Lección 4

Sábado 15 de octubre


Estoy contenta porque el Padre comprende cada fase de las dificultades que tendremos que enfrentar. Creyendo en él y reconociéndole como Dios, sabemos que percibe las cosas con una vislumbre mayor de lo que nos resulta posible. Sus ideales son más elevados que cualquiera de nuestras concepciones. Puede leer cada propósito de los corazones que se están uniendo contra Dios y que cooperan con los ángeles malos para derrotar a los justos. Todas las fuerzas de los ángeles malos combinadas con los hombres malvados tratarán de suprimir la verdad y la libertad de creer en la verdad. No debemos fallar ahora en nuestra obra; no debemos desanimarnos. Todo asunto es visto con claridad meridiana por el que escudriña los corazones. Ve el esfuerzo hecho para influir en el niño en la dirección equivocada. El Alto y Sublime que habita la eternidad no pasará por alto a quien obre para contrarrestar su voluntad manchando y corrompiendo las mentes humanas. Debemos recordar que Dios conoce, que Dios comprende…
Hijos, no limiten al Santo de Israel en sus casos individuales. Ustedes pueden estar conectados con Dios. Crezcan en la fe, en la entrega y en una confianza inconmovible en Dios. El Señor ha hecho mucho por Uds., hijos míos, y la entrega sin reserva de sus propias vidas al Señor los hará canales de luz. A medida que busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, todas las demás cosas les serán añadidas. La piedad encierra la promesa de la vida actual tanto como la venidera. A medida que reciban la rica gracia de Dios, difúndanla. El fiel cumplimiento de los deberes de hoy será la mejor preparación para las tribulaciones del mañana. No debemos añadir a las cargas de hoy los cuidados y perplejidades del mañana. Basta al día su afán. Dios nos da fortaleza para cada día (Alza tus ojos, p. 42).
En toda prueba, si recurrimos a él, Cristo nos dará su ayuda. Nuestros ojos se abrirán para discernir las promesas de curación consignadas en su Palabra. El Espíritu Santo nos enseñará cómo aprovechar cada bendición como antídoto contra el pesar. Encontraremos alguna rama con que purificar las bebidas amargas puestas ante nuestros labios.
No hemos de consentir en que lo futuro con sus dificultosos problemas, sus perspectivas nada halagüeñas, nos debilite el corazón, haga flaquear nuestras rodillas y nos corte los brazos. “Echen mano… de mi fortaleza dice el Poderoso y hagan paz conmigo. ¡Sí, que hagan paz conmigo!” (Isaías 27:5, V.M.). Los que dedican su vida a ser dirigidos por Dios
y a servirle, no se verán jamás en situación para la cual él no haya provisto el remedio. Cualquiera que sea nuestra condición, si somos hacedores de su Palabra, tenemos un Guía que nos señale el camino; cualquiera que sea nuestra perplejidad, tenemos un buen Consejero; cualquiera que sea nuestra perplejidad, nuestro pesar, luto o soledad, tenemos un Amigo que simpatiza con nosotros (El ministerio de curación, pp. 191, 192).

 

Domingo 16 de octubre:
Dios en la naturaleza


Doquiera nos volvamos, oímos la voz de Dios y contemplamos la obra de sus manos. Desde el solemne y profundo retumbo del trueno y el incesante rugido del viejo océano, hasta los alegres cantos que llenan los bosques de melodía, las diez mil voces de la naturaleza expresan su loor. En la tierra, en el mar y en el cielo, con sus maravillosos matices y colores, que varían en glorioso contraste o se fusionan armoniosamente, contemplamos su gloria. Las montañas eternas hablan de su poder. Los árboles que hacen ondear sus verdes estandartes a la luz del sol, las flores en su delicada belleza, señalan a su Creador. El verde vivo que alfombra la tierra, habla del cuidado de Dios por la más humilde de sus criaturas. Las cuevas del mar y las profundidades de la tierra, revelan sus tesoros. El que puso las perlas en el océano y la amatista y el crisólito entre las rocas, ama lo bello. El sol que se levanta en los cielos es una representación de Aquel que es la vida y la luz de todo lo que ha hecho. Todo el esplendor y la hermosura que adornan la tierra e iluminan los cielos, hablan de Dios.
Por lo tanto, mientras disfrutamos de sus dones, ¿habremos de olvidarnos del Dador? Dejemos más bien que nos induzcan a contemplar su bondad y su amor, y que todo lo que hay de hermoso en nuestra patria leí renal nos recuerde el río cristalino y los campos verdes, los ondeantes árboles y las fuentes vivas, la resplandeciente ciudad y los cantores de ropas blancas de nuestra patria celestial, el mundo de belleza que ningún artista puede pintar, que ninguna lengua mortal puede describir. “Cosas que ojo no vio, ni oreja oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que ha Dios preparado para aquellos que le aman” (1 Corintios 2:9) (Conducción del niño, pp. 51, 52).
Las cosas de la naturaleza que hoy miramos nos dan solo un débil concepto de la belleza y gloria del Edén. Sin embargo, el mundo natural, con voz inequívoca, proclama la gloria de Dios. En las cosas de la naturaleza, desfiguradas como están por la marchitez del pecado, permanece mucho que es bello. Alguien, omnipotente en poder, grande en bondad, en misericordia y en amor, ha creado la tierra, y aun en su estado marchito, inculca verdades en cuanto al hábil Artista Maestro. En este libro de la naturaleza, abierto ante nosotros, en las bellas y perfumadas flores, con sus variados y delicados matices, Dios nos da una expresión inconfundible de su amor. Después de la transgresión de Adán, Dios podría haber destruido cada capullo que se abría y cada flor que crecía, o podría haberles quitado su fragancia, tan grata a los sentidos. En la tierra, marchita y malograda por la maldición, en las zarzas, los cardos, las espinas, los abrojos, podemos leer la ley de la condenación; pero en el delicado color y perfume de las flores, podemos aprender que Dios todavía nos ama, que su misericordia no se ha retirado completamente de la tierra (Mensajes selectos, t. 1, p. 342).
La palmera, herida por el sol ardiente y las tormentas de arena, se yergue verde, florecida y llena de fruto en medio del desierto. Manantiales vivos alimentan sus raíces. Su corona de verdor se divisa a la distancia, en medio de la llanura calcinada y desolada; y el viajero, que se siente morir, apresura su paso vacilante para llegar hasta la sombra fresca y el agua vivificante.
El árbol del desierto es un símbolo de lo que Dios quiere que sea la vida de sus hijos en este mundo. Tienen que guiar al agua viva a las almas cansadas, llenas de inquietud, y a punto de perecer en el desierto del pecado. Tienen que dirigir la atención de sus semejantes a Aquel de quien parte la invitación: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (La educación, p. 116).Domingo 16 de octubre: Dios en la naturaleza
Doquiera nos volvamos, oímos la voz de Dios y contemplamos la obra de sus manos. Desde el solemne y profundo retumbo del trueno y el incesante rugido del viejo océano, hasta los alegres cantos que llenan los bosques de melodía, las diez mil voces de la naturaleza expresan su loor. En la tierra, en el mar y en el cielo, con sus maravillosos matices y colores, que varían en glorioso contraste o se fusionan armoniosamente, contemplamos su gloria. Las montañas eternas hablan de su poder. Los árboles que hacen ondear sus verdes estandartes a la luz del sol, las flores en su delicada belleza, señalan a su Creador. El verde vivo que alfombra la tierra, habla del cuidado de Dios por la más humilde de sus criaturas. Las cuevas del mar y las profundidades de la tierra, revelan sus tesoros. El que puso las perlas en el océano y la amatista y el crisólito entre las rocas, ama lo bello. El sol que se levanta en los cielos es una representación de Aquel que es la vida y la luz de todo lo que ha hecho. Todo el esplendor y la hermosura que adornan la tierra e iluminan los cielos, hablan de Dios.
Por lo tanto, mientras disfrutamos de sus dones, ¿habremos de olvidarnos del Dador? Dejemos más bien que nos induzcan a contemplar su bondad y su amor, y que todo lo que hay de hermoso en nuestra patria leí renal nos recuerde el río cristalino y los campos verdes, los ondeantes árboles y las fuentes vivas, la resplandeciente ciudad y los cantores de ropas blancas de nuestra patria celestial, el mundo de belleza que ningún artista puede pintar, que ninguna lengua mortal puede describir. “Cosas que ojo no vio, ni oreja oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que ha Dios preparado para aquellos que le aman” (1 Corintios 2:9) (Conducción del niño, pp. 51, 52).
Las cosas de la naturaleza que hoy miramos nos dan solo un débil concepto de la belleza y gloria del Edén. Sin embargo, el mundo natural, con voz inequívoca, proclama la gloria de Dios. En las cosas de la naturaleza, desfiguradas como están por la marchitez del pecado, permanece mucho que es bello. Alguien, omnipotente en poder, grande en bondad, en misericordia y en amor, ha creado la tierra, y aun en su estado marchito, inculca verdades en cuanto al hábil Artista Maestro. En este libro de la naturaleza, abierto ante nosotros, en las bellas y perfumadas flores, con sus variados y delicados matices, Dios nos da una expresión inconfundible de su amor. Después de la transgresión de Adán, Dios podría haber destruido cada capullo que se abría y cada flor que crecía, o podría haberles quitado su fragancia, tan grata a los sentidos. En la tierra, marchita y malograda por la maldición, en las zarzas, los cardos, las espinas, los abrojos, podemos leer la ley de la condenación; pero en el delicado color y perfume de las flores, podemos aprender que Dios todavía nos ama, que su misericordia no se ha retirado completamente de la tierra (Mensajes selectos, t. 1, p. 342).
La palmera, herida por el sol ardiente y las tormentas de arena, se yergue verde, florecida y llena de fruto en medio del desierto. Manantiales vivos alimentan sus raíces. Su corona de verdor se divisa a la distancia, en medio de la llanura calcinada y desolada; y el viajero, que se siente morir, apresura su paso vacilante para llegar hasta la sombra fresca y el agua vivificante.
El árbol del desierto es un símbolo de lo que Dios quiere que sea la vida de sus hijos en este mundo. Tienen que guiar al agua viva a las almas cansadas, llenas de inquietud, y a punto de perecer en el desierto del pecado. Tienen que dirigir la atención de sus semejantes a Aquel de quien parte la invitación: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (La educación, p. 116).

 

Lunes 17 de octubre:
Nada apareció por sí mismo


El deber de adorar a Dios estriba en la circunstancia de que él es el Creador, y que a él es a quien todos los demás seres deben su existencia. Y cada vez que la Biblia presenta el derecho de Jehová a nuestra reverencia y adoración con preferencia a los dioses de los paganos, menciona las pruebas de su poder creador. “Todos los dioses de los pueblos son ídolos; mas Jehová hizo los cielos” (Salmo 96:5) “¿A quién pues me compararéis, para que yo sea como él? dice el Santo. ¡Levantad hacia arriba vuestros ojos, y ved! ¿Quién creó aquellos cuerpos celestes?” “Así dice Jehová, Creador de los cielos (él solo es Dios), el que formó la tierra y la hizo... ¡Yo soy Jehová, y no hay otro Dios!” (Isaías 40:25, 26; 45:18, V. M.).
Dice el salmista: “Reconoced que Jehová él es Dios: él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos”. “¡Venid, postrémonos, y encorvémonos; arrodillémonos ante Jehová nuestro Hacedor!” (Salmo 100:3; 95:6, V. M.). Y los santos que adoran a Dios en el cielo dan como razón del homenaje que le deben: “¡Digno eres tú, Señor nuestro y Dios nuestro, de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas!” (Apocalipsis 4:11, V. M.) (El conflicto de los siglos, p. 490). La ciencia no puede explicar la creación. ¿Qué ciencia puede explicar el misterio de la vida?... En la creación de la tierra, nada debió Dios a la materia preexistente. “Él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió” (Salmo 33:9). Todas las cosas, materiales o espirituales, surgieron ante el Señor Jehová cuando él habló, y fueron creadas para su propio designio. Los cielos y todo su ejército, la tierra y todo lo que hay en ella, surgieron a la existencia por el aliento de su boca (El ministerio de curación, p. 322). Si el que sigue a Cristo cree su Palabra y la práctica, no habrá ciencia en el mundo natural que no pueda entender y apreciar. No hay nada que no le proporcione los medios de impartir la verdad a otros. La ciencia natural es un tesoro de conocimiento del cual puede valerse todo estudiante de la escuela de Cristo. Mientras contemplamos la hermosura de la naturaleza, mientras estudiamos sus lecciones en el cultivo del suelo, en el crecimiento de los árboles, en todas las maravillas de la tierra, del mar y del cielo, obtendremos una nueva percepción de la verdad. Y los misterios relacionados con el trato de Dios con los hombres, las profundidades de su sabiduría y su juicio, tal como se ven en la vida humana, son también un depósito rico en tesoros (Palabras de vida del gran Maestro, p. 96).

 

Martes 18 de octubre:
Los primeros libros


El Señor no le impone a nadie cargas demasiado pesadas. Calcula cada peso antes de permitir que se deposite sobre los corazones de sus colaboradores. A cada uno de sus obreros le dice nuestro Padre celestial: “Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará”. Que quien lleva cargas crea que el Señor puede llevarlas, sean grandes o pequeñas (La maravillosa gracia de Dios, p. 116). Nuestro Señor... los invita a aceptar su yugo, y dice: “Mi yugo es fácil, y ligera mi carga”. Los invita a buscar primeramente el reino de Dios y su justicia, y les promete que todas las cosas que les sean necesarias para esta vida les serán añadidas. La congoja es ciega, y no puede discernir lo futuro; pero Jesús ve el fin desde el principio. En toda dificultad, tiene un camino preparado para traer alivio. Nuestro Padre celestial tiene, para proveemos de lo que necesitamos, mil maneras de las cuales no sabemos nada. Los que aceptan el principio de dar al servicio y la honra de Dios el lugar supremo, verán desvanecerse las perplejidades y percibirán una clara senda delante de sus pies (El Deseado de todas las gentes, p. 297). Se me mostró que existe un terrible estado de cosas en nuestro mundo. El ángel de la misericordia está plegando sus alas, listo para retirarse... La ley de Dios es invalidada. Vemos y oímos acerca de confusión y perplejidad, miseria y hambre, terremotos e inundaciones; terribles ultrajes serán cometidos por los hombres; la pasión, no la razón, es la que impera. La ira de Dios recae sobre los habitantes del mundo, que están corrompiéndose rápidamente como los habitantes de Sodoma y Gomorra. El fuego y la inundación ya están destruyendo miles de vidas y la propiedad que ha sido egoístamente acumulada oprimiendo a los pobres. El Señor pronto abreviará su obra y pondrá fin al pecado. ¡Oh, ojalá impresionen profundamente las mentes de los profesos hijos de Dios las escenas que me han sido presentadas de las iniquidades cometidas en estos últimos días! (¡Maranata: el Señor viene!, p. 136). “Estas cosas os he hablado dijo para que en mi tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción: mas confiad, yo he vencido al mundo”. Cristo no desmayó, ni se desalentó; y sus seguidores deben manifestar una fe de la misma índole perseverante. Han de vivir como él vivió, y trabajar como él trabajó, porque dependen de él como gran Artífice maestro. Deben poseer valor, energía y perseverancia. Aunque imposibilidades aparentes obstruyan su camino, por su gracia deben avanzar. En vez de deplorar las dificultades, están llamados a vencerlas. No han de desesperar por nada, sino estar de buen ánimo en toda ocasión. Con la áurea cadena de su amor sin par, Cristo los ha ligado al trono de Dios. Es propósito suyo que la más elevada influencia del universo, que dimana de la Fuente de todo poder, sea suya. Han de tener poder para resistir al mal, un poder que ni la tierra, ni la muerte, ni el infierno puedan dominar, un poder que los habilite para vencer como venció Cristo (Obreros evangélicos, p. 40).

 

Miércoles 19 de octubre:
El dilema


La fe debe morar en el seguidor de Cristo, porque sin esto es imposible agradar a Dios. La fe es la mano que se ase de la ayuda infinita; es el medio por el cual el corazón renovado late al unísono con el corazón de Cristo. Con frecuencia, el águila que se esfuerza por llegar a su nido es arrojada por la tempestad a los estrechos desfiladeros de las montañas. Las nubes, en masas oscuras, airadas, se interponen entre ella y las soleadas alturas donde ha fijado su nido. Por un momento parece aturdida, y se precipita de aquí para allá batiendo sus fuertes alas como si quisiese hacer retroceder las densas nubes. Con su grito salvaje, en sus vanos esfuerzos por encontrar la salida de la prisión, despierta las palomas de las montañas. Por fin se lanza hacia arriba para atravesar la oscuridad, y da tan chillido agudo de triunfo al surgir de ella un momento después y ver la serena luz del sol. Han quedado por debajo de ella la tempestad y la oscuridad, y la luz del cielo brilla a su alrededor. Llega a su amado hogar en el alto despeñadero, y se siente satisfecha. Atravesando la oscuridad, llegó a la luz. Le costó un esfuerzo hacerlo, pero ha sido recompensado logrando el objeto que buscaba. Es éste el único proceder que podemos seguir como cristianos. Debemos ejercer esa fe viva que penetra en las nubes que, como espeso muro, nos separan de la luz del cielo. Tenemos que alcanzar las alturas de la fe donde todo es paz y gozo en el Espíritu Santo (Mensajes para los jóvenes, pp. 100, 101). No hemos de confiar en nuestra fe, sino en las promesas de Dios. Cuando nos arrepentimos de nuestras pasadas transgresiones de su ley y resolvemos obedecer en lo futuro, deberíamos creer que Dios nos acepta por la causa de Cristo, y perdona nuestros pecados. Algunas veces sobrevendrán al alma la oscuridad y el desaliento, y amenazarán abrumamos; pero no deberíamos desechar nuestra confianza. Debemos mantener la vista fija en Jesús, haya o no sentimiento. Deberíamos tratar de cumplir fielmente cada deber conocido, y descansar luego tranquilamente en las promesas de Dios (Mensajes para los jóvenes, p. 109). www.escuela.sabatica.com 29 Jesús es nuestro amigo. Todo el cielo se interesa en nuestro bienestar; y nuestra ansiedad y temor afligen al Espíritu Santo de Dios. No deberíamos fomentar afanes cuyo único resultado es irritamos y gastamos, y no ayudamos a sobrellevar las pruebas. No debería dársele lugar a esa desconfianza en Dios que nos conduce, a hacer nuestra preocupación esencial de la vida la preparación para afrontar necesidades futuras, como si nuestra felicidad consistiera en poseer estas cosas terrenas... Podéis estar perplejos en los negocios; vuestras perspectivas pueden tomarse cada día más oscuras, y podéis estar amenazados por cuantiosas pérdidas. Pero no os desaniméis; echad vuestra preocupación sobre Dios, y permaneced tranquilos y gozosos. Comenzad cada día con una ferviente oración, sin dejar de ofrecer alabanza y agradecimiento. Pedid sabiduría para conducir vuestras ocupaciones con prudencia y prever así pérdida y desastre. Haced todo lo posible para que haya resultados favorables... Luego, confiando en vuestro Ayudador después de haber hecho todo lo posible, aceptad gozosamente el resultado. No siempre será ganancia desde el punto de vista mundano; pero posiblemente el éxito habría sido lo peor para vosotros (A fin de conocerle, p. 234).

Jueves 20 de octubre:
Teodicea


Nuestra confesión de su fidelidad es el factor escogido por el Cielo para revelar a Cristo al mundo. Debemos reconocer su gracia como fue dada a conocer por los santos de antaño; pero lo que será más eficaz es el testimonio de nuestra propia experiencia. Somos testigos de Dios mientras revelamos en nosotros mismos la obra de un poder divino. Cada persona tiene una vida distinta de todas las demás y una experiencia que difiere esencialmente de la suya. Dios desea que nuestra alabanza ascienda a él señalada por nuestra propia individualidad. Estos preciosos reconocimientos para alabanza de la gloria de su gracia, cuando son apoyados por una vida semejante a la de Cristo, tienen un poder irresistible que obra para la salvación de las almas. Para nuestro propio beneficio, debemos refrescar en nuestra mente todo don de Dios. Así se fortalece la fe para pedir y recibir siempre más. Hay para nosotros mayor estímulo en la menor bendición que recibimos de Dios, que en todos los relatos que podamos leer acerca de la fe y experiencia ajenas. El alma que responda a la gracia de Dios será como un jardín regado. Su salud brotará raudamente; su luz nacerá en la obscuridad, y la gloria de Dios la acompañará (El ministerio de curación, pp. 67, 68). No deis gusto al enemigo refiriéndoos al lado sombrío de vuestra experiencia; confiad más plenamente en Jesús para recibir auxilio con el fin de resistir la tentación. Si pensáramos y habláramos más de Jesús y menos de nosotros mismos, tendríamos más de su presencia. Si permaneciéramos en él nos llenaríamos de tal manera de paz, fe y ánimo, y tendríamos una experiencia tan victoriosa para relatar al acudir a la reunión, que los demás se sentirían refrigerados por nuestro claro y poderoso testimonio de Dios.
Estos preciosos reconocimientos para la alabanza y la gloria de su gracia, cuando están sostenidos por una vida semejante a la de Cristo, tienen un poder irresistible que obra para la salvación de las almas. El lado brillante y alegre de la religión será revelado por todos aquellos que se consagran diariamente a Dios. No debiéramos deshonrar al Señor mediante la fúnebre relación de pruebas que nos parecen apremiantes. Todas las pruebas que se reciban para nuestra educación, producirán gozo. Toda la vida religiosa será elevadora, ennoblecedora, fragante de buenas palabras y obras (La maravillosa gracia de Dios, p. 184).