Lección 5

Sábado 22 de octubre


El mundo material se halla bajo el control divino. Toda la naturaleza obedece las leyes que la gobiernan. Todas las cosas hablan acerca de la voluntad del Creador y la practican. La nubes, la lluvia, el rocío, la luz del sol, los chubascos, el viento, la tormenta, todos están bajo la supervisión de Dios y le rinden obediencia implícita a Aquel para quien trabajan. La plan- tita diminuta sale de la tierra, primero como hierba, luego espiga, y después el grano lleno en la espiga. El Señor los usa como .sus siervos obedientes, para hacer su voluntad. Primero se ve el fruto en el capullo, que contiene a la futura pera, durazno, o manzana, y el Señor los desarrolla en el momento adecuado, porque ellos no se resisten a su obra. No se oponen al orden de sus disposiciones. Sus obras, tales como se ven en el mundo natural, no se comprenden ni se valoran, ni siquiera en un cincuenta por ciento. Estos predicadores silenciosos enseñarán sus lecciones a los seres humanos, si tan solo quieren ser oidores atentos…
Nuestra fe debe crecer. Debemos parecemos más a Jesús en conducta y disposición. Si se obedece la luz que alumbra sobre nuestro sendero, la verdad que nuestra inteligencia no puede rechazar, santificará y transformará el alma (Exaltad a Jesús, p. 60).
El tiempo presente es un momento de solemne privilegio y sagrada confianza. Si los siervos de Dios cumplen fielmente el cometido a ellos confiado, grande será su recompensa cuando el Maestro diga: “Da cuenta de tu mayordomía”. La ferviente labor, el trabajo abnegado, el esfuerzo paciente y perseverante, serán recompensados abundantemente. Jesús dirá: Ya no os llamo siervos, sino amigos. El Maestro no concede su aprobación por la magnitud de la obra hecha, sino por la fidelidad manifestada en todo lo que se ha hecho. No son los resultados que alcanzamos, sino los motivos por los cuales obramos, lo que más importa a Dios. El aprecia sobre todo la bondad y la fidelidad (Obreros evangélicos, p. 282).
El cristiano tiene el deber de no permitir que lo moldeen ni el medio en que vive ni las circunstancias que lo rodean; pero debe vivir por encima del ambiente y modelar su carácter de acuerdo con el Modelo divino. Debe ser fiel dondequiera que se halle. Ha de cumplir fielmente con sus deberes, cultivando las oportunidades que Dios le ha dado Y aprovechando sus capacidades al máximo. Dondequiera que se encuentre debe trabajar por Jesús con el propósito único de promover la gloria de Dios. Debemos someter la voluntad y el corazón a Dios y llegar a conocer a Cristo. Debemos negarnos a nosotros mismos, tomar la cruz y seguir a Jesús (Exaltad a Jesús, p. 239).

 

Domingo 23 de octubre: Perezca el día


“Todo lo que respira alabe a Jehová” (Salmo 150:6). ¿Hemos considerado de cuántas cosas debemos estar agradecidos? ¿Recordamos que las misericordias del Señor se renuevan cada mañana, y que su fidelidad es inagotable? ¿Reconocemos que dependemos de él, y expresamos gratitud por todos sus favores? Por el contrario, con demasiada frecuencia nos olvidamos de que “toda buena dádiva y todo don perfecto es de lo alto, que desciende del Padre de las luces” (Santiago 1:17)...
Dios es amor; él cuida de las criaturas que formó. “Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen”. “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios” (Salmo 103:13; 1 Juan 3:1).
¡Cuán precioso privilegio es éste, que seamos hijos e hijas del Altísimo, herederos de Dios y coherederos con Jesucristo! No nos lamentemos, pues, porque en esta vida no estemos libres de desilusiones y aflicción. Si en la providencia de Dios, somos llamados a soportar pruebas, acep-temos la cruz, y bebamos la copa amarga, recordando que es la mano de un Padre la que la ofrece a nuestros labios. Confiemos en él, en las tinieblas como en la luz del día. ¿No podemos creer que nos dará todo lo que fuere para nuestro bien? “El que aun a su propio Hijo no perdonó, antes le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Romanos 8:32). Aun en la noche de aflicción, ¿cómo podemos negamos a elevar el corazón y la voz en agradecida alabanza, cuando recordamos el amor a nosotros expresado por la cruz del Calvario? (Joyas de los testimonios, tomo 2, pp. 108, 109).
Cada acto de obediencia a Cristo, cada acto de abnegación por él, cada prueba bien soportada, cada victoria lograda sobre la tentación, es un paso adelante en la marcha hacia la gloria de la victoria final. Si aceptamos a Cristo por guía, él nos conducirá en forma segura. El mayor de los pecadores no tiene por qué perder el camino. Ni uno solo de los que temblando lo buscan ha de verse privado de andar en luz pura y santa. Aunque la senda es tan estrecha y tan santa que no puede tolerarse pecado en ella, todos pueden alcanzarla y ninguna alma dudosa y vacilante necesita decir: Dios no se interesa en mí.
Puede ser áspero el camino, y la cuesta empinada; tal vez haya trampas a la derecha y a la izquierda; quizá tengamos que sufrir penosos trabajos en nuestro viaje; puede ser que cuando estemos cansados y anhelemos descanso, tengamos que seguir avanzando; que cuando nos consuma la debilidad, tengamos que luchar; o que cuando estemos desalentados, debamos esperar aún; pero con Cristo como guía, no dejaremos de llegar al fin al anhelado puerto de reposo. Cristo mismo recorrió la vía áspera antes que nosotros y allanó el camino para nuestros pies. A lo largo del áspero camino que conduce a la vida eterna hay también manantiales de gozo para refrescar a los fatigados. Los que andan en las sendas de la sabiduría se regocijan en gran manera, aun en la tribulación; porque Aquel a quien ama su alma marcha invisible a su lado (El discurso maestro de Jesucristo, pp. 118, 119).

 

Lunes 24 de octubre: Descanso en la tumba


Dios no desea que quedemos abrumados de tristeza, con el corazón angustiado y quebrantado. Quiere que alcemos los ojos y veamos su rostro amante. El bendito Salvador está cerca de muchos cuyos ojos están tan llenos de lágrimas que no pueden percibirlo. Anhela estrechar nuestra mano; desea que lo miremos con fe sencilla y que le permitamos que nos guíe. Su corazón conoce nuestras pesadumbres, aflicciones y pruebas. Nos ha amado con un amor sempiterno y nos ha rodeado de misericordia. Podemos apoyar el corazón en él y meditar a todas horas en su bondad. El elevará el alma más allá de la tristeza y perplejidad cotidianas, hasta un reino de paz. Pensad en esto, hijos de las penas y del sufrimiento, y regocijaos en la esperanza. “Esta es la victoria que vence al mundo... nuestra fe” (El discurso maestro de Jesucristo, p. 16).
La correcta comprensión de lo que dicen las Escrituras concerniente al estado de los muertos es esencial. La Palabra de Dios declara que los muertos nada saben, su odio y su amor han desaparecido. Debemos apoyar nuestra autoridad en la segura palabra profètica. A menos que estemos versados en las Escrituras corremos el riesgo de ser engañados por el tremendo poder de Satanás capaz de obrar milagros, cuando éste se manifieste en nuestro mundo, y de atribuir sus obras a Dios porque la Palabra de Dios declara que, si fuere posible, los mismos escogidos serán engañados. A menos que estemos arraigados y fundamentados en la verdad, seremos barridos por las trampas engañosas de Satanás. Debemos aferramos a nuestras Biblias. Si Satanás puede hacemos creer que en la Palabra de Dios hay cosas que no son inspiradas, entonces estará preparado para entrampar vuestras almas. Entonces no tendremos seguridad ni certidumbre precisamente en el tiempo cuando necesitaremos saber cuál es la verdad (El evangelismo, pp. 184,185).
Cristo se identificó con los seres humanos, para que éstos pudieran ser uno en espíritu y vida con él. En virtud de esta unión en obediencia a la Palabra de Dios, su vida llega a ser la vida de ellos. Cristo dice al penitente: “Yo soy la resurrección y la vida”. Para Cristo la muerte es un sueño: silencio, tinieblas, sueño. Se refiere a ella como si fuera un breve momento: “Todo aquel que vive y cree en mi —dice— no morirá eternamente”... Y para el creyente la muerte es asunto de poca importancia. Para él la muerte no es nada más que un sueño.
El mismo poder que resucitó a Cristo de los muertos resucitará a su iglesia, y la glorificará con Cristo como esposa suya, por encima de todos los principados y potestades, por encima de todo nombre, no solo de este mundo, sino de los atrios celestiales, o sea, del mundo superior. La victoria de los santos que duermen será gloriosa en la mañana de la resurrección (Meditaciones matinales 1952, p. 304).

 

Martes 25 de octubre: El dolor de otros


En el día de su aflicción y tinieblas, el fiel Job declaró:
“Perezca el día en que yo nací”... “¡Oh si pesasen al justo mi queja y mi tormento, Y se alzasen igualmente en balanza!... ¡Quién me diera que viniese mi petición, Y que Dios me otorgase lo que espero; Y que pluguiera a Dios quebrantarme, Que soltara su mano, y me deshiciera! Y sería aún mi consuelo... Por tanto yo no reprimiré mi boca; Hablaré en la angustia de mi espíritu Y quejaréme con la amargura de mi alma... Mi alma... quiso la muerte más que mis huesos. Aburríme: no he de vivir yo para siempre; Déjame, pues que mis días son vanidad” (Job 3:3; 6:2, 8-10; 7:11, 15, 16).
Pero aunque Job estaba cansado de la vida, no se le dejó morir. Le fueron recordadas las posibilidades futuras, y se le dirigió un mensaje de esperanza:
“Serás fuerte y no temerás: Y olvidarás tu trabajo, O te acordarás de él como de aguas que pasaron: Y en mitad de la siesta se levantará bonanza; Resplandecerás, y serás como la mañana:
Y confiarás, que habrá esperanza... Y te acostarás, y no habrá quien te espante: Y muchos te rogarán. Mas los ojos de los malos se consumirán, Y no tendrán refugio; Y su esperanza será agonía del alma” (Job 11:1520) (Profetas y reyes, p. 120).
La gloria del cielo consiste en elevar a los caídos, consolar a los angus-tiados. Siempre que Cristo more en el corazón humano, se revelará de la misma manera. Siempre que actúe, la religión de Cristo beneficiará. Donde quiera que obre, habrá alegría...
Cualquiera que sea la diferencia de creencia religiosa, el llamamiento de la humanidad doliente debe ser oído y contestado. Donde existe amargura de sentimiento por causa de la diferencia de la religión, puede hacerse mucho bien mediante el servicio personal. El ministerio amante quebrantará el prejuicio, y ganará las almas para Dios. Debemos anticipamos a las tristezas, las dificultades y angustias de los demás. Debemos participar de los goces y cuidados tanto de los encumbrados como de los humildes, de los ricos como de los pobres. “De gracia recibisteis dice Cristo dad de gracia”. En nuestro derredor hay pobres almas probadas que necesitan palabras de simpatía y acciones serviciales. Hay viudas que necesitan simpatía y ayuda. Hay huérfanos a quienes Cristo ha encargado a sus servidores que los reciban como una custodia de Dios. Demasiado a menudo se los pasa por alto con negligencia. Pueden ser andrajosos, toscos, y aparentemente sin atractivo alguno; pero son propiedad de Dios. Han sido comprados con precio, y a su vista son tan preciosos como nosotros. Son miembros de la gran familia de Dios, y los cristianos como mayordomos suyos, son responsables por ellos. “Sus almas dice demandaré de tu mano” (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 318, 319).

 

Miércoles 26 de octubre: La lanzadera del tejedor


La vida que abriga el temor de Jehová no será una vida de tristeza y oscuridad. La ausencia de Cristo es la que entristece el semblante y hace de la vida una peregrinación de suspiros. Los que están llenos de estima y amor propios no sienten la necesidad de una unión viviente y personal con Cristo. El corazón que no ha caído sobre la Roca está orgulloso de estar entero. Los hombres desean una religión dignificada. Desean seguir por un camino sufi-cientemente ancho como para llevar por él sus propios atributos. Su amor propio, su amor a la popularidad y a la alabanza excluyen al Salvador de su corazón, y sin él hay oscuridad y tristeza. Pero Cristo al morar en el alma es una fuente de gozo. Para todos los que lo reciben, la nota tónica de la Palabra de Dios es el regocijo (Palabras de vida del gran Maestro, p. 126).
El alabar a Dios de todo corazón y con sinceridad, es un deber igual al de la oración. Hemos de mostrar al mundo y a los seres celestiales que apreciamos el maravilloso amor de Dios hacia la humanidad caída, y que esperamos bendiciones cada vez mayores de su infinita plenitud. Mucho más de lo que hacemos, debemos hablar de los preciosos capítulos de nuestra vida cristiana. Después de un derramamiento especial del Espíritu Santo, aumentarían grandemente nuestro gozo en el Señor y nuestra efi-ciencia en su servicio, al repasar sus bondades y sus maravillosas obras en favor de sus hijos.
Estas prácticas rechazan el poder de Satanás. Excluyen el espíritu de murmuración y queja, y el tentador pierde terreno. Fomentan aquellos atributos del carácter que habilitarán a los habitantes de la tierra para las mansiones celestiales.
Un testimonio tal tendrá influencia sobre otros. No se puede emplear un medio más eficaz para ganar almas para Cristo (Palabras de vida del gran Maestro, p. 241).

Jueves 27 de octubre: ¿Mah enosh? (¿Qué es el hombre?)


La vida es misteriosa y sagrada. Es la manifestación de Dios mismo, fuente de toda vida. Las oportunidades que ella depara son preciosas y deben ser fervorosamente aprovechadas. Una vez perdidas, no vuelven jamás. Ante nosotros Dios pone la eternidad, con sus solemnes realidades, y nos revela temas inmortales e imperecederos. Nos presenta verdades preciosas y ennoblecedoras, para que podamos progresar por una senda segura en pos de un objeto digno de que le dediquemos fervorosamente todas nuestras aptitudes.
Dios mira el interior de la diminuta semilla que él mismo formó, y ve en ella la hermosa flor, el arbusto o el altivo y copudo árbol. Así también ve las posibilidades de cada ser humano. Estamos en este mundo con algún fin. Dios nos ha comunicado su plan para nuestra vida, y desea que alcancemos el más alto nivel de desarrollo. Desea que crezcamos continuamente en santidad, en felicidad y en utilidad. Todos tienen habilidades que deben aprender a considerar como sagradas dotes, a apreciarlas como dones del Señor y a emplearlas debi-damente. Desea que la juventud desarrolle todas sus facultades, y que las ponga en ejercicio activo. Desea que los jóvenes gocen de todo lo útil y valioso en esta vida; que sean buenos y hagan el bien, acumulando un tesoro celestial para la vida futura.
Debería ser su anhelo sobresalir en todo lo noble, elevado y generoso. Para ello consideren a Cristo como el modelo según el cual deben formarse. La santa ambición que Cristo manifestó en su vida debe moverlos a ellos también, es a saber, la de dejar mejor el mundo por haber vivido en él. Esta es la obra a la cual han sido llamados (El ministerio de curación, p. 309).
Cuando estudiamos el carácter divino a la luz de la cruz, vemos mise-ricordia, ternura, espíritu perdonador unidos con equidad y justicia. Vemos en medio del trono a uno que lleva en sus manos y pies y en su costado las marcas del sufrimiento soportado para reconciliar al hombre con Dios. Vemos a un Padre infinito que mora en luz inaccesible, pero que nos recibe por los méritos de su Hijo. La nube de la venganza que amenazaba solamente con la miseria y la desesperación, revela, a la luz reflejada desde la cruz, el escrito de Dios: ¡Vive, pecador, vive! ¡Vosotros, almas arrepentidas y creyentes, vivid! Yo he pagado el rescate.
Al contemplar a Cristo, nos detenemos en la orilla de un amor incon-mensurable. Nos esforzamos por hablar de este amor, pero nos faltan las palabras. Consideramos su vida en la tierra, su sacrificio por nosotros, su obra en el cielo como abogado nuestro, y las mansiones que está preparando para aquellos que le aman; y solo podemos exclamar: ¡Oh! ¡Qué altura y profundidad las del amor de Cristo! “En esto consiste el amor: no que noso-tros hayamos amado a Dios, sino que él nos amó a nosotros, y ha enviado a su Hijo en propiciación por nuestros pecados”. “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios” (1 Juan 4:10; 3:1). En todo verdadero discípulo, este amor, como fuego sagrado, arde en el altar del corazón. Fue en la tierra donde el amor de Dios se reveló por Cristo. Es en la tierra donde sus hijos han de reflejar su amor mediante vidas inmaculadas. Así los pecadores serán guiados a la cruz, para contemplar al Cordero de Dios (Los hechos de los apóstoles, pp. 268, 269).