CAPÍTULO 4
Dios y el sufrimiento humano
E1 gran conflicto provee una explicación para la presencia del mal. Como resultado de dicho conflicto, todos sufrimos.
Los detalles pueden variar, pero el sufrimiento nos aqueja a todos. El libro de Job es el más antiguo de la Biblia y en sus páginas se aborda el tema de cómo lidiar exitosamente con el dolor y el sufrimiento.
Es esencial que recordemos que el mismo Dios también sufre. Él sufre mientras observa cómo el pecado nos destruye. Él sufrió cuando Jesús llegó a este mundo y cuando se dirigió a la cruz del Calvario. Sin embargo no había un "plan B" para la salvación del mundo, y Jesús voluntariamente aceptó derramar su sangre y morir por la salvación de la humanidad.
Al estudiar el libro de Job, surge una gran cantidad de preguntas que requieren ser contestadas. ¿Quién le enseñó a Job cómo adorar a Dios? Es más, ¿cómo llegó Job al convencimiento de que Dios existía? ¿Dónde aprendió Job a ofrecer sacrificios y ofrendas que eran una sombra del Cristo que habría de venir? La Biblia no lo dice.
Sin embargo, la Biblia sí enseña que la naturaleza pone de manifiesto que Dios es nuestro creador. «Lo invisible de él, su eterno poder y su deidad, se hace claramente visible desde la creación del mundo y se puede discernir por medio de las cosas hechas. Por lo tanto, no tienen excusa» (Rom. 1: 20). La verdad es proclamada en el mundo visible.
Consideremos lo siguiente: «Tanto la naturaleza como la revelación dan testimonio del amor de Dios. Nuestro Padre Celestial es la fuente de vida, sabiduría y gozo. Observa las maravillas y bellezas de la naturaleza. Piensa en su prodigiosa adaptación a las necesidades y a la felicidad, no solamente de cada ser humano, sino de todos los seres vivientes. La luz del sol y la lluvia que alegran y refrescan la tierra; los montes, los mares y las praderas, todos nos hablan del amor del Creador. Dios es el que suple las necesidades diarias de todas sus criaturas».1
Cuando comparamos lo que dice Job 12: 7-10 con Romanos 1: 16-20, notamos que Pablo coincide con Job. Los dos autores están de acuerdo al decir que la naturaleza muestra sus orígenes; Dios recibe el crédito por toda la creación. Desde luego, nada se crea a sí mismo. Todos los elementos de la naturaleza revelan un diseño inteligente y no mutaciones, o la supervivencia del más fuerte, según proponen los evolucionistas.
En la teología natural un argumento cosmológico es un argumento en el que la existencia de un ser único, generalmente identificado o denominado Dios, se deduce o se infiere como algo altamente probable. Dicha idea se la conoce tradicionalmente como un argumento que parte del principio de la causación universal: un argumento de primera causa, el argumento causal, o argumento de la existencia. Sin importar cómo se le llame existen tres variaciones básicas de dicho argumento, cada una con sutiles, aunque importantes, distinciones: in causa (causalidad); in esse (contrariedad); infieri (existencia).
La premisa básica de todo esto es el concepto de la causalidad y de la primera causa. La historia de este argumento se remonta a Aristóteles o aún antes, se desarrolla en el neoplatonismo y en el cristianismo primitivo, y más tarde en la teología islámica medieval de los siglos IX al XII, para reintroducirse a la teología medieval cristiana en el siglo XIII. El argumento cosmológico está íntimamente relacionado con el principio de la razón suficiente expuesto por Leibniz y Samuel Clarke. Fundamentalmente, es una presentación moderna de la afirmación atribuida a Parménides de que «nada viene de la nada».
Los defensores contemporáneos, o defensores parciales, de los argumentos cosmológicos incluyen a William Lañe Craig, Robert Koons, Alexander Pruss y William L. Rowe.2
Ahora bien, Apocalipsis 4: 11 afirma claramente: «Señor, digno eres de recibir la gloria, la honra y el poder, porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas». Dios no solamente es digno de recibir nuestra alabanza, adoración, reverencia, gloria y honor por muchas razones; sino que de manera preponderante y precisa lo merece debido a que es el creador de todo, y todo lo que existe fue creado con el propósito que él tuvo en mente: para que fuera de su agrado. En Colosenses 1: 16, 17 Pablo es más explícito, al suministrar una lista de los resultados de la actividad creadora de Dios: «Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes que todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten». En este versículo, Pablo proporciona el argumento para reafirmar la supremacía de Cristo sobre toda la creación. Las tres frases, «en él» (vers. 16a), «por medio de él» (vers. 16b), y «para él» (vers. 16b), indican una relación. En realidad, estas frases expresan tres diferentes ideas. La primera de ellas es la expresión traducida literalmente del griego como «en él». Esto debería entenderse como algo que ocurre en él, en su esfera de influencia y responsabilidad. En forma práctica, esto sugiere que Jesús concibió la creación y sus complejidades. La creación fue idea suya.3
Aquí Pablo nos dice que absolutamente todo fue creado por Jesucristo, no solamente las cosas que están en el cielo (estrellas, planetas, etc.), objetos fácilmente visibles; sino también aquellos que no se ven sin ayudas (microorganismos, átomos y otros); los tronos donde se sientan los gobernantes, y los territorios que abarcan sus reinados. Todo. Punto.
Juan 1: 1-3 afirma: «En el principio era el Verbo, el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios. Este estaba en el principio con Dios. Todas las cosas por medio de él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho».
Con sencillez, el apóstol Juan consigna que el Verbo, identificado como Jesucristo, es plenamente Dios y era con Dios el Padre antes de que este mundo fuera creado.
Cualquier otra llamada «sabiduría» que esté desconectada de la fuente de todo conocimiento, será considerada como una necedad. En 1 Corintios 3: 18-20 se expone claramente: «Nadie se engañe a sí mismo; si alguno entre vosotros cree ser sabio en este mundo, hágase ignorante y así llegará a ser verdaderamente sabio.
La sabiduría de este mundo es insensatez ante Dios, como está escrito: "Él prende a los sabios en la astucia de ellos" Y otra vez: "El Señor conoce los pensamientos de los sabios, y sabe que son vanos"».
Aquí Pablo cita Job 5: 13. Aunque la declaración de Pablo está contextualizada —es decir, es relevante a su época y a la filosofía imperante en su cultura—, la Biblia claramente se enfrenta a toda enseñanza que sea opuesta a Dios.
La superioridad de la verdadera sabiduría divina se muestra en toda la Biblia. Observemos el texto de Isaías 55: 8, 9: «"Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos ni vuestros caminos mis caminos", dice Jehová. "Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos y mis pensamientos, más que vuestros pensamientos"».
Muchos comentaristas y expositores bíblicos sostienen que Moisés escribió el libro de Job durante los cuarenta años que permaneció en Madián luego de escapar de Egipto como un principesco asesino fugitivo. «Otros aseguran que fue escrito por el mismo Job, o por Eliú, por Isaías, o quizá más probablemente por Moisés, que era "instruido en toda la sabiduría de los egipcios y era poderoso en sus palabras y obras" (Hechos 7: 22). Mientras estuvo en Madián tuvo oportunidades para conocer los datos relacionados con el tema».4
La pluma inspirada afirma: «No solamente estaba Moisés preparándose para la gran tarea que le esperaba, sino que durante ese tiempo él redactó el libro de Génesis y el libro de Job, bajo la inspiración del Espíritu Santo, libros que serían leídos con el mayor interés por el pueblo de Dios hasta el fin del tiempo».5
Aunque únicamente podemos saber lo que Dios nos revela respecto a sus planes, podría ser apropiado suponer que él, al contemplar las necesidades de su pueblo, inspirara a Moisés a escribir el libro de Job considerando que lo necesitaríamos durante toda nuestra existencia en un mundo lleno de pecado. A través de Job, Dios nos informa que él está a nuestro lado y que no hemos sido abandonados para enfrentar el dolor y el sufrimiento.
La realidad del mal es presentada en la Biblia de principio a fin. Después de que Jesús hablara de ayudar a los necesitados, de orar y de ayunar, y del lugar donde deben estar colocados nuestros tesoros, Mateo afirma que el Señor resume cuál debe ser nuestra actitud ante las situaciones prácticas de la vida: «Así que no os angustiéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su propia preocupación. Basta a cada día su propio mal» (Mateo 6: 34).
En la década de los setenta leí una declaración que decía más o menos así: «Preocuparse es como estar en una mecedora; se requiere una buena cantidad de energía, pero no nos lleva a ninguna parte».6 creo que esa declaración es verdadera y que refleja lo que Jesús enseñó en Mateo 6: 27. «¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se angustie, añadir a su estatura un codo?». Esa muy bien puede ser la proverbial pregunta retórica.
La preocupación no le añadirá calidad a nuestra existencia.
Esto no significa que no tengamos preocupaciones, ni que no hagamos planes para lo imprevisto; pero no debemos afanarnos tratando de descifrar lo que ha de suceder, o agonizar por lo que ha sucedido. La clave es obedecer a Dios en el presente y entregar en sus manos el futuro.
Al mismo tiempo se nos recomienda que no debemos preocuparnos por el mal que nos pueda sobrevenir en el futuro (Mat. 6: 34); Jesús nos ofrece su paz en medio del mal que nos rodea y nos persigue (Juan 16: 33).
Tanto Pablo como Pedro, entre otros escritores bíblicos, siguen la misma línea de nuestro Señor. En Filipenses 4: 6-7, Pablo afirma: «Por nada estéis angustiados, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús». En 1 Pedro 5: 7, Pedro escribe: «Echad toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros».
Ciertamente el consejo de Jesús en Mateo 6: 34 no contradice la existencia de un Dios amante; sino que reconoce la realidad de este mundo caído. Esta es la cuestión de la teodicea: la validación de la bondad y providencia divinas ante la existencia del mal.
El libro de Job constituye la presentación bíblica más completa de «el problema del mal» o «la teodicea». La interrogante es: ¿Qué Dios es este que permite que los inocentes sufran? La lógica sugiere una de tres respuestas: (1) Dios es justo, pero no es lo suficiente poderoso para impedir el sufrimiento; (2) Dios es todopoderoso, pero no es del todo bueno y el mal forma parte de su naturaleza; (3) los que sufren merecen todo el dolor y el mal que les envía Dios (en otras palabras, los verdaderos inocentes no sufren).
La Biblia considera inaceptables estas respuestas mientras que el libro de Job nos ofrece una perspectiva más amplia. El gran conflicto entre Dios y Satanás debe demostrar la justicia y la supremacía de Dios. Él permite que los inocentes sufran con el fin de demostrar que en su soberanía él es glorificado incluso cuando su pueblo sufre y persevera mediante la fe, sin entender las razones de todo ello. Desde un punto de vista humano, la conclusión es que no existe una respuesta al problema del mal. Desde una perspectiva divina, la respuesta es que Dios es glorificado incluso cuando permite que el mal obre. La muerte de Cristo es la máxima respuesta de Dios al problema del mal. Los que en el presente estudian a Job deberían interpretarlo tomando en cuenta su propósito original.6
Job alabó a Dios en medio de sus pruebas y tribulaciones (Job 1: 20, 21; 2: 10) hasta cuando luchaba con las preguntas: «¿Por qué Dios permite todo esto?»; «¿Por qué Dios me envía esto?». Esas eran algunas de las interrogantes que lo aguijoneaban y aunque su fe en Dios titubeó, no flaqueó. Más bien, Job declaró: «Aunque él me mate, en él esperaré. Ciertamente delante de él defenderé mis caminos» (Job 13: 15).
Según Job, él era inocente de cualquier transgresión que podría haber justificado su sufrimiento. Mientras que Job jamás dudó de la existencia de Dios, por momentos sí cuestionó la bondad divina. Muchos de nosotros hacemos lo mismo en la actualidad. Sin embargo, tenemos algo que Job apenas podía visualizar. Poseemos una clara demostración del carácter de Dios, reflejado en el sufrimiento de Jesús en la cruz.
«Pocos piensan en el sufrimiento que el pecado causó a nuestro Creador. Todo el cielo sufrió con la agonía de Cristo; pero ese sufrimiento no empezó ni terminó cuando se manifestó en el seno de la humanidad. La cruz es, para nuestros sentidos entorpecidos, una revelación del dolor que, desde su comienzo, produjo el pecado en el corazón de Dios. Le causan pena toda desviación de la justicia, todo acto de crueldad, todo fracaso de la humanidad en cuanto a alcanzar su ideal. Se dice que cuando sobrevinieron a Israel las calamidades que eran el seguro resultado de la separación de Dios: sojuzgamiento a sus enemigos, crueldad y muerte, Dios "fue angustiado a causa de la aflicción de Israel". "En toda angustia de ellos él fue angustiado [...] Y los levantó todos los días de la antigüedad"».7
La Cruz de Cristo nos muestra que Dios está dispuesto a sufrir con nosotros para redimirnos; por tanto, en él podemos confiar.
Referencias
1. Elena G. de White, El camino a Cristo, cap. 1, p. 13. 2. «Cosmological argument», Wikípedia, https://en.wikipedia.org/wiki/Cosmological_argument. 3. Richard R. Melick, Philippians, Colossians, Philemoti, t. 32, The New American Commentary (Nashvilie: Broadman & Holman, 1991), p. 217. 4. M. G. Easton, «|ob», Easton's Bible Dictionary (NuevaYork: Harper & Brothers, 1893). 4. Dios y el sufrimiento humano • 39 5. Elena G. de White, «Moses», Signs ofthe Times, 19 de febrero, 1880, p. 73. 6. K. H. Easley, Holman QuickSource Cuide to Understanding the Bible (Nashville: Holman Bible Pubíishers, 2002), p. 112. 7. Elena G. de White, IM educación, cap. 31, p. 238.