Comentario E.G. White
Lección 5
Jesús llega a la comunidad

Sábado 23 de julio

Cristo recorría “toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mateo 4:23). Predicaba en las sinagogas porque así podía llegar hasta las muchedumbres que se reunían en ellas. Luego salía y predicaba junto al mar y en las grandes vías por donde viajaba la gente. Las verdades preciosas que él tenía que proclamar no debían limitarse únicamente a las sinagogas...
Cristo podía ocupar el lugar más encumbrado entre los maestros más destacados de la nación judía. Pero él prefirió llevar el evangelio a los pobres. Fue de un lugar a otro a fin de que los que estaban en los caminos y en los vallados pudieran oír el evangelio de la verdad. Trabajó en la forma en que desea que trabajen sus obreros de la actuali­dad. Junto al mar, y en la ladera de la montaña y en las calles de la ciu­dad, se oía su voz que explicaba las Escrituras del Antiguo Testamento. Sus explicaciones eran tan diferentes de las explicaciones de los escri­bas y los fariseos, que atraían la atención de la gente. Enseñaba como uno que tenía autoridad, y no como los escribas. Proclamaba el evange­lio con claridad y poder (El evangelismo, pp. 44, 45).
Este mundo es un vasto lazareto, pero Cristo vino para sanar a los enfermos y proclamar liberación a los cautivos de Satanás. Él era en sí mismo la salud y la tuerza. Impartía vida a los enfermos, a los afligidos, a los poseídos de los demonios. No rechazaba a ninguno que viniese para recibir su poder sanador. Sabía que aquellos que le pedían ayuda habían atraído la enfermedad sobre sí mismos; sin embargo no se negaba a sanar­los. Y cuando la virtud de Cristo penetraba en estas pobres almas, quedaban convencidas de pecado, y muchos eran sanados de su enfermedad espiritual tanto como de sus dolencias físicas. El evangelio posee todavía el mismo poder, y ¿por qué no habríamos de presenciar hoy los mismos resultados?
Cristo siente los males de todo doliente. Cuando los malos espíritus desgarran un cuerpo humano, Cristo siente la maldición. Cuando la fie­bre consume la corriente vital, él siente la agonía. Y está tan dispuesto a sanar a los enfermos ahora como cuando estaba personalmente en la tierra. Los siervos de Cristo son sus representantes, los conductos por los cuales ha de obrar. El desea ejercer por ellos su poder curativo (Exaltad a Jesús, p. 252).
Todos debemos llegar a ser testigos de Jesús. El poder social, san­tificado por la gracia de Cristo, debe ser aprovechado para ganar almas para el Salvador. Vea el mundo que no estamos egoístamente absortos en nuestros propios intereses, sino que deseamos que otros participen de nuestras bendiciones y privilegios. Dejémosle ver que nuestra religión no nos hace faltos de simpatía ni exigentes. Sirvan como Cristo sirvió, para beneficio de los hombres, todos aquellos que profesan haberle hallado. Nunca debemos dar al mundo la impresión falsa de que los cristianos son un pueblo lóbrego y carente de dicha.
Si somos corteses y amables en casa, nos acompañara el sabor de una disposición placentera cuando nos ausentemos del hogar. Si mani­festamos tolerancia, paciencia, mansedumbre y fortaleza en el hogar, podremos ser una luz para el mundo (El hogar cristiano, p. 389).

Es maravillosa la obra que el Señor determina que sea realizada por su iglesia, a fin de que su nombre sea glorificado. Se da un cuadro de esta obra en la visión de Ezequiel del río de la salud: “Estas aguas salen a la región del oriente, y descenderán a la llanura, y entrarán en la mar; y entradas en la mar, recibirán sanidad las aguas. Y será que toda alma viviente que nadare por dondequiera que entraren estos dos arroyos, vivirá... y junto al arroyo, en su ribera de una parte y de otra, crecerá todo árbol de comer: su hoja nunca caerá, ni faltará su fruto: a sus meses madurará, porque sus aguas salen del santuario: y su fruto será para comer, y su hoja para medicina” (Ezequiel 47:812).
Desde el principio Dios ha obrado por medio de su pueblo para proporcionar bendición al mundo. Para la antigua nación egipcia Dios hizo de José una fuente de vida. Mediante la integridad de José fue preservada la vida de todo ese pueblo. Mediante Daniel Dios salvó la vida de todos los sabios de Babilonia. Y esas liberaciones son leccio­nes objetivas; ilustran las bendiciones espirituales ofrecidas al mundo mediante la relación con el Dios a quien José y Daniel adoraban. Todo aquel en cuyo corazón habite Cristo, todo aquel que quiera revelar su amor al mundo, es colaborador con Dios para la bendición de la huma­nidad. Cuando recibe gracia del Salvador para impartir a otros, de todo su ser fluye la marea de vida espiritual.
Dios escogió a Israel para que revelase su carácter a los hombres. Deseaba que fuesen como manantiales de salvación en el mundo. Se les encomendaron los oráculos del cielo, la revelación de la voluntad de Dios (Los hechos de los apóstoles, pp. 11, 12).
Cada obrero en cuyo corazón habita Cristo, todo aquel que quiere revelar su amor al mundo, es colaborador con Dios para beneficiar a la humanidad. Mientras recibe del Salvador gracia para impartirla a otros, fluye de su ser entero la oleada de vida espiritual. Cristo vino como el gran Médico, para sanar las heridas que el pecado había hecho en la familia humana, y su Espíritu, obrando por medio de sus siervos, imparte a los enfermos del pecado, a los dolientes seres humanos, un intenso poder curativo, eficaz para el cuerpo y el alma. “En aquel tiem­po —dice la Escritura— habrá manantial abierto para la casa de David y para los moradores de Jerusalén, para el pecado y la inmundicia” (Zacarías 13:1). Las aguas de este manantial sanarán las debilidades físicas y espirituales.
Desde este manantial fluye el caudaloso río que vio Ezequiel en visión (Joyas de los testimonios, t. 2, pp. 484, 485).

Domingo 24 de julio: La declaración de misión de Jesús

Jesús estaba delante de la gente como exponente vivo de las pro­fecías concernientes a él mismo. Explicando las palabras que había leído, habló del Mesías como del que había de aliviar a los oprimidos, libertar a los cautivos, sanar a los afligidos, devolver la vista a los cie­gos y revelar al mundo la luz de la verdad. Su actitud impresionante y el maravilloso significado de sus palabras conmovieron a los oyentes con un poder que nunca antes habían sentido. El flujo de la influencia divina quebrantó toda barrera; como Moisés, contemplaban al Invisible. Mientras sus corazones estaban movidos por el Espíritu Santo, respon­dieron con fervientes amenes y alabaron al Señor.
Pero cuando Jesús anunció: “Hoy se ha cumplido esta Escritura en vuestros oídos”, se sintieron inducidos repentinamente a pensar en sí mismos y en los asertos de quien les dirigía la palabra. Ellos, israe­litas, hijos de Abrahán, habían sido representados como estando en servidumbre. Se les hablaba como a presos que debían ser librados del poder del mal; como si habitasen en tinieblas, necesitados de la luz de la verdad. Su orgullo se ofendió, y sus recelos se despertaron. Las palabras de Jesús indicaban que la obra que iba a hacer en su favor era comple­tamente diferente de lo que ellos deseaban. Tal vez iba a investigar sus acciones con demasiado detenimiento. A pesar de su meticulosidad en las ceremonias externas, rehuían la inspección de aquellos ojos claros y escrutadores (El Deseado de todas las gentes, p. 204).
La separación del mundo, en obediencia a la orden divina, ¿nos inhabilitará para la obra que el Señor nos ha dejado? ¿Nos estorbará de hacer el bien en nuestro derredor? No.
Cuanto más firme sea nuestro asidero en el cielo, tanto mayor será nuestro poder para ser útiles. Debemos estudiar el Modelo, para que el espíritu que habitó en Cristo pueda morar en nosotros. Al Salvador no se lo halló entre los eminentes y honorables del mundo. No empleó su tiem­po entre los que buscaban su propia comodidad y deleite. Trabajó para ayudar a los que necesitaban ayuda, para salvar a los perdidos y a los que perecían, para levantar a los caídos, para romper el yugo de opresión de los que estaban en cautiverio, para sanar a los afligidos y hablar palabras de simpatía y consolación a los angustiados y tristes. Se nos pide que sigamos este ejemplo. Cuanto más participemos del espíritu de Cristo, tanto más buscaremos hacer por nuestros semejantes. Bendeciremos al necesitado y confortaremos al afligido (En lugares celestiales, p. 312).
                                                                               

Lunes 25 de julio: Ama a tu prójimo

Mediante la historia del buen samaritano, Jesús pintó un cuadro de sí mismo y de su misión. El hombre había sido engañado, estropeado, robado y arruinado por Satanás, y abandonado para que pereciese; pero el Salvador se compadeció de nuestra condición desesperada. Dejó su gloria, para venir a redimimos. Nos halló a punto de morir, y se hizo cargo de nuestro caso. Sanó nuestras heridas. Nos cubrió con su manto de justicia. Nos proveyó un refugio seguro e hizo completa provisión para nosotros a sus propias expensas. Murió para redimimos. Señalando su propio ejemplo, dice a sus seguidores: “Esto os mando: Que os améis los unos a los otros”. “Como os he amado, que también os améis los unos a los otros”.
La pregunta del doctor de la ley a Jesús había sido: “¿Haciendo qué cosa poseeré la vida eterna? “ Y Jesús, reconociendo el amor a Dios y al hombre como la esencia de la justicia, le había dicho: “Haz esto, y vivirás”. El samaritano había obedecido los dictados de un corazón bondadoso y amante, y con esto había dado pruebas de ser observador de la ley. Cristo le ordenó al doctor de la ley: “Ve, y haz tú lo mismo”. Se espera que los hijos de Dios hagan, y no meramente digan. “El que dice que está en él, debe andar como él anduvo”.
La lección no se necesita menos hoy en el mundo que cuando salió de los labios de Jesús. El egoísmo y la fría formalidad casi han extingui­do el fuego del amor y disipado las gracias que podrían hacer fragante el carácter. Muchos de los que profesan su nombre han perdido de vista el hecho de que los cristianos deben representar a Cristo. A menos que practiquemos el sacrificio personal para bien de otros, en el círculo familiar, en el vecindario, en la iglesia, y en dondequiera que podamos, cualquiera sea nuestra profesión, no somos cristianos (El Deseado de todas las gentes, pp. 464, 465).
Cualquier ser humano que necesita nuestra simpatía y nuestros buenos servicios es nuestro prójimo. Los dolientes e indigentes de todas clases son nuestros prójimos; y cuando llegamos a conocer sus necesi­dades, es nuestro deber aliviarlas en cuanto sea posible.
Quien ama a Dios no solo amará a sus prójimos, sino considerará con tierna compasión a las criaturas que Dios hizo. Cuando el Espíritu de Dios está en el hombre, lo conduce a aliviar el dolor en vez de pro­ducirlo...
Acércate a tus vecinos, uno por uno, hasta que sus corazones sean entibiados por tu interés y amor abnegados. Simpatiza con ellos, ora por ellos, busca oportunidades para hacerles bien, y en cuanto puedas, reúne a algunos para abrir la Palabra de Dios ante sus mentes entenebrecidas. Vela como quien ha de rendir cuenta de las almas de los hombres, y aprovecha los privilegios que Dios te da de trabajar con él en su viña (Reflejemos a Jesús, p. 221).

Martes 26 de julio: La receta completa

Se aprecia la sal por sus propiedades preservadoras; y cuando Dios llama sal a sus hijos, quiere enseñarles que se propone hacerlos súbditos de su gracia para que contribuyan a salvar a otros. Dios escogió a un pueblo ante todo el mundo, no únicamente para adoptar a sus hombres y mujeres como hijos suyos, sino para que el mundo recibiese por ellos la gracia que trae salvación. Cuando el Señor eligió a Abrahán, no fue solamente para hacerlo su amigo especial; fue para que transmitiese los privilegios especiales que quería otorgar a las naciones. Dijo Jesús, cuando oraba por última vez con sus discípulos antes de la crucifixión: “Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad”. Así también los cristianos que son purifi­cados por la verdad poseerán virtudes salvadoras que preservarán al mundo de la completa corrupción moral.
La sal tiene que unirse con la materia a la cual se la añade; tiene que entrar e infiltrarse para preservar. Así, por el trato personal llega hasta los hombres el poder salvador del evangelio. No se salvan en grupos, sino individualmente. La influencia personal es un poder. Tenemos que acercamos a los que queremos mejorar.
El sabor de la sal representa la fuerza vital del cristiano, el amor de Jesús en el corazón, la justicia de Cristo que compenetra la vida. El amor de Cristo es difusivo y agresivo. Si está en nosotros, se extenderá a los demás. Nos acercaremos a ellos, hasta que su corazón sea enterne­cido por nuestro amor y nuestra simpatía desinteresada. De los creyen­tes sinceros mana una energía vital y penetrante que infunde un nuevo poder moral a las almas por las cuales ellos trabajan. No es la fuerza del hombre mismo, sino el poder del Espíritu Santo, lo que realiza la obra transformadora (El discurso maestro de Jesucristo, pp. 33, 34).
Dios prueba a su pueblo en este mundo. Este es el lugar donde hay que prepararse para comparecer ante él. Aquí, en este mundo, en estos últimos días, las personas pondrán en evidencia cuál es el poder que acepta sus corazones y controla sus acciones. Si es el poder de la verdad divina, conducirá a las buenas obras. Elevará al que lo recibe y lo transformará en una persona de corazón noble y generoso como su divino Señor (Exaltad a Jesús, p. 369).
Cuando Cristo mora en el corazón, el alma está tan llena de su amor, del gozo de su comunión, que se une a él, y pensando en él, se olvida de sí misma. El amor de Cristo es el móvil de la acción. Aquellos que sienten el constructivo amor de Dios no preguntan cuánto es lo menos que pueden darle para satisfacer los requerimientos de Dios; no preguntan cuál es la más baja norma aceptada, sino que aspiran a una vida de completa conformidad con la voluntad de su Salvador. Con ardiente deseo entregan todo y manifiestan un interés proporcionado al valor del objeto que buscan. El profesar pertenecer a Cristo sin sentir amor profundo, es mera charla, árido formalismo, gravosa y vil tarea (El camino a Cristo, p. 44).

Miércoles 27 de julio: El trabajo del agricultor

“Uno es el que siembra y otro es el que siega”. El Salvador dijo estas palabras antes de la ordenación y envío de sus discípulos. Por toda Judea, Cristo había estado sembrando las semillas de verdad. Clara y distintamente, había bosquejado el plan de salvación; porque la verdad no languidecía nunca en sus labios. La obra terrena del gran Maestro iba a acabar pronto. Los discípulos habían de seguir después, segando donde él había sembrado, para que el Sembrador y los segadores se regocijasen juntos.
Hoy día, en el gran campo de la mies, Dios necesita sembradores y segadores. Recuerden los que salen a trabajar, algunos para sembrar y otros para segar, que nunca han de atribuirse la gloria y el éxito de su obra. Los agentes de Dios han estado antes que ellos preparando el camino para la siembra de la simiente y la siega de la mies. “Yo os he enviado a segar lo que vosotros no labrasteis —dijo Cristo:— otros labraron, y vosotros habéis entrado en sus labores” (Obreros evangéli­cos, p. 425).
A través de la parábola del sembrador, Cristo presenta el hecho de que los diferentes resultados dependen del terreno. En todos los casos, el sembrador y la semilla son los mismos. Así él enseña que si la pala­bra de Dios deja de cumplir su obra en nuestro corazón y en nuestra vida, la razón estriba en nosotros mismos. Pero el resultado no se halla fuera de nuestro dominio. En verdad, nosotros no podemos cambiamos a nosotros mismos; pero tenemos la facultad de elegir y de determinar qué llegaremos a ser. Los oyentes representados por la vera del camino, el terreno pedregoso y el de espinas, no necesitan permanecer en esa condición. El Espíritu de Dios está siempre tratando de romper el hechi­zo de la infatuación que mantiene a los hombres absortos en las cosas mundanas, y de despertar el deseo de poseer el tesoro imperecedero. Es resistiendo al Espíritu como los hombres llegan a desatender y descui­dar la palabra de Dios. Ellos mismos son responsables de la dureza de corazón que impide que la buena simiente eche raíces, y de los malos crecimientos que detienen su desarrollo...
Los sembradores de la semilla tienen una obra que hacer en cuanto a preparar los corazones para que reciban el evangelio. Se presenta la palabra con demasiado sermoneo y con muy poca obra de corazón a corazón. Se necesita un trabajo personal en favor de las almas de los perdidos. Debemos acercamos a los hombres individualmente; y con la simpatía de Cristo hemos de tratar de despertar su interés en los grandes asuntos de la vida eterna. Quizá su corazón parezca tan duro como el camino transitado, y tal vez sea aparentemente un esfuerzo inútil pre­sentarles al Salvador; pero aun cuando la lógica pueda no conmover, y los argumentos puedan resultar inútiles para convencer, el amor de Cristo, revelado en el ministerio personal, puede ablandar un corazón pétreo, de manera que la semilla de la verdad pueda arraigarse.
De modo que los sembradores tienen algo que hacer para que la semilla no sea ahogada por las espinas o perezca debido a la poca pro­fundidad del terreno. En el mismo comienzo de la vida cristiana deben enseñarse a cada creyente los principios fundamentales. Debe enseñár­sele que no ha de ser meramente salvado por el sacrificio de Cristo, sino que ha de hacer que la vida de Cristo sea su vida, y el carácter de Cristo su carácter (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 36-38).

Jueves 28 de julio: Plantación de iglesias

Durante su ministerio, Jesús había mantenido constantemente ante los discípulos el hecho de que ellos habrían de ser uno con él en su obra de rescatar al mundo de la esclavitud del pecado. Cuando envió a los doce y más tarde a los setenta, a proclamar el reino de Dios, les estaba enseñando su deber de impartir a otros lo que él les había hecho cono­cer. En toda su obra, los estaba preparando para una labor individual, que se extendería a medida que el número de ellos creciese, y final­mente alcanzaría a las más apartadas regiones de la tierra. La última lección que dio a sus seguidores era que se les habían encomendado para el mundo las alegres nuevas de la salvación (Los hechos de los apóstoles, p. 26).
El Señor está llamando a su pueblo a emprender diferentes líneas de obra misionera. Quienes transitan por caminos y vallados han de escuchar el salvador mensaje evangélico. Los miembros de iglesia han de hacer obra evangelizadora en los hogares de quienes entre sus amigos y vecinos todavía no han recibido la evidencia completa de la verdad...
Que quienes se dediquen a esta obra hagan de la vida de Cristo su estudio constante. Sean intensamente fervientes, usando toda capacidad en el servicio del Señor. Preciosos resultados premiarán los esfuerzos sinceros y abnegados. Los obreros recibirán del gran Maestro la más alta educación de todas...
La presentación de la verdad con amor y sencillez, de casa en casa, está en armonía con la instrucción que Cristo dio a sus discípulos cuando los envió en su primer viaje misionero. Por medio de cantos de alabanza a Dios, oraciones humildes y sinceras, y una presentación sencilla de la verdad bíblica en el círculo familiar, muchos serán alcan­zados. El Obrero divino estará presente para infundir convicción en los corazones. “Yo estoy con vosotros todos los días” (Mateo 28:20), es la promesa. Con la seguridad de la permanente presencia de tal Ayudador, podremos trabajar con fe, esperanza y valor.
Esta monotonía en nuestro servicio para Dios necesita ser que­brantada. Cada miembro de iglesia debería comprometerse en alguna línea de trabajo para Dios. Quienes están bien establecidos en la verdad vayan a lugares vecinos, y realicen reuniones, extendiendo una cordial invitación a todos. Haya en esas reuniones cantos melodiosos, oracio­nes fervientes y la lectura de la Palabra de Dios...
Hay otros que pueden visitar los hogares de la gente, leyendo a los miembros de la familia sobre el solemne y sencillo tema de la verdad bíblica...
Hay quienes, por causa de los intensos deberes en el hogar... piensan que no pueden hacer nada para ayudar. Pero pueden animar a los que salen, y pueden dar de sus medios para ayudar a sostenerlos {Reflejemos a Jesús, p. 194).