Comentario E.G. White
Lección 3
Justicia ymisericordia en elAntiguo Testamento(parte I)

Sábado 9 de julio

Mediante Cristo la tierra está conectada con el cielo, porque él es la escalera mística que Jacob vio en visión en Betel. Cuando nos separamos de Dios, Cristo vino para reconciliamos con el Padre. Con amor compasivo colocó su brazo humano alrededor de la raza caída, y con su brazo divino se aferró del trono del Infinito, conectando así al hombre finito con el Dios infinito. Mediante el plan de salvación estamos unidos con las agencias del cielo. Gracias a los méritos de un Redentor crucificado y resucitado podemos levantar la vista y contem­plar la gloria de Dios que alumbra del cielo a la tierra. Deberíamos estar agradecidos de Dios por el plan de salvación. Hemos recibido muchas clases de bendiciones y por agradecimiento deberíamos darle a Dios nuestros corazones indivisos.
Es triste que estemos tan lejos de Cristo debido a nuestra indife­rencia hacia los intereses eternos; tampoco vemos la gloria de Dios que brilla sobre cada peldaño de la escalera; no ascendemos confiados en Cristo realizando progresos en la vida divina. Si lo hiciéramos, refleja­ríamos la imagen de Cristo, teniendo pureza de carácter y siendo luces en el mundo. Deberíamos contemplarlo constantemente, hasta quedar prendados de las gracias de su carácter; entonces no dejaríamos de hablar de él y de su amor. Entonces deberíamos poseer las bendiciones eternas que el mundo no puede damos ni quitamos, a la vez que perder nuestro gusto por el pecado (Exaltad a Jesús, p. 233).
La obra de Cristo debe servimos de ejemplo. Continuamente iba de un lugar a otro haciendo bienes. En el templo y en la sinagoga, en las calles de las ciudades, en los mercados y en los talleres, a la orilla del mar y sobre los montes, predicaba el evangelio y sanaba a los enfer­mos. Su vida de servicio desinteresado debe servimos de manual. Su tierno amor compasivo condena nuestro egoísmo y la dureza de nuestro corazón.
Doquiera fuera, Jesús esparcía bendiciones a su paso. Entre los que profesan creer en él, ¿cuántos hay que han aprendido sus lecciones de bondad, tierna compasión y amor desinteresado? Oídle dirigiéndose a los que están débiles, cansados y desvalidos: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar” (Mateo 11:28). Nada podía cansar su paciencia, ni reprimir su amor.
El Salvador nos invita a realizar esfuerzos pacientes y perseve­rantes en favor de millones de personas esparcidas en todo el país, que perecen en sus pecados como náufragos en una playa desierta. Los que quieran participar de la gloria de Cristo deben también tomar parte en su ministerio y ayudar a los débiles, a los desdichados y desanimados.
Hagan de la vida de Jesús su estudio constante aquellos que emprenden esta obra (Testimonios para la iglesia, tomo 9, p. 26).
“La gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Juan 1:17).
Vuestra fortaleza y vuestro crecimiento en la gracia provienen solo de una fuente. La victoria es vuestra si os ponéis valientemente del lado de lo correcto cuando sois tentados. Estáis un paso más cerca de la per­fección del carácter cristiano. Una santa luz del cielo llena las cámaras de vuestra alma, y quedáis rodeados por una atmósfera pura y fragante (La maravillosa gracia de Dios, p. 304).

 

Domingo 10 de julio: Misericordia y justicia: atributos del pueblo de Dios

Bajo el sistema judío, se le enseñaba al pueblo a abrigar un espí­ritu de liberalidad, tanto en el sostén de la causa de Dios, como en la provisión de las necesidades de los pobres. En ocasiones especiales había ofrendas voluntarias. En ocasión de la cosecha y la vendimia, se consagraban como ofrenda para el Señor los primeros frutos del campo: el trigo, el vino y el aceite. Los rebuscos y las esquinas del campo se reservaban para los pobres. Las primicias de la lana cuando se trasquila­ban las ovejas, y del grano cuando se trillaba el trigo, se apartaban para Dios. Así también se hacía con el primogénito de todos los animales. Se pagaba un rescate por el primogénito de toda familia humana. Los primeros frutos debían presentarse delante del Señor en el santuario, y se dedicaban al uso de los sacerdotes.
Por este sistema de benevolencia, el Señor trataba de enseñar a Israel que en todas las cosas él debía ser el primero. Así se les recordaba que él era el propietario de sus campos, sus rebaños y sus ganados; que era él quien enviaba la luz del sol y la lluvia que hacían crecer y madu­rar la sementera. Todas las cosas que ellos poseían eran de él. Ellos no eran sino sus mayordomos. No es propósito de Dios que los cristianos, cuyos privilegios exceden por mucho a los de la nación judía, den menos liberalmente que los judíos. “A cualquiera que fue dado mucho —declaró el Salvador— mucho será vuelto a demandar de él” (Lucas 12:48) (Los hechos de los apóstoles, pp. 271, 272).
Cristo dijo que habrá siempre pobres entre nosotros; e identifica su interés con el de su pueblo afligido. El corazón de nuestro Redentor se compadece de los más pobres y humildes de sus hijos terrenales. Nos dice que son sus representantes en la tierra. Los colocó entre nosotros para despertar en nuestro corazón el amor que él siente hacia los afligi­dos y los oprimidos. Cristo acepta la misericordia y la benevolencia que se les muestre como si fuese manifestada para con él. Considera como dirigido contra él mismo cualquier acto de crueldad o de negligencia hacia ellos.
Si la ley dada por Dios en beneficio de los pobres se hubiera obser­vado y ejecutado siempre, ¡cuán diferente sería el estado actual del mundo, espiritual y materialmente! El egoísmo y la vanidad no se mani­festarían como ahora se manifiestan, sino que cada uno de los hombres respetaría benévolamente la felicidad y el bienestar de los demás, y no existiría la indigencia hoy tan generalizada en tantas tierras (Patriarcas y profetas, pp. 576, 577).
No hay que ocultar a Cristo en el corazón y encerrarlo como un tesoro codiciado, sagrado y dulce, para ser disfrutado únicamente por el que lo posee. Debemos tener a Cristo en nuestro corazón como una fuente de agua que salta para vida eterna, que refresca a todos los que se ponen en contacto con nosotros. Debemos confesar a Cristo abierta­mente y con valor, y demostrar en nuestro carácter su humildad, man­sedumbre y amor, hasta que los hombres experimenten el encanto de la hermosura de la santidad. La mejor forma de preservar nuestra religión no es colocarla en una botella, como si fuera perfume, para que no se escape su fragancia (Consejos sobre la salud, p. 397).

Lunes 11 de julio: Preocupaciones universales

El sábado fue dado a la humanidad entera para conmemorar la obra de la creación. Después de colocar los fundamentos de la tierra, después de vestir al mundo entero con su manto de hermosura, y de crear todas las maravillas de la tierra y el mar, el gran Jehová instituyó el día sába­do y lo santificó. Cuando cantaban juntas las estrellas del alba, y todos los hijos de Dios daban voces de júbilo, el sábado fue apartado como un monumento divino. Dios santificó y bendijo el día durante el cual repo­só de toda su obra admirable. Y este sábado santificado por Dios, debía guardarse como un pacto perpetuo. Era un monumento conmemorativo que debía perdurar durante todas las edades, hasta el fin de la historia terrenal. Dios rescató a los hebreos de su esclavitud egipcia, y les orde­nó observar su sábado, y guardar la ley que había sido dada en el Edén. Realizó un milagro cada semana, con el fin de establecer en sus mentes el hecho de que al comienzo del mundo había instituido su sábado...
Hay quienes sostienen que el sábado fue dado únicamente para los judíos; pero Dios nunca dijo esto. Le confió su sábado a su pueblo Israel como un depósito sagrado; pero el mismo hecho de que eligie­ra el desierto de Sinaí, y no Palestina, para proclamar su ley, revela que su propósito era dársela a toda la humanidad. La ley de los Diez Mandamientos es tan antigua como la creación. Por lo tanto, la ins­titución del sábado no tiene ninguna relación especial con los judíos, que no tenga con todos los demás seres creados. Dios ha hecho que la observancia del sábado sea obligatoria para todos los seres humanos. “El sábado —se dice claramente— fue hecho para el hombre”. Por lo tanto, que cada persona que se encuentra en peligro de ser engañada en este punto escuche la Palabra de Dios en vez de las aseveraciones humanas (Exaltad a Jesús, p. 47).
“Vosotros sois la luz del mundo”. Los judíos pensaban limitar los beneficios de la salvación a su propia nación; pero Cristo les demostró que la salvación es como la luz del sol. Pertenece a todo el mundo. La religión de la Biblia no se ha de limitar a lo contenido entre las tapas de un libro, ni entre las paredes de una iglesia. No ha de ser sacada a luz ocasionalmente para nuestro beneficio, y luego guardarse de nuevo cuidadosamente. Ha de santificar la vida diaria, manifestarse en toda transacción comercial y en todas nuestras relaciones sociales.
El verdadero carácter no se forma desde el exterior, para revestirse uno con él; irradia desde adentro. Si queremos conducir a otros por la senda de la justicia, los principios de la justicia deben ser engastados en nuestro propio corazón. Nuestra profesión de fe puede proclamar la teo­ría de la religión, pero es nuestra piedad práctica la que pone de relieve la palabra de verdad. La vida consecuente, la santa conversación, la integridad inquebrantable, el espíritu activo y benévolo, el ejemplo pia­doso, tales son los medios por los cuales la luz es comunicada al mundo (El Deseado de todas las gentes, pp. 272, 273).

Martes 12 de julio: Una voz profética — I

Nuestro prójimo es toda persona que necesita nuestra ayuda. Nuestro prójimo es toda alma que está herida y magullada por el adver­sario. Nuestro prójimo es todo el que pertenece a Dios.
Cualquiera que sufre es nuestro prójimo. Cualquier hijo e hija de Adán que se haya extraviado, entrampado por el enemigo de las almas, y se encuentre esclavizado por malos hábitos que agostan la virilidad de origen divino, es mi prójimo.
Nuestro prójimo no son solamente nuestros compañeros y amigos dilectos, ni los que pertenecen a nuestra iglesia, o piensan lo mismo que nosotros. Nuestro prójimo es toda la raza humana. Debemos hacer el bien a todos los hombres, y especialmente a los que pertenecen a la familia de la fe. Debemos exponer ante el mundo lo que significa cumplir la ley de Dios. Debemos amar a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos.
Hoy Dios nos da la oportunidad de demostrar si amamos a nuestro prójimo. El que verdaderamente ama a Dios y a sus semejantes es el que revela misericordia hacia los pobres, enfermos, heridos y moribundos. Dios invita a todos los hombres a que emprendan esta obra que se ha descuidado, a fin de tratar de restaurar la imagen moral del Creador en la humanidad (Meditaciones matinales 1952, p. 239).
Jesús miró las inocentes víctimas de los sacrificios, y vio cómo los judíos habían convertido estas grandes convocaciones en escenas de derramamiento de sangre y crueldad. En lugar de sentir humilde arre­pentimiento del pecado, habían multiplicado los sacrificios de animales, como si Dios pudiera ser honrado por un servicio que no nacía del cora­zón. Los sacerdotes y gobernantes habían endurecido sus corazones con el egoísmo y la avaricia. Habían convertido en medios de ganancia los mis­mos símbolos que señalaban al Cordero de Dios. Así se había destruido en gran medida a los ojos del pueblo la santidad del ritual de los sacrificios. Esto despertó la indignación de Jesús; él sabía que su sangre, que pronto había de ser derramada por los pecados del mundo, no sería más aprecia­da por los sacerdotes y ancianos que la sangre de los animales que ellos vertían constantemente (El Deseado de todas las gentes, pp. 540, 541).
La religión no ha de limitarse a las formas o ceremonias externas. La religión que proviene de Dios es la única que conducirá a Dios. A fin de servirle debidamente, debemos nacer del Espíritu divino. Esto puri­ficará el corazón y renovará la mente, dándonos una nueva capacidad para conocer y amar a Dios. Nos inspirará una obediencia voluntaria a todos sus requerimientos. Tal es el verdadero culto. Es el fruto de la obra del Espíritu Santo. Por el Espíritu es formulada toda oración since­ra, y una oración tal es aceptable para Dios. Siempre que un alma anhela a Dios, se manifiesta la obra del Espíritu, y Dios se revelará a esa alma. Él busca adoradores tales. Espera para recibirlos y hacerlos sus hijos e hijas (El Deseado de todas las gentes, pp. 159, 160).

Miércoles 13 de julio: Una voz profética — II

El Señor requiere que se realice un cambio de corazón, que haya buenas obras que broten de un corazón lleno de amor. Todos deben considerar con cuidado y oración los pasajes arriba citados [Isaías 58:1-11]...
Aquí se habla de un pueblo que hace una alta profesión de fe, que tiene costumbre de orar, y que se deleita en los ejercicios religiosos, pero al cual, sin embargo, le falta algo. Se da cuenta de que sus oracio­nes no reciben contestación; sus esfuerzos celosos y fervientes no son observados en el cielo, y pregunta con anhelo por qué el Señor no le res­ponde. No es que haya negligencia de parte de Dios. La dificultad estri­ba en el pueblo mismo. Mientras profesa tener piedad, no lleva frutos para gloria de Dios; sus obras no son lo que debieran ser. Descuida sus deberes positivos. A menos que los cumpla, Dios no puede contestar sus oraciones para su gloria (Testimonios para la iglesia, tomo 2, p. 133).
Nuestra misión es la misma que fue anunciada por Cristo al comienzo de su ministerio. “El Espíritu del Señor está sobre mí” —dijo él— “por cuando me a ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor” (Lucas 4:18, 19).
Hemos de llevar a cabo la obra que el Maestro ha puesto en nues­tras manos. Él dice: “... si dieres tu pan al hambriento, y saciares al alma afligida, en las tinieblas nacerá tu luz, y tu oscuridad será como el mediodía. Jehová te pastoreará siempre, y en las sequías saciará tu alma, y dará vigor a tus huesos; y serás como huerto de riego, y como manantial de aguas, cuyas aguas nunca faltan”. “Porque no faltarán menesterosos en medio de la tierra; por eso yo te mando, diciendo: Abrirás tu mano a tu hermano, al pobre y al menesteroso en tu tierra”. “Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con voso­tros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas” (Isaías 58:10, 11; Deuteronomio 15:11; Mateo 7:12).
Nos veremos tentados a ser codiciosos y avaros, a cultivar un deseo insaciable de tener más. Si cedemos a esta tentación, nos acarreará los mismos peligros que cayeron sobre la antigua Jerusalén. No lograremos conocer a Dios ni representarlo por medio del carácter. Es preciso que nos vigilemos de cerca para que no caigamos por causa de la increduli­dad, como los judíos. Hemos de trabajar abnegadamente (Testimonios para la iglesia, tomo 8, p. 146).

Jueves 14 de julio: Una fuerza para el bien

El verdadero amor a Dios siempre se manifestará. No se lo puede ocultar. Los que guardan los mandamientos de Dios en verdad revelarán el mismo amor que Cristo reveló hacia su Padre y hacia sus prójimos. Aquel en cuyo corazón mora Cristo lo revelará en el carácter, en su obra en favor de los que constituyen la familia de la fe y en beneficio de aquellos que necesitan ser atraídos al conocimiento de la verdad. Mostrará siempre por medio de sus buenas obras el fruto de su fe, revelando a Cristo mediante obras de amor y actos de misericordia...
... Es por misericordia y amor que tenemos fuerzas para trabajar. Él abre caminos para que podamos obtener riqueza terrenal, no para que el yo exaltado, no para que el tesoro obtenido sea acumulado, sino para que el nombre de Dios pueda ser glorificado, para que los necesitados puedan ser ayudados, para que la tesorería de Dios pueda ser provista con lo que él requiere en dones y ofrendas, a fin de que la obra de llevar la norma de la verdad a regiones más distantes no languidezca, sino que pueda avanzar hacia adelante y hacia arriba.
Sobre todos los que se han consagrado a Dios como colaboradores con él, descansa la responsabilidad de custodiar los intereses de su causa y de su obra. Deben vivir la verdad que pretenden creer. Deben mantener constantemente a Cristo delante de sí como su modelo, y mediante sus buenas obras deben hacer que fluya la alabanza de los corazones hambrientos y sedientos del Pan de Vida. No solamente deben ministrar la necesidad espiritual de aquellos a quienes están tra­tando de ganar para Cristo, sino que deben suplir también sus necesida­des temporales. Esta obra de misericordia y amor se presenta constan­temente, y cumpliéndola fielmente los siervos de Dios han de mostrar lo que la verdad ha hecho por ellos. Deben ser fieles mayordomos, no solamente de la verdad del evangelio sino de todas las bendiciones que Dios les ha dado. No solamente deben hablar palabras de simpatía, sino que con sus obras deben mostrar la realidad de su bondad y amor (Alza tus ojos, p. 124).
El Señor ha comprometido su palabra para ayudamos en cualquier esfuerzo que hagamos hacia la justicia. Somos débiles y desprovistos de sabiduría, pero Dios ha prometido: “Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin repro­che, y le será dada” (Santiago 1:5). Pero aprenda a ser concienzudo; si quiere perseverar en su servicio nunca se suelte de la mano de Dios, y será vencedor mediante la sangre del Cordero. Al realizar esta obra por sí solo usted ejerce una influencia sobre muchos otros con quienes se relaciona.

¡Cuán buenas son las palabras habladas a su debido tiempo! ¡Cuánta fuerza le dará una palabra de esperanza, valor y determinación —dicha oportunamente— a alguien que se siente inclinado a resbalar hacia hábitos desmoralizadores! El firme propósito que usted pueda tener en la práctica de buenos principios, ejercerá una influencia que conducirá a las almas en la dirección debida. No hay límite para el bien que pueda hacer (Exaltad a Jesús, p. 123).