Comentario E.G. White
Lección 4
Justicia y misericordia en el Antiguo Testamento (parte II)

Sábado 16 de julio

Es maravillosa la obra que el Señor determina que sea realizada por su iglesia, a fin de que su nombre sea glorificado. Se da un cuadro de esta obra en la visión de Ezequiel del río de la salud: “Estas aguas salen a la región del oriente, y descenderán a la llanura, y entrarán en la mar; y entradas en la mar, recibirán sanidad las aguas. Y será que toda alma viviente que nadare por dondequiera que entraren estos dos arroyos, vivirá... y junto al arroyo, en su ribera de una parte y de otra, crecerá todo árbol de comer: su hoja nunca caerá, ni faltará su fruto: a sus meses madurará, porque sus aguas salen del santuario: y su fruto será para comer, y su hoja para medicina” (Ezequiel 47:812).
Desde el principio Dios ha obrado por medio de su pueblo para proporcionar bendición al mundo. Para la antigua nación egipcia Dios hizo de José una fuente de vida. Mediante la integridad de José fue preservada la vida de todo ese pueblo. Mediante Daniel Dios salvó la vida de todos los sabios de Babilonia. Y esas liberaciones son leccio­nes objetivas; ilustran las bendiciones espirituales ofrecidas al mundo mediante la relación con el Dios a quien José y Daniel adoraban. Todo aquel en cuyo corazón habite Cristo, todo aquel que quiera revelar su amor al mundo, es colaborador con Dios para la bendición de la huma­nidad. Cuando recibe gracia del Salvador para impartir a otros, de todo su ser fluye la marea de vida espiritual.
Dios escogió a Israel para que revelase su carácter a los hombres. Deseaba que fuesen como manantiales de salvación en el mundo. Se les encomendaron los oráculos del cielo, la revelación de la voluntad de Dios (Los hechos de los apóstoles, pp. 11, 12).
Cada obrero en cuyo corazón habita Cristo, todo aquel que quiere revelar su amor al mundo, es colaborador con Dios para beneficiar a la humanidad. Mientras recibe del Salvador gracia para impartirla a otros, fluye de su ser entero la oleada de vida espiritual. Cristo vino como el gran Médico, para sanar las heridas que el pecado había hecho en la familia humana, y su Espíritu, obrando por medio de sus siervos, imparte a los enfermos del pecado, a los dolientes seres humanos, un intenso poder curativo, eficaz para el cuerpo y el alma. “En aquel tiem­po —dice la Escritura— habrá manantial abierto para la casa de David y para los moradores de Jerusalén, para el pecado y la inmundicia” (Zacarías 13:1). Las aguas de este manantial sanarán las debilidades físicas y espirituales.
Desde este manantial fluye el caudaloso río que vio Ezequiel en visión (Joyas de los testimonios, t. 2, pp. 484, 485).

Domingo 17 de julio: Vivos en Cristo

Las almas de quienes deseamos salvar son como la representación que Ezequiel vio en visión: un valle de huesos secos. Están muertos en delitos y pecados; pero Dios quiere que tratemos con ellos como si estuvieran vivos. Si se nos hiciera la pregunta: “Hijo de hombre, ¿vivirán estos huesos?”, nuestra respuesta sería solo una confesión de ignorancia: “Oh Señor, tú lo sabes”. Según todas las apariencias, no hay nada que nos induzca a esperar su restauración. Sin embargo, la palabra profética debe ser pronunciada aun a aquellos que son como los huesos secos del valle. No debemos abandonar, de ninguna manera, el cumplimiento de nuestra comisión debido a la indiferencia, la apatía, la falta de percep­ción espiritual de aquellos a quienes debe predicarse la Palabra de Dios. Debemos predicar la palabra de vida a aquellos que quizá nos parezca que no tienen ninguna esperanza, como si estuvieran en sus tumbas.
Aunque quizá parezca que no están dispuestos a escuchar o a reci­bir la luz de la verdad, debemos hacer nuestra parte sin preguntas ni vacilaciones. Debemos darles repetidas veces el mensaje: “Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo”.
No es el agente humano el que inspira vida. El Señor Dios de Israel hará esa parte avivando la actividad en la naturaleza espiritualmente muerta. El aliento del Señor de los ejércitos debe entrar en los cuerpos muertos (Comentario bíblico adventista, tomo 4, pp. 1186, 1187).
Una de las más fervientes oraciones registradas en la Palabra de Dios es la de David cuando suplicó: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio”. La respuesta de Dios frente a una oración tal es: Te daré un corazón nuevo. Esta es una obra que ningún hombre finito puede hacer. Los hombres y mujeres deben comenzar por el principio: buscar a Dios con sumo fervor en procura de una verdadera experiencia cristiana. Deben sentir el poder creador del Espíritu Santo. Deben recibir el nuevo corazón, es decir tienen que mantenerlo dócil y tierno por la gracia del cielo. Debe limpiarse el alma del espíritu egoísta. Deben trabajar fervientemente y con humildad de corazón, acudiendo cada uno a Jesús en busca de conducción y valor. Entonces el edificio, debidamente ensamblado, crecerá hasta ser un templo santo en el Señor (Comentario bíblico adventista, tomo 4, p. 1186).
Es la fragancia de los méritos de Cristo lo que hace aceptable para Dios nuestras buenas obras, y es la gracia la que nos capacita para hacer las obras por las cuales él nos recompensa. Nuestras obras en sí mismas, y por sí mismas, no tienen ningún mérito. Cuando hemos hecho todo lo que nos es posible hacer, debemos consideramos como siervos inútiles. No merecemos ninguna gratitud de parte de Dios. Solamente hemos hecho lo que es nuestro deber hacer, y nuestras obras no podrían haber sido hechas con la fuerza de nuestra propia naturaleza pecaminosa.
El Señor nos ha pedido que nos acerquemos a él y él se acercará a nosotros; y acercándonos a él recibimos la gracia por la cual podemos hacer las obras que serán recompensadas por él (Mensajes selectos, tomo 3, pp. 227, 228).

Lunes 18 de julio: Un río que fluye

El que tiene una experiencia genuina en las cosas de Dios, no será indiferente para los que están en tinieblas, sino que preguntará: ¿Qué diría Jesús a estas pobres almas necesitadas? Procurará hacer brillar su luz. Orará en procura de sabiduría, gracia y tacto, para saber hablar una palabra en sazón al cansado. En lugar de ocuparse de conversar de cosas baladíes, de chancear y bromear, será un mayordomo fiel de la gracia de Dios, aprovechará al máximo sus oportunidades, y la semilla sembrada brotará y dará frutos para vida eterna. El tesoro de la verdad está en su corazón y puede producir buenas cosas (A fin de conocerle, p. 160).
El templo judío fue construido con piedras labradas, cortadas en las montañas; y cada piedra era apropiada para ocupar su lugar en el templo, labrada, pulida y probada, antes de ser llevada a Jerusalén. Y cuando todas fueron llevadas al lugar de la construcción, el edificio fue levantado, sin el sonido de hachas o martillos. Este edificio representa el templo espiritual de Dios, que está compuesto de material reunido de toda nación, y lengua y pueblo, de todas las clases, elevadas y bajas, ricos y pobres, cultos e incultos. Estas no son sustancias muertas que deban prepararse con la ayuda del martillo y el cincel. Son piedras vivas, cortadas del mundo por la verdad; y el gran Constructor Maestro, el Señor del templo, ahora está labrándolas y puliéndolas, y preparándo­las para ocupar sus lugares respectivos en el templo espiritual. Cuando esté completo, será perfecto en todas sus partes, y será la admiración de los ángeles y los hombres, porque su Constructor y Hacedor es Dios.
El cuidado manifestado en la construcción del templo, es una lección para nosotros acerca del cuidado que debemos manifestar en la edificación de nuestro carácter. No ha de usarse material barato. No debe hacerse una obra casual en el ensamble de las piezas diferentes. Cada pieza debe corresponder a otra pieza. Así como era el templo de Dios, también debe ser su iglesia. Su pueblo no debe poner en la construcción de su carácter madera sin valor, ni trabajo descuidado e indiferente (Nuestra elevada vocación, p. 167).
Hay gran necesidad de obreros celosos, fieles y abnegados en nuestras iglesias a través de todo el país... Al esforzarse por llevar luz y bendición a los demás, sus propias ideas se harán más claras y amplias. Mientras más nos esforcemos por explicarle la verdad a otros, guiados por el amor por las almas, más clara se nos hará a nosotros mismos. La verdad se expande con nueva belleza y vigor ante el entendimiento del que la expone.
Hay unos pocos obreros buenos en nuestra iglesia, y estas personas abnegadas nunca sabrán cuánto bien han hecho a través de sus perse­verantes esfuerzos misioneros. Sin embargo, el Señor reclama para sí a un mayor número de hombres y mujeres que los que han respondido a sus demandas. Algunas de las piedras que componen el templo sagrado de Dios reflejan la luz que el Señor Jesucristo hace brillar sobre ellas, mientras que otras no emiten luz alguna, demostrando así que no son piedras vivas, escogidas y preciosas. No son personas devotas, no oran, son parlanchinas e irreligiosas. Los verdaderos cristianos imita­rán el ejemplo que el Salvador les ha dado y serán mansos, humildes, pacientes, tiernos, accesibles, libres de pomposidad y obstinación (Testimonios para la iglesia, tomo 5, p. 113).

Martes 19 de julio: La iglesia: una fuente de vida

Para el corazón que llega a purificarse, todo cambia. La transfor­mación del carácter es para el mundo el testimonio de que Cristo mora en el creyente. Al sujetar los pensamientos y deseos a la voluntad de Cristo, el Espíritu de Dios produce nueva vida en el hombre y el hombre interior queda renovado a la imagen de Dios. Hombres y mujeres débi­les y errantes demuestran al mundo que el poder redentor de la gracia puede desarrollar el carácter deficiente en forma simétrica, para hacerle llevar abundantes frutos.
El corazón que recibe la palabra de Dios no es un estanque que se evapora ni es una cisterna rota que pierda su tesoro. Es como el arroyo de las montañas, alimentado por manantiales inagotables, cuyas aguas frescas y chispeantes saltan de roca en roca, refrigerando a los cansa­dos, sedientos y cargados. Es como un río que fluye constantemente, y a medida que avanza se va haciendo más hondo y más ancho, hasta que sus aguas vivificantes se extienden por toda la tierra. El arroyo que prosigue su curso cantando, deja detrás de sí sus dones de verdor y copiosos frutos. La hierba de sus orillas es de un verde más fresco; los árboles son más frondosos y las flores más abundantes. Mientras la tierra se desnuda y se obscurece bajo el calor que la afecta durante el verano, el curso del río es una raya de verdor en el panorama.
Así también sucede con el verdadero hijo de Dios. La religión de Cristo se revela como principio vivificante, como una energía espiritual viva y activa que lo compenetra todo. Cuando el corazón se abre a la influencia celestial de la verdad y del amor, estos principios vuelven a fluir como arroyos en el desierto, y hacen fructificar lo que antes pare­cía árido y sin vida (Profetas y reyes, pp. 175, 176).
En la Biblia se llama la herencia de los bienaventurados una patria. Allí conduce el divino Pastor a su rebaño a los manantiales de aguas vivas. El árbol de vida da su fruto cada mes, y las hojas del árbol son para el servicio de las naciones. Allí hay corrientes que manan eterna­mente, claras como el cristal, al lado de las cuales se mecen árboles que echan su sombra sobre los senderos preparados para los redimidos del Señor. Allí las vastas llanuras alternan con bellísimas colinas y las montañas de Dios elevan sus majestuosas cumbres. En aquellas pacífi­cas llanuras, al borde de aquellas corrientes vivas, es donde el pueblo de Dios que por tanto tiempo anduvo peregrino y errante, encontrará un hogar.
Hay mansiones para los peregrinos de la tierra. Hay vestiduras, coronas de gloria y palmas de victoria para los justos. Todo lo que nos dejó perplejos en las providencias de Dios quedará aclarado en el mundo venidero. Las cosas difíciles de entender hallarán entonces su explicación. Los misterios de la gracia nos serán revelados. Donde nuestras mentes finitas discernían solamente confusión y promesas que­brantadas, veremos la más perfecta y hermosa armonía. Sabremos que el amor infinito ordenó los incidentes que nos parecieron más penosos. A medida que comprendamos el tierno cuidado de Aquel que hace que todas las cosas obren conjuntamente para nuestro bien, nos regocijare­mos con gozo inefable y rebosante de gloria...
Vamos hacia la patria. El que nos amó al punto de morir por noso­tros, nos ha edificado una ciudad. La Nueva Jerusalén es nuestro lugar de descanso (El hogar cristiano, p. 491).

Miércoles 20 de julio: Promesas de Jubileo

Aquellos que esperan la venida del Esposo han de decir al pueblo: “¡Veis aquí el Dios vuestro!” Los últimos rayos de luz misericordiosa, el último mensaje de clemencia que ha de darse al mundo, es una reve­lación de su carácter de amor. Los hijos de Dios han de manifestar su gloria. En su vida y carácter han de revelar lo que la gracia de Dios ha hecho por ellos. La luz del Sol de Justicia ha de brillar en buenas obras, en palabras de verdad y hechos de santidad.
Cristo, el resplandor de la gloria del Padre, vino al mundo como su luz. Vino a representar a Dios ante los hombres, y de él está escrito que fue ungido “de Espíritu Santo y de potencia” y “anduvo haciendo bienes”. En la sinagoga de Nazaret dijo: “El Espíritu del Señor es sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres: me ha para enviado para sanar a los quebrantados de corazón; para pregonar a los cautivos libertad, y a los ciegos vista; para poner en libertad a los quebrantados: para predicar el año agradable del Señor”. Esta era la obra que él recomendó a sus discípulos que hicieran. “Vosotros sois la luz del mundo”, dijo él: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras obras buenas, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 342, 343).
No debemos apartamos del mundo para escapar de la persecución. Debemos permanecer entre los hombres, para que el sabor del amor divino pueda ser como sal que preserve al mundo de la corrupción...
Los corazones que responden a la influencia del Espíritu Santo son los conductos a través de los cuales fluyen las bendiciones de Dios...
Los que estudian la Palabra de Dios y día tras día reciben la enseñanza de Cristo, llevan el sello de los principios celestiales. Una influencia elevada y santa mana de ellos. Una atmósfera servicial rodea sus almas. Los principios puros, santos y elevados que siguen, los capa­citan para dar un testimonio viviente del poder de la gracia divina (En lugares celestiales, p. 311).
Así como la línea de césped verde indica la dirección de la corrien­te de agua viva que la produce, se puede ver a Cristo en los actos de misericordia que señalaban cada paso de su camino. Dondequiera que fuese, brotaba la salud, y la felicidad seguía sus pasos... Los ciegos y los sordos se regocijaban en su presencia. Las palabras que dirigía a los ignorantes y pecadores les abrían una fuente de vida. El dispensaba sus bendiciones abundantemente y de continuo; eran las atesoradas riquezas de la eternidad, dadas en Cristo, el don del Padre al hombre.
Los que trabajan para Dios deben poseer un sentimiento tan pro­fundo de que no se pertenecen, como si la estampa y el sello de identifi­cación estuviesen en sus personas (Obreros evangélicos, pp. 120, 121).

Jueves 21 de julio: La Iglesia: un agente de cambio

Al insistir en el valor de la piedad práctica, el profeta estaba tan solo repitiendo el consejo dado a Israel siglos antes. Por medio de Moisés, mientras estaban los israelitas a punto de entrar en la tierra prometida, el Señor les había dicho: “Ahora pues, Israel, ¿qué pide Jehová tu Dios de ti, sino que temas a Jehová tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo ames, y sirvas a Jehová tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma; que guardes los mandamientos de Jehová y sus estatutos, que yo te prescribo hoy, para que hayas bien?” (Deuteronomio 10:12, 13). De siglo en siglo estos consejos fueron repetidos por los siervos de Jehová a los que estaban en peligro de caer en hábitos de formalismo, y de olvidarse de practicar la misericordia...
Estas claras expresiones de los profetas y del Maestro mismo deben ser recibidas como voz del Cielo para toda alma. No debemos desper­diciar oportunidad alguna de cumplir actos de misericordia, de tierna prevención y cortesía cristiana en favor de los cargados y oprimidos. Si nos es imposible hacer más, podemos dirigir palabras de aliento y esperanza a los que no conocen a Dios y a quienes podemos alcanzar con más facilidad mediante la simpatía y el amor (Profetas y reyes, pp. 241, 242).
¿Cuándo aprenderá a ser sabio el pueblo de Dios? La verdadera religión de Jesucristo tiene que ver en primer lugar con la misericordia y la gloria de Dios en nuestras experiencias cotidianas. Dios está muy cerca de nosotros en Cristo; sí, cerca de todas aquellos que lo invocan con sencillez y sinceridad, que disciernen su gran necesidad de la sabi­duría que desciende de lo alto (Alza tus ojos, p. 93).
¿Qué es la santificación? Consiste en entregarse a sí mismo plenamente y sin reservas —alma, cuerpo y espíritu— a Dios, para obrar con justicia, para amar la misericordia, y para caminar humilde­mente con Dios. Para conocer y para realizar la voluntad de Dios sin tomar en cuenta el yo, o los intereses personales; para tener una mente orientada hacia el cielo, pura, desinteresada, santa y sin mancha.
Es mediante la verdad, por el poder del Espíritu Santo, que somos santificados, transformados a la semejanza de Cristo. Y para que este cambio pueda realizarse en nosotros, debe haber una aceptación de la verdad, incondicional y sincera, una entrega sin reservas del alma a su poder transformador (Nuestra elevada vocación, p. 214).