CAPÍTULO 5
Maldito el día
Después de esto, abrió Job su boca y maldijo su día» (Job 3: 1). Job había sido atenazado por la más horrible tribulación: todas sus posesiones terrenales fueron destruidas; sus diez hijos perecieron y él fue castigado con malolientes y repugnantes llagas. En medio de su gran angustia escucha a su esposa decirle: «Maldice a Dios y muérete».
Había perdido su hacienda, sus hijos y su salud; ni siquiera sabía por qué estaba sufriendo. El registro bíblico afirma que Job maldijo el día de su nacimiento; aquel hombre intachable, justo y temeroso de Dios, ¡lanza una maldición! Detengámonos un momento. No existe indicación alguna de que lo dicho por Job promueva el lenguaje soez o las malas palabras que escuchamos cuando la gente está airada.
La maldición mencionada por Job es resultado del profundo desconsuelo que estaba experimentando. Si hubiéramos estado en su lugar, probablemente habríamos hecho lo mismo, o peor. El dolor de Job era tan insondable e intenso, que deseó que la fecha de su nacimiento fuera arrancada del almanaque.
Es importante observar lo que Job no hizo en aquel momento: no culpa ni maldice a Dios; aunque algunos podrían argumentar que maldecir el día de su nacimiento era una maldición indirecta contra Dios. Como creador, Dios determinó el día, y no solamente planificó y ejecutó el momento de su concepción, sino que lo trajo al mundo en el momento preciso.
Quizá Salomón aluda a lo dicho en el libro de Job, al escribir las siguientes palabras: «Alabé entonces a los finados, los que ya habían muerto, más que a los vivos, los que todavía viven. Pero tuve por más feliz que unos y otros al que aún no es, al que aún no ha visto las malas obras que se hacen debajo del sol» (Ecl. 4: 2, 3). O el profeta Jeremías que al referirse a su sufrimiento, escribió:

Un comentarista afirma, refiriéndose a la maldición de Job: «Sus imprecaciones son solemnes, profundas y sublimes. Estas declara5. dones poéticas no se prestarían a un minucioso análisis técnico. Job no presenta lógica; más bien, vuelca los sentimientos apasionados de su alma doliente».1
Recordemos que Job tenía una desventaja: no conocía el por qué de todo lo que le sucedía. Eso nos lleva a pensar que su sufrimiento físico, aunque profundo, estaba eclipsado por su angustia mental.
Nosotros, que vivimos miles de años después de Job, y que tenemos la ventaja de conocer toda la trama, sabemos cómo comenzó aquella triste historia. También sabemos cómo concluye. Lo hemos leído en el poema del Siervo Sufriente y su papel en nuestra redención, de Isaías 53:

«¿Quién ha creído a nuestro anuncio y sobre quién se ha manifestado el brazo de Jehová? Subirá cual renuevo delante de él, como raíz de tierra seca. No hay hermosura en él, ni esplendor; lo veremos, mas sin atractivo alguno para que lo apreciemos. Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en sufrimiento; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado y no lo estimamos. Ciertamente llevó él nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores, ¡pero nosotros lo tuvimos por azotado, como herido y afligido por Dios! Mas él fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados. Por darnos la paz, cayó sobre él el castigo, y por sus llagas fuimos nosotros curados. «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como un cordero fue llevado al matadero; como una oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, no abrió su boca. Por medio de violencia y de juicio fue quitado; y su generación, ¿quién la contará? Porque fue arrancado de la tierra de los vivientes, y por la rebelión de mi pueblo fue herido. Se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte. Aunque nunca hizo maldad ni hubo engaño en su boca, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándolo a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá descendencia, vivirá por largos días y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada. Verá el fruto de la aflicción de su alma y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará sobre sí las iniquidades de ellos. Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los poderosos repartirá el botín; 5. Maldito el día • 45 por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos y orado por los transgresores» (Isa. 53:1 -12).

Tomemos en cuenta la siguiente declaración:

«Tan pronto como hubo pecado, hubo un Salvador. Cristo sabía lo que tendría que sufrir, sin embargo se convirtió en el sustituto del hombre. Tan pronto como pecó Adán, el Hijo de Dios se presentó como fiador por la raza humana.
«Pensad cuánto le costó a Cristo dejar los atrios celestiales y ocupar su puesto a la cabeza de la humanidad. ¿Por qué hizo eso? Porque era el único que podía redimir la raza caída. No había un ser humano en el mundo que estuviera sin pecado. El Hijo de Dios descendió de su trono celestial, depuso su manto real y corona regia y revistió su divinidad con humanidad. Vino a morir por nosotros, a yacer en la tumba como deben hacerlo los seres humanos y a ser resucitado para nuestra justificación.
«Vino a familiarizarse con todas las tentaciones con las que es acosado el hombre. Se levantó de la tumba y proclamó sobre el rasgado sepulcro de José: "Yo soy la resurrección y la vida". Uno igual a Dios pasó por la muerte en nuestro favor. Probó la muerte por cada hombre para que por medio de él cada hombre pudiera ser participante de vida eterna».2

Aunque en este momento no haremos una completa exposición de Isaías 53, los cristianos en sentido general reconocen que este pasaje es una revelación profética del papel de Jesucristo. Pero, ¿qué esperaba Job que la muerte hiciera por él? Ya que este es el libro más antiguo de la Biblia, de seguro Dios tenía algo que revelar respecto al estado de los muertos. Job 3: 13 afirma: «Ahora estaría yo muerto, y reposaría; dormiría, y tendría descanso ». Claramente, Job esperaba descansar de sus pruebas, dificultades y tribulaciones. El afirma que dormiría y descansaría. No se hace mención de ninguna visita al cielo, ni de alguna recompensa inmediata por su vida intachable y justa.
Desde luego, no edificamos un andamiaje teológico en una parte de las Escrituras, sino que comparamos un texto bíblico con otro (Isa. 28:10) y así sale a relucir la verdad bíblica. La declaración de Job armoniza con la amplia información bíblica respecto al estado de los muertos.
Veamos otros pasajes de las Sagradas Escrituras: «Porque los que viven saben que han de morir, pero los muertos nada saben, ni tienen más recompensa. Su memoria cae en el olvido. También perecen su amor, su odio y su envidia; y ya nunca más tendrán parte en todo lo que se hace debajo del sol» (Ecl. 9: 5, 6).
Salomón, «el hombre más sabio que jamás vivió», afirma que mientras estamos vivos prestamos atención, pensamos, hacemos planes y actuamos. Sabemos qué haremos pero, en contraste, los muertos nada saben. Todas sus emociones han cesado, y no tienen más nada que hacer en los asuntos de la vida.

«¿Manifestarás tus maravillas a los muertos? ¿Se levantarán los muertos para alabarte? ¿Será proclamada en el sepulcro tu misericordia o tu verdad en el Abadón? ¿Serán reconocidas en las tinieblas tus maravillas y tu justicia en la tierra del olvido» (Sal. 88:10-12).

Estas preguntas retóricas del Salmo 88 deben ser contestadas negativamente. Pero, ¿qué diremos del Nuevo Testamento? ¿Qué dice Jesús acerca de la muerte?
Quizá una de las enseñanzas más claras respecto a la muerte en el Nuevo Testamento se encuentra en Juan 11, donde se habla de la muerte y resurrección de Lázaro, un buen amigo de Jesús. Lázaro estuvo muerto durante cuatro días, antes de que Jesús lo resucitara. Si alguien recibe la recompensa por su vida tan pronto muere (como se cree popularmente), de seguro Lázaro habría descrito su experiencia «después de la muerte», y dicha narración se habría conservado en la Biblia.
Hoy se habla mucho de que la gente que muere se marcha a un «mejor lugar». Esa idea no tiene asidero bíblico. La idea de que un «alma» continúa existiendo más allá de la tumba no se fundamenta en la Palabra de Dios (Eze. 18: 4, Juan 5: 25-29).
El dolor y el sufrimiento son únicos porque son totalmente subjetivos, nada más podemos experimentar nuestro dolor personal. Quizá sintamos empatia por los demás y compasión por ellos durante su dolor y sufrimiento, pero en realidad no podemos saber cuál es el grado o nivel de su padecimiento.
Como pastor he visitado innumerables hogares que han tenido que sufrir por la muerte de un familiar. Por mucho que haya estimado al finado, jamás podré conocer la profundidad del dolor experimentado por su familia. Aunque quiera ponerme en lugar de ellos, no podré hacerlo. Así tampoco pudieron apreciar su dolor los tres amigos de Job que vinieron a consolarlo: Elifaz el temanita, Bildad el suhita y Zofar el naamatita.
En principio los amigos de Job, los que habían venido a consolarlo y a mostrar su solidaridad con él (Job 2: 11), quedaron en silencio. En ocasiones, cuando visitamos a los que sufren, acompañarlos en silencio es más importante que las palabras. Quienes han recibido una visita mientras están en un hospital, podrán apreciar mejor el apoyo silencioso, antes que la parlería de los visitantes.
Luego los tres amigos abandonaron su «silenciosa vigilia» de siete días, además de su actitud solidaria. De hecho, sostuvieron que el sufrimiento de Job era la retribución por sus pecados ocultos.
Job llega a un punto en el que cuestiona si su sufrimiento es un castigo, y procura el perdón por si abriga algún pecado «desconocido » (Job 7: 17-21). Al hacerlo revela las concepciones de su época.
Incluso profúndiza en lo que alguien podría llamar existencialismo, cuando analiza qué son exactamente los seres humanos, y por qué Dios interactúa con ellos. En el marco del gran conflicto, que tiene que ver con la justificación de Dios y con la restauración del orden en el universo, se pone de manifiesto el amor de Dios por los seres humanos. Juan 3: 16 lo presenta de una manera tan sublime que se hace innecesario comentarlo: «De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna». Dios es amor, 1 Juan 4: 8 lo dice claramente. Debemos aceptarlo por fe, aunque no podamos entender apropiadamente el problema del dolor y del sufrimiento.


Referencias
1. Comentario bíblico adventista, t. 3, p. 506.
2. Elena G. de White, En lugares celestiales, p. 15.