CAPÍTULO 10
La ira de Eliú
Alguna vez usted ha tenido una gran ira? Ira es un término extraño en el vocabulario del siglo XXI. El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la define como un «sentimiento de indignación que causa enojo». Todos nos hemos enojado en algún momento. La ira no es algo prohibido, o pecaminoso. De hecho, Efesios 4: 26 dice: «Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo». En otras palabras, es posible airarse sin pecar. No obstante, los límites de nuestra ira o enojo, en términos temporales, deben cesar al final del día.
En nuestro relato Eliú se siente extremadamente airado. ¿Por qué se enojó tanto?
En gran parte del libro de Job continúa la discusión entre el patriarca y sus amigos. Cada uno intenta justificar sus creencias mediante razonamientos lógicos y una fluida retórica. En realidad, es una competencia injusta: tres en contra de uno. Luego empeora. Sin embargo, durante aquel diálogo se ponen de manifiesto importantes verdades que no pueden pasarse por alto: «Así mi cuerpo se va gastando como comido de carcoma, como un vestido que roe la polilla» (Job 13: 28). Es un hecho que nuestros cuerpos se desgastan bajo los efectos del pecado. Adán y Eva fueron creados para vivir eternamente, pero todo eso cesó con la llegada del pecado. Es cierto que vivieron durante bastante tiempo.
De acuerdo con las Escrituras, Adán murió de 930 años. Una edad sorprendente. La abuela de mi esposa tiene 99 años. El próximo año, si Dios lo permite, celebraremos sus 100 años. ¡Qué maravilloso!
Nos gozamos cuando la gente alcanza un siglo de edad. Pero el plan original de Dios era que viviéramos para siempre.
Muchos que llegan a una edad avanzada lidiando con graves problemas de salud. Pero sabemos que todos tenemos una cita con la muerte. La muerte y la tumba serán parte de este mundo hasta que Jesús regrese. Nos deterioramos, nos desgastamos y morimos.
Nuestros cuerpos actuales no están preparados para la eternidad.
Por ello el Nuevo Testamento nos dice: «Cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: "Sorbida es la muerte en victoria". ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? ¿Dónde, sepulcro, tu victoria?, porque el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la Ley. Pero gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo» (1 Cor. 15: 54-57).
Esa transición de lo corruptible a lo incorruptible, y de lo mortal a la inmortalidad es necesaria debido a que la carne pecaminosa no puede heredar el reino de Dios (1 Cor. 15: 50). La impureza de nuestra humanidad nos hace incompatibles con la santa naturaleza de Dios. Es necesario nacer de nuevo, según Jesús le explicó a Nicodemo. «De cierto, de cierto te digo que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios» (Juan 3 : 3 ) .
Necesitamos una renovación tanto física como espiritual, un nuevo nacimiento que únicamente Dios puede proveer. Primero ocurrirá la renovación espiritual y luego la física, según lo ha pro10. La ¡ra de Eliú • 83 metido Dios. Después de todo, él es el dador de las promesas y el que honra las mismas. Job sabía que un día dejaría de existir y que sería devorado por los gusanos, pero categóricamente afirma que vería a su redentor, y ese redentor es Jesucristo (Job 19: 25-27).
Quizá Job fue más allá de sus conocimientos para apoyarse en su fe. Él se hizo eco de la fe manifestada en las palabras de Pablo en 2 Corintios 4: 16-18: «Por tanto, no desmayamos; antes, aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día, pues esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven, pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas».
Por fe Job entendió que la muerte no es un «punto» colocado al final de la vida; que no es el fin de todo; que es solo punto de espera para aquellos que aman a Dios.
Jesús dijo que únicamente los puros de corazón verán a Dios (Mat. 5: 8). Job, un hombre sin tacha, recto, temeroso de Dios y apartado del mal, debe de haber tenido un corazón puro. También se define o se equipara la sabiduría con temer a Dios, o respetarlo. David escribió: «Dice el necio en su corazón: "No hay Dios"» (Sal. 14: 1; 53: 1).
Como ya hemos dicho, todos los amigos de Job, y el mismo patriarca también, expresan percepciones muy limitadas, porque su conocimiento es limitado. Todos nosotros «vemos por espejo, oscuramente» (1 Cor. 13: 12). Las nuevas tecnologías hacen que la información se multiplique. Aunque esa información nos ayuda a adquirir más conocimiento, nadie lo sabe todo.
Solo conocemos lo que Dios ha revelado de sí mismo. L1 no nos lo ha dicho todo acerca de él y de sus caminos. De modo que deberíamos hablar de las cosas profundas de Dios con gran humildad, reconociendo que «las cosas secretas pertenecen a Dios» (Deut. 29: 29).
Ahora bien, en Job 32: 1-5, el grupo EBZ, quizá en medio de su frustración, concluye su debate con Job porque «él se hacía justo a sí mismo». Luego aparece Eliú, cuyo nombre significa «él es mi Dios». ¿Dónde había estado este personaje? Quizá él llegó más tarde, o a lo mejor había estado allí todo el tiempo. Parece que él estuvo escuchando, pensando y sopesando el diálogo entre Job y el grupo EBZ. Aparentemente, él era amigo de los demás, o quizá un allegado a Job. Él es el último en hablar, debido a que los otros eran mayores que él; por respeto esperó su turno. Pero él se muestra como un airado joven y su enojo se menciona unas cuatro veces. Su enojo es específico. Él se incomoda al escuchar a los otros tres y a Job, en parte porque Job intentaba exonerarse todo el tiempo. Él no aceptaba los argumentos del grupo EBZ, que enfatizaban que Job debía ser un grosero pecador para haber recibido aquel castigo, una retribución divina, directamente de la mano de Dios. Asimismo, criticó al grupo EBZ debido a que no habían presentado una respuesta satisfactoria y coherente a los argumentos que Job utilizaba para defenderse. Eliú llegó a la conclusión de que ambas partes habían descrito mal a Dios.
¿Había alguna justificación para el enojo de Eliú? ¿Podríamos acaso llamarle «justa o santa» indignación a su ira? La indignación justa, esa que surge por la injusticia o la falsedad, por lo general es objetiva y no tomará en cuenta intereses propios o egoístas. Cuando nos enojamos porque Dios es representado en forma impropia, eso será una justa o santa indignación. Jesús mostró esa misma indignación cuando la casa de su Padre había sido convertida en una cueva de ladrones (Luc. 19: 46).
Sin embargo, deberíamos pensar cuidadosamente antes de manifestar nuestro enojo. Siempre debemos pensar en el momento y el lugar, así como en las palabras que pronunciaremos en un momento de ira. Eliú menciona varios puntos que siguen teniendo vigencia hasta el día de hoy: / Primero: Dios no puede hacer nada malo (Job 34: 10), porque él es un ser santo, justo y puro.
/ Segundo: Dios no castiga injustamente a nadie. Él es justo y recompensará a la gente de acuerdo con sus obras (Apoc. 22: 12). / Tercero: Dios podría destruir toda la vida en la tierra si así lo decidiera.

El problema con el argumento de Eliú no radica en los señalamientos que hace, sino en la suposición de que Job era culpable de haber pecado.
No obstante, aunque presenta una notable defensa de Dios, Eliú no dice nada del carácter misericordioso del Creador.
«Aunque se dieron todas estas pruebas evidentes, el enemigo del bien cegó el entendimiento de los seres humanos, para que miraran a Dios con temor y lo considerasen severo e implacable. Satanás indujo a los hombres a concebir a Dios como un ser cuyo principal atributo es una justicia implacable, como juez severo, acreedor duro y exigente. Representó al Creador como un ser que velase con ojo inquisidor para descubrir las faltas y los errores de los seres humanos y hacer caer juicios sobre ellos. A fin de disipar esta negra sospecha vino el Señor Jesús a vivir entre nosotros, y manifestó al mundo el amor infinito de Dios.
«Jesús no suprimía una palabra de la verdad, pero siempre la expresaba con amor. En su trato con la gente hablaba con el mayor tacto, cuidado y misericordiosa atención. Nunca fue rudo ni pronunció innecesariamente una palabra severa, ni ocasionó a un alma sensible una pena innecesaria. No censuraba la debilidad humana. Decía la verdad, pero siempre con cariño. Denunciaba la hipocresía, la incredulidad y la iniquidad; pero las lágrimas velaban su voz cuando profería sus penetrantes reprensiones. [...] «Este fue el carácter que Cristo reveló en su vida, y ese el carácter de Dios. Del corazón del Padre es de donde manan para todos los seres humanos los ríos de la compasión divina, demostrada por Cristo. Jesús, el tierno y piadoso Salvador, era Dios "que se manifestó como hombre"».'
En realidad parecería una mala representación del carácter de Dios, juzgar a la gente con rigidez, sin mostrar compasión alguna. Quizá pensemos que ser compasivos con la gente, equivale a condonar su pecado. Quizá no deseamos que nos consideren «flojos » con el pecado; somos de los que creemos que es necesario llamar al pecado por su nombre, detalles. Me hubiera gustado conocer esto hace mucho tiempo, pues hubiera sido más bondadoso cuando tuve enfrentar a los que habían hecho algo malo. Pero yo, así como muchos otros, soy un proyecto no terminado.
Es claro que los amigos de Job se enfocaron únicamente en la justicia de Dios; pero fracasaron al no entender plenamente su naturaleza. Podría ser que ellos mismos jamás hubieran tenido una estrecha relación con Dios.
Cuando contemplamos el mal y la presencia del pecado, tenemos que recordar que ambos constituyen una misteriosa irracionalidad. Pablo lo llama el «misterio de la iniquidad» (2 Tes. 2: 7).
Un misterio es un secreto profundo. Aunque podemos leer acerca de la caída de Lucifer y de su transición a Satanás, no podemos explicar que ese personaje angelical se haya inclinado por el pecado y por la rebelión. Podríamos explicarlo, pero quizá no entenderlo cabalmente. No tiene sentido escoger una senda de autodestrucción que ha arruinado al mundo.
La práctica del pecado y del mal provoca profundos dolores y pérdidas, por lo que es irracional que la escojamos. Por otro lado, los placeres del pecado parecen tan atractivos que a menudo los preferimos, en lugar de entrar en una obediencia que conduce al crecimiento.
Aunque ahora conocemos lo que sucedió (Eze. 28: 12-17), vemos que los amigos de Job y Eliú fracasaron al no incluir la actuación de Satanás, el diablo, en sus razonamientos. ¿Cómo pudieron hacer eso? Ellos no sabían que todo lo que se le había venido encima a Job, todo su sufrimiento, no era culpa de él; sino el resultado del intento de Satanás de probar que Dios y Job eran seres llenos de falsedad. Satanás fracasó miserablemente, debido a que Job, un inocente espectador, mantuvo su fe en Dios. A menudo he considerado la fe como la moneda del cielo. Dios honra nuestra fidelidad. Cuando leemos de los milagros de Jesús, encontramos en esos episodios gente que puso de manifiesto su fe. Mateo 9: 18-30 registra tres acontecimientos que revelan la importancia de nuestra fe: la mujer con el flujo de sangre, la resurrección de la hija del dirigente de la sinagoga, y la curación de dos ciegos.
El ataque contra Job puede ser considerado como un ataque a su fe. Nuestra fe, así como la de Job, es una herramienta poderosa en la batalla de la santidad. Dios siempre recompensa nuestra fe en él. Quizá sea por eso que 1 Juan 5: 4 nos dice: «Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe».
Satanás conoce la importancia de nuestra fe, sabe que si confiamos plenamente en Dios seremos más que vencedores. En tanto que Satanás intentó destruirlo, Dios recompensó la fe de )ob. No tengo dudas de que también recompensará la nuestra.


Referencias 1. Elena G. de White, El camino a Cristo, cap. 1, pp. 16-18.