Comentario E.G. White
Lección 9
Jesús las ministraba en sus necesidades

Sábado 20 de agosto

Al hacerse planes para la extensión de la obra, debe abarcarse mucho más que las ciudades. En los lugares alejados existen muchas, muchas familias de las cuales debe cuidarse a fin de saber si entienden la obra que Jesús está haciendo por su pueblo.
No ha de descuidarse a los que se encuentren en los caminos, ni tampoco a los que están en los vallados; y mientras viajamos de lugar en lugar, y pasamos por una casa tras otra, debemos siempre preguntar: “¿Han escuchado el mensaje las personas que viven en este lugar? ¿Ha sido presentada a su oído la verdad de la Palabra de Dios? ¿Comprenden ellos que el fin de todas las cosas es inminente, y que los juicios de Dios están cercanos? ¿Se dan cuenta de que cada alma ha sido comprada a un costo infinito?” Mientras medito en estas cosas, siento en mi corazón un profundo anhelo porque la verdad sea llevada con sencillez a los hogares de estas personas que viven a lo largo de los caminos y en lugares muy distantes de los densos centros de población...
Tenemos el privilegio de visitarlos y familiarizarlos con el amor de Dios por ellos y con su maravillosa provisión hecha para la salvación de sus almas. En esta obra que se hace en los caminos y los vallados, hay serias dificultades que vencer. Mientras el obrero busca las almas no ha de temer ni ha de desanimarse, pues Dios es su ayudador, y continuará auxiliándolo; y abrirá caminos ante sus siervos (El evangelismo, p. 38).
Los que profesan creer en la verdad traten diligentemente de seguir las pisadas del Maestro, ayudando a todos los que necesitan un Salvador. Cristo ha presentado claramente las condiciones de las cuales depende la salvación. Dice “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Mateo 16:24). Sí, siga a Cristo. Deje que cada alma sincera que desea obedecer a Dios camine en las pisadas del Redentor. Debemos ser humildes y mansos de corazón. Debemos producir frutos de justicia de acuerdo con las capacidades que Dios nos ha dado...
Cristo dice: “He aquí, he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar” (Apocalipsis 3:8). Entonces, pues, no desanimemos a los demás hablando de defectos del carácter. Hable de la luz; el cielo está lleno de luz. Cristo es la luz del mundo. Pronuncie palabras de esperanza, de fortaleza, de consuelo. Desvíe su mirada de las imperfecciones de los demás, y muestre a los que la rodean, por medio de la piedad práctica, un camino mejor (Alza tus ojos, p. 326).
Tendremos éxito si avanzamos con fe, decididos a hacer la obra de Dios con inteligencia. No debemos permitimos ser estorbados por hombres que gustan de estar del lado negativo, mostrando muy poca fe. La obra misionera de Dios ha de ser llevada adelante por hombres de mucha fe y ha de crecer continuamente en fuerza y eficiencia (Mente, carácter y personalidad, tomo 1, p. 45).

Domingo 21 de agosto:
Interrupciones al ministrar

Solo Cristo pudo llevar las aflicciones de muchos. “En toda angustia de ellos él fue angustiado” (Isaías 63:9). Nunca provocó una enfermedad a su propia carne, pero llevó las enfermedades ajenas. Con la más tierna simpatía contemplaba a los dolientes que lo rodeaban. Gimió en espíritu cuando vio la obra de Satanás revelada en toda su maldad, e hizo suyo cada caso de necesidad y dolor...
El poder del amor estuvo en toda su curación. Identificó sus intereses con los de la humanidad doliente (A fin de conocerle, p. 50).
Mientras enseñaba y sanaba, todas las energías de su mente y su cuerpo eran esforzadas hasta el límite; no obstante notaba las cosas más sencillas de la vida y la naturaleza. Sus lecciones más instructivas fueron aquellas en las cuales, mediante las cosas sencillas de la naturaleza, ilustró las grandes verdades del reino de Dios. No pasó por alto las necesidades del más humilde de sus siervos. Su oído oía cada clamor de necesidad. Estaba atento al toque de la mujer enferma aun en medio de la multitud; el más leve toque de fe obtuvo respuesta. Cuando resucitó de la muerte a la hija de Jairo, recordó a los padres que debían darle algo de comer. Cuando por su propio gran poder resucito de la tumba, no desdeñó doblar y colocar cuidadosamente en su debido lugar los lienzos en los cuales se lo había envuelto. La obra a la cual somos llamados como cristianos, es la de cooperar con Cristo en la salvación de las almas. Para hacer esta obra hemos hecho pacto con él. Descuidar la obra es ser desleales a Cristo. Pero a fin de realizar esta obra, debemos seguir su ejemplo de fiel y concienzuda atención a las cosas pequeñas. Este es el secreto del éxito en todo ramo de esfuerzo e influencia cristianos (Palabras de vida del gran Maestro, p. 292).
El Hijo de Dios se había entregado a la voluntad del Padre y dependía de su poder. Tan completamente había anonadado Cristo al yo que no hacía planes por sí mismo. Aceptaba los planes de Dios para él, y día tras día el Padre se los revelaba. De tal manera debemos depender de Dios que nuestra vida sea el simple desarrollo de su voluntad (El Deseado de todas las gentes, pp. 178, 179).
Nuestros planes no son siempre los de Dios. Puede suceder que él vea que lo mejor para nosotros y para su causa consiste en desechar nuestras mejores intenciones, como en el caso de David. Pero podemos estar seguros de que bendecirá y empleará en el adelanto de su causa a quienes se dediquen sinceramente, con todo lo que tienen, a la gloria de Dios. Si él ve que es mejor no acceder a los deseos de sus siervos, compensará su negativa concediéndoles señales de su amor y encomendándoles otro servicio (El ministerio de curación, p. 375).

 

Lunes 15 de agosto: Nuestro Salvador compasivo

Lunes 22 de agosto: ¿Cómo puedo ayudarte? El corazón del pecador va tras de Aquel que puede ayudarle solo cuando siente necesidad del Salvador. Cuando Jesús anduvo entre los hombres, los enfermos eran los que necesitaban un médico. Los pobres, los afligidos y los angustiados lo seguían para recibir la ayuda y el consuelo que no podían encontrar en otra parte. El ciego Bartimeo está esperando a la orilla del camino; ha esperado mucho para encontrarse con Cristo. Multitudes de personas que ven, van de aquí para allá, pero no desean ver a Jesús. Una mirada de fe tocaría el corazón de amor de Cristo y les traería las bendiciones de su gracia, pero no conocen la enfermedad y pobreza de su alma y no sienten necesidad de Cristo. No sucede así con el pobre ciego. Su única esperanza está en Jesús. Mientras espera y vigila, oye los pasos de muchos pies, y pregunta con avidez: ¿Qué significa este ruido de pisadas? Los circunstantes le contestaron “que pasaba Jesús nazareno”. Con el fervor de un intenso deseo, clama: “¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!” Tratan de hacerlo callar, pero clama con más vehemencia: “¡Hijo de David, ten misericordia de mí!” Este pedido es escuchado. Su fe perseverante es recompensada. No solo se le restaura la vista física, sino que son abiertos los ojos de su entendimiento; y ve en Cristo a su redentor y el Sol de justicia brilla en su alma. Todos los que sienten necesidad de Cristo como la sintió el ciego Bartimeo, y tengan tanto fervor y tanta determinación como él tuvo, recibirán como él la bendición que anhelan.
Los afligidos, los dolientes que buscaban a Cristo como su ayudador, quedaban encantados con la perfección divina, con la belleza de la santidad que resplandecían en su carácter. Pero los fariseos no lo deseaban porque no podían ver su belleza. Su vestido sencillo y su vida humilde, desprovista de ostentación externa, hacían que fuera para ellos como raíz de tierra seca (Comentario bíblico adventista, tomo 5, p. 1086).
Muchos se dan cuenta de su desamparo; desean con ansia aquella vida espiritual que los pondrá en armonía con Dios, y se esfuerzan por conseguirla; pero en vano. Desesperados, exclaman: “¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?” (Romanos 7:24). Alcen la mirada estas almas que luchan presa del abatimiento. El Salvador se inclina hacia el alma adquirida por su sangre, diciendo con inefable ternura y compasión: “¿Quieres ser salvo?” Él os invita a levantaros llenos de salud y paz. No esperéis hasta sentir que sois sanos. Creed en la palabra del Salvador. Poned vuestra voluntad de parte de Cristo. Quered servirle, y al obrar de acuerdo con su palabra, recibiréis fuerza. Cualquiera que sea la mala práctica, la pasión dominante que haya llegado a esclavizar vuestra alma y vuestro cuerpo, por haber cedido largo tiempo a ella, Cristo puede y anhela libraros...
Cuando el pecado contiende por dominar vuestra alma y agobia vuestra conciencia, mirad al Salvador. Su gracia basta para vencer el pecado. Vuélvase hacia él vuestro agradecido corazón que tiembla de incertidumbre. Echad mano de la esperanza que os es propuesta. Cristo aguarda para adoptamos en su familia. Su fuerza auxiliará vuestra flaqueza; os guiará paso a paso. Poned vuestra mano en la suya, y dejaos guiar por él.
Nunca penséis que Cristo está lejos. Siempre está cerca. Su amorosa presencia os circunda. Buscadle sabiendo que desea ser encontrado por vosotros. Quiere que no solo toquéis su vestidura, sino que andéis con él en comunión constante (El ministerio de curación, pp. 56, 57).

Martes 23 de agosto:
Las necesidades más profundas

En todo lugar, a cada hora del día, hay un Vigilante santo que coteja cada cuenta, cuyo ojo capta toda la situación, sea ésta de fidelidad o de deslealtad y engaño. Nunca estamos solos. Tenemos un Compañero, lo elijamos o no. Recordad... que dondequiera que estéis, cualquier cosa que hagáis, Dios está allí. Tenéis un testigo para cada palabra y acción: Dios santo, que odia el pecado. Nada que se diga, haga o piense puede escapar de su ojo infinito. Vuestras palabras puede ser que no sean oídas por oídos humanos, pero son oídas por el Gobernante del universo. El lee la ira interior del alma cuando la voluntad se indispone. Oye las expresiones profanas. En el lugar más oscuro y solitario, él está allí. Nadie puede engañar a Dios; nadie puede escapar de rendirle cuentas... Todo el cielo se interesa en nuestra salvación. Los ángeles de Dios están... anotando las obras de los hombres. En el libro de memoria de Dios se registran las palabras de fe, los actos de amor y la humildad de espíritu (A fin de conocerle, p. 236).
Y Jesús, al mirarlo, tuvo compasión de él, y dijo: “Hijo, tus pecados te son perdonados” (Marcos 2:5). Bien, ¡qué gozo significaba eso! Jesús sabía exactamente qué necesitaba esa alma agobiada por el pecado. Sabía que el hombre había sido torturado por su propia conciencia, así que le dijo: “Tus pecados te son perdonados”. ¡Qué alivio para la mente del paralítico! ¡Qué esperanza llenó su corazón! Entonces las sospechas se suscitaron en los corazones de los fariseos: “¿Quién puede perdonar pecados, sino solo Dios?”
Jesús les dijo entonces: “Para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa” (Lucas 5:24). ¿Qué? ¿Tomar el lecho con sus brazos lisiados? ¿Qué? ¿Ponerse en pie, con sus piernas paralíticas? ¿Qué hizo? Pues, hizo exactamente lo que se le ordenó. Hizo lo que el Señor le dijo que hiciera. La fuerza de la voluntad fue dirigida a mover sus piernas y brazos tullidos, y éstos respondieron, aun cuando no habían respondido por largo tiempo. Esta manifestación demostró delante de la gente que allí había Uno, en medio de ellos, que no solo podía perdonar pecados sino también sanar a los enfermos (Fe y obras, p. 67).

Miércoles 24 de agosto:
Dorcas en Jope

En Jope había una [mujer llamada] Dorcas, cuyos hábiles dedos eran más activos que su lengua. Sabía quiénes necesitaban vestimenta adecuada y quiénes necesitaban simpatía, y atendía liberalmente las necesidades de ambas clases. Y cuando murió Dorcas, la Iglesia de Jope se dio cuenta de su pérdida. No es de admirarse que gimieran y se lamentaran, ni de que cálidas lágrimas cayeran sobre la arcilla inanimada. Ella era de tan gran valor que, mediante el poder de Dios, fue rescatada del terreno del enemigo para que su habilidad y energía pudieran ser todavía una bendición para otros. Es rara una fidelidad tal, llena de oración y paciencia perseverante, como la que poseyeron esos santos de Dios. Sin embargo, la iglesia no puede prosperar sin ella (El ministerio de la bondad, p. 148).
Cristo había mandado a los primeros discípulos que se amasen unos a otros como él los había amado. Así debían testificar al mundo que Cristo, la esperanza de gloria, se había desarrollado en ellos. “Un mandamiento nuevo os doy —había dicho—: Que os améis unos a otros: como os he amado, que también os améis los unos a los otros” (S. Juan 13:34). Cuando se dijeron esas palabras, los discípulos no las pudieron entender; pero después de presenciar los sufrimientos de Cristo, después de su crucifixión, resurrección y ascensión al cielo, y después que el Espíritu Santo descendió sobre ellos en Pentecostés, tuvieron un claro concepto del amor de Dios y de la naturaleza del amor que debían tener el uno con el otro. Entonces Juan pudo decir a sus condiscípulos: “En esto hemos conocido el amor, porque él puso su vida por nosotros: también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos”. Después que descendió el Espíritu Santo, cuando los discípulos salieron a proclamar al Salvador viviente, su único deseo era la salvación de las almas. Se regocijaban en la dulzura de la comunión con los santos. Eran compasivos, considerados, abnegados, dispuestos a hacer cualquier sacrificio por la causa de la verdad. En su asociación diaria, revelaban el amor que Cristo les había enseñado. Por medio de palabras y hechos desinteresados, se esforzaban por despertar ese sentimiento en otros corazones. Los creyentes habían de cultivar siempre un amor tal. Tenían que ir adelante en voluntaria obediencia al nuevo mandamiento. Tan estrechamente debían estar unidos con Cristo que pudieran sentirse capacitados para cumplir todos sus requerimientos. Sus vidas magnificarían el poder del Salvador, quien podía justificarlos por su justicia (Los hechos de los apóstoles, pp. 436, 437).
Uno de los últimos mandamientos que Cristo diera a sus discípulos fue: “Que os améis los unos a los otros: como os he amado”. ¿Estamos obedeciendo este mandato, o estamos condescendiendo con rasgos de carácter hirientes y no cristianos? Si de alguna forma hemos agraviado o herido a otros, es nuestro deber confesar nuestra falta y buscar la reconciliación. Esta es una condición esencial para que podamos presentamos a Dios con fe y pedir su bendición (Palabras de vida del gran Maestro, p. 110).

Jueves 25 de agosto:
La iglesia en acción

Cuando encomendamos nuestro camino al Señor, debemos escudriñar minuciosamente el corazón, arrojando fuera todo mal, para que Cristo pueda llenarlo con su justicia. Debemos buscar al Señor en oración, arrepintiéndonos de nuestros pecados desde el mismo comienzo de nuestras peticiones. La ley de Dios es la prueba de nuestras acciones. Sus ojos ven todo acto, escudriñan cada rincón de la mente, detectan todo engaño y toda hipocresía. Todas las cosas están desnudas y abiertas ante la vista de Dios. Pero él recibirá a todos los que acudan a él con corazones arrepentidos y una verdadera intención de abandonar todo mal...
En todas nuestras transacciones comerciales, en cada palabra y acto, debemos mantener un propósito puro y una clara conciencia. Debemos encomendar nuestras obras a Dios y luego dejarlas en sus manos. Nuestra obra debe hacerse con la integridad más estricta. No debemos estimar nada que no podamos llevar a las cortes celestiales. Al hacer nuestro trabajo, pidamos la ayuda de Dios, comprendiendo que esto es lo único que puede mantener nuestra obra libre de egoísmo (A fin de conocerle, p. 292).
Con la mayor sencillez y franqueza, nuestro Salvador, el poderoso General de los ejércitos del cielo, no oculta el severo conflicto que ellos experimentarán. Señala los peligros, nos muestra el plan de la batalla y la difícil y peligrosa obra que debe hacerse; entonces levanta la voz antes de entrar en el conflicto para contar el costo, al mismo tiempo que anima a todos a tomar las armas de su contienda y a esperar que la hueste celestial integre los ejércitos para guerrear en defensa de la verdad y la rectitud. La debilidad de los hombres encontrará fuerza sobrenatural y ayuda en cada conflicto severo para realizar las obras de la Omnipotencia, y la perseverancia en la fe y la perfecta confianza en Dios asegurarán el éxito. Aunque la antigua confederación del mal está en orden de batalla contra ellos, él les ordena que sean valientes y fuertes y luchen valerosamente, pues tienen un cielo que ganar y más que un ángel en sus filas: el poderoso General de los ejércitos que conduce las huestes del cielo (Comentario bíblico adventista, tomo 2, pp. 989, 990).