Lección 10 La ira de Eliú

Sábado 26 de noviembre

Es peligroso que los hombres resistan al Espíritu de verdad, gracia y justicia, debido a que sus manifestaciones no están de acuerdo con las ideas de ellos y no entran dentro del molde de sus planes de acción. El Señor actúa en su propia forma y de acuerdo con sus propios planes. Oren los mortales para que puedan despojarse del yo y estar en armonía con el cielo. Oren: “No se haga mi voluntad, oh Dios, sino la tuya”. Tengan en cuenta los hombres que los caminos de Dios no son los caminos de ellos, ni sus pensamientos los pensamientos de ellos, pues él dice: “Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Comentario bíblico adventista, tomo 2, p. 998). Cuando podemos relacionamos para ayudamos a ir al cielo, cuando la conversación se explaya en las cosas divinas y celestiales, entonces vale la pena conversar; pero cuando se concentra en el yo y en las cosas terrenales y sin importancia, el silencio es oro. El oído obediente recibirá la reprensión con un espíritu susceptible de recibir enseñanza. Solo entonces nuestra relación con los demás resultará beneficiosa, y cumplirá el propósito que Dios desea que lleve a cabo. Cuando se cumplen aspectos de la instrucción divina, el sabio reprensor cumple su deber, y el oído obediente escucha con un propósito definido y resulta beneficiado. Toda relación que formamos, aunque limitada, ejerce alguna influencia sobre nosotros. El grado de nuestro sometimiento a esa influencia quedará determinado por el grado de intimidad, la constancia de la relación, y el amor y la veneración que nos inspire ese amigo (Hijos e hijas de Dios, p. 168). La vida no está hecha de grandes sacrificios y maravillosas realizaciones, sino de cosas pequeñas. La amabilidad, el amor y la cortesía son las características del cristiano... necesitamos admirar las preciosas cualidades que existían en el carácter de Jesús. Al relacionamos los unos con los otros, recordemos siempre que hay capítulos en la experiencia de los demás que están sellados para los ojos mortales. Hay tristes historias escritas en los libros del cielo que están celosamente guardadas de los ojos indiscretos. Allí se registran largas y arduas batallas en medio de circunstancias difíciles en el seno de los mismos hogares, que día tras día minan el valor, la fe, la confianza, hasta que la misma virilidad parece que se va a desmoronar. Pero Jesús lo sabe todo y nunca lo olvida. Para los tales, las palabras amables y afectuosas son como la sonrisa de los ángeles. El apretón de manos de un amigo, fuerte y bondadoso, vale más que el oro y la plata. Le ayuda a recuperar su hombría (Cada día con Dios, p. 144).


 

Domingo 27 noviembre: Consoladores miserables


El que vive de acuerdo con la voluntad del Creador adquiere con ello el desarrollo más positivo y noble de su carácter. “El temor del Señor es la sabiduría, y el apartarse del mal la inteligencia” (Job 28:28). Pocos se dan cuenta de la influencia de las cosas pequeñas de la vida en el desarrollo del carácter. Ninguna tarea que debamos cumplir es realmente pequeña. Las variadas circunstancias que afrontamos día tras día están concebidas para probar nuestra fidelidad, y han de capacitamos para mayores responsabilidades. Adhiriéndose a los principios rectos en las transacciones ordinarias de la vida, la mente se acostumbra a mantener las demandas del deber por encima del placer y de las inclinaciones propias. Las mentes disciplinadas en esta forma no vacilan entre el bien y el mal, como la caña que tiembla movida por el viento; son fíeles al deber porque han desarrollado hábitos de lealtad y veracidad. Mediante la fidelidad en lo mínimo, adquieren fuerza para ser fíeles en asuntos mayores. Un carácter recto es de mucho más valor que el oro de Ofir. Sin él nadie puede elevarse a un cargo honorable. Pero el carácter no se hereda. No se puede comprar. La excelencia moral y las buenas cualidades mentales no son el resultado de la casualidad. Los dones más preciosos carecen de valor a menos que sean aprovechados. La formación de un carácter noble es la obra de toda una vida, y debe ser el resultado de un esfuerzo aplicado y perseverante. Dios da las oportunidades; el éxito depende del uso que se haga de ellas (Patriarcas y profetas, pp. 223, 224). El corazón que se rinda a la sabia disciplina de Dios, habrá de confiar en cada manifestación de su providencia... La tentación procurará desalentamos, pero, ¿qué se logra al ceder a la tentación? ¿Obtendrá, acaso, el alma algo mejor murmurando y quejándose de aquello que es la única fuente de poder? ¿Está el ancla echada dentro del velo? ¿Soportaremos la enfermedad? ¿Cuál será nuestro testimonio en los instantes finales de la vida, cuando los labios estén temblorosos por la muerte? ¡El ancla está firme! Yo sé que mi Redentor vive... Que toda alma débil y sacudida por la tempestad de las pruebas pueda anclarse en Jesucristo, y no centrarse tanto en sí misma como para pensar solo en sus pequeños fracasos y en la interrupción de sus planes y esperanzas... Satanás nos acusará y pedirá destruimos, pero es Dios quien abrirá una puerta al refugio. Y es Dios el que justifica a quien traspasa el umbral de esa puerta. Entonces, si Dios es por nosotros, ¿quién podrá estar contra nosotros? ¡Oh qué verdad gloriosa, brillante! ¿Por qué los hombres no pueden discernirla? ¿Por qué no caminan en sus brillantes rayos de luz? ¿Por qué no hablan del amor maravilloso de Cristo los creyentes?...

Dios vive y reina. Todos los salvados deben luchar virilmente como soldados de Jesucristo; entonces sus nombres serán registrados en los libros del cielo como fieles y verdaderos. Ellos realizarán las obras de Jesucristo, pelearán la buena batalla de la fe (Alza t us ojos, p. 375).

 

Lunes 28 noviembre : La entrada de Eliú


Las ventajas del hombre para obtener el conocimiento de la verdad, por grandes que sean, no le beneficiarán a menos que el corazón esté abierto para recibir la verdad y renuncie concienzudamente a toda costumbre y práctica opuestas a sus principios. A los que así se entregan a Dios, con el honrado deseo de conocer y hacer su voluntad, se les revela la verdad como poder de Dios para su salvación. Estos podrán distinguir entre el que habla de parte de Dios y el que habla meramente de sí mismo... “El que habla de sí mismo, su propia gloria busca; mas el que busca la gloria del que le envió, éste es verdadero, y no hay en él injusticia”. El que busca su propia gloria habla tan solo de sí mismo. El espíritu de exaltación propia delata su origen. Pero Cristo estaba buscando la gloria de Dios. Pronunciaba las palabras de Dios. Tal era la evidencia de su autoridad como maestro de la verdad (El Deseado de todas las gentes, pp. 419, 420). La justicia exterior da testimonio de la justicia interior. El que es justo por dentro, no muestra corazón duro ni falta de simpatía, sino que día tras día crece a la imagen de Cristo y progresa de fuerza en fuerza. Aquel a quien la verdad santifica, tendrá dominio de sí mismo y seguirá en las pisadas de Cristo hasta que la gracia dé lugar a la gloria. La justicia por la cual somos justificados es imputada; la justicia por la cual somos santificados es impartida. La primera es nuestro derecho al cielo; la segunda, nuestra idoneidad para el cielo (Mensajes para los jóvenes, p. 32). Hermanos y hermanas que poseen buenas intenciones, pero que tienen conceptos estrechos y miran solo lo externo, pueden tratar de ayudar en cosas acerca de las cuales no tienen verdadero conocimiento. Su experiencia limitada no puede discernir los sentimientos de un alma que ha sido urgida por el Espíritu de Dios, que ha sentido en lo profundo ese amor e interés ferviente e inexpresable por la causa de Dios y por las almas, que ellos jamás han experimentado, y que ha llevado cargas en la causa de Dios que ellos jamás han levantado. Algunos amigos carentes de previsión y de experiencia, no pueden, con su visión estrecha, apreciar los sentimientos de alguien que ha estado en íntima armonía con el alma de Cristo en relación con la salvación de otros. Aquellos que quisieran decir que son sus amigos malentienden sus motivos e interpretan erróneamente sus actos, hasta que, como Job, él prorrumpe en una ferviente oración: Sálvame de mis amigos. Dios toma el caso de Job en sus manos. Su paciencia ha sido severamente probada; pero cuando Dios habla, todos sus sentimientos quisquillosos cambian. La justificación propia que él sentía que era necesaria para resistir la condenación de sus amigos no es necesaria ante Dios. Él nunca juzga mal; nunca yerra. Dice el Señor a Job: “Cíñete ahora como varón”, y Job tan pronto oye la voz divina inclina su alma con un sentido de su pecaminosidad, y dice ante Dios: “Me aborrezco y me arrepiento, en polvo y en ceniza” (Job 38:3) (Testimonios para la iglesia, tomo 3, pp. 557, 558).

Martes 29 de noviembre :


Martes 29 de noviembre: Eliú defiende a Dios No debemos permitir que las perplejidades y cuidados cotidianos gasten las fuerzas de nuestro espíritu y oscurezcan nuestro semblante. Si lo hacemos, habrá siempre algo que nos moleste y fatigue. No debemos dar entrada a los cuidados que solo nos gastan y destruyen, mas no nos ayudan a soportar las pruebas. Podéis estar perplejos en los negocios; vuestra perspectiva puede ser cada día más sombría y podéis estar amenazados de pérdidas; mas no os descorazonéis; confiad vuestras cargas a Dios y permaneced serenos y tranquilos. Pedid sabiduría para manejar vuestros negocios con discreción y así evitaréis pérdidas y desastres. Haced todo lo que esté de vuestra parte para obtener resultados favorables. Jesús nos ha prometido su ayuda, pero no sin que hagamos lo que está de nuestra parte. Cuando, confiando en vuestro Ayudador, hayáis hecho todo lo que podáis, aceptad con gozo los resultados. No es la voluntad de Dios que su pueblo sea abrumado por el peso de los cuidados. Pero al mismo tiempo no quiere que nos engañemos. Él no nos dice: “No temáis; no hay peligro en vuestro camino”. Él sabe que hay pruebas y peligros y nos lo ha manifestado abiertamente. Él no ofrece a su pueblo quitarlo de en medio de este mundo de pecado y maldad, pero le presenta un refugio que nunca falla. Su oración por sus discípulos fue: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal”. “En el mundo —dice— tendréis tribulación; pero tened buen ánimo; yo he vencido al mundo” (Juan 17:15; 16:33) (El camino a Cristo, pp. 123, 124). Cuando sobrevienen pruebas; cuando vemos delante de nosotros, no una gran prosperidad, sino, por el contrario, una situación que exige algún sacrificio de parte de todos, ¿cómo recibimos las insinuaciones de Satanás de que nos esperan momentos extremadamente penosos? Si escuchamos lo que él nos sugiere, perderemos nuestra confianza en Dios... Si nos falta fe en el punto en que nos encontramos, cuando se presenten las dificultades, nos faltará la fe dondequiera que estemos... Lo que más necesitamos es fe en Dios. Cuando miramos el lado oscuro de las cosas, perdemos nuestro punto de apoyo en el Señor Dios de Israel. Cuando abrimos nuestros corazones al temor, la senda del progreso queda obstruida por la incredulidad. No abriguemos nunca el sentimiento de que Dios ha abandonado su obra...

Debemos tener menos fe en lo que podemos hacer, y más fe en lo que el Señor puede hacer por nosotros, si queremos tener manos limpias y corazones puros. No es vuestro el trabajo que realizáis; es de Dios. Necesitamos más amor, más franqueza, menos sospechas y desconfianza. Debemos estar menos dispuestos a censurar y acusar. Esto es lo que ofende gravemente a Dios. El corazón necesita ser enternecido y subyugado por el amor (Testimonios para la iglesia, tomo 7, pp. 201-203).


 

Miércoles 30 de noviembre :


Miércoles 30 de noviembre: La irracionalidad del mal Para muchos el origen del pecado y el por qué de su existencia es causa de gran perplejidad. Ven la obra del mal con sus terribles resultados de dolor y desolación, y se preguntan cómo puede existir todo eso bajo la soberanía de Aquel cuya sabiduría, poder y amor son infinitos. Es esto un misterio que no pueden explicarse. Y su incertidumbre y sus dudas los dejan ciegos ante las verdades plenamente reveladas en la Palabra de Dios y esenciales para la salvación. Hay quienes, en sus investigaciones acerca de la existencia del pecado, tratan de inquirir lo que Dios nunca reveló; de aquí que no encuentren solución a sus dificultades; y los que son dominados por una disposición a la duda y a la cavilación lo aducen como disculpa para rechazar las palabras de la Santa Escritura. Otros, sin embargo, no se pueden dar cuenta satisfactoria del gran problema del mal, debido a la circunstancia de que la tradición y las falsas interpretaciones han obscurecido las enseñanzas de la Biblia referentes al carácter de Dios, la naturaleza de su gobierno y los principios de su actitud hacia el pecado... Nada se enseña con mayor claridad en las Sagradas Escrituras que el hecho de que Dios no fue en nada responsable de la introducción del pecado en el mundo, y de que no hubo retención arbitraria de la gracia de Dios, ni error alguno en el gobierno divino que dieran lugar a la rebelión. El pecado es un intruso, y no hay razón que pueda explicar su presencia. Es algo misterioso e inexplicable; excusarlo equivaldría a defenderlo. Si se pudiera encontrar alguna excusa en su favor o señalar la causa de su existencia, dejaría de ser pecado. La única definición del pecado es la que da la Palabra de Dios: “El pecado es transgresión de la ley”; es la manifestación exterior de un principio en pugna con la gran ley de amor que es el fundamento del gobierno divino. Antes de la aparición del pecado había paz y gozo en todo el universo. Todo guardaba perfecta armonía con la voluntad del Creador. El amor a Dios estaba por encima de todo, y el amor de unos a otros era imparcial (El conflicto de los siglos, pp. 546, 547). David fue llamado hombre según el corazón de Dios cuando andaba de acuerdo con su consejo. Cuando pecó, dejó de serlo hasta que, por arrepentimiento, hubo vuelto al Señor. La Palabra de Dios manifiesta claramente: “Esto que David había hecho, fue desagradable a los ojos de Jehová”... Aunque David se arrepintió de su pecado, y fue perdonado y aceptado por el Señor, cosechó la funesta mies de la siembra que él mismo había sembrado. Los juicios que cayeron sobre él y sobre su casa atestiguan cuánto aborrece Dios al pecado. Hasta entonces la providencia de Dios había protegido a David de todas las conspiraciones de sus enemigos, y se había ejercido directamente para refrenar a Saúl. Pero la transgresión de David había cambiado su relación con Dios. En ninguna forma podía el Señor sancionar la iniquidad. No podía ejercitar su poder para proteger a David de los resultados de su pecado como le había protegido de la enemistad de Saúl. Se produjo un gran cambio en David mismo. Quebrantaba su espíritu la comprensión de su pecado y de sus abarcantes resultados. Se sentía humillado ante los ojos de sus súbditos. Su influencia sufrió menoscabo. Hasta entonces su prosperidad se había atribuido a su obediencia concienzuda a los mandamientos del Señor. Pero ahora sus súbditos, conociendo el pecado de él, podrían verse inducidos a pecar más libremente. En su propia casa, se debilitó su autoridad y su derecho a que sus hijos le respetasen y obedeciesen. Cierto sentido de su culpabilidad le hacía guardar silencio cuando debiera haber condenado el pecado; y debilitaba su brazo para ejecutar justicia en su casa. Su mal ejemplo influyó en sus hijos, y Dios no quiso intervenir para evitar los resultados. Permitió que las cosas tomaran su curso natural, y así David fue castigado severamente... Dios quiso que la historia de la caída de David sirviera como una advertencia de que aun aquellos a quienes él ha bendecido y favorecido grandemente no han de sentirse seguros ni tampoco descuidar el velar y orar. Así ha resultado para los que con humildad han procurado aprender lo que Dios quiso enseñar con esa lección. De generación en generación, miles han sido así inducidos a darse cuenta de su propio peligro frente al poder tentador del enemigo común. La caída de David, hombre que fue grandemente honrado por el Señor, despertó en ellos la desconfianza de sí mismos. Comprendieron que solo Dios podía guardarlos por su poder mediante la fe. Sabiendo que en él estaba la fortaleza y la seguridad, temieron dar el primer paso en tierra de Satanás (Patriarcas y profetas, pp. 782-784).

Jueves 1 de diciembre: El desafío de la fe


El cristiano que ama a su Padre celestial puede no discernir por providencias externas o señales visibles algún favor celestial dado de arriba a aquellos con poca o ninguna consagración. A menudo está sumamente afligido, angustiado, perplejo y rodeado por todos lados. Las apariencias parecen estar contra él...

José era virtuoso y su carácter estaba marcado por la verdadera bondad y firmeza de propósito, sin embargo fue difamado, perseguido y tratado como un criminal; pero Dios tenía señaladas victorias para José aun cuando aparentaba sufrir a causa de su buen proceder. Daniel fue arrojado en el foso de los leones a causa de su firme adherencia al principio y su lealtad a Dios, pero triunfó finalmente y Dios fue glorificado mediante su siervo a quien él permitió que fuese humillado. Job fue despojado de sus tesoros terrenales, privado de sus hijos y convertido en un espectáculo de repugnancia para sus amigos, pero en la hora de Dios, él mostró que no había abandonado a su siervo...

El justo y fiel Esteban fue apedreado hasta la muerte por los enemigos de Cristo. Seguramente no parecía que Dios estuviera fortaleciendo su causa en la tierra permitiendo triunfar así a los impíos, pero en esta misma circunstancia Pablo fue convertido a la fe y mediante su palabra miles fueron llevados a la luz del evangelio. El amado, afectuoso Juan estuvo en el exilio en la solitaria isla de Patmos, pero allí Jesús se encontró con él...

Le fue permitido mirar el trono de Dios y contemplar a los redimidos de ropas blancas que habían venido de gran tribulación y que habían lavado y blanqueado sus ropas en la sangre del Cordero. Si somos llamados a entrar en el homo de fuego por amor de Jesús, él estará a nuestro lado, así como estuvo con los tres fieles en Babilonia (En lugares celestiales, p. 271).