CAPÍTULO 4 LA VERDADERA RELIGIÓN


¿Qué es la verdadera religión? Cristo nos ha dicho que la verdadera religión es el ejercicio de la compasión, la simpatía y el amor en el hogar, en la iglesia y en el mundo. Esta es la clase de religión para enseñar a los hijos y es lo genuino. Enseñadles que ellos no concentren sus pensamientos en sí mismos, sino que por doquier hay seres humanos necesitados y dolientes, que hay un campo para la obra misionera (Review and Herald, 12-11-1895).

La verdadera religión, libre de toda mancha delante del Padre es ésta: "Visitar los huérfanos y las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha de este mundo". Hechos buenos son los frutos que Cristo quiere que llevemos: palabras amables, actos de misericordia, de tierna solicitud para con los pobres, los necesitados, los afligidos. Cuando los corazones simpatizan con otros corazones agobiados por el desaliento y la congoja; cuando la mano reparte a los necesitados; cuando los desnudos son vestidos, los extraños bienvenidos a vuestra sala y tienen un lugar en vuestro corazón, los ángeles se llegan muy cerca y resuena un acorde como respuesta en el cielo (Testimonies, tomo 2, pág. 25).

Se me han mostrado algunas cosas referentes a nuestro deber para los desvalidos, que siento que es mi deber escribir ahora (Id., tomo 3, pág. 511).

Vi que en la providencia de Dios han sido colocados en estrecha relación cristiana con su iglesia, viudas y huérfanos, ciegos, mudos, cojos y personas afligidas de varias maneras; es para probar a su pueblo y desarrollar su verdadero carácter. Los ángeles de Dios vigilan para ver cómo tratamos a estas personas que necesitan nuestra simpatía, amor y benevolencia desinteresada. Esta es la forma en que Dios prueba nuestro carácter. Si tenemos la verdadera religión de la Biblia, sentiremos que es un deber de amor, bondad e interés el que hemos de cumplir para Cristo en favor de sus hermanos; y no podemos hacer nada menos que mostrar nuestra gratitud por su incomparable amor manifestado hacia nosotros mientras éramos pecadores indignos de su gracia, revelando un profundo interés y un amor abnegado por aquellos que son nuestros hermanos, y que son menos afortunados que nosotros (Servicio Cristiano, pág. 239).

Los que debieran haber sido la luz del mundo, tan sólo han dejado lucir débiles y tenues rayos. ¿Qué es luz? Es piedad, bondad, verdad, misericordia, amor; es la revelación de la verdad en el carácter y la vida. El Evangelio depende de la piedad personal de sus creyentes para su poder agresivo, y Dios ha hecho provisión, mediante la muerte de su Hijo amado, para que cada alma sea plenamente preparada para toda buena obra (Review and Herald, 24-3-1891).

La verdadera simpatía entre el hombre Y su prójimo ha de ser la señal que distinga a los que aman y temen a Dios de los que no tienen en cuenta su ley. ¡Cuán grande es la simpatía que Cristo expresó al venir a este mundo para dar su vida como sacrificio por un mundo agonizante! Su religión indujo a la realización de la genuina obra médico-misionera. El era un poder curativo. 41 "Misericordia quiero y no sacrificio", dijo. Esta es la prueba que el gran Autor de la verdad usaba para distinguir entre la verdadera y la falsa religión (Manuscrito 117, 1903). (Nota: El lector debe tener en cuenta que la expresión "obra médico-misionera", frecuentemente empleada por la señora de White, iba mucho más allá de los límites de un servicio médico profesional y abarca todos los actos de misericordia y bondad desinteresados. -Los compiladores.*)

Satanás está jugando el juego de la vida para apoderarse de cada alma. Sabe que la simpatía práctica es una prueba de la pureza y de la abnegación del corazón y hará todo esfuerzo posible para cerrar nuestro corazón a las necesidades ajenas y lograr que al fin no nos conmueva la vista del dolor. Introducirá muchas cosas para impedir la impresión del amor y la simpatía. Así fue como arruinó a Judas. Este se dedicaba constantemente a hacer planes para beneficiarse a sí mismo. En esto representa a una gran clase de los que profesan ser cristianos hoy. Por lo tanto necesitamos estudiar su caso. Estamos tan cerca de Cristo como él lo estaba. Sin embargo, si, como sucedió con Judas, la asociación con Cristo no nos hace uno con él, si no cultivamos dentro de nuestro corazón una simpatía sincera hacia aquellos por quienes Cristo dio su vida, corremos como Judas el peligro de quedar separados de Cristo y de ser objeto de las tentaciones de Satanás.

Necesitamos protegernos contra la primera desviación de la justicia; una transgresión, una negligencia en cuanto a manifestar el espíritu de Cristo, abren el camino a otra y aun otra, hasta que la mente queda dominada por los principios del enemigo. Si se cultiva un espíritu de egoísmo, llega a ser una pasión devoradora que nada sino el poder de Cristo puede subyugar (Joyas de los Testimonios, tomo 2, págs. 502, 503).

La verdadera piedad se mide por la obra que se hace. La profesión no es nada; la posición no es nada; un carácter como el de Cristo es la evidencia que hemos de mostrar de que Dios ha enviado a su Hijo al mundo. Los que profesan ser cristianos y sin embargo no proceden como lo haría Cristo si estuviera en su lugar, dañan grandemente la causa de Dios. Representan falsamente a su Salvador y están bajo una falsa bandera . . . .

La religión pura y sin mácula no es un sentimiento, sino la realización de obras de misericordia y amor. Esta religión es necesaria para la salud y la felicidad. Entra en el templo contaminado del alma y con un látigo echa a los intrusos pecaminosos. Ocupando el trono, consagra todo con su presencia, iluminando el corazón con los brillantes rayos del Sol de Justicia. Abre las ventanas del alma hacia el cielo, permitiendo entrar la luz del sol del amor de Dios. Con ella entran la serenidad y la compostura. Aumentan el poder físico, mental y moral, porque la atmósfera del cielo, como un agente viviente y activo, llena el alma. Cristo es formado en lo íntimo, la esperanza de gloria (Review and Herald, 15-10-1901).

Convertirse en un obrero tenaz, continuar pacientemente en el bien hacer que demanda la obra desinteresada, es una tarea gloriosa, sobre la cual sonríe el cielo. La obra fiel es más aceptable a Dios que el culto más celoso y que se considera el más santo. El verdadero culto es trabajar juntamente con Cristo. Las oraciones, la exhortación y el discurso son frutos baratos que con frecuencia están juntos; pero los frutos que se manifiestan en buenas obras, cuidando a los necesitados, los huérfanos y las viudas, son frutos genuinos y crecen naturalmente en un buen árbol (Testimonies, tomo 2, pág. 24).

No es el servicio caprichoso lo que Dios acepta; no son los espasmos emotivos de piedad los que nos hacen hijos de Dios. El demanda que trabajemos movidos por principios verdaderos, firmes y permanentes. Si Cristo se forma en lo íntimo, la esperanza de gloria, él se revelará en el carácter, que será semejante a Cristo. Hemos de representar a Cristo al mundo, como Cristo representó al Padre (Review and Herald, 11-1-1898).

Debemos mostrar el calor y la cordialidad cristianos, no como si estuviéramos haciendo algo maravilloso, sino tan sólo lo que esperaríamos que hiciera cualquier cristiano verdadero en nuestro caso, si estuviera colocado en circunstancias similares (Carta 68, 1898).

Muchas veces nuestros esfuerzos para otros pueden no ser tomados en cuenta e indudablemente se pierden, Pero esto no debiera ser una excusa para que lleguemos a cansarnos en hacer el bien. ¡Con cuánta frecuencia ha venido Jesús a buscar fruto en las plantas que él cuida y no ha encontrado sino hojas! Quizá nos desanimemos por los resultados de nuestros mejores esfuerzos, pero esto no debiera inducirnos a ser indiferentes ante los ayes de otros y no hacer nada, "Maldecid a Meroz, dijo el ángel de Jehová: maldecid severamente a sus moradores, porque no vinieron en socorro a Jehová, en socorro a Jehová contra los fuertes" (Testimonies, tomo 3, pág. 525).

Por lo que me ha sido mostrado, los observadores del sábado se están volviendo más egoístas a medida que aumentan sus riquezas. Disminuye su amor por Cristo y su pueblo. No ven las necesidades de los desvalidos ni sienten sus sufrimientos ni dolores. No se dan cuenta de que al descuidar al pobre y al doliente, descuidan a Cristo y que al aliviar las necesidades y sufrimientos de los pobres hasta donde les sea posible, ministran a Jesús. . . .

"Entonces dirá también a los que estarán a la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y para sus ángeles: Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui huésped, y no me recogisteis; desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis. Entonces también ellos le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, o huésped, o desnudo, o enfermo, o en la cárcel, y no te servimos? Entonces les responderá, diciendo: De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos pequeñitos, ni a mí lo hicisteis. E irán éstos al tormento eterno, y los justos a la vida eterna" (Mat. 25: 41-46).

Jesús aquí se identifica con su pueblo que sufre. Fui yo el que estuve hambriento y sediento. Fui yo el que fui huésped. Fui yo el que estuve desnudo. Fui yo el que estuve enfermo. Fui yo el que estuve en prisión. Cuando disfrutabais del abundante alimento que estaba en vuestras mesas, yo padecía hambre en la choza o en la calle, no lejos de vosotros. Cuando cerrasteis vuestras puertas contra mí, mientras estaban desocupadas vuestras bien amuebladas habitaciones, yo no tenía dónde hacer reposar mi cabeza. Vuestros guardarropas estaban llenos con una abundante cantidad de mudas de ropa, en las cuales se habían malgastado innecesariamente los recursos, que podríais haber dado a los necesitados. Yo estaba desprovisto de ropa adecuada. Cuando disfrutabais de salud, yo estaba enfermo. La desgracia me arrojó en la cárcel y me aherrojó con grillos, deprimiendo mi espíritu, privándome de la libertad y la esperanza, mientras vosotros os movíais libremente. ¡Cómo se identifica aquí Jesús mismo con sus discípulos sufrientes! Se pone en lugar de ellos. Se identifica como si él hubiera sido en persona el doliente. Notad, cristianos egoístas: cada descuido del pobre necesitado, del huérfano, del que no tiene padre, es un descuido de Jesús en persona.

Conozco a personas que hacen gran profesión de piedad, cuyos corazones están tan enfrascados en el amor al yo y el egoísmo, que no pueden apreciar lo que estoy escribiendo. Toda su vida han pensado y vivido únicamente para el yo. No entra en sus cálculos el hacer un sacrificio para el bien de otros, el perjudicarse por favorecer a otros. No tienen la menor idea de que Dios requiere esto de ellos. El yo es su ídolo. Las preciosas semanas, meses y años pasan a la eternidad, pero no tienen un registro en el cielo de actos de bondad, de sacrificios para el bien de otros, de alimentar al hambriento, vestir al desnudo, o amparar al forastero. No es agradable hospedar a forasteros al azar. Si supieran que son dignos todos los que buscan compartir sus bienes, entonces podrían sentirse inducidos a hacer algo en ese sentido. Pero hay una virtud en correr cierto riesgo. Quizá hospedemos a ángeles (Id., tomo 2, págs. 24-26).