CAPÍTULO 13
El carácter de Job


Volvamos a examinar de nuevo una parte esencial del libro: el carácter de Job.

Busquemos el término carácter en un diccionario y veamos qué significa. Una definición declara que el carácter es: «El conjunto de cualidades mentales y morales que distinguen a un individuo». Otra definición nos dice que «es el conjunto de rasgos mentales y éticos que distinguen a una persona». Otra más, define el carácter como «las cualidades permanentes que forman parte de la vida y que determinan las respuestas que se brindan, sin tomar en cuenta las circunstancias». Abraham Lincoln dijo: «La reputación es la sombra. El carácter es el árbol».1 Esas cualidades mentales y morales se revelarán en nuestro diario vivir.

Desde el mismo principio del libro, Job se destaca por su impresionante carácter. «Había en el país de Uz un hombre llamado Job. Era un hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal» (Job 1:1). Toda su experiencia se resume en poco más de veinte palabras. Tomando en cuenta que Dios mismo ratifica la nobleza del carácter de Job, diremos que es posible vivir una vida que sea del agrado de él en cualquier momento, en cualquier medio social, en cualquier circunstancia.

El autor del libro evalúa a Job tomando en cuenta cuatro rasgos que se mencionan en Job 1: 1, y dicha evaluación es repetida por Dios en el versículo 8. Esas características son importantes y merecen que las analicemos, ya que deberían ser imitadas y adoptadas en nuestras propias vidas.

«En la región de lis había un hombre llamado Job, que vivía una vida recta y sin tacha, y que era un fiel servidor de Dios, cuidadoso de no hacer mal a nadie» (Job 1: l).2Job era un hombre sin tacha. En la actualidad, cuando leemos esto desde nuestra perspectiva del siglo XXI, podríamos decir que algo sin tacha es perfecto. Quizá convenga remitirse al idioma original del autor. En nuestra exposición e interpretación de la Biblia a menudo olvidamos que los redactores de la misma utilizaron idiomas muy diferentes a los nuestros. A menudo, cuando traducimos o copiamos el significado de algunos términos, no impactan nuestras mentes modernas como lo hicieron en su propia época, cultura y circunstancias.

Tomada como un todo, la Biblia describe a la raza humana en su condición caída como una agrupación de «culpables». Tomemos, por ejemplo, la declaración de Romanos 3: 10, 23. «Como está escrito: "No hay justo, ni aun uno"»; «por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios». Tras la caída en el huerto de Edén, todos somos pecadores.

Jeremías 17: 9 lo define acertadamente: «Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?». El profeta nos recuerda acertadamente que apenas conocemos la cuantía de nuestra perversidad. Dios presenta en las Escrituras una evaluación de la condición humana y por ello nos llama al arrepentimiento, a un reavivamiento y a una reforma; es decir, a una transformación (Isa. 1: 18). Por otro lado, Dios es el único que es absolutamente perfecto, y Jesús es el único que ha vivido una vida perfecta. PuntoDesde luego, la Biblia menciona personas que merecen nuestro mayor respeto. Pensemos en Enoc, que caminó tan cerca de Dios, que finalmente fue llevado al cielo (Gén. 5: 24; Heb. 11: 5). O, ¿qué diremos de Elias, que sirvió a Dios como profeta y que fue llevado al cielo en un carro de fuego? (2 Rey. 2: 11, 12). Asimismo, Dios declaró que Noé, Daniel y Job habían alcanzado determinado nivel de rectitud. «Si estuvieran en medio de ella estos tres hombres: Noé, Daniel y Job, solo ellos, por su justicia, librarían sus propias vidas, dice Jehová, el Señor» (Eze. 14: 14).

Aunque Job es considerado por Dios como una persona recta; él, al igual que nosotros, no era perfecto. David constituye un ejemplo fehaciente de la naturaleza caída del ser humano. Bajo la inspiración del Espíritu Santo, él proclamó su condición caída, desde su mismo nacimiento. «En maldad he sido formado y en pecado me concibió mi madre» (Sal. 51: 5). Sin embargo, aunque es cierto que somos pecadores, también es verdad que podemos vivir píamente ante Dios y ante nuestros prójimos.

¿Cómo será entonces que se llega a la condición de ser «sin tacha», como Job? Comprender el término hebreo traducido aquí como «sin tacha», tam, nos ayudará en nuestro estudio. En realidad tam significa «maduro». Tam, traducido en algunas versiones como «perfecto», se interpreta como «completo, entero, que no le falta nada». No es que implique ausencia de pecado, o perfección; sino una ausencia de tachas, en un sentido relativo. Aquí el término tam se refiere a una persona que ha alcanzado el grado de madurez, o de desarrollo que Dios espera de ella en determinado momento. Job había demostrado un grado de crecimiento, de desarrollo y de madurez que únicamente el Señor podía determinar.3

Permítanme explicarlo. Una bebecita recién nacida puede ser perfecta en su momento; pero no puede ser comparada con una mujer plenamente desarrollada. Ella seguirá progresando, creciendo y desarrollándose. En cualquier momento, al ser examinada por un pediatra, esa niña puede ser declarada «perfecta». Lo que el médico quiere decir es que ella se ha desarrollado como se esperaba, aunque seguirá en un proceso constante de crecimiento.

Mientras que Dios nos observa en cualquier momento, él espera que seamos relativamente sin faltas, sin tachas; ya que estaremos actuando en nuestras vidas al nivel que él espera en el momento preciso en que nos mira. Jesús, a través del Espíritu Santo, es quien dirige nuestro desarrollo y crecimiento espiritual.

La Biblia, también nos dice que Job era una persona «recta». El término hebreo vejashar, a menudo se traduce como «recto», «preciso», o «correcto». Job era correcto y preciso en todos sus tratos con los demás; él era alguien de un discurso sin tacha.4 Ni Dios, ni sus relacionados, tenían nada que decir en contra de Job; algo sorprendente, aunque parezca imposible. Quizá no podamos nombrar a algunos de nuestros amigos, ni a dirigentes de nuestra sociedad, o socios comerciales que hayan llegado a ese elevado nivel; pero ello no es imposible para Dios. De hecho, Jesús claramente enseñó que todo le es posible al que cree (Mar. 10: 27). Se espera que todo el que vaya al cielo haya alcanzado la perfección.

La pregunta clave es: «¿Cómo se logra esa perfección?». ¿Cómo un hombre o una mujer que viven en el siglo XXI pueden llegar a una condición que sea reconocida por Dios y por los demás como «sin tacha» y «recta»? Creo que esas características nada más se consiguen si Dios obra en nosotros. Al vivir bajo su gracia, aprendiendo a confiar en él, a la vez que dependemos de él, nos irá transformando en personas sin tacha, temerosas de Dios y alejadas del mal.

En este momento ustedes estarán preguntándose si yo creo haber alcanzado esa condición. Tan solo puedo decir como Pablo en Filipenses 3: 13, 14: «Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús». Como cualquier otro hijo de Dios, mi deseo es continuar marchando hacia la meta. Por favor, oren por mí, para que un día yo pueda ser un hombre sin tacha, recto, temeroso de Dios y apartado del mal. Creo que fue el difunto pastor C. T. Richards, profesor de religión de la Universidad Oakwood el que parafraseó a John Newton en uno de sus sermones al decir: «No soy el que deseo, ni tampoco soy lo que llegaré a ser; pero le agradezco a Dios que no soy el que era antes».

Nuestro maravilloso y amante Dios nos acepta a lo largo de nuestra andadura espiritual, para convertirnos en lo que él nos ha llamado a ser. Nuestras vidas están cubiertas por su gracia, y su gracia es mucho más que un favor inmerecido. Sí, su gracia es inmerecida y gratuita aunque jamás es concedida por Dios con el fin de cubrir o esconder el pecado. La gracia es el poder que alimenta nuestro deseo y capacidad para vivir como Dios manda.

Alguien dijo: «La reputación es lo que los demás piensan de usted; el carácter es lo que usted es». John Wooden fue un destacado atleta y dirigente de baloncesto. Él dirigió el equipo de baloncesto de la Universidad de California, en Los Angeles. Durante su carrera de doce años como dirigente ayudó a su equipo a obtener diez campeonatos, incluyendo siete en línea. En cierta ocasión dijo: «La verdadera prueba del carácter de un hombre se realiza cuando nadie lo está mirando». Un compañero de trabajo me dijo una vez que no me debía preocupar por lo que los demás dicen de mí (reputación); lo que sí debe importarme es lo que Dios piense de mí.

Aunque lo anterior puede ser cierto, la Biblia registra lo que los demás pensaban de Job antes de su prueba. Él era un exitoso hombre de negocios, respetado por los jóvenes y tomado en cuenta por los mayores. Era bienvenido en las puertas de la ciudad, un lugar normalmente considerado como punto de reunión de las personas destacadas. Asimismo, recibía allí grandes muestras de aprecio. El populacho reconocía a Job como un líder. «Era el hombre más importante de todos los orientales» (Job 1: 3). Job era valorado, respetado y honrado debido a que trataba a los demás con aprecio y respeto, sin importar su condición social. Él ayudaba a los pobres y a los huérfanos. No era tan solo un «santo durante el séptimo día», sino que a diario ayudaba a sus vecinos.

Dios valoraba la conducta de Job, porque este vivía de acuerdo con lo que Jesús enseñó en la parábola de las ovejas y los cabritos. ¿Recuerdan el relato que habla acerca del juicio final? Jesús dijo que aquellos que alimentan al hambriento, visitan al enfermo y al encarcelado y visten al desnudo en realidad están ministrándole a él.

Parecía que Job vivía la genuina religión, la que se resume en Santiago 1: 27: «La religión pura y sin mancha delante de Dios el Padre es esta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones y guardarse sin mancha del mundo». Pero eso no es todo. Job no codiciaba o miraba con lujuria a ninguna mujer; sus pensamientos, palabras y acciones eran puros. Así mantuvo su integridad delante de Dios.

Tampoco Job demostró parcialidad en sus acciones. Trató a todos por igual. No abrigaba prejuicios étnicos o raciales, algo que era poco común en su época. Job incluso trataba a sus esclavos como personas, no como posesiones. Respetaba a todos.

¿Ha visto cómo se construye un rascacielos? ¿Un elevado edificio que parece llegar a las nubes? ¿Una estructura que nos hace levantar la cabeza para ver su cúspide? Entiendo que cuanto más elevados, más profundos y sólidos tienen que ser los cimientos. Esa es una descripción apropiada de lo que implica tener un carácter «elevado» ante Dios: hace falta una profunda y genuina espiritualidad para crecer de acuerdo con las expectativas divinas.

Creo que Job disfrutó de una experiencia genuina con Dios, una que no podía ser sacudida, una que glorificaba a Dios por sus buenas obras, como lo dice Job 31. De hecho, se me ocurre que ese capítulo podría ser la contraparte masculina de Proverbios 31: 10-31, donde se describe a la mujer virtuosa. ¿Qué piensa Dios de nosotros? ¿Cuál es nuestra reputación ante Dios? Aún más importante, ¿qué dice de nuestro carácter?

Hacer el bien, ser bueno en Cristo, es la meta del cristiano.


Referencias

1. Larry Roach, «What Did Abraham Lincoln Say About Character?» What Is Charactej ? (blog), http://www.character-training.com/blog/.

2. Tomado de la versión Dios Habla Hoy.

3. 1 Samuel 24: 15; Génesis 18: 25.

4. «job 1», Benson Commenlary, BibleHub, http://biblehub.eom/commentaries/benson/job/l.htm.




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