CAPÍTULO 12

El redentor de Job
Será que el relato de Job también contiene la solución al gran conflicto entre el bien y el mal? Después de todo, la historia de Job concluye muy bien, ¿no es cierto? Él tiene más hijos, sus hijas son las más hermosas de toda la región y es más rico que antes (Job 42: 15).
Job fue restaurado tras haber orado por sus amigos. Él era un hombre de oración. Él sabía cómo buscar a Dios. Sus oraciones eran comedidas (Job 15: 4), puras (Job 16: 17), provechosas (Job 22: 27), intercesoras (Job 42:8) y liberadoras (Job 42: 10).1 Trasladémonos varios siglos después, al tiempo de Cristo. Jesús oraba mucho, pasaba noches enteras orando, y se levantaba temprano para orar. A menudo se dirigía a lugares desolados o remotos para orar en privado (Luc. 5: 16; 6: 12; Mar. 1: 35). Jesús oró en la cruz por sus verdugos: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes» (Luc. 23: 34).
Aquí tenemos otro rasgo de Jesucristo: su capacidad y su deseo para perdonar. ¿Dónde estaríamos si Dios no fuera un ser perdonador? De hecho, cuando Dios se le reveló a Moisés, se describe a ¡ sí mismo con estas palabras: «¡Jehová! ¡Jehová! Dios fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira y grande en misericordia y verdad, que guarda misericordia a millares, que perdona la iniqui- I dad, la rebelión y el pecado, pero que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que castiga la maldad de los padres en los { hijos y en los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta genera- | ción» (Éxo. 34: 6, 7). Recordemos lo que Jesús dijo respecto al '¡ perdón: «Por tanto, si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis sus ofensas a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas» (Mat. 6: 14, 15).
• Parte integral de la oración de Job era su deseo de perdonar. De i esa forma cumplió con los requisitos para una plena restauración, j Pero más importante que reflexionar en el perdón, es estar en comunión con Dios. Job menciona específicamente a su redentor.
| ¿Cómo conoció él de la redención? No estamos seguros, l! Obviamente, Job era un hombre lleno de esperanza, él tenía fe en i que vería a su redentor. Fijémonos cuidadosamente en la secuencia ; | de la declaración de Job 19: 25, 26. Primero, él dice que su redentor l¡ está vivo: una referencia al Cristo preencarnado. ¿Cómo sabía él eso? Job estaba «caminando no por vista, sino por fe» (2 Cor. 5:7). Quizá la fe de Job le ayudó a conocer lo anterior. «Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve» (Heb. 11: 1). 1 Para Job, y para cada creyente, siempre ha habido un redentor.
Sabemos que su nombre es Jesús, y que en el día final nuestro redentor se pondrá en pie y nos defenderá (Hech. 20: 28; Efe. 1: 7; 2: 13; Col. 1: 20; 1 Ped. 1: 18, 19; Apoc. 1: 5; 5: 9).2
La declaración de Job 19: 25 «representa un progreso significativo de Job, de la desesperación a la esperanza. "Desde las profundidades del desaliento, Job se elevó a las alturas de la confianza implícita en la misericordia y el poder salvador de Dios" (PR, 120)».3 Luego Job reconoce que morirá y que su carne será consumida. Como ya hemos dicho, él no esperaba ir de inmediato al cielo.
r*mm 1A II icdi'lilni ilc loli • 97 Sin embargo, deseaba ver a Dios en su carne; una refernu i.i díict ta a la resurrección. La esperanza de Job era más bien < omplcj.i, polifacética, nada simplista. Su esperanza en un redenioi csi.i oh viamente vinculada a la persona de Jesucristo.
Job había expresado dudas cuando preguntó si Dios era una persona de carne y hueso. «¿Acaso son de carne tus ojos;' ¿Ves tu las cosas como las ve el hombre? ¿Son tus días como los días del hombre, o tus años como el tiempo de los seres humanos?» (Job 10: 4, 5). Realmente se quejaba de que Dios no podía entender lo que él estaba atravesando, el sufrimiento físico y mental que soportaba. ¿Cómo podría Dios conocer por experiencia propia el sufrimiento? ¿Dios conoce, comprende o tiene una idea de lo que implica vivir en este mundo de pecado y maldad?
Jesús comprende nuestro dolor, porque él sufrió mientras estuvo en esta tierra. Él es el Dios Creador, que hizo a los seres humanos a su imagen, pero también es el Dios que vino a formar parte de su creación, a vivir y morir en este mundo, y resucitar triunfante sobre el pecado y la muerte.
Nuestro Dios se hizo parte de su propia creación y por nosotros se sometió a la tentación, al abuso, al desprecio, a la injusticia y a la muerte. Pablo afirmó al respecto: «No tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.
Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro» (Heb. 4: 15, 16). Jesús enfrentó físicamente al diablo, cara a cara, siendo tentado por él mientras estaba en un punto muy bajo de su condición mental y física; y aún así venció a la tentación (Mat. 4: 1-11).
La Biblia está repleta de declaraciones proféticas que se cumplen en Jesús. Tomemos por ejemplo a Isaías 53, que dice que nuestro redentor llevó todas nuestras dolencias y debilidades, y que mientras hacía eso por nosotros, ¡fue perseguido y ejecutado! Asimismo leemos en el Salmo 22: 14: «He sido derramado como el agua y todos mis huesos se descoyuntaron. Mi corazón fue como cera, derritiéndose dentro de mí». Ciertamente, esto se cumplió en nuestro Creador, que también es nuestro Redentor.
La queja de Job quedó atendida en el nacimiento de Jesús. El Hijo de Dios se hizo carne y hueso, para venir a «buscar y a salvar» a los perdidos. Después de resistir la tentación él sufrió, sangró y murió. Por eso puede identificarse con nosotros, y servir como mediador entre Dios y el hombre.
El hecho de que Jesús vino y vivió una vida de victoria es una prueba de que nosotros también podemos hacer lo mismo. Él vivió como hombre, y nunca sacó ventajas personales a su naturaleza divina.
Recordemos que Jesús sufrió toda suerte de violencias para salvarnos. Él pagó un gran precio por nuestra salvación: su sangre redentora. Es lógico pensar que si los seres humanos pudieran haber sido rescatados y justificados por obedecer la ley, esa habría sido la solución. Sin embargo, las Escrituras aclaran el asunto al presentar la ineficacia de depender de la llamada obediencia con el fin de satisfacerlos reclamos de nuestro Santo Dios (Gal. 2: 16, 3: 11). «Quien trate llegar a ser santo mediante sus esfuerzos por guardar la ley, está intentando algo imposible».4
Observar la ley no es suficiente debido a nuestra naturaleza «caída ». El egoísmo nos mancha hasta los tuétanos. Jesús es distinto. Él es el único ser perfecto que ha pisado este planeta; él nunca transgredió la ley. Es nuestro Salvador, pero también es nuestro modelo y nuestro ejemplo en todo.
La única forma de entender el libro de Job es mirándolo a través de los lentes del Calvario. La muerte expiatoria de Jesús le concede significado a lo que Job y todo otro sufriente ha experimentado, o jamás experimentará.
«Ayer se me recordó que Jesús es el mismo evangelio colgado de una cruz. Hoy tenemos un mensaje: "He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo". ¿No mantendrán los miembros de iglesia sus ojos fijos en un salvador crucificado y resucitado, en quien se centran sus esperanzas de vida eterna? Este es nuestro mensaje, nuestro argumento, nuestra doctrina, nuestra advertencia a los impenitentes, nuestro mensaje de ánimo al que sufre; la esperanza de cada creyente. Si podemos despertar un interés en las mentes de los hombres que les haga dirigir sus ojos a Cristo, podremos dar un paso a un lado, y pedirles que sigan contemplando al Cordero de Dios. De esa forma serán enseñados. Todo el que quiera seguirme que tome su cruz y se niegue a sí mismo, y me siga».5
El libro de Job nos ayuda a entender mejor el sacrificio que Dios realizó a través de Cristo Jesús. Él es aquel que marchó a la cruz sufriendo una prueba más profunda que la que jamás Job pudo experimentar. Pensemos en lo injusto que fue para Jesús venir a este mundo a vivir en el anonimato antes de comenzar su ministerio. Pensemos que sacrificó la adoración de los ángeles.
Pensemos en el desprecio que sufrió durante toda su vida, ya que sus vecinos lo consideraban el hijo ilegítimo de María. Él era inocente de todas las acusaciones que le hicieron; sin embargo, llevó a la cruz la carga de cada pecado humano.
Tanto Job como Jesús experimentaron la inmerecida ira del enemigo. Satanás quedó desenmascarado gracias a los sufrimientos de Cristo, gracias al sacrificio perfecto del único que es perfecto. Satanás es descrito en la Biblia como el acusador de los hermanos y de Dios. Él es el adversario que se aparece entre los hijos de Dios (Job 1: 6; 2: 1), no para adorar, sino para criticar. Él muestra indiferencia a los reclamos de la Deidad y no se goza en las obras de Dios. Es un incrédulo, la máxima representación de los incrédulos.
Él tiene conocimientos, pero rehúsa creer, pues no confía en Dios. Manifiesta su crueldad, llevándola a su punto culminante en la ejecución y el asesinato de Jesucristo.6
Por favor, perdonen la extensa cita de la pluma inspirada: Yo no lo hubiera dicho mejor, y por ello he decidido concluir este capítulo con las siguientes palabras: «Mediante Jesús, la misericordia de Dios fue manifestada a los hombres; pero la misericordia no pone a un lado la justicia. La ley revela los atributos del carácter de Dios, y no podía cambiarse una jota o un tilde de ella para ponerla al nivel del hombre en su condición caída. Dios no cambió su ley, pero se sacrificó, en Cristo por la redención del hombre. "Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo a sí" (2 Cor. 5:19).
»La ley requiere justicia, una vida justa, un carácter perfecto; y esto no lo tenía el hombre para darlo. No puede satisfacer los requerimientos de la santa ley de Dios. Pero Cristo, viniendo a la tierra como hombre, vivió una vida santa y desarrolló un carácter perfecto. Ofrece estos como don gratuito a todos los que quieran recibirlos. Su vida reemplaza la vida de los hombres. Así tienen remisión de los pecados pasados, por la paciencia de Dios. Más que esto. Cristo imparte a los hombres atributos de Dios. Edifica el carácter humano a la semejanza del carácter divino y produce una hermosa obra espiritualmente fuerte y bella. Así la misma justicia de la ley se cumple en el que cree en Cristo. Dios puede ser "justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús" (Rom. 3:26)».7 ¡Qué grande es nuestro Dios!

Referencias

1. Herbert Lockyer, All the Men of the Bible (Grand Rapids: Zondervan, 1958), p. 192. 2. Alden, «Job», p. 207. 3. Comentario bíblico adventista, p. 552. 4. Elena G. de White, El camino a Cristo, cap. 7, p. 90. 5. Elena G. de White, Manuscrito n° 1507, 9 de abril de 1898. 6. Robertson W. Nicoll, ed„ Preachers Homiletic Libmry, t. I, (Grand Rapids: Baker Book House, 1979), p. 179. 7. Elena G. de White, El Deseado de todas ¡as gentes, cap. 79, p. 723