Notas EGW

Lección 1
El fin

Sábado 24 de septiembre

La de Adán fue una vida de tristeza, humildad y contrición. Cuando salió del Edén, la idea de que tendría que morir le hacía estremecerse de terror. Conoció por primera vez la realidad de la muerte en la familia humana cuando Caín su primogénito, asesinó a su hermano. Lleno del más agudo remordimiento por su propio pecado, y doblemente acongojado por la muerte de Abel y el rechazamiento de Caín, Adán estaba abrumado por la angustia. Veía cómo por doquiera se esparcía la corrupción que iba a causar finalmente la destrucción del mundo mediante un diluvio; y a pesar de que la sentencia de muerte pronunciada sobre él por su Hacedor le había parecido terrible al principio, después de presenciar durante casi mil años los resultados del pecado, Adán llegó a considerar como una misericordia el que Dios pusiera fin a su vida de sufrimiento y dolor (Patriarcas y profetas, p. 69).
Cuando Jesús estuvo en el sepulcro, Satanás triunfó. Se atrevió a esperar que el Salvador no resucitase. Exigió el cuerpo del Señor, y puso su guardia en derredor de la tumba procurando retener a Cristo preso. Se airó acerbamente cuando sus ángeles huyeron al acercarse el mensajero celestial. Cuando vio a Cristo salir triunfante, supo que su reino acabaría y que él habría de morir finalmente (El Deseado de todas las gentes, p. 728).
Una de las verdades más solemnes y más gloriosas que revela la Biblia, es la de la segunda venida de Cristo para completar la gran obra de la redención. Al pueblo peregrino de Dios, que por tanto tiempo hubo de morar “en región y sombra de muerte”, le es dada una valiosa esperanza inspiradora de alegría con la promesa de la venida de Aquel que es “la resurrección y la vida” para hacer “volver a su propio desterrado”. La doctrina del segundo advenimiento es verdaderamente la nota tónica de las Sagradas Escrituras. Desde el día en que la primera pareja se alejara apesadumbrada del Edén, los hijos de la fe han esperado la venida del Prometido que había de aniquilar el poder destructor de Satanás y volverlos a llevar al paraíso perdido. Hubo santos desde los antiguos tiempos que miraban hacia el tiempo del advenimiento glorioso del Mesías como hacia la consumación de sus esperanzas. Enoc, que se contó entre la séptima generación descendiente de los que moraran en el Edén y que por tres siglos anduvo con Dios en la tierra, pudo contemplar desde lejos la venida del Libertador. “He aquí que viene el Señor, con las huestes innumerables de sus santos ángeles, para ejecutar juicio sobre todos” (S. Judas ^ 14, 15, V.M.). El patriarca Job, en la lobreguez de su aflicción, exclamaba con confianza inquebrantable: “Pues yo sé que mi Redentor vive, y que en lo venidero ha de levantarse sobre la tierra… aun desde mi carne he de ver a Dios; a quien yo tengo de ver por mí mismo, y mis ojos le mirarán; y ya no como a un extraño” (Job 19:25-27, V.M.) (El conflicto de los siglos, p. 344).

 

Domingo 25 de septiembre:
¿Felices para siempre?


De acuerdo con su fe, fue tratado Job. “Me probará dijo, y saldré como oro”. Así ocurrió. Por medio de su paciente resistencia vindicó su propio carácter y de ese modo el carácter de Aquel de quien era representante. Y “quitó Jehová la aflicción de Job… y aumentó al doble todas las cosas que habían sido de Job… y bendijo Jehová el postrer estado de Job más que el primero” (Job 42:10 -12) (La educación, p. 156).
“Bienaventurado el pueblo cuyo Dios es Jehová” (Salmo 144:15).
Para hallar felicidad y paz en todo lo que emprendáis, debéis hacerlo para la gloria de Dios. Para sentir paz en el corazón, debéis tratar ardientemente de imitar la vida de Cristo. Entonces no habrá necesidad de aparentar alegría o de buscar placer en la satisfacción del orgullo y en las vanidades del mundo.
Gozaréis de una serenidad y felicidad en el bienhacer que jamás hubierais experimentado al seguir el mal. Jesús aceptó la naturaleza humana y pasó por la infancia, niñez y juventud para estar en condiciones de comprender a todos … Dado su amor, ha abierto una fuente de placer y gozo para el alma que confía en él… Os ruego que cultivéis seriamente el sentido de vuestra responsabilidad frente a Dios. Al tener conciencia de que hacéis lo que Dios puede aprobar, os sentiréis fuertes en su fortaleza; y al imitar al Modelo, lo mismo que él, creceréis en sabiduría y gracia para con Dios y los hombres.
Los que hacen de Dios lo primero, lo último y lo mejor, son el pueblo más feliz del mundo (Meditaciones matinales 1952, p. 166)
Los padres y las madres que ponen a Dios en primer lugar en su familia, que enseñan a sus hijos que el temor del Señor es el principio de la sabiduría, glorifican a Dios delante de los ángeles y delante de los hombres, presentando al mundo una familia bien ordenada y disciplinada, una familia que ama y obedece a Dios, en lugar de rebelarse contra él. Cristo no es un extraño en sus hogares; su nombre es un nombre familiar, venerado y glorificado. Los ángeles se deleitan en un hogar donde Dios reina supremo, y donde se enseña a los niños a reverenciar la religión, la Biblia y al Creador. Las familias tales pueden aferrarse a la promesa: “Yo honraré a los que me honran”. Y cuando de un hogar tal sale el padre a cumplir sus deberes diarios, lo hace con un espíritu enternecido y subyugado por la conversación con Dios.
Solo la presencia de Cristo puede hacer felices a hombres y mujeres.
Cristo puede transformar todas las aguas comunes de la vida en vino celestial. El hogar viene a ser entonces un Edén de bienaventuranza; la familia, un hermoso símbolo de la familia celestial (El hogar cristiano, pp. 23,24).

 

Lunes 26 de septiembre:
Finales no felices


Cuando Juan el Bautista apareció como heraldo del Mesías, conmovió a la nación. Grandes multitudes constituidas por toda clase de personas seguían sus pasos de un lugar a otro. Pero todo cambió cuando llegó Aquel acerca de quien había dado testimonio. Las multitudes siguieron a Jesús, y la obra de Juan pareció llegar a su fin. Sin embargo, su fe no vaciló. “Es necesario que él crezca dijo pero que yo mengüe”.
Transcurrió el tiempo y no se estableció el reino que Juan había esperado confiadamente. En la celda donde lo arrojó Herodes, privado del aire vivificador y de la libertad del desierto, esperó y veló. No hubo despliegue de armas ni se hicieron pedazos las puertas de la prisión, pero la curación de los enfermos, la predicación del evangelio, la elevación de las almas de los hombres, dieron testimonio de la misión de Cristo.
Solo en la celda, al ver a qué fin semejante al de su Maestro lo conducía su senda, Juan aceptó su destino: la comunión con Cristo en los padecimientos.
Los mensajeros celestiales lo acompañaron hasta el sepulcro. Los seres del universo, caídos y no caídos, fueron testigos de la reivindicación de su servicio abnegado.
Y en todas las generaciones que han surgido desde entonces, las almas dolientes han sido sostenidas por el testimonio de la vida de Juan. En la cárcel, en el cadalso, en la hoguera, los hombres y mujeres han sido fortalecidos a través de los siglos de tinieblas, por el recuerdo de aquel de quien Cristo declaró: “Entre los que nacen de mujer, no se ha levantado otro mayor”. “¿Y qué más digo? Porque
el tiempo me faltaría contando de Gedeón, de Barac, de Sansón, de Jefté… así como de Samuel y de los profetas; que por fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de espada, sacaron fuerza de debilidad, se hicieron fuertes en batallas, pusieron en fuga ejércitos extranjeros” (La educación, pp. 157,158).
En todos los tiempos los testigos señalados por Dios se han expuesto al vituperio y la persecución por amor a la verdad. José fue calumniado y perseguido porque mantuvo su virtud e integridad. David, el mensajero escogido de Dios, fue perseguido por sus enemigos como una fiera. Daniel fue echado al foso de los leones porque se mantuvo fiel al cielo. Job fue privado de sus posesiones terrenales y estuvo tan enfermo que le aborrecieron sus parientes y amigos; pero aun así mantuvo su integridad. Jeremías no pudo ser disuadido de decir las palabras que Dios le había ordenado hablar; y su testimonio enfureció tanto al rey y a los príncipes que le echaron en una inmunda mazmorra.
Esteban fue apedreado porque predicó a Cristo y su crucifixión. Pablo fue encarcelado, azotado con varas, apedreado y finalmente muerto porque fue un fiel mensajero de Dios a los gentiles. Y Juan fue desterrado a la isla de Patmos “por la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo”.
Estos ejemplos de constancia humana atestiguan la fidelidad de las promesas de Dios, su constante presencia y su gracia sostenedora. Testificaron del poder de la fe para resistir a las potestades del mundo. Es obra de la fe confiar en Dios en la hora más obscura, y sentir, a pesar de ser duramente probados y azotados por la tempestad, que nuestro Padre empuña el timón. Solo el ojo de la fe puede ver más allá de las cosas presentes para estimar correctamente el valor de las riquezas eternas (Los hechos de los apóstoles, pp. 459,460).

 

Martes 27 de septiembre:
La restauración (parcial)


Los libros del cielo, en los cuales están consignados los nombres y los actos de los hombres, determinarán los fallos del juicio. El profeta Daniel dice: “El Juez se sentó, y los libros se abrieron”. San Juan, describiendo la misma escena en el Apocalipsis, agrega: “Y otro libro fue abierto, el cual es de la vida: y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras” (Apocalipsis 20:12).
El libro de la vida contiene los nombres de todos los que entraron alguna vez en el servicio de Dios. Jesús dijo a sus discípulos: “Gozaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos” (S. Lucas 10:20). San Pablo habla de sus fieles compañeros de trabajo, “cuyos nombres están en el libro de la vida” (Filipenses 4:3). Daniel, vislumbrando un “tiempo de angustia, cual nunca fue”, declara que el pueblo de Dios será librado, es decir, “todos los que se hallaren escritos en el libro” (Daniel 12:1). Y San Juan dice en el Apocalipsis que solo entrarán en la ciudad de Dios aquellos cuyos nombres “están escritos en el libro de la vida del Cordero” (Apocalipsis 21:27) (El conflicto de los siglos, p. 534).
Mediante la oración y la comunión con Dios Enoc pudo escapar de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia. Estamos viviendo en los peligros de los últimos días, y debemos recibir nuestra fuerza de la misma Fuente. Debemos caminar con Dios. Se nos pide una separación del mundo, porque no podemos quedar libres de su contaminación a menos que sigamos el ejemplo del fiel Enoc…
Los que profesan la religión de Cristo deberían comprender la responsabilidad que pesa sobre ellos. Deberían darse cuenta que esto es una obra individual (En lugares celestiales, p. 70).
Nuestro Señor Jesucristo vino a este mundo como siervo para suplir incansablemente la necesidad del hombre. “El mismo tomó nuestras enfermedades y llevó nuestras dolencias” (S. Mateo 8:17), para atender a todo menester humano. Vino para quitar la carga de enfermedad, miseria y pecado.
Era su misión ofrecer a los hombres completa restauración; vino para darles salud, paz y perfección de carácter.
Variadas eran las circunstancias y necesidades de los que suplicaban su ayuda, y ninguno de los que a él acudían quedaba sin socorro. De él fluía un caudal de poder curativo que sanaba de cuerpo, espíritu y alma a los hombres (El ministerio de curación, p. 11).

 

Miércoles 28 de septiembre:
El reino final


Dios nos ha dado una elevada norma para alcanzar. A fin de capacitar al hombre para llegar a ella, Dios envió al mundo a su Hijo unigénito. Cristo hizo un sacrificio infinito en nuestro favor. Puso a un lado su corona regia y su manto real, revistió su divinidad con humanidad, y vino al mundo a enseñar a los hombres las leyes de la vida y la salvación, las que ellos debían cumplir al pie de la letra a fin de tener vida eterna en el reino de gloria.
Satanás sostenía que era imposible que los seres humanos pudieran guardar la ley de Dios. A fin de probar la falsedad de esta denuncia, Cristo dejó su elevado imperio, tomó sobre sí la naturaleza del hombre y vino a la tierra para colocarse a la cabeza de la raza caída, a fin de mostrar que la humanidad podía soportar las tentaciones de Satanás. Se convirtió en la Cabeza de la humanidad, para ser asaltado con tentaciones en cada punto, como la naturaleza humana caída habría de ser tentada, a fin de que pudiera saber cómo socorrer a los que son tentados. Llevando nuestra naturaleza, fue leal a la norma de justicia de Dios y obtuvo la victoria sobre Satanás. Fue tentado en todo tal como nosotros lo somos, pero sin pecado.
Antes que Cristo viniera en persona para revelar el carácter de su Padre, Satanás pensó que tenía a todo el mundo de su lado, y todavía hoy el enemigo está empeñado en ganar la partida con cada uno… Hemos de ser representantes de Cristo en este mundo. Él nos llamó a la gloria y la virtud. Tal como Cristo representó al Padre, así debemos hacerlo ante el mundo, porque al representar a Cristo estamos representando al Padre, quien se encuentra en todo lugar para ayudar donde sea necesario.
Tenemos una gran obra que realizar por el Maestro. Considerando cuánto sacrificó Jesús en nuestro favor al dar su vida por nuestra salvación, ¿permitiremos que se avergüence de nosotros por nuestra conducta?
Es para la gloria de Dios que nos da de su virtud. Anhela que nos elevemos al más alto nivel. Cuando mediante una fe viva nos aferramos del poder de un Cristo viviente; cuando imploramos sus promesas indefectibles y las reclamamos como nuestras; cuando buscamos el poder del Espíritu Santo, estamos comiendo la carne y bebiendo la sangre del Hijo de Dios (Alza tus ojos, p. 170).
Jesús no presentó a sus seguidores la esperanza de alcanzar gloria y riquezas terrenas ni de vivir una vida libre de pruebas. Al contrario, los llamó a seguirle en el camino de la abnegación y el vituperio. El que vino para redimir al mundo fue resistido por las fuerzas unidas del mal. En confederación despiadada, los hombres malos y los ángeles caídos se opusieron al Príncipe de Paz. Todas las palabras y los hechos de él revelaron divina compasión, y su diferencia del mundo provocó la más amarga hostilidad.
Así será con todos los que deseen vivir píamente en Cristo Jesús.
Persecuciones y vituperios esperan a todos los que estén dominados por el espíritu de Cristo. El carácter de la persecución cambia con los tiempos, pero el principio el espíritu que la fomenta es el mismo que siempre mató a los escogidos del Señor desde los días de Abel (Los hechos de los apóstoles, p. 460).

 

Jueves 29 de septiembre:
La resurrección y la vida


Sobre la tumba abierta de José, Cristo había proclamado triunfante: “Yo soy la resurrección y la vida”. Únicamente la Divinidad podía pronunciar estas palabras. Todos los seres creados viven por la voluntad y el poder de Dios. Son receptores dependientes de la vida de Dios. Desde el más sublime serafín hasta el ser animado mas humilde, todos son renovados por la Fuente de la vida. Únicamente el que es uno con Dios podía decir: Tengo poder para poner mi vida, y tengo poder para tomarla de nuevo. En su divinidad, Cristo poseía el poder de quebrar las ligaduras de la muerte.
Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de aquellos que dormían.
Estaba representado por la gavilla agitada, y su resurrección se realizó en el mismo día en que esa gavilla era presentada delante del Señor. Durante más de mil años, se había realizado esa ceremonia simbólica. Se juntaban las primeras espigas de grano maduro de los campos de la mies, y cuando la gente subía a Jerusalén para la Pascua, se agitaba la gavilla de primicias como ofrenda de agradecimiento delante de Jehová. No podía ponerse la hoz a la mies para juntarla en gavillas antes que esa ofrenda fuese presentada. La gavilla dedicada a Dios representaba la mies. Asi también Cristo, las primicias, representaba la gran mies espiritual que ha de ser juntada para el reino de Dios. Su resurrección es símbolo y garantía de la resurrección de todos los justos muertos. “Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con él a los que durmieron en Jesús” (El Deseado de todas las gentes, pp. 729,730).
“Respondió Jehová a Job desde un torbellino” (Job 38:1), y reveló a su siervo la grandeza de su poder. Cuando Job alcanzó a vislumbrar a su Creador, se aborreció a sí mismo y se arrepintió en el polvo y la ceniza.
Entonces el Señor pudo bendecirle abundantemente y hacer de modo que los últimos años de su vida fuesen los mejores.
La esperanza y el valor son esenciales para dar a Dios un servicio perfecto.
Son el fruto de la fe. El abatimiento es pecaminoso e irracional. Dios puede y quiere dar “más abundantemente” (Hebreos (6:17) a sus siervos la fuerza que necesitan para las pruebas. Los planes de los enemigos de su obra pueden parecer bien trazados y firmemente asentados; pero Dios puede anular los más enérgicos de ellos. Y lo hace cómo y cuándo quiere; a saber cuando ve que la fe de sus siervos ha sido suficientemente probada.
Para los desalentados hay un remedio seguro en la fe, la oración y el trabajo. La fe y la actividad impartirán una seguridad y una satisfacción que aumentarán de día en día. ¿Estáis tentados a ceder a presentimientos ansiosos o al abatimiento absoluto? En los días más sombríos, cuando en apariencia hay más peligro, no temáis. Tened fe en Dios. El conoce vuestra necesidad.
Tiene toda potestad. Su compasión y amor infinitos son incansables. No temáis que deje de cumplir su promesa. El es la verdad eterna. Nunca cambiará el pacto que hizo con los que le aman. Y otorgará a sus fieles siervos la medida de eficiencia que su necesidad exige. El apóstol Pablo atestiguó:
“Me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi potencia en la flaqueza se perfecciona.
.. Por lo cual me gozo en las flaquezas, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias por Cristo; porque cuando soy flaco, entonces soy poderoso” (2 Corintios 12:9, 10) (Profetas y reyes, pp. 120, 121).
Viernes 30 de septiembre: Para estudiar y meditar
Patriarcas y profetas, pp. 13-23.