Lección 11
Desde un torbellino

Sábado 3 de diciembre


Las leyes de Dios para la naturaleza son obedecidas por la naturaleza. Las nubes y los vendavales, el sol y las lloviznas, el rocío y la lluvia, están bajo la supervisión de Dios y obedecen sus mandatos. En obediencia a la ley de Dios, el brote del trigo se abre paso en la tierra, “primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga” (Marcos 4:28). El fruto se ve por primera vez en forma de capullo, y el Señor lo hace desarrollar en sazón porque no resiste su obra. De la misma manera, las aves cumplen el propósito de Dios al hacer sus largas migraciones de país en país, guiadas a través del espacio libre por la mano de un poder infinito,

¿Será que el hombre, hecho a la imagen de Dios, dotado de raciocinio y de habla, es el único que no muestra agradecimiento por sus dones y que desobedece sus leyes? ¿Se contentarán aquellos que pudieran ser realzados y ennoblecidos, capacitados para ser colaboradores suyos, con permanecer imperfectos de carácter y causar la confusión en nuestro mundo?... Dios desea que aprendamos de la naturaleza la lección de la obediencia. “En efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán; a las aves de los cielos, y ellas te lo mostrarán; o habla a la tierra, y ella te enseñará; los peces del mar te lo declararán también. ¿Qué cosa de todas estas no entiende que la mano de Jehová la hizo?” “Con Dios está la sabiduría y el poder; suyo es el consejo y la inteligencia” (Job 12:79, 13)...

El libro de la naturaleza y la palabra escrita se iluminan mutuamente. Ambas nos ayudan a conocer mejor a Dios instruyéndonos acerca de su carácter y de las leyes por medio de las cuales obra (Testimonios para la iglesia, tomo 8, pp. 342, 343). El águila de los Alpes es a veces arrojada por la tempestad a los estrechos desfiladeros de las montañas. Las nubes tormentosas cercan a esta poderosa ave del bosque y con su masa oscura la separan de las alturas asoleadas donde ha construido su nido. Los esfuerzos que hace para escapar parecen infructuosos. Se precipita de aquí para allá, bate el aire con sus fuertes alas y despierta el eco de las montañas con sus gritos. Al fin se eleva con una nota de triunfo y, atravesando las nubes, se encuentra una vez más en la claridad solar, por encima de la oscuridad y la tempestad. Nosotros también podemos hallamos rodeados de dificultades, desaliento y oscuridad. Nos cerca la falsedad, la calamidad, la injusticia. Hay nubes que no podemos disipar. Luchamos en vano con las circunstancias. Hay una vía de escape, y tan solo una. Las neblinas y brumas cubren la tierra; más allá de las nubes brilla la luz de Dios. Podemos elevamos con las alas de la fe hasta la región de la luz de su presencia (La educación, pp. 118, 119).

Las leyes obedecidas por la tierra revelan el hecho de que ella está bajo el dominio magistral de un Dios infinito. Los mismos principios rigen en el mundo espiritual y el natural. El Autor de la naturaleza es el Autor de la Biblia. La creación y el cristianismo tienen un solo Dios (Consejos para los maestros, p. 381).

 

Domingo 4 de diciembre: Desde un torbellino


Quebrántese vuestro corazón por el anhelo que tenga de Dios, del Dios vivo. La vida de Cristo ha mostrado lo que la humanidad puede hacer participando de la naturaleza divina. Todo lo que Cristo recibió de Dios, podemos recibirlo también nosotros. Pedid, pues, y recibiréis. Con la fe perseverante de Jacob, con la persistencia inflexible de Elias, pedid para vosotros todo lo que Dios ha prometido.

Dominen vuestra mente las gloriosas concepciones de Dios. Enlácese vuestra vida con la de Cristo mediante recónditos eslabones. Aquel que ordenó que la luz brillara en las tinieblas, desea brillar en nuestro corazón, para daros la luz del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo. El Espíritu Santo tomará las cosas de Dios y os las mostrará, transfiriéndolas al corazón obediente cual vivo poder. Cristo os conducirá al umbral del Infinito. Podréis contemplar la gloria que refulge allende el velo, y revelar a los hombres la suficiencia de Aquel que siempre vive para interceder por nosotros (Palabras de vida del gran Maestro, p. 115).

El manso de espíritu, el que es más puro y más semejante a un niño, será fortalecido para la batalla con poder por medio del Espíritu de Dios en el hombre interior. Quien percibe su debilidad y lucha con Dios como lo hizo Jacob, y como este siervo de antaño clama: “no te dejaré si no me bendices”, avanzará con una renovada unción del Espíritu Santo. La atmósfera del cielo lo rodeará. Andará haciendo bienes. Su influencia será positiva en favor de la religión de Cristo...

Nuestro Dios es una ayuda siempre presente en tiempo de necesidad. Conoce los pensamientos más secretos de nuestros corazones y todas las intenciones y los propósitos que abrigan nuestras almas. Cuando estamos en perplejidad, aun antes que le contemos nuestras angustias, está tomando las providencias para nuestra liberación (Alza tus ojos, p. 44).

Lunes 5 de diciembre: Las preguntas de Dios


Pablo llevaba consigo la atmósfera del cielo. Todos los que se asociaban con él sentían la influencia de su unión con Cristo. El hecho de que su propia vida ejemplificara la verdad que él proclamaba, daba poder convincente a su predicación. En esto reside la fuerza de la verdad. La influencia natural e inconsciente de una vida santa es el sermón más convincente que pueda predicarse en favor del cristianismo. Los argumentos, aun cuando sean incontestables, pueden provocar tan solo oposición; mientras que un ejemplo piadoso tiene un poder al cual es imposible resistir completamente.

El corazón del apóstol ardía de amor por los pecadores, y él dedicaba todas sus energías a la obra de ganar almas. Nunca vivió obrero más abnegado y perseverante. Las bendiciones que recibía las apreciaba como otras tantas ventajas que debía emplear para beneficio de otros.

El no perdía oportunidad de hablar del Salvador o de ayudar a quienes estuviesen en dificultades. Dondequiera que pudiese encontrar auditorio, trataba de contrarrestar el mal y encaminar los pies de hombres y mujeres por la senda de justicia. Pablo no se olvidaba nunca de la responsabilidad que pesaba sobre él como ministro de Cristo; ni de que si se perdían almas por infidelidad de su parte, Dios lo tendría por responsable (Obreros evangélicos, pp. 60, 61).

El gran derramamiento del Espíritu de Dios que ilumina toda la tierra con su gloria, no acontecerá hasta que tengamos un pueblo iluminado, que conozca por experiencia lo que significa ser colaboradores de Dios. Cuando nos hayamos consagrado plenamente y de todo corazón al servicio de Cristo, Dios lo reconocerá por un derramamiento sin medida de su Espíritu; pero esto no ocurrirá mientras que la mayor parte de la iglesia no colabore con Dios (Servicio cristiano, p. 314).

Necesitamos líderes para dirigir empresas misioneras, tanto en este país como en tierras extranjeras; líderes que tengan simpatía y un corazón abierto hacia las almas que perecen lejos y cerca. El hielo que congela a muchas almas egoístas debe ser derretido para que cada uno comprenda que es guarda de su hermano. Entonces irán a buscar a su vecino con la verdad, dispuestos a rendir a Dios un servicio aceptable, y ayudarán a otros en la formación de un carácter como el de Cristo. Si todos trabajaran como lo hacía Cristo, podría hacerse mucho para cambiar la condición de los pobres y los afligidos. La religión pura y sin mancha iluminaría como una luz brillante. El amor de Dios en el corazón derretirá las barreras de raza y de casta y quitará los obstáculos que los hombres han levantado para evitar que otros conozcan la verdad tal como es en Jesús. La verdadera religión lleva a sus defensores a ir por los caminos y los vallados de la vida para ayudar a los que sufren. Como fíeles pastores buscarán a las ovejas y los corderos perdidos que perecen en el desierto, para traerlos salvos al redil (The Southern Work, p. 39).

Martes 6 de diciembre: Dios como Creador


Ninguna mente finita puede comprender plenamente el carácter o las obras del Ser infinito. No podemos descubrir a Dios por medio de la investigación. Para las mentes más fuertes y mejor cultivadas, lo mismo que para las más débiles e ignorantes, el Ser santo debe permanecer rodeado de misterio. Pero aunque “nubes y oscuridad alrededor de él; justicia y juicio son el cimiento de su trono”, podemos comprender lo suficiente de su trato con nosotros para descubrir una misericordia ilimitada unida a un poder infinito. Podemos comprender, de sus propósitos, lo que seamos capaces de asimilar; más allá de esto, debemos confiar en la mano omnipotente, en el corazón lleno de amor.

La Palabra de Dios, como el carácter de su Autor, presenta misterios que nunca podrán ser enteramente comprendidos por los seres finitos. Pero Dios ha dado en las Escrituras suficiente evidencia de su autoridad divina. Su propia existencia, su carácter, la veracidad de su Palabra, lo corrobora un testimonio que toca a nuestra razón, y ese testimonio es abundante. Es cierto, él no ha eliminado la posibilidad de dudar; la fe debe apoyarse en la evidencia, no en la demostración; los que desean dudar tienen oportunidad de hacerlo, pero los que desean conocer la verdad tienen suficiente terreno para ejercer la fe...

Es imposible para cualquier mente humana abarcar completamente siquiera una verdad o promesa de la Biblia. Uno comprende la gloria desde un punto de vista, otro desde otro, y sin embargo solo podemos percibir destellos. La plenitud del brillo está fuera del alcance de nuestra visión. AI contemplar las grandes cosas de la Palabra de Dios, observamos una fuente que se amplía y profundiza bajo nuestra mirada. Su amplitud y profundidad sobrepasan nuestro conocimiento. Al mirar, la visión se expande; contemplamos extendido delante de nosotros un mar sin límites (La educación, pp. 169-171).

La verdadera santidad y humildad son inseparables. Mientras más cerca esté el alma de Dios, más completamente se humillará y someterá. Cuando Job oyó la voz desde el torbellino, exclamó: “Me aborrezco y me arrepiento en polvo y ceniza” (Job 42:6). Cuando Isaías vio la gloria del Señor, y oyó a los querubines que clamaban: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos, exclamó: “¡Ay de mí! que soy muerto” (Isaías 6:3, 5). Cuando fue visitado por el mensajero celestial, Daniel dijo: “Mi fuerza se cambió en desfallecimiento” (Daniel 10:8). Pablo después de haber sido arrebatado al tercer cielo y haber oído cosas que no es lícito que diga el hombre, habla de sí como el menor “que el más pequeño de todos los santos” (Efesios 3:8). Fue el amado Juan, que se reclinaba sobre el regazo de Jesús, y contemplaba su gloria, quien cayó como muerto ante el ángel. Mientras más íntima y continuamente contemplemos a nuestro Salvador, menos procuraremos aprobamos a nosotros mismos.

El que capta un destello del incomparable amor de Cristo, computa todas las otras cosas como pérdida, y considera al Señor como el principal entre diez mil... Cuando los serafines y querubines contemplan a Cristo, cubren su rostro con sus alas. No despliegan su perfección y belleza en la presencia de la gloria de su Señor. ¡Cuán impropio es, pues, que los hombres se exalten a sí mismos! (A fin de conocerle, p. 177).

Miércoles 7 de diciembre: La sabiduría de los sabios


Nadie necesita preocuparse por las cosas que el Señor no nos ha revelado. En estos tiempos abunda la especulación, pero Dios declara: “Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios” (Deuteronomio 29:29). La voz que habló a Israel desde el Sinaí habla en estos tiempos a hombres y mujeres diciendo: “No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Éxodo 20:3). La ley de Dios fue escrita por su propio dedo en tablas de piedra, lo cual demuestra que nunca podría ser cambiada o abrogada. Ha de estar en vigencia durante las edades eternas, tan inmutablemente como los principios de su gobierno. Los hombres han opuesto su voluntad a la voluntad de Dios, pero esto no puede acallar sus palabras de sabiduría y sus órdenes, aun cuando opongan sus teorías especulativas a las enseñanzas de la revelación y exalten la sabiduría humana por encima de un claro: “Así dice Jehová” (Consejos para los maestros, p. 235).

Hemos recibido cartas concernientes a asuntos sobre los que Dios no nos ha dado luz, y nos sentimos complacidas de decir a esos investigadores: No sabemos. Cada mente debería sentirse muy ansiosa de conocer a Dios y de cumplir sus requerimientos. Bienaventurados son los que prestan atención a la Palabra de Dios y la cumplen...

Los que sienten tanta curiosidad por averiguar cosas que no han sido dadas a conocer en las Escrituras son generalmente estudiantes superficiales con respecto a esas cosas que tienen importancia para la vida y la práctica de todos los días... Debemos revelar al mundo aquello que Dios ha visto necesario revelamos. No estamos haciendo la voluntad de nuestro Padre celestial cuando especulamos acerca de cosas que él ha considerado conveniente ocultamos. Cada uno tiene el privilegio de revelar a otro el aprecio que siente por las verdades divinas, el aprecio que siente por los tesoros de la vida eterna, al hacer todo sacrificio posible para obtener la recompensa (El evangelismo, pp. 454, 455).

Los que piensan que pueden aclarar las supuestas dificultades de la Biblia, midiendo con su canon limitado lo que es inspirado y lo que no es inspirado, mejor sería que cubrieran su rostro como lo hizo Elias cuando le habló la voz apacible, pues están en la presencia de Dios y de santos ángeles, los que durante siglos han comunicado a los hombres luz y conocimiento diciéndoles qué deben hacer y qué no deben hacer, desplegando ante ellos escenas de emocionante interés, señal tras señal, en símbolos, señales e ilustraciones.

Y mientras Dios presenta los peligros que se están acumulando para los últimos días, no ha facultado a ningún hombre limitado para que descifre misterios ocultos, ni ha inspirado a hombre alguno, ni a ninguna clase de hombres para que dictaminen qué es inspirado y qué no lo es. Cuando los hombres, en su juicio limitado, consideran necesario proceder a examinar las Escrituras para definir lo que es inspirado y lo que no lo es, se han adelantado a Jesús para mostrarle un camino mejor que aquél en que él nos ha guiado (Comentario bíblico adventista, tomo 7, p. 956).

Jueves 8 de diciembre: Arrepentido en polvo y ceniza


Cuando Job oyó la voz del Señor de entre el torbellino, exclamó: “Me aborrezco, y me arrepiento en el polvo y la ceniza” (Job 42:6)... No puede haber glorificación de sí mismo, ni arrogantes pretensiones de estar libre de pecado, por parte de aquellos que andan a la sombra de la cruz del Calvario. Harta cuenta se dan de que fueron sus pecados los que causaron la agonía del Hijo de Dios y destrozaron su corazón; y este pensamiento les inspira profunda humildad. Los que viven más cerca de Jesús son también los que mejor ven la fragilidad y culpabilidad de la humanidad, y su sola esperanza se cifra en los méritos de un Salvador crucificado y resucitado (El conflicto de los siglos, pp. 524, 525).

Cuántos se aferran tenazmente a lo que creen que es dignidad, y que solo es estima propia. Los tales tratan de honrarse a sí mismos, en vez de esperar con humildad de corazón que Cristo los honre. En la conversación, más tiempo se pasa hablando del yo que exaltando las riquezas de la gracia de Cristo...

No han aprendido de Aquel que dice: “Soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29) (A fin de conocerle, p. 177). Cuando al siervo de Dios se le permite que contemple la gloria del Dios del cielo, cuando el Eterno se quita su velo ante la humanidad, y el hombre comprende aunque solo sea en pequeñísima medida la pureza del Santo de Israel, hará también sorprendentes confesiones de la contaminación de su alma antes que jactarse con altivez de su propia santidad. Isaías exclamó con profunda humillación: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios... han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos”...

la contrición del profeta era genuina. Se sintió completamente insuficiente e indigno cuando la humanidad, con sus debilidades y deformidades, fue puesta en contraste con la perfección de la santidad, de la luz y la gloria divina (Comentario bíblico adventista, tomo 4, p. 1162).

La visión dada a Isaías representa la condición de los hijos de Dios en los últimos días. Tienen el privilegio de ver por fe la obra que se está desarrollando en el santuario celestial. “Y el templo de Dios fue abierto en el cielo, y el arca de su pacto se veía en el templo”. Mientras miran por fe en el lugar santísimo, y ven la obra de Cristo en el santuario celestial, perciben que son un pueblo de labios impuros, un pueblo cuyos labios a menudo han hablado vanidad y cuyos talentos no han sido santificados y empleados para la gloria de Dios. Con razón podrían entregarse al desaliento al comparar su propia debilidad e indignidad con la pureza y hermosura del carácter de Cristo. Pero hay esperanza para ellos si, como Isaías, reciben el sello que el Señor quiere que se imprima sobre el corazón y si humillan su alma delante de Dios. El arco de la promesa está sobre el trono y la obra realizada a favor de Isaías se realizará en ellos. Dios responderá las peticiones provenientes del corazón contrito.

Queremos que el carbón encendido sacado del altar se coloque sobre nuestros labios. Queremos oír las palabras: “Es quitada tu culpa, y limpio tu pecado” (Conflicto y valor, p. 234).