Comentario E.G. White
Lección 8
Jesús mostraba simpatía

Sábado 13 de agosto

Nuestro Salvador experimentaba una tierna simpatía por los pobres y dolientes. Y si nosotros somos seguidores de Cristo debemos cultivar también la compasión y la simpatía. El amor por la humanidad doliente debe reemplazar a la indiferencia por la aflicción humana. La viuda, el huérfano, el enfermo y el moribundo, siempre necesitarán que se les ayude. Entre ellos existe una dorada oportunidad para proclamar el evangelio y para poner en alto el nombre de Jesús, la única esperanza y consolación del ser humano. Cuando la persona que sufre obtiene sanidad, y se ha demostrado un interés viviente por el alma afligida, entonces el corazón se abre y se puede derramar el bálsamo celestial sobre él. Si acudimos a Jesús y obtenemos de él conocimiento, fortaleza y gracia, podremos impartir su consuelo a los demás, porque el Consolador está con nosotros. Habrá que vérselas con una gran cantidad de prejuicios, celo falso y piedad fingida, pero tanto en este país como en el extranjero hay más almas que Dios ha estado preparando para recibir la semilla de la verdad de lo que nos podemos imaginar. Éstas recibirán gozosamente el mensaje que se les presente (Consejos sobre la salud, p. 34). Desde la ladera de la colina, él miraba a la muchedumbre en movimiento, y su corazón se conmovía de simpatía. Aunque interrumpido y privado de su descanso, no manifestaba impaciencia. Veía que una necesidad mayor requería su atención, mientras contemplaba a la gente que acudía y seguía acudiendo. “Y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor”. Abandonando su retiro, halló un lugar conveniente donde pudiese atender a la gente. Ella no recibía ayuda de los sacerdotes y príncipes; pero las sanadoras aguas de vida fluían de Cristo mientras enseñaba a la multitud el camino de la salvación. La gente escuchaba las palabras misericordiosas que brotaban tan libremente de los labios del Hijo de Dios. Oían las palabras de gracia, tan sencillas y claras que les parecían bálsamo de Galaad para sus almas. El poder sanador de su mano divina impartía alegría y vida a los moribundos, comodidad y salud a los que sufrían enfermedades. El día les parecía como el cielo en la tierra... (El Deseado de todas las gentes, p. 332). Jesús, precioso Salvador, nunca parecía cansarse de las impertinencias de las almas enfermas de pecado y de los enfermos de toda suerte de dolencias. “Y salió Jesús y vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos” (S. Marcos 6:34). Esto significa mucho para los dolientes. El identificó sus intereses con los de ellos. Compartió sus cargas. Sintió sus temores. Tenía una anhelante compasión que era dolor para el corazón de Cristo... Jesús, precioso Salvador, no tenía hogar y con frecuencia padecía hambre, no tenía dónde reclinar la cabeza. Con frecuencia estaba cansado. La humanidad es honrada porque Jesús asumió la humanidad para revelar al mundo lo que puede llegar a ser ella. Puede traer a la luz la vida y la inmortalidad, llenar con luz los propósitos más comunes y humildes de la vida. Jesús se inclina sobre nosotros y escudriña nuestro carácter para ver si su propio carácter se refleja en nosotros (A fin de conocerle, p. 49).

Domingo 14 de agosto: Escuchar los quejidos

Los hijos de Dios no han de estar sujetos a sus sentimientos y emociones. Cuando fluctúan entre la esperanza y el temor, el corazón de Cristo es herido; porque él les ha dado evidencias inconfundibles de su amor. Desea que sean establecidos, fortalecidos y cimentados en la santísima fe. Quiere que hagan la obra que les ha confiado; entonces sus corazones serán en las manos divinas como arpas sagradas, cada una de cuyas cuerdas exhalará alabanza y acción de gracias a Aquel que Dios ha enviado para quitar el pecado del mundo. El amor de Cristo por sus hijos es tan tierno como su fortaleza. Y es más fuerte que la muerte; porque él murió para comprar nuestra salvación, y para hacemos uno con él, mística y eternamente uno. Tan fuerte es su amor que controla todos sus poderes, y emplea los vastos recursos del cielo para servir a su pueblo. Es inalterable, sin sombra de variación: el mismo ayer, y hoy y por los siglos. Aun cuando el pecado haya existido durante siglos, tratando de contraponerse a este amor y de obstruir su fluencia hacia la tierra, todavía sigue fluyendo en ricas corrientes hacia aquellos por los cuales Cristo murió. Dios ama a los ángeles que no pecaron, que realizan su servicio y son obedientes a sus mandatos; pero él no les da gracia: nunca la han necesitado; porque nunca han pecado. La gracia es un atributo manifestado a los seres humanos inmerecedores. Nosotros no la buscamos; se la envió para que nos buscara. Dios se regocija en otorgar su gracia a todos los que tienen hambre y sed de él, no porque seamos merecedores, sino porque carecemos de méritos. Nuestra necesidad es la calificación que nos da la certidumbre de que recibiremos el don (Testimonios para los ministros, p. 528). Cualesquiera que sean tus angustias y pruebas, exponías al Señor. Tu espíritu encontrará sostén para sufrirlo todo. Se te despejará el camino para que puedas librarte de todo enredo y aprieto. Cuanto más débil y desamparado te sientas, más fuerte serás con su ayuda. Cuanto más pesadas sean tus cargas, más dulce y benéfico será tu descanso al echarlas sobre Aquel que se ofrece a llevarlas por ti. Las circunstancias pueden separar a los amigos; las aguas intranquilas del dilatado mar pueden agitarse entre nosotros y ellos. Pero ninguna circunstancia ni distancia alguna puede separamos del Salvador. Doquiera estemos, él está siempre a nuestra diestra, para sostenemos y alentamos. Más grande que el amor de una madre por su hijo es el amor de Cristo por sus rescatados. Es nuestro privilegio descansar en su amor y decir: “En él confiaré; pues dio su vida por mí”. El amor humano puede cambiar; el de Cristo no conoce mudanza. Cuando clamamos a él por ayuda su mano se extiende para salvamos (El ministerio de curación, p. 48).

Lunes 15 de agosto: Nuestro Salvador compasivo

Quien se compadeció de las multitudes porque “estaban desamparadas y dispersas”, sigue teniendo compasión de los pobres que sufren. Les extiende la mano para bendecirlos, y en la misma plegaria que dio a sus discípulos nos enseña a acordamos de los pobres. Al orar: “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy”, pedimos para los demás tanto como para nosotros mismos. Reconocemos que lo que Dios nos da no es para nosotros solos. Dios nos lo confía para que alimentemos a los hambrientos. De su bondad ha hecho provisión para el pobre. Dice: “Cuando hagas comida o cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a vecinos ricos... Mas cuando hagas banquete, llama a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos; y serás bienaventurado; porque ellos no te pueden recompensar, pero te será recompensado en la resurrección de los justos”. “Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra”. “El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará” (El discurso maestro de Jesucristo, pp. 95, 96). Vuestro compasivo Redentor os observa con amor y simpatía, listo para oír vuestras oraciones y prestaros la ayuda que necesitáis. Conoce las cargas que pesan sobre el corazón de cada madre y es su mejor amigo en toda emergencia. Sus brazos eternos sostienen a la madre fiel y temerosa de Dios. Cuando estuvo en la tierra tuvo una madre que luchó con la pobreza y sufrió muchas ansiedades y perplejidades, así que él simpatiza con toda madre cristiana en sus congojas y ansiedades. Aquel Salvador que emprendió un largo viaje con el propósito de aliviar el corazón ansioso de una mujer cuya hija era poseída de un mal espíritu, oirá las oraciones de la madre y bendecirá a sus hijos.
El que devolvió a la viuda su único hijo cuando era llevado a la sepultura se conmueve hoy ante la desgracia de la madre enlutada. El que derramó lágrimas de simpatía ante la tumba de Lázaro y devolvió a Marta y María su hermano sepultado; el que perdonó a María Magdalena; el que recordó a su madre mientras pendía de la cruz en su agonía; el que se apareció a las mujeres que lloraban y las hizo mensajeras suyas para difundir las primeras y gratas noticias de un Salvador resucitado, es hoy el mejor Amigo de la mujer y está dispuesto a ayudarle en todas las relaciones de la vida (El hogar cristiano, p. 183).

Martes 16 de agosto: Caminar en sus zapatos

Ustedes pueden creer toda la verdad, pero si no aplican sus principios a sus vidas, su profesión de fe no los va a salvar. Satanás cree y tiembla. Él obra. Sabe que su tiempo es corto y ha descendido con gran poder para hacer sus malas obras de acuerdo con su fe. En cambio, los profesos hijos de Dios no apoyan su fe con sus obras. Creen que el tiempo es corto, pero se aferran con tanto entusiasmo a los bienes de este mundo como si fuera a durar mil años más así como está. El egoísmo caracteriza la conducta de muchos. “Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad. Y en esto conocemos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de él; pues si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las cosas. Amados, si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios; y cualquier cosa que pidiéramos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él” (1 Juan 3:17-22). Despójense del egoísmo, y hagan una obra cabal para la eternidad. Rediman el pasado y no representen la santa verdad que profesan donde viven ahora, como lo hicieron cuando vivían en aquel otro lugar. Así alumbre la luz de ustedes delante de los demás, de manera que al ver las buenas obras que hacen éstos se sientan inducidos a glorificar a nuestro Padre que está en los cielos. Permanezcan sobre la elevada plataforma de la verdad eterna. Realicen todas sus transacciones comerciales en esta vida en estricta armonía con la Palabra de Dios (Testimonios para la iglesia, tomo 2, p. 246).
Cristo ha enseñado claramente que aquellos que persisten en pecados manifiestos deben ser separados de la iglesia; pero no nos ha encomendado la tarea de juzgar el carácter y los motivos. Él conoce demasiado bien nuestra naturaleza para confiamos esta obra a nosotros. Si tratásemos de extirpar de la iglesia a aquellos que suponemos cristianos falsos, cometeríamos seguramente errores. A menudo consideramos sin esperanza a los mismos a quienes Cristo está atrayendo hacia sí. Si tuviéramos nosotros que tratar con estas almas de acuerdo con nuestro juicio imperfecto tal vez ello extinguiría su última esperanza. Muchos que se creen cristianos serán hallados faltos al fin. En el cielo habrá muchos de quienes sus prójimos suponían que nunca entrarían allí. El hombre juzga por la apariencia, pero Dios juzga el corazón. La cizaña y el trigo han de crecer juntamente hasta la cosecha; y la cosecha es el fin del tiempo de gracia. Existe otra lección en las palabras del Salvador, una lección de maravillosa clemencia y tierno amor. Así como la cizaña tiene sus raíces estrechamente entrelazadas con las del buen grano, los falsos cristianos en la iglesia pueden estar estrechamente unidos con los verdaderos discípulos. El verdadero carácter de estos fingidos creyentes no es plenamente manifiesto. Si se los separase de la iglesia, se haría tropezar a otros que, de no mediar esto, habrían permanecido firmes (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 50, 51).

Miércoles 17 de agosto: Jesús lloró

“Jesús entonces, como la vio llorando, y a los judíos que habían venido juntamente con ella llorando, se conmovió en espíritu, y turbóse”. Leyó el corazón de todos los presentes. Veía que, en muchos, lo que pasaba como demostración de pesar era tan solo fingimiento. Sabía que algunos de los del grupo, que manifestaban ahora un pesar hipócrita, estarían antes de mucho maquinando la muerte, no solo del poderoso taumaturgo, sino del que iba a ser resucitado de los muertos. Cristo podría haberlos despojado de su falso pesar. Pero dominó su justa indignación. No pronunció las palabras que podría haber pronunciado con toda verdad, porque amaba a la que, arrodillada a sus pies con tristeza, creía verdaderamente en él... A la vista de esta angustia humana, y por el hecho de que los amigos afligidos pudiesen llorar a sus muertos mientras el Salvador del mundo estaba al lado, “lloró Jesús”. Aunque era Hijo de Dios, había tomado sobre sí la naturaleza humana y le conmovía el pesar humano. Su corazón compasivo y tierno se conmueve siempre de simpatía hacia los dolientes. Llora con los que lloran y se regocija con los que se regocijan. No era solo por su simpatía humana hacia María y Marta por lo que Jesús lloró. En sus lágrimas había un pesar que superaba tanto al pesar humano como los cielos superan a la tierra. Cristo no lloraba por Lázaro, pues iba a sacarle de la tumba. Lloró porque muchos de los que estaban ahora llorando por Lázaro maquinarían pronto la muerte del que era la resurrección y la vida /El Deseado de todas las gentes, p. 490). Haced de la obra de Cristo vuestro ejemplo. Constantemente él iba haciendo el bien: alimentando al hambriento y curando al enfermo. Ninguno que se allegó a él en busca de simpatía se sintió chasqueado. El Príncipe de las cortes celestiales, se hizo carne y habitó entre nosotros, y su vida de trabajo es un ejemplo de la obra que nosotros debemos realizar. Su tierno, misericordioso amor censura nuestro egoísmo e indiferencia. Cristo se colocó a la cabeza de la humanidad con el ropaje de la humanidad. Su actitud era tan llena de simpatía y amor, que hasta el más pobre no temía aproximársele. Era bondadoso para con todos y fácilmente accesible para los más humildes. Iba de casa en casa, sanando a los enfermos, alimentando a los hambrientos, consolando a los dolientes, aliviando a los afligidos, hablando paz a los acongojados. Estaba dispuesto a humillarse a sí mismo, negarse a sí mismo. No procuraba destacar su persona. Era el siervo de todos. Su comida y su bebida eran el ser un alivio y un consuelo para otros, alegrar a los tristes y cargados con quienes diariamente se relacionaba. Cristo está delante de nosotros como un Hombre modelo, el gran Médico Misionero: un ejemplo para todos los que vendrían después. Su amor, puro y santo, bendecía a todos aquellos que llegaban dentro de la esfera de su influencia. Su carácter fue absolutamente perfecto, libre de la más leve mancha de pecado. Él vino como una expresión del perfecto amor de Dios, no para aplastar, no para juzgar y condenar, sino para sanar todo débil, defectuoso carácter, para salvar hombres y mujeres del poder de Satanás... Hemos de hacer la misma obra que el gran Médico Misionero emprendió en nuestro beneficio. Hemos de seguir el sendero del sacrificio desinteresado que Cristo transitó (El ministerio de la bondad, pp. 57, 58).

Jueves 18 de agosto:

Jueves 18 de agosto: Otra clase de Consolador Por medio del sufrimiento, Jesús se preparó para el ministerio de consolación. Fue afligido por toda angustia de la humanidad, y “en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados”. Quien haya participado de esta comunión de sus padecimientos tiene el privilegio de participar, también de su ministerio. “Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación”. El Señor tiene gracia especial para los que lloran, y hay en ella poder para enternecer los corazones y ganar a las almas. Su amor se abre paso en el alma herida y afligida, y se convierte en bálsamo curativo para cuantos lloran. El “Padre de misericordias y Dios de toda consolación... nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios”. A través de las bienaventuranzas se nota el progreso de la experiencia cristiana. Los que sintieron su necesidad de Cristo, los que lloraban por causa del pecado y aprendieron de Cristo en la escuela de la aflicción, adquirirán mansedumbre del Maestro divino (El discurso maestro de Jesucristo, pp. 16, 17).
Hablad palabras de fe y valor que serán como bálsamo sanador para el golpeado y herido. Muchos son los que han desmayado y están desanimados en la gran lucha de la vida, cuando una palabra de bondadoso estímulo los hubiera fortalecido para vencer. Nunca debemos pasar junto a un alma que sufre sin tratar de impartirle el consuelo con el cual somos nosotros consolados por Dios. Todo esto no es sino el cumplimiento del principio de la ley —el principio ilustrado en la historia del buen samaritano y manifestado en la vida de Jesús. Su carácter revela el verdadero significado de la ley, y muestra qué es amar al prójimo como a nosotros mismos. Y cuando los hijos de Dios manifiestan misericordia, bondad y amor hacia todos los hombres, también atestiguan el carácter de los estatutos del cielo. Dan testimonio de que “la ley de Jehová es perfecta, que vuelve el alma”. Y cualquiera que deja de manifestar este amor viola la ley que profesa reverenciar. Por el sentimiento que manifestamos hacia nuestros hermanos, declaramos cuál es nuestro sentimiento hacia Dios. El amor de Dios en el corazón es la única fuente de amor al prójimo. “Si alguno dice, Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Porque el que no ama a su hermano al cual ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?” Amados, “si nos amamos unos a otros, Dios está en nosotros, y su amor es perfecto en nosotros” (El Deseado de todas las gentes, p. 466).