CAPÍTULO 3
El temor a Dios
La palabra miedo aparece en la Biblia por primera vez en Génesis 3: 10. Cuando Dios le pregunta a Adán: «¿Dónde estás tú?», este contesta diciendo: «Tuve miedo [...]; por eso me escondí».
El pecado y la culpabilidad hicieron que Adán le tuviera miedo a Dios. El miedo comenzó con la entrada del pecado a este mundo. En la actualidad, contamos con especialistas que han clasificado y etiquetado los diferentes tipos de temores y fobias. Por ejemplo, la acrofobia es el temor a las alturas; la hidrofobia es un temor al agua. No es que el temor sea del todo malo, puesto que si veo que un león se dirige hacia mí, el temor haría que la adrenalina se esparza por mi cuerpo y correré antes de ser atrapado. Tal vez el temor a la muerte hará que me abroche el cinturón de seguridad.
Ahora bien, cuando la Biblia se refiere al temor a Dios, por lo general, alude a algo muy distinto al temor que se siente por un enemigo, o al temor irracional vinculado a una fobia. Pero, temer a Dios, ¿qué significa? Después de todo, Job es descrito como temeroso de Dios.
A menudo en el Antiguo Testamento los que temían a Dios no eran personas que necesariamente sentían miedo de Dios, sino aquellos que lo respetaban y reverenciaban.
La Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, presenta a un Dios que es todopoderoso, que odia el pecado y que un día le pondrá fin a la maldad. Sin embargo, temer a Dios, en el sentido al que se hace referencia en el libro de Job, significa que le servimos con lealtad y reverencia. Le tememos no porque nos vaya a destruir, sino porque es nuestro Creador, porque tenemos una relación personal con él.
El temor a Dios constituye una parte esencial de los mensajes de los tres ángeles de Apocalipsis 14. El primer ángel nos llama a temer a Dios y a darle gloria porque es el creador. «Decía a gran voz: "¡Temed a Dios y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado. Adorad a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas!"» (Apoc. 14: 7).
El que le teme a Dios es recto, dedicado, se ha sometido a la voluntad del Señor. Por eso Job, un hombre temeroso de Dios, se convirtió en el blanco de la ira satánica. Como Job era temeroso de Dios, Satanás afirmó que Dios había colocado una valla, un muro de protección, alrededor del patriarca.
Ese término, valla, es una cerca o pared que se coloca alrededor de una casa o de un patio. Dios bendijo a Job debido a la integridad del patriarca. Dios es un ser íntegro y desea que su pueblo sea como él. Permítanme explicarlo. Muchos de nosotros tenemos una alarma en nuestros hogares, y la activamos cuando salimos.
Si no contamos con un sistema electrónico, utilizaremos cerraduras tradicionales. Sencillamente intentamos proteger nuestra propiedad mientras estamos fuera. Algún día, en la tierra nueva, esos dispositivos o cerraduras serán innecesarios debido a que no habrá ladrones; pero en esta vida, nos sentimos más tranquilos si utilizamos dichos medios para proteger nuestras posesiones. No hay nada malo en proteger lo que es nuestro, lo que nos ha costado adquirirlo. Sería tonto no hacerlo.
De igual manera Dios protege lo que es de él: sus hijos, porque por ellos ha invertido la sangre de su amado Hijo. Aunque no nos considera sus objetos, nuestro Padre celestial valora nuestras vidas e intenta protegernos en medio de las batallas que se libran en este gran conflicto entre el bien y el mal. Eso no significa que jamás nos sucederá algo malo, sino que Dios controla la actividad del enemigo en nuestras vidas.
Después de que Satanás hiciera su malvada insinuación en contra de Dios, criticándolo por proteger a Job, Dios dijo: «Todo lo que tiene está en tu mano; solamente no pongas tu mano sobre él» (Job 1: 12).
Recordemos, Satanás básicamente afirmó que Dios había sobornado a Job, algo que reduce a Job al nivel de un peón, pero que además insinúa que Dios está dispuesto a comprar el amor, la lealtad y la adoración de los seres humanos. ¿Por qué hay que servir a Dios? Si es por las bendiciones que esperamos que nos dé, ¿será eso una razón válida para hacerlo? Romanos 2: 4 indica que «su benignidad [nos] guía al arrepentimiento ».
Cuando repasamos la manera en la que obra la gracia en nuestras vidas, reconocemos que Dios ha sido bueno con nosotros (es lo menos que podemos decir), y, que según Pablo, su bondad nos guía al arrepentimiento. Es cierto, el genuino arrepentimiento ha de llevarnos al pie de la cruz de Cristo, para allí confesar nuestros pecados, apartarnos de nuestros malos caminos y prometer que seremos leales a Jesús.
Cuando era niño y asistía a la escuela primaria, comenzábamos el día repitiendo un voto de lealtad a la patria. Nos quitábamos los sombreros, permanecíamos de pie y colocábamos la mano derecha sobre el corazón. Al hacerlo, jurábamos ser leales a nuestro país. En nuestro caso decíamos: «Juro ser leal a la bandera de los Estados Unidos de Norteamérica y a la república que ella representa: una nación leal a Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos».
Existe asimismo un voto de lealtad que se expresa ante la bandera de Cristo: Juro lealtad a la bandera cristiana y al Salvador cuyo reino representa.1
Seremos leales a un Salvador crucificado, resucitado y que regresa de nuevo para dar vida y libertad eternas a todos los que crean en él.
Nuestras vidas han de ser una manifestación de lealtad a Dios y a su misericordia, su gracia y su protección hacia nosotros. Mientras crecemos «en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo» (2 Ped. 3: 18), podemos percibir con mayor claridad lo que Dios significa para nuestras vidas y para el mundo que nos rodea; no porque seamos muy inteligentes para descifrarlo, sino porque Dios se has revelado con suma claridad. Al hacernos más sensibles a la obra del Espíritu Santo, entenderemos a Dios y aprenderemos que servirlo conlleva mucho más que recibir sus bendiciones.
Aun cuando perdió todos sus bienes materiales, Job se mantuvo fiel a su declaración de obediencia a Dios. No puedo imaginar el dolor que experimentan los padres cuando un hijo muere antes que ellos. Los hijos de Job murieron, no uno a uno, sino todos al mismo tiempo.
¿Cómo respondió Job? mediante una sencilla declaración que nos parece poco comprensible:
«Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allá. Jehová dio y Jehová quitó: ¡Bendito sea el nombre de Jehová! En todo esto no pecó Job ni atribuyó a Dios despropósito alguno» (Job 1:20-22).
Según afirma un comentarista: «Job alaba a Dios al reconocer los derechos soberanos de Dios (Dios dio y Dios quitó). No podemos obviar que Job enfrentó la adversidad con la adoración; la maldad, con el culto a Dios. A diferencia de mucha gente, él no se dejó embargar por la amargura; rechazó culpar a Dios por los males acontecidos (Job 2: 10)».2
La experiencia de Job nos muestra la fe de un hombre que temía a Dios. Job no se lamenta del mal que lo afectó, tampoco le echa la culpa o maldice a Dios. Lo que dice es válido para todos. No nacemos con nada, y las posesiones que acumulamos en nuestras vidas quedarán atrás cuando muramos.
El ser humano, como un ente moral, es capaz de tomar sus propias decisiones. Job demostró ser leal a Dios y ganó el primer asalto en su lucha contra el enemigo. Pero el diablo no había terminado; Job 2: 1-3 registra que el enemigo una vez más se presentó a la reunión celestial. Como la movida inicial había fallado, ahora duplica su apuesta ante Dios, los hijos de Dios y los testigos celestiales.
No le bastó atacar a Job, quitarle todos sus bienes materiales y matar a sus hijos. Ahora pide permiso para afligir el cuerpo de Job, para atacarlo con enfermedades. Satanás intentará destruir a cualquiera que sea leal a Dios. Sabiendo que no puede golpear directamente a Dios, ya que perdió la guerra en el cielo, intenta herir a Dios provocando la destrucción de sus hijos.
En el segundo asalto, Dios de nuevo desafía a Satanás utilizando a su mejor representante en la tierra: a Job. Una vez más, en presencia de «los hijos de Dios», Satanás critica a Dios, pidiendo permiso para atacar a Job con enfermedades, con el fin de que este abandone su fe. Dios lo permite, y el enemigo golpea a Job: «Piel por piel, todo lo que el hombre tiene lo dará por su vida. Pero extiende tu mano, toca su hueso y su carne, y verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia. Dijo Jehová a Satanás: "Él está en tus manos; pero guarda su vida". Salió entonces Satanás de la presencia de Jehová e hirió a Job con una llaga maligna desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza» (Job 2: 4-7).
Aunque no conocemos la enfermedad que padecía Job, sí sabemos que fue provocada por el demonio y que era tan fuerte que Job se sentaba en un montón de cenizas y se rascaba las llagas que lo cubrían de la cabeza a los pies. ¡Qué deprimente escena! Sin embargo, ¡Job permaneció fiel a Dios! Recordemos la declaración que hace Pablo en Hebreos 11: 6: «Pero sin fe es imposible agradar a Dios, porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que él existe y que recompensa a los que lo buscan».
Adán y Eva fueron tentados en un mundo perfecto, en un medio desprovisto de pecado y depravación, y fracasaron. El mundo de Job, al igual que el mundo nuestro, estaba contaminado por el pecado y la maldad; sin embargo él pasó su prueba.
Suponemos que Adán y Eva habían visto al Creador cara a cara; mientras que Job, no. Adán y Eva intentaron culpar a otro. Adán culpó a Eva, y ella a su vez culpó a la serpiente, y al hacerlo ambos culparon a Dios, haciéndolo indirectamente responsable de todo lo que había pasado. Job adoró y se lamentó, sin culpar a Dios. Aunque Job es el protagonista del relato, su esposa también estaba allí. Ella había dado a luz a los diez hijos que el enemigo les había matado. Ella fue la primera maestra de sus hijos. Con la muerte de sus hijos, perdió lo más importante de su vida.
Allí la fe de Job brilló como un faro en la más profunda oscuridad del sufrimiento. En ese sentido, la experiencia de Job nos recuerda los sufrimientos de Cristo. Ambos fueron atacados sin provocación y sin merecerlo. Jesús fue asimismo atacado por el príncipe de las tinieblas: él sufrió, sangró y murió en el Calvario como una víctima inocente. Fue el verdadero Cordero de Dios ofrecido por los pecados del mundo (Juan 3: 16, 17). Al igual que Job, Jesús no acusó a Dios, sino que permaneció fiel hasta el fin.
Louisa Stead, su esposo y su pequeña hija disfrutaban de un almuerzo en la playa, cuando escucharon que un niño pedía auxilio. El señor Stead se apresuró a rescatar al niño, pero en medio de la desesperación el niño lo hundió en las aguas y ambos se ahogaron mientras Louisa y su hija observaban sin poder hacer nada.
Poco después la señora Stead y su hija marcharon a Sudáfrica para trabajar como misioneras. Después de más de veinte años de fiel servicio, y a causa de su precaria salud, Louisa se jubiló. Murió algunos años después en lo que hoy es Zimbabue. Sus compañeros misioneros amaban el himno «Oh, cuán dulce es fiar en Cristo », por lo que redactaron unas frases en tributo de ella, luego de su muerte.
«Louisa Stead sufrió una gran tragedia en su juventud, pero aprendió a confiar en su Señor. Ella aprendió a "darle gloria" a Dios durante el resto de su vida. Aún hoy, su ministerio continúa cada vez que cantamos y aplicamos la verdad de las siguientes palabras:

"Oh, cuán dulce es fiar en Cristo, y entregarle todo a él, esperar en sus promesas y en sus sendas serle fiel. Siempre quiero fiar en Cristo, mi precioso Salvador, que en la vida y en la muerte me sostiene con su amor". "¡Cristo!, ¡Cristo!, ¡cuánto te amo! Tu poder probaste en mí, ¡Cristo!, ¡Cristo!, puro y santo, siempre quiero fiar en ti!"».3

Job sufrió intensamente, pero aprendió a confiar en Dios y mantuvo su integridad. Pudo decir: «Aunque él me mate, en él esperaré. Ciertamente delante de él defenderé mis caminos» (Job 13: 15).


Referencias 1. «Pledge to the Christian Flag», ChristianHomeschoolers.com, http://www.christianhomeschoolers. com/christian_pledges.html. 2. Roy B. Zuck, «Job», The Bible Knowledge Commentary: An Exposmon of the Scriptures, ed. John F. Walvoord y Roy B. Zuck, t. 1 (Wheaton: Victor Books, 1985), pp. 720, 721. 3. K. W. Osbeck, Amazing Grace: 366 Inspiring Hymn Stories for Daily Devotions (Grand Rapids: Kregel Publications, 1996), p. 220.