Comentario E.G. White
Lección 7
Jesús deseaba su bien

Sábado 6 de agosto

La indignación de Cristo iba dirigida contra la hipocresía, los groseros pecados por los cuales los hombres destruían su alma, engañaban a la gente y deshonraban a Dios. En el raciocinio especioso y seductor de los sacerdotes y gobernantes, él discernió la obra de los agentes satánicos. Aguda y escudriñadora había sido su denuncia del pecado; pero no habló palabras de represalias. Sentía una santa ira contra el príncipe de las tinieblas; pero no manifestó irritación. Así también el cristiano que vive en armonía con Dios y posee los suaves atributos del amor y la misericordia, sentirá una justa indignación contra el pecado; pero no le incitará la pasión a vilipendiar a los que le vilipendien. Aun al hacer frente a aquellos que, movidos por un poder infernal, sostienen la mentira, conservará en Cristo la serenidad y el dominio propio.
La compasión divina se leía en el semblante del Hijo de Dios mientras dirigía una última mirada al templo y luego a sus oyentes. Con voz ahogada por la profunda angustia de su corazón y amargas lágrimas, exclamó: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que son enviados a ti! ¡Cuántas veces quise juntar tus hijos, como la gallina junta sus pollos debajo de las alas, y no quisiste!” Esta es la lucha de la separación. En el lamento de Cristo, se exhala el anhelo del corazón de Dios... Los fariseos y saduceos quedaron todos callados. Jesús reunió a sus discípulos y se dispuso a abandonar el templo, no como quien estuviese derrotado y obligado a huir de la presencia de sus enemigos, sino como quien ha terminado su obra. Se retiró vencedor de la contienda (Exaltad a Jesús, p. 331).
Cristo vio en Jerusalén un símbolo del mundo endurecido en la incredulidad y rebelión que corría presuroso a recibir el pago de la justicia de Dios. Los lamentos de una raza caída oprimían el alma del Señor, y le hicieron prorrumpir en esas expresiones de dolor. Vio además las profundas huellas del pecado marcadas por la miseria humana con lágrimas y sangre; su tierno corazón se conmovió de compasión infinita por las víctimas de los padecimientos y aflicciones de la tierra; anheló salvarlos a todos. Pero ni aun su mano podía desviar la corriente del dolor humano que del pecado dimana; pocos buscarían la única fuente de salud. Él estaba dispuesto a derramar su misma alma hasta la muerte, y poner así la salvación al alcance de todos; pero muy pocos iban a acudir a él para tener vida eterna.
¡Mirad al Rey del cielo derramando copioso llanto! ¡Ved al Hijo del Dios infinito turbado en espíritu y doblegado bajo el peso del dolor! Los cielos se llenaron de asombro al contemplar semejante escena que pone tan de manifiesto la culpabilidad enorme del pecado, y que nos enseña lo que le cuesta, aun al poder infinito, salvar al pecador de las consecuencias que le acarrea la transgresión de la ley de Dios. Dirigiendo Jesús sus miradas hasta la última generación vio al mundo envuelto en un engaño semejante al que causó la destrucción de Jerusalén. El gran pecado de los judíos consistió en que rechazaron a Cristo; el gran pecado del mundo cristiano iba a consistir en que rechazaría la ley de Dios, que es el fundamento de su gobierno en el cielo y en la tierra. Los preceptos del Señor iban a ser menospreciados y anulados. Millones de almas sujetas al pecado, esclavas de Satanás, condenadas a sufrir la segunda muerte, se negarían a escuchar las palabras de verdad en el día de su visitación. ¡Terrible ceguedad, extraña infatuación! (El conflicto de los siglos, pp. 24, 25).

 

Domingo 7 de agosto: Jonás en Nínive

“Y gimiendo en su espíritu, dice: ¿Por qué pide señal esta generación?” “Mas señal no le será dada, sino la señal de Jonás profeta”. Como Jonás había estado tres días y tres noches en el vientre de la ballena, Cristo había de pasar el mismo tiempo “en el corazón de la tierra”. Y como la predicación de Jonás era una señal para los habitantes de Nínive, la predicación de Cristo era una señal para su generación. Pero, ¡qué contraste en la manera de recibir la palabra! Los habitantes de la gran ciudad pagana temblaron al oír la amonestación de Dios. Reyes y nobles se humillaron; encumbrados y humildes juntos clamaron al Dios del cielo, y su misericordia les fue concedida. “Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación —había dicho Cristo— y la condenarán; porque ellos se arrepintieron a la predicación de Jonás; y he aquí más que Jonás en este lugar”
Cada milagro que Cristo realizaba era una señal de su divinidad. Él estaba haciendo la obra que había sido predicha acerca del Mesías, pero para los fariseos estas obras de misericordia eran una ofensa positiva. Los dirigentes judíos miraban con despiadada indiferencia el sufrimiento humano. En muchos casos, su egoísmo y opresión habían causado la aflicción que Cristo aliviaba. Así que sus milagros les eran un reproche.
Lo que indujo a los judíos a rechazar la obra del Salvador era la más alta evidencia de su carácter divino. El mayor significado de sus milagros se ve en el hecho de que eran para bendición de la humanidad. La más alta evidencia de que él provenía de Dios estriba en que su vida revelaba el carácter de Dios. Hacía las obras y pronunciaba las palabras de Dios. Una vida tal es el mayor de todos los milagros (El Deseado de todas las gentes, p. 373).
Cuando el Hijo del hombre entró triunfalmente en Jerusalén, ellos esperaban que fuese coronado rey. La gente acudió de toda la comarca circunvecina, y clamaba: “¡Hosanna al Hijo de David!” (S. Mateo 21:9). Y cuando los sacerdotes y ancianos rogaron a Jesús que hiciese callar la multitud, él declaró que si ésta callaba, las piedras mismas clamarían, pues la profecía se había de cumplir. Sin embargo, a los pocos días, estos mismos discípulos vieron que su amado Maestro, acerca de quien ellos creían que iba a reinar sobre el trono de David, estaba pendiente de la cruenta cruz por encima de los fariseos que lo escarnecían y denostaban. Sus elevadas esperanzas quedaron chasqueadas, y los envolvieron las tinieblas de la muerte. Sin embargo, Cristo fue fiel a sus promesas. Dulce fue el consuelo que dio a los suyos, rica la recompensa de los veraces y fieles (Notas biográficas, p. 69).
Lloró sobre Jerusalén, la ciudad amada que rehusó recibirlo, a él, el Camino, la Verdad y la Vida. Habían rechazado al Salvador, mas él los consideraba con piadosa ternura. La suya fue una vida de abnegación y verdadera solicitud por los demás. Toda alma era preciosa a sus ojos. A la vez que siempre llevaba consigo la dignidad divina, se inclinaba con la más tierna consideración hacia cada uno de los miembros de la familia de Dios. En todos los hombres veía almas caídas a quienes era su misión salvar. Tal es el carácter de Cristo como se revela en su vida. Este es el carácter de Dios. Del corazón del Padre es de donde manan los ríos de compasión divina, manifestada en Cristo para todos los hijos de los hombres. Jesús el tierno y piadoso Salvador, era Dios “manifestado en la carne” (1 Timoteo 3:16) (El camino a Cristo, pp. 10, 11).

 

Lunes 8 de agosto: El principio de: “De todas formas”

Como Dios, ejerce gran poder en nuestro favor, mientras que como Hermano mayor nuestro, siente todas nuestras desgracias. La Majestad del cielo no se mantuvo alejada de la humanidad degradada y pecaminosa. No tenemos un Sumo Sacerdote tan ensalzado y encumbrado, que no pueda fijarse en nosotros o simpatizar con nosotros, sino que fue tentado en todas las cosas como nosotros, aunque sin pecar. Tendréis que hacer frente a muchas perplejidades en vuestra vida cristiana en relación con la iglesia; pero no os esforcéis demasiado por amoldar a vuestros hermanos. Si veis que ellos no satisfacen los requerimientos de la Palabra de Dios, no los condenéis; si ellos os provocan, no respondáis de la misma manera. Cuando se dicen cosas exasperantes, no dejéis que la inquietud domine vuestra alma...
Debéis trabajar por los que yerran con un corazón subyugado, enternecido por el Espíritu de Dios, y dejar que el Señor obre por vosotros como agentes. Descargad vuestra preocupación sobre Jesús. Sentís que el Señor debe encargarse del caso cuando Satanás está contendiendo por predominar sobre algún alma; pero debéis hacer lo que podéis con humildad y mansedumbre, y poner en las manos de Dios la obra enmarañada, los asuntos complicados. Seguid las indicaciones de su Palabra, y confiad el resultado a su sabiduría. Habiendo hecho todo lo que podíais para salvar a vuestro hermano, dejad de acongojaros, y atended con calma otros deberes apremiantes. Ya no es más vuestro asunto, sino de Dios (Exaltad a Jesús, p. 212).
Deje que su mente se espacie en la bondad de Dios, en el gran amor con que nos ha amado, como se muestra en la obra de la redención. Si no nos amara, y no nos considerara de valor, no habría hecho este tremendo sacrificio. Es grande en misericordia y gracia. Deje que su corazón y su mente descansen, como un niño cansado en los brazos de su madre. Sus brazos eternos están sosteniéndola. En todas sus aflicciones, Jesús es afligido. Qué privilegio es para Ud., afligida ahora, encontrar refugio en Jesús. La armadura del evangelio parece demasiado pesada para llevar. Bien; Cristo es su armadura. Escóndase en él, y el enemigo no la atormentará ni confundirá su fe. Jesús le ha legado su paz (Alza tus ojos, p. 333).
Por todas partes, en derredor nuestro, hay almas que van hacia una ruina tan desesperada y terrible como la que sobrecogió a Sodoma. Cada día termina el tiempo de gracia para algunos. Cada hora, algunos pasan más allá del alcance de la misericordia. ¿Y dónde están las voces de amonestación y súplica que induzcan a los pecadores a huir de esta pavorosa condenación? ¿Dónde están las manos extendidas para sacar a los pecadores de la muerte? ¿Dónde están los que con humildad y perseverante fe ruegan a Dios por ellos?...
El que pagó el precio de su redención conoce el valor del alma humana. Sintiendo hacia la iniquidad un antagonismo que solo puede existir en una naturaleza pura e inmaculada, Cristo manifestó hacia el pecador un amor que solo la bondad infinita pudo concebir. En la agonía de la crucifixión, él mismo, cargado con el espantoso peso de los pecados del mundo, oró por sus vilipendiadores y asesinos: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34) (Patriarcas y profetas, p. 135).

Martes 9 de agosto: El amor nunca deja de ser

En todas sus lecciones, Cristo buscó impresionar en las mentes y los corazones de sus oyentes los principios que subyacen a la gran norma de justicia. Les enseñó que si guardaban los mandamientos de Dios, el amor por Dios y por sus prójimos se manifestaría en su vida diaria. Buscó inculcar en sus corazones el amor que sentía por la humanidad. De esta forma sembró las semillas de la verdad, cuyos frutos producirán una rica cosecha de santidad y belleza de carácter. La santa influencia no solo se seguirá extendiendo mientras el tiempo dure, sino que sus resultados se sentirán por toda la eternidad. Santificará las acciones y tendrá una influencia purificadora donde quiera que exista (Reflejemos a Jesús, p. 53).
Es inseguro confiar en sentimientos o impresiones; éstos no son guías confiables. La ley de Dios es la única norma correcta de santidad. Por esta ley será juzgado el carácter. Si alguien que busca la salvación preguntara: “¿Haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?”, los modernos maestros de la santificación contestarían: “Tan solo cree que Jesús te salvará”. Pero cuando a Cristo se le formuló esta pregunta, dijo: “¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?” Y cuando el que preguntaba replicó: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón., y a tu prójimo como a ti mismo”, Jesús dijo: “Bien has respondido: haz esto, y vivirás” (Lucas 10:25-28).
La verdadera santificación se evidenciará por una consideración concienzuda de todos los mandamientos de Dios, por un desarrollo cuidadoso de cada talento, por una conversación circunspecta, por revelar en cada acto la mansedumbre de Cristo (Fe y obras, pp. 52, 53).
Y entonces, con palabras que desde ese día han sido para hombres y mujeres una fuente de inspiración y aliento, Pablo expone la importancia del amor que deberían abrigar los seguidores de Cristo: “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo caridad, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia; y si tuviese toda la fe, de tal manera que traspasase los montes, y no tengo caridad, nada soy. Y si repartiese toda mi hacienda para dar de comer a pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo caridad, de nada me sirve”.
Por muy noble que sea lo profesado por aquel cuyo corazón no está lleno del amor a Dios y a sus semejantes, no es verdadero discípulo de Cristo. Aunque posea gran fe y tenga poder aun para obrar milagros, sin amor su fe será inútil. Podrá desplegar gran liberalidad; pero si el motivo es otro que el amor genuino, aunque dé todos sus bienes para alimentar a los pobres, la acción no le merecerá el favor de Dios. En su celo podrá hasta afrontar el martirio, pero si no obra por amor, será considerado por Dios como engañado entusiasta o ambicioso hipócrita (Los hechos de los apóstoles, p. 256).

Miércoles 10 de agosto: El segundo toque

Todos los milagros que Jesús realizó fueron para bendecir a los que los dirigentes judíos abandonaban, despreciaban y no querían ayudar. Fue amado [por la gente común] porque era el Restaurador, el gran Médico. Todos sus beneficios eran luz del cielo. Mediante todas sus buenas obras trató de inducirlos a aceptarlo como su Salvador personal. Su vida era fragante, con sabor de vida para vida. Trajo la luz del sol al corazón y al hogar. Acudían a él afligidos, y se iban alegres, con himnos de alabanza. Se ofreció a sí mismo para que ellos le dieran un hogar en sus corazones (Cada día con Dios, p. 275).
Cristo, al cubrir su divinidad con la humanidad, elevó a la humanidad en la escala del valor moral hasta colocarla en una dignidad infinita. ¡Qué condescendencia de parte de Dios y de su Hijo unigénito, que era igual con el Padre!...
Ha sido tan grande la ceguera espiritual de los hombres, que han procurado hacer ineficaz la Palabra de Dios. Con sus tradiciones han declarado que el gran plan de salvación se preparó para abolir la ley de Dios y terminar con su vigencia. En cambio, el Calvario es el poderoso argumento que prueba la inmutabilidad de los preceptos de Jehová...
La condición del carácter debe compararse con la gran norma moral de justicia. Debe haber una búsqueda de los pecados peculiares que han sido ofensivos para Dios, que han deshonrado su nombre y apagado la luz del espíritu, y matado el primer amor del alma.
Se asegura la victoria mediante la fe y la obediencia... La tarea de vencer no ha quedado restringida a los días de los mártires. Nosotros debemos luchar en estos tiempos de sutil tentación y mundanalidad (A fin de conocerle, p. 258).
Escribo esto porque me han sido presentados muchos miembros que en la iglesia son como si vieran a los hombres como árboles que caminan. Deben tener un conocimiento experimental diferente y profundo antes de poder discernir las trampas tendidas para atraparlos en la red del engañador. No debe realizarse una obra parcial ahora. El Señor llama a hombres y mujeres fuertes, decididos e íntegros para que se pongan en la brecha y reparen la muralla (Mensajes selectos, tomo 2, pp. 455, 456).

Jueves 11 de agosto: La iglesia centrada en otros

El amor a sí mismo es lo que trae inquietud. Cuando hayamos nacido de lo alto, habrá en nosotros el mismo sentir que hubo en Jesús, el sentir que le indujo a humillarse a fin de que pudiésemos ser salvos. Entonces no buscaremos el puesto más elevado. Desearemos sentamos a los pies de Jesús y aprender de él. Comprenderemos que el valor de nuestra obra no consiste en hacer ostentación y ruido en el mundo, ni en ser activos y celosos en nuestra propia fuerza. El valor de nuestra obra está en proporción con el impartimiento del Espíritu Santo. La confianza en Dios trae otras santas cualidades mentales, de manera que en la paciencia podemos poseer nuestras almas.
El yugo se coloca sobre los bueyes para ayudarles a arrastrar la carga, para aliviar esa carga. Así también sucede con el yugo de Cristo. Cuando nuestra voluntad esté absorbida en la voluntad de Dios, y empleemos sus dones para beneficiar a otros, hallaremos liviana la carga de la vida. El que anda en el camino de los mandamientos de Dios, anda en compañía de Cristo, y en su amor el corazón descansa (El Deseado de todas las gentes, p. 298).
Nuestras iglesias tienen que hacer una obra de la cual muchos no tienen idea, una obra apenas iniciada. “Porque tuve hambre —dice Cristo— y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel, y vinisteis a mí”(S. Mateo 25:35,36). Algunos piensan que todo lo que se espera de ellos es que den dinero para esta obra; pero están en un error. El dinero donado no puede reemplazar el ministerio personal. Es bueno que demos de nuestros recursos, y muchos más debieran hacerlo; pero se requiere de todos un servicio personal de acuerdo a sus fuerzas y oportunidades.
La obra de atender a los menesterosos, los oprimidos, los dolientes, los indigentes, es la obra que cada iglesia que cree la verdad para este tiempo debiera haber estado haciendo desde hace mucho. Debemos manifestar la tierna simpatía del samaritano y suplir las necesidades físicas, alimentar a los hambrientos, traer a los pobres sin hogar a nuestras casas, pedir a Dios cada día la gracia y la fuerza que nos habiliten para llegar a las mismas profundidades de la miseria humana y ayudar a quienes no pueden ayudarse. Cuando hacemos esta obra, encontramos el momento oportuno para presentar a Cristo crucificado.
Cada miembro de la iglesia debe considerar que tiene el deber especial de trabajar por los que viven en su vecindario. Estudiad la mejor manera de ayudar a los que no tienen interés en las cosas religiosas. Mientras visitáis a vuestros amigos y vecinos, manifestad interés en su bienestar espiritual, tanto como en el temporal. Presentad a Cristo como el Salvador que perdona el pecado. Invitadlos a vuestra casa, y leed con ellos la preciosa Biblia y los libros que explican sus verdades. Esto, unido a himnos sencillos y oraciones fervientes, conmoverá su corazón. Enséñese a los miembros de la iglesia a hacer esta obra (Testimonios para la iglesia, tomo 6, p. 278).