Comentario E.G. White
Lección 6
Jesús se mezclaba con las personas

Sábado 30 de julio

El Señor está enviando a los errantes, a los débiles y temblorosos, y aun a aquellos que han apostatado de la verdad, un llamado especial a regresar plenamente al redil. Pero muchos no han aprendido que ellos tienen un deber especial de ir y buscar a estas ovejas perdidas. Los fariseos murmuraron porque Jesús recibía a los publícanos y a los pecadores comunes, y comía con ellos. En su justicia despreciaban a estos pobres pecadores que con gozo oían las palabras de Jesús. Para reprender este espíritu en los escribas y fariseos, y para dejar una lección impresionante para todos, el Señor relató la parábola de la oveja perdida. Notad en particular los siguientes puntos: Se dejan las noventa y nueve ovejas en el redil y se busca diligentemente a la única que se ha perdido. Todo el esfuerzo se realiza por la oveja desafortunada. Así también el esfuerzo de la iglesia debe dirigirse en favor de los miembros que se desvían del redil de Cristo. ¿Y se han apartado ellos muy lejos? No esperéis que regresen antes de que tratéis de ayudarlos, sino id en busca de ellos.
Cuando se encuentra a la oveja perdida se la trae de vuelta con regocijo, y esto produce mucha alegría. Esto ilustra la bendita y gozosa tarea de trabajar por los errantes. La iglesia que se ocupa con éxito en esta obra, es una iglesia feliz. El hombre o la mujer cuya alma es impulsada por la compasión o el amor por los errantes y que trabaja para traerlos al redil del gran Pastor, se halla empeñada en una tarea bendita. Y, ¡oh! ¡Qué pensamiento arrobador el que, cuando un pecador es así reconquistado, hay más gozo en el cielo por él que por noventa y nueve justos! las almas egoístas, exclusivistas, exigentes, que parecen temer ayudar a los que están en el error como si esto los contaminara, no disfrutan la dulzura del trabajo misionero; no sienten la bendición que llena todo el cielo de regocijo por el rescate de uno que se ha extraviado. La iglesia o las personas que rehúyen llevar cargas por otros, que se encierran en sí mismas, pronto sufrirán una debilidad espiritual. Es el trabajo lo que mantiene fuerte a un hombre. La labor misionera, el esfuerzo y llevar cargas y preocupaciones, es lo que fortalece a la iglesia de Cristo (Notas biográficas, pp. 206-208).
Cuando los “publícanos y pecadores” se reunían alrededor de Cristo, los rabinos expresaban su descontento. “Éste a los pecadores recibe — decían— y con ellos come”. Con esta acusación insinuaban que a Cristo le gustaba asociarse con los pecadores y los viles, y que era insensible a su iniquidad. Los rabinos se habían desilusionado con Jesús. ¿Por qué él, que pretendía tener un carácter tan elevado, no se juntaba con ellos y seguía sus métodos de enseñanza? ¿Por qué se portaba tan modestamente, trabajando entre los hombres de todas las clases? Si fuese un profeta verdadero, decían, estaría de acuerdo con nosotros, y trataría a los publícanos y pecadores con la indiferencia que merecen. Encolerizaba a esos guardianes de la sociedad el que Aquel con quien estaban continuamente en disputa, pero cuya pureza de vida los aterrorizaba y condenaba, se juntara, con una simpatía tan visible, con los parias de la sociedad. No aprobaban sus métodos. Se consideraban a sí mismos como educados, refinados y preeminentemente religiosos; pero el ejemplo de Cristo presentaba al desnudo su egoísmo. También los encolerizaba el hecho de que los que mostraban solo desprecio por los rabinos, los que nunca eran vistos en las sinagogas, acudieran a Jesús, y escucharan con arrobada atención sus palabras. Los escribas y fariseos sentían solo condenación ante aquella presencia pura; ¿cómo era, entonces, que los publícanos y pecadores resultaban atraídos a Jesús? (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 144, 145).

 Domingo 31 de julio: Solamente el método de Cristo

En los días de Cristo no había sanatorios en la Tierra Santa. Pero dondequiera que fuera el Gran Médico, llevaba consigo la eficacia sanadora que producía la curación de todas las enfermedades, espirituales y físicas. Él la impartía a los que se encontraban bajo el poder aflictivo del enemigo. En todas las ciudades, los pueblos y las aldeas por los que pasaba, con la solicitud de un padre amante, colocaba sus manos sobre los afligidos, los sanaba y les hablaba palabras de la más tierna simpatía y compasión. ¡Cuánto apreciaban ellos esas palabras! De él fluía una corriente de poder sanador que restauraba a los enfermos. Sanaba a hombres y mujeres sin vacilación y con gran gozo, porque se alegraba de poder restaurar la salud a los enfermos (Consejos sobre la salud, p. 527). Nunca hubo un evangelista como Cristo. Él era la Majestad del cielo, pero se humilló para tomar nuestra naturaleza, a fin de poder encontrar a los hombres donde estaban. A todos, ricos y pobres, libres y siervos, Cristo el Mensajero del pacto, trajo las nuevas de salvación. Su fama de gran Médico cundió por toda Palestina. Los enfermos acudían a los lugares por donde debía pasar a fin de pedirle auxilio. Allí también iban muchos ansiosos de oír sus palabras y recibir el toque de su mano. Así iba de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, predicando el evangelio y sanando a los enfermos —Rey de gloria en el humilde atavío de humanidad (Exaltad a Jesús, p. 86).    
Cuando Cristo vio las multitudes que se habían reunido alrededor de él, “tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor”. Cristo vio la enfermedad, la tristeza, el dolor y la degradación de las multitudes que se agolpaban a su paso. Le fueron presentadas las necesidades y desgracias de todos los seres humanos. En los encumbrados y los humildes, los más honrados y los más degradados, veía almas que anhelaban las mismas bendiciones que él había venido a traer; almas que necesitaban solamente un conocimiento de su gracia para llegar a ser súbditos de su reino. “Entonces dice a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies” (Mateo 9:36-38). Hoy existe la misma necesidad. Hacen falta en el mundo obreros que trabajen como Cristo trabajó en favor de los dolientes y pecaminosos. Hay, a la verdad, una multitud que alcanzar. El mundo está lleno de enfermedad, sufrimiento, angustia y pecado. Está lleno de personas que necesitan que se las atienda: los débiles, impotentes, ignorantes, degradados (Consejos sobre la salud, p. 13).

 

                                                                   

Lunes 1 de agosto: Perdido y hallado

Es el propósito de Dios que su pueblo sea un pueblo santificado, purificado y santo, que comunique luz a cuantos le rodean. Es su propósito que, al ejemplificar la verdad en su vida, le alabe el mundo. La gracia de Cristo basta para realizar esto. Pero deben recordar los hijos de Dios que únicamente cuando ellos crean en los principios del evangelio y obren de acuerdo con ellos, puede él hacer de ellos una alabanza en la tierra. Únicamente en la medida en que usen las capacidades que Dios les ha dado para servirle, disfrutarán de la plenitud y el poder de la promesa en la cual la iglesia ha sido llamada a confiar... Los discípulos no habían de aguardar que la gente acudiera a ellos. Ellos debían ir a la gente y buscar a los pecadores como el pastor busca a la oveja perdida. Cristo les presentó el mundo como campo de labor. Debían ir “por todo el mundo” y predicar “el evangelio a toda criatura” (S. Marcos 16:15). Habían de predicar acerca del Salvador, acerca de su vida de amor abnegado, su muerte ignominiosa, su amor sin parangón e inmutable. Su nombre había de ser su consigna, su vínculo de unión. En su nombre habían de subyugar las fortalezas del pecado. La fe en su nombre había de señalarlos como cristianos (Testimonios para la iglesia, tomo 8, pp. 20, 21).
Cada alma que Cristo ha rescatado está llamada a trabajar en su nombre para la salvación de los perdidos. Esta obra había sido descuidada en Israel. ¿No es descuidada hoy día por los que profesan ser los seguidores de Cristo? ¿A cuántos de los errantes, tú, lector, has buscado y llevado de vuelta al redil? Cuando te apartas de los que no parecen promisorios ni atractivos, ¿te das cuenta de que estás descuidando las almas que está buscando Cristo? En el preciso momento en que te apartas de ellos, quizá es cuando necesiten más de tu compasión. En cada reunión de culto, hay almas que anhelan descanso y paz. Quizá parezca que viven vidas descuidadas, pero no son insensibles a la influencia del Espíritu Santo. Muchas de ellas pueden ser ganadas para Cristo. Si no se lleva la oveja perdida de vuelta al aprisco, vaga hasta que perece, y muchas almas descienden a la ruina por falta de una mano que se extienda para salvarlas. Los que van errantes pueden parecer duros e indiferentes; pero si hubieran tenido las mismas ventajas que otros han tenido, habrían revelado mayor nobleza de alma, y mayor talento para la utilidad. Los ángeles se compadecen de ellos. Los ángeles lloran mientras los ojos humanos están secos y los corazones cerrados a la piedad. ¡Oh, la falta de simpatía profunda y enternecedora por los tentados y errantes! ¡Oh, más del espíritu de Cristo, y menos, mucho menos del yo! (Palabras de vida del gran Maestro, p. 150).

Martes 2 de agosto: Comía con los pecadores

El llamamiento de Mateo al discipulado excitó gran indignación. Que un maestro religioso eligiese a un publicano como uno de sus acompañantes inmediatos, era una ofensa contra las costumbres religiosas, sociales y nacionales. En su agradecida humildad, Mateo deseaba mostrar su aprecio por el honor que se le había concedido; y, reuniendo a los que habían sido sus asociados en los negocios, en el placer y en el pecado, hizo una gran fiesta para el Salvador. Si Jesús lo llamaba a pesar de ser tan pecador e indigno, seguramente aceptaría a sus anteriores compañeros quienes, según pensaba Mateo, eran mucho más merecedores que él. Mateo tenía un gran anhelo de que ellos compartiesen los beneficios de la misericordia y gracia de Cristo. Deseaba que ellos supiesen que Cristo no... despreciaba ni odiaba a los publícanos y pecadores. Quería que ellos conocieran a Cristo como el bendito Salvador... Jesús nunca rehusaba una invitación a tales fiestas. El objeto que estaba siempre delante de él era sembrar en el corazón de sus oyentes las semillas de la verdad y mediante su conversación persuasiva atraer los corazones a sí. En cada uno de sus actos Cristo tenía un propósito y la lección que dio en esta ocasión fue oportuna y apropiada. Mediante ese acto declaraba que aun los publícanos y pecadores no estaban excluidos de su presencia... Los fariseos vieron a Cristo visitando a los publícanos y pecadores y comiendo con ellos... Esos hombres que pretendían ser justos, que no sentían necesidad de ayuda, no podían apreciar la obra de Cristo. Se colocaban donde no podían aceptar la salvación que había venido a traer. Ellos no acudían a él para poder tener vida. Los pobres publícanos y pecadores sentían su necesidad y aceptaban la instrucción y la ayuda que sabían que Cristo podía darles. Para Mateo mismo, el ejemplo de Jesús en el banquete fue una constante lección. El publicano despreciado vino a ser uno de los evangelistas más consagrados, y en su propio ministerio siguió muy de cerca las pisadas del Maestro (Conflicto y valor, p. 284). Hemos de entregar nuestro corazón a Dios para que pueda renovarnos y santificarnos, y preparamos para los atrios celestiales. No hemos de esperar que llegue algún tiempo especial, sino que hoy hemos de entregamos a él, rehusando ser siervos del pecado. ¿Os imagináis que podéis desprenderos del pecado poco a poco? ¡Oh, desprendeos de esa cosa maldita inmediatamente! Aborreced las cosas que aborrece Cristo, amad las cosas que ama Cristo. Por su muerte y sufrimiento, ¿acaso no ha provisto lo necesario para vuestra limpieza del pecado? Cuando comenzamos a comprender que somos pecadores, y caemos sobre la Roca para ser quebrantados, nos rodean los brazos eternos y somos colocados cerca del corazón de Jesús. Entonces seremos cautivados por su belleza y quedaremos disgustados con nuestra propia justicia. Necesitamos acercamos a los pies de la cruz. Mientras más nos humillemos allí, más excelso nos parecerá el amor de Dios. La gracia y la justicia de Cristo no serán de utilidad para el que se siente sano, para el que piensa que es razonablemente bueno, que está contento con su propia condición. No hay lugar para Cristo en el corazón de aquel que no comprende su necesidad de luz y ayuda divinas (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 384, 385).

Miércoles 3 de agosto: Mezclarse sabiamente

Cuando es implantado el principio del amor en el corazón, cuando el hombre es renovado conforme a la imagen del que lo creó, se cumple en él la promesa del nuevo pacto: “Pondré mis leyes en su corazón, y también en su mente las escribiré” (Hebreos 10:16). Y si la ley está escrita en el corazón, ¿no modelará la vida? La obediencia, es decir, el servicio y la lealtad de amor, es la verdadera prueba del discipulado. Siendo así, la Escritura dice: “Este es el amor de Dios, que guardemos sus mandamientos”. “El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, es mentiroso, y no hay verdad en él” (1 Juan 5:3; 2:4). En vez de que la fe exima al hombre de la obediencia, es la fe, y solo ella, la que lo hace participante de la gracia de Cristo y lo capacita para obedecerlo.
No ganamos la salvación con nuestra obediencia; porque la salva­ción es el don gratuito de Dios, que se recibe por la fe. Pero la obedien­cia es el fruto de la fe. “Sabéis que él fue manifestado para quitar los pecados, y en él no hay pecado. Todo aquel que mora en él no peca; todo aquel que peca no le ha visto, ni le ha conocido” (1 Juan 3:5, 6). He aquí la verdadera prueba. Si moramos en Cristo, si el amor de Dios mora en nosotros, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, nuestras acciones, tienen que estar en armonía con la voluntad de Dios como se expresa en los preceptos de su santa ley (El camino a Cristo, pp. 60,61).
Aquellos con quienes nos asociamos día tras día necesitan nuestra ayuda, nuestra dirección. Pueden hallarse en tal condición mental que una palabra pronunciada en sazón será como un clavo puesto en lugar seguro. Puede ser que mañana algunas de esas almas se hallen donde no se las pueda alcanzar. ¿Qué influencia ejercemos sobre esos compañeros de viaje?
Cada día de la vida está cargado de responsabilidades que debemos llevar. Cada día, nuestras palabras y nuestros actos hacen impresiones sobre aquellos con quienes tratamos. ¡Cuán grande es la necesidad de que observemos cuidadosamente nuestros pasos y ejerzamos cautela en nuestras palabras! Un movimiento imprudente, un paso temerario, pueden levantar olas de gran tentación que arrastrarán tal vez a un alma. No podemos retirar los pensamientos que hemos implantado en las mentes humanas. Si han sido malos, pueden iniciar toda una cadena de circunstancias; una marea del mal que no podremos detener.
Por otro lado, si nuestro ejemplo ayuda a otros a desarrollarse de acuerdo con los buenos principios, les comunicamos poder para hacer el bien. A su vez, ejercerán la misma influencia benéfica sobre otros. Así centenares y millares recibirán ayuda de nuestra influencia inconscien­te. El que sigue verdaderamente a Cristo fortalece los buenos propósitos de todos aquellos con quienes trata. Revela el poder de la gracia de Dios y la perfección de su carácter (Profetas y reyes, pp. 257, 258).

Jueves 4 de agosto: En medio de una generación perversa

Debemos educar el alma para que sea compasiva, suave y dulce, perdonadora y piadosa. Cuando rechazamos la vanidad y la charla necia, las bromas y las chanzas, no por ello nos volvemos fríos, insociables ni poco comprensivos. El Espíritu del Señor debe reposar sobre vosotros hasta que seáis como una flor fragante del jardín de Dios. Debéis hablar constantemente de la luz, de Jesús, el Sol de justicia, hasta que seáis transformados de gloria en gloria, de carácter en carácter, adquiriendo mayor fortaleza y reflejando cada vez más la preciosa imagen de Jesús.
Cristo está siempre dispuesto a impartir sus dones; nosotros debe­mos recoger las gemas que descienden de él, para que, al hablar, aqué­llas se desprendan de nuestros labios (Meditaciones matinales 1952, p. 202).
El ejemplo de los seguidores de Cristo en Antioquía debería consti­tuir una inspiración para todo creyente que vive en las grandes ciudades del mundo hoy. Aunque es plan de Dios que escogidos y consagrados obreros de talento se establezcan en los centros importantes de pobla­ción para dirigir esfuerzos públicos, es también su propósito que los miembros de la iglesia que viven en esas ciudades usen los talentos que Dios les ha dado trabajando por las almas. Hay en reserva ricas bendi­ciones para los que se entreguen plenamente al llamamiento de Dios. Mientras esos obreros se esfuercen por ganar almas para Jesús, hallarán que muchos que nunca hubieran sido alcanzados de otra manera están listos para responder al esfuerzo personal inteligente (Los hechos de los apóstoles, p. 128).
Si deseamos ser verdaderas luces en el mundo, debemos manifestar el espíritu bondadoso y compasivo de Cristo. Para amar como Cristo amó debemos poner en práctica el dominio propio. Tenemos que reve­lar abnegación en todo momento y lugar. Debemos emplear palabras amables y tener una expresión agradable. Todo esto no cuesta nada al dador, y sin embargo al pasar deja una deliciosa fragancia. No es posi­ble estimar la influencia benéfica que esas acciones ejercen. Son una bendición no solamente para el favorecido, sino también para el dador; porque se reflejan sobre este último. El amor genuino es un valioso atributo de origen celestial, que se vuelve más fragante a medida que se entrega a los demás...
Dios desea que sus hijos recuerden que, para glorificarle, deben depositar su afecto en aquellos que más lo necesitan. No se debe des­cuidar a ninguna persona con quien nos relacionemos. No debemos manifestar egoísmo ante nuestros semejantes por palabra, acción ni con nuestra mirada, sean éstos ricos o pobres, humildes o poderosos. El amor que dirige palabras bondadosas a unos pocos, pero trata a otros con frialdad e indiferencia, no es amor, sino egoísmo. Nunca obrará para el bien de las almas o la gloria de Dios. No debemos concentrar nuestro amor en uno o dos objetos del mismo.
Los que reciben el resplandor de la justicia de Cristo, pero se nie­gan a transmitirlo a la vida de los demás, pronto perderán los dulces y esplendorosos rayos de la gracia celestial, que reservaban egoístamente para prodigarlos sobre unos pocos... No se debe permitir que el yo reúna unos pocos escogidos junto a sí, sin dejar nada para los que nece­sitan más ayuda que nadie. No debemos reservar nuestro amor para un grupo especial. Quebremos el frasco, y el aroma saturará toda la casa (Dios nos cuida, p. 46).