¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado” (Éxodo 34:6, 7). El Señor siente mucha compasión por los que sufren. ¿Qué pecados son demasiado grandes para que él no los perdone? Es misericordioso; por eso está infinitamente más dispuesto a perdonar que a condenar. Es benévolo y no busca el mal en nosotros; sabe de qué estamos hechos; recuerda que somos tan solo polvo. En su ilimitada compasión y misericordia perdona todos nuestros yerros; nos ama abundantemente cuando aún somos pecadores; no nos priva de su luz sino que la hace brillar sobre nosotros por amor a Cristo (Mensajes selectos, tomo 2, pp. 264, 265).

 

Domingo 30 de octubre: Las grandes preguntas


En todas nuestras pruebas se nos invita a buscar fervientemente al Señor, recordando que somos propiedad de él, hijos suyos por adopción. Ningún ser humano puede comprender nuestras necesidades como Cristo. Si se la pedimos con fe, recibiremos su ayuda. Le pertenecemos por creación, y también somos suyos por redención. Mediante las cuerdas del amor divino estamos sujetos a la Fuente de todo poder y fortaleza. Si tan solo dependiéramos de Dios, pidiéndole lo que deseamos como el niñito le pide a su padre lo que quiere, obtendríamos una rica experiencia. Así aprenderíamos que Dios es la fuente de toda fortaleza y poder. Si al pedir, usted no experimenta de inmediato un sentimiento especial, no piense que su oración no ha sido contestada. Aquel que dijo: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá”, lo oirá y le contestará. Entonces, deje que su Palabra sea su confianza, pida y busque y goce del privilegio de descubrir que Cristo lo ha animado. Él dice: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros el yugo de la restricción y la obediencia, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mateo 11:28, 29).
Hallaremos descanso llevando su yugo y soportando sus cargas. Encontraremos reposo verdadero al ser colaboradores con Cristo en la gran-diosa obra por la cual vino a dar su vida. El dio su vida por nosotros cuando todavía éramos pecadores. Su deseo es que acudamos a él para aprender de él. De ese modo experimentaremos descanso. El prometió hacemos descansar. Entonces, no coloque sus cargas sobre ningún otro ser humano. “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Al hacerlo, usted descubrirá por experiencia propia la clase de descanso que Cristo concede, el reposo que proviene de llevar su yugo y levantar sus cargas (Exaltad a Jesús, p. 49).
De igual importancia es hoy que el pueblo de Dios recuerde los lugares y circunstancias en que fue probado, en que su fe desfalleció, en que hizo peligrar su causa por su incredulidad y confianza en sí mismo. La misericordia de Dios, su providencia, sus libramientos inolvidables deben ser recordados uno tras otro. A medida que el pueblo de Dios repase así lo pasado, debe comprender que el Señor repite su trato. Debe prestar atención a las advertencias que le son dadas y guardarse de volver a caer en las mismas faltas. Renunciando a toda confianza en sí mismos, los hijos de Dios deben confiar en él para que los guarde del pecado que podría deshonrar su nombre. Cada vez que Satanás obtiene una victoria, hay almas que peligran; algunos caen bajo sus tentaciones y no pueden recuperarse. Avancen con prudencia los que hayan cometido alguna falta, y a cada paso oren como el salmista: “Sustenta mis pasos en tus caminos, para que mis pies no resbalen” (Salmo 17:5). Dios manda pruebas para saber quiénes permanecerán fieles cuando se hallen expuestos a la tentación. Coloca a cada uno en situaciones difíciles para ver si confiará en una potencia superior. Cada uno posee rasgos de carácter todavía ignorados y que deben ser puestos en evidencia por la prueba. Dios permite que aquellos que confían en sí mismos sean gravemente tentados, a fin de que puedan comprender su incapacidad (Testimonios para la iglesia, t. 7, p. 201).

 

Lunes 31 de octubre: ¿Qué inocente se ha perdido?


De Job, el patriarca de Uz, el testimonio del Escudriñador de corazones era: “No hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal”. Satanás pronunció una despectiva acusación contra este hombre: “¿Acaso teme Job a Dios de balde? ¿No le has cercado alrededor a él y a su casa y todo lo que tiene?... Pero extiende tu mano y toca todo lo que tiene”, “su hueso y su carne y verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia”.
El Señor le dijo a Satanás: “He aquí todo está en tu mano”. “He aquí él está en tu mano, mas guarda su vida”. Habiendo obtenido permiso, Satanás quitó a Job todo lo que poseía: ganados, rebaños, siervos, siervas, hijos e hijas, e “hirió a Job con una sama maligna desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza”. Luego se añadió otro ingrediente de amargura a su copa. Sus amigos, que consideraban la adversidad como una retribución del pecado, afligieron con sus acusaciones su espíritu herido y abrumado. Aparentemente abandonado del cielo y de la tierra, pero con fe firme en su Dios y consciente de su integridad, clamó con angustia y perplejidad: “Está mi alma hastiada de la vida” (La educación, p. 155). La vida no está compuesta toda de gratas pasturas y frescos arroyuelos. Nos asedian las pruebas y los desalientos; llegan las privaciones; nos vemos sometidos a duras pruebas. Atormentada nuestra conciencia, suponemos que nos apartamos mucho de Dios, y que si hubiéramos andado con él no habríamos sufrido de esa manera. Nos abruma la duda y el desaliento y decimos: El Señor nos ha defraudado, hemos sido maltratados. ¿Por qué permite que suframos en esta forma? No puede amamos; si así fuera apar-taría las dificultades de nuestro camino...
No siempre nos transporta a lugares placenteros. Si así lo hiciera, dada nuestra suficiencia nos olvidaríamos de que él es nuestro ayudador. Él están a nuestra disposición; y permite que las pruebas y los chascos nos agobien para que podamos comprender cuán poca cosa somos, y apren-damos a acudir a él en busca de socorro. Él puede conseguir que fluyan arroyos refrescantes de la dura roca. Hasta que estemos cara a cara frente a Dios, y veamos y conozcamos como somos vistos y conocidos, no sabremos cuántas cargas él llevó por nosotros, cuántas más habría estado dispuesto a soportar si se las hubiéra-mos llevado con la fe de un niño...
El amor de Dios se revela en todo su trato con su pueblo; y en medio de la adversidad, los desengaños, la enfermedad y las pruebas, con visión nítida y despejada debemos contemplar la luz de su gloria en el rostro de Cristo, y confiar en su mano guiadora. Pero con demasiada frecuencia contristamos su corazón con nuestra incredulidad...
Dios ama a sus hijos, y anhela verlos vencer el desaliento, arma que Satanás usa para adueñarse de ellos. No demos lugar a la incredulidad. No magnifiquemos nuestras dificultades. Recordemos el amor y el poder que Dios reveló en lo pasado (Meditaciones matinales 1952, p. 12).

 

Martes 1 de noviembre: Un hombre y su Hacedor


No hemos de condenar a los demás; tal no es nuestra obra, sino que debemos amamos unos a otros, y orar unos por otros. Cuando vemos a uno apartarse de la verdad, podemos llorar por él como Cristo lloró sobre Jerusalén. Veamos lo que dice nuestro Padre celestial en su Palabra acerca de los que yerran: “Hermanos, si alguno fuere tomado en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restaurad al tal con el espíritu de mansedumbre; considerándote a ti mismo, porque tú no seas también tentado”. “Hermanos, si alguno de entre vosotros ha errado de la verdad, y alguno le convirtiera, sepa que el que hubiera hecho convertir al pecador del error de su camino, salvará un alma de muerte, y cubrirá multitud de pecados” (Gálatas 6:1; Santiago 5:19, 20). ¡Cuán grande es esta obra misionera! ¡Cuánto más parecida al carácter de Cristo que el hecho de que los pobres mortales falibles estén siempre acusando y condenando a aquellos que no alcanzan exactamente sus requisitos! Recordemos que Jesús nos conoce individualmente, y se com-padece de nuestras flaquezas. Conoce las necesidades de cada una de sus criaturas, y la pena oculta e inexpresada de cada corazón. Si se perjudica a uno de los pequeñuelos por los cuales murió, lo ve y pedirá cuenta al ofensor (Joyas de los testimonios, tomo 2, pp. 114, 115).
En vez de criticar y censurar, tengan nuestros hermanos y hermanas palabras de estímulo y confianza que decir acerca de las instituciones del Señor. Dios les pide que alienten a los que llevan las cargas más pesadas, porque él mismo trabaja con ellos. Pide a su pueblo que reconozca el poder que obra para sostener sus instituciones. Honrad al Señor esforzándoos por hacer todo lo que podáis para dar a la institución la influencia que debe tener.
Cuando tengáis ocasión de hacerlo, hablad a los obreros; decidles palabras que les inspiren fe y valor. Somos demasiado indiferentes unos para con otros. Nos olvidamos demasiado a menudo que nuestros colaboradores necesitan fuerza y valor. En tiempos de pruebas o dificultades particulares, procurad demostrarles vuestro interés y vuestra simpatía. Cuando tratáis de ayudarles por vuestras oraciones, hacédselo saber. Haced repercutir en toda la línea el mensaje que Dios dirige a sus obreros: “Esfuérzate y sé valiente” (Josué 1:6) (Joyas de los testimonios, tomo 3, pp. 173, 174).
En el Salvador se despertaban las simpatías más tiernas por la humanidad caída y doliente. Si usted se encuentra entre sus seguidores, debe cultivar la compasión y la simpatía. La indiferencia por las desgracias humanas debe ceder su lugar a un interés vivo por los sufrimientos de los demás. La viuda, el huérfano, el enfermo y el moribundo, siempre necesitarán ayuda. Esta es una oportunidad para proclamar el evangelio: para poner en alto a Jesús, la esperanza y el consuelo de todos los seres humanos. Cuando el cuerpo sufriente ha recibido alivio, se abre el corazón y el bálsamo celestial se puede derramar en él. Si usted contempla a Jesús y de él obtiene conocimiento y fuerza y gracia, podrá impartir su consuelo a otros, porque el Consolador lo acompañará (Consejos sobre la salud, p. 502)

 

Miércoles 2 de noviembre: El necio echa raíces


Siglo tras siglo, la curiosidad de los hombres los ha inducido a buscar el árbol del conocimiento, y a menudo creen que están arrancándole los frutos más esenciales, cuando en realidad son vanidad y nada, en comparación con la ciencia de la verdadera santidad que les abriría las puertas de la ciudad de Dios. La ambición de los hombres procura un conocimiento que les imparta gloria, supremacía y ensalzamiento propio. Así influyó Satanás en Adán y Eva, hasta que violaron la restricción de Dios, e iniciaron su educación bajo el maestro de mentiras. Adquirieron el conocimiento que Dios les había negado, el de las consecuencias de la transgresión. El así llamado árbol del conocimiento, ha llegado a ser un instrumento de muerte. Satanás ha entretejido arteramente sus dogmas, sus teorías falsas, con las instrucciones dadas. Desde el árbol del conocimiento enuncia las adulaciones más halagüeñas respecto de la educación superior. Miles participan del fruto de este árbol, pero significa la muerte para ellos. Cristo dice: “¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan?” (Isaías 55:2). Estáis dedicando los talentos que os confió el cielo en conseguir una educación que Dios declara insensata (Consejos para los maestros, pp. 13, 14).
Si el velo que separa el mundo visible del invisible pudiese alzarse, y los hijos de Dios pudiesen contemplar la gran controversia que se riñe entre Cristo y los ángeles santos y Satanás y sus huestes perversas a propósito de la redención del hombre; si pudiesen comprender la admirable obra de Dios para rescatar las almas de la servidumbre del pecado, y el constante ejercicio de su poder para protegerlas de la malicia del maligno, estarían mejor preparados para resistir los designios de Satanás. Su mente se llenaría de solemnidad en vista de la vasta extensión e importancia del plan de la redención y la magnitud de la obra que tienen delante de sí como colaboradores de Cristo. Quedarían humillados aunque estimulados, sabiendo que todo el cielo se interesa en su salvación (Joyas de los testimonios, tomo 2, p. 170).
Mas cuando nos llega la tribulación, ¡cuántos somos los que pensamos como Jacob! Imaginamos que es la mano de un enemigo y luchamos a ciegas en la oscuridad, hasta que se nos agota la fuerza, y no logramos consuelo ni rescate. El toque divino al rayar el día fue lo que reveló a Jacob con quién estaba luchando: el Ángel del pacto. Lloroso e impotente, se refugió en el seno del Amor infinito para recibir la bendición que su alma anhelaba. Nosotros también necesitamos aprender que las pruebas implican beneficios y que no debemos menospreciar el castigo del Señor ni desmayar cuando él nos reprende.
“Bienaventurado es el hombre a quien Dios castiga... Porque él es quien hace la llaga, y él la vendará; él hiere, y sus manos curan. En seis tribulaciones te librará, y en la séptima no te tocará mal”. A todos los afligidos viene Jesús con el ministerio de curación. El duelo, el dolor y la aflicción pueden iluminarse con revelaciones preciosas de su presencia (El discurso maestro de Jesucristo, pp. 15, 16).

Jueves 3 de noviembre: Apresurarse a juzgar


Pierdan de vista a todos los demás, excepto a Cristo. Deseamos tener a Cristo en nosotros y Cristo desea habitar en nuestro corazón. Somos todos humanos y falibles, y a menos que él se forme dentro de nosotros como la esperanza de gloria, cometeremos grandes equivocaciones al evaluar a nuestros colaboradores de acuerdo con nuestro propio modelo y medida. Dios ve por debajo de la superficie. Ve todo lo bueno y nota también todo lo malo. Dejen, entonces, la obra de juzgar a sus hermanos por cuenta de Dios.
Preocúpense por los jóvenes que están ahora formando sus caracteres, conversen con ellos y ayúdenles en todo lo que les resulte posible. Que nadie eduque a los jóvenes en la ciencia de detectar faltas. No permitan que los jóvenes los escuchen hablar de las faltas de los que no se ajustan a sus ideas. Los jóvenes son servidores de Cristo y se los debe cuidar y animar para que desarrollen pensamientos buenos, puros y santos. No necesitan lecciones de malas sospechas. Satanás está siempre listo para instruirlos en esa dirección. Enséñenles a ser amables, a respetarse y amarse unos a otros como Cristo nos ama.
Retengan el perfume del carácter de Cristo en sus palabras y acciones. Que las quejas y murmuraciones terminen para siempre. Entonces sus corazones reflejarán los rayos del sol de justicia de Cristo. Dios los bendecirá y los hará una bendición (Alza tus ojos, p. 26).
El pueblo participaba en extenso grado del mismo espíritu, invadía la esfera de la conciencia, y se juzgaban unos a otros en asuntos que tocaban únicamente al alma y a Dios. Refiriéndose a este espíritu y práctica, dijo Jesús: “No juzguéis, para que no seáis juzgados”. Quería decir: No os con-sideréis como normas. No hagáis de vuestras opiniones y vuestros conceptos del deber, de vuestras interpretaciones de las Escrituras, un criterio para los demás, ni los condenéis si no alcanzan a vuestro ideal. No censuréis a los demás; no hagáis suposiciones acerca de sus motivos ni los juzguéis.
“No juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones”. No podemos leer el corazón. Por ser imperfectos, no somos competentes para juzgar a otros. A causa de sus limitaciones, el hombre solo puede juzgar por las apariencias. Únicamente a Dios, quien conoce los motivos secretos de los actos y trata a cada uno con amor y compasión, le corresponde decidir el caso de cada alma.
“Eres inexcusable, oh hombre, quien quiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo” . Los que juzgan o critican a los demás se proclaman culpables; porque hacen las mismas cosas que censuran en otros. Al condenar a los demás, se sentencian a sí mismos, y Dios declara que el dictamen es justo. Acepta el veredicto que ellos mismos se aplican (El discurso maestro de Jesucristo, pp. 105, 106).