La Disciplina

"Redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina"."

UNA de las primeras lecciones que necesita aprender el niño es la obediencia. Se le debe enseñar a obedecer antes que tenga edad suficiente para razonar. El hábito debería establecerse mediante un esfuerzo suave y persistente. De ese modo se pueden evitar, en extenso grado, esos conflictos posteriores entre la voluntad y la autoridad que tanto influyen para crear desapego y amargura hacia los padres y maestros, y con demasiada frecuencia resistencia a toda autoridad, humana y divina.

El objeto de la disciplina es educar al niño para qué se gobierne solo. Se le debería enseñar la confianza en sí mismo y el dominio propio. Por lo tanto, tan pronto como sea capaz de comprender, se debería lograr que su razón esté de parte de la obediencia. Procúrese, al tratarlo, que él vea que la obediencia es justa y razonable. Ayúdesele a ver que todas las cosas están sujetas a leyes y que la desobediencia conduce, al fin, al desastre y el sufrimiento. Cuando Dios prohibe una cosa nos amonesta, en su amor, contra las consecuencias de la desobediencia, a fin de salvarnos de daños y pérdidas.

Ayúdese al niño a comprender que los padres y los maestros son representantes de Dios, y que al actuar en armonía con él las leyes que imponen en el hogar y en la escuela también son divinas. Así como el niño debe obediencia a los padres y maestros, éstos a su vez deben prestar obediencia a Dios.

Tanto los padres como el maestro deberían estudiar la forma de orientar el desarrollo del niño sin estorbarle mediante un control indebido. Tan malo es el exceso de órdenes como la falta de ellas. El esfuerzo por "quebrantar la voluntad" del niño es una equivocación terrible. No hay una mente que sea igual a otra. Aunque la fuerza puede asegurar la sumisión aparente de algunos niños, el resultado, en el caso de muchos, es una rebelión aún más decidida del corazón. El hecho de que el padre o el maestro llegue a ejercer el "control" que pretende, no quiere decir que el resultado sea menos perjudicial para el niño. La disciplina de un ser humano que ha llegado a la edad del desarrollo de la inteligencia debería ser distinta de la que se aplica para domar a un animal. A éste sólo se le enseña sumisión a su amo. Para él el amo es mente, criterio y voluntad. Este método, empleado a veces en la educación de los niños, hace de ellos sólo autómatas. La mente, la voluntad y la conciencia están bajo el dominio de otro. No es el propósito de Dios que se sojuzgue así ninguna mente. Los que debilitan o destruyen la individualidad de otras personas, emprenden una tarea que sólo puede dar malos resultados. Mientras están sujetos a la autoridad, los niños pueden parecer soldados bien disciplinados. Pero cuando cesa ese dominio exterior, se descubre que el carácter carece de fuerza y firmeza. No habiendo aprendido jamás a gobernarse, el joven no reconoce otra sujeción fuera de la impuesta por sus padres o su maestro. Desaparecida ésta, no sabe cómo usar su libertad, y a menudo se entrega a excesos que dan como resultado la ruina.

Puesto que la sumisión de la voluntad es mucho más difícil para unos alumnos que para otros, el maestro debería facilitar tanto como sea posible la obediencia a sus órdenes. Debería guiar y amoldar la voluntad, pero no desconocerla ni aplastarla. Ahórrese la fuerza de la voluntad; será necesaria en la batalla de la vida.

LA VERDADERA FUERZA DE VOLUNTAD

Todo niño debería comprender la verdadera fuerza de la voluntad. Se le debería hacer ver cuán grande es la responsabilidad que implica este don. La voluntad es el poder que gobierna en la naturaleza del hombre, el poder de decisión o elección. Todo ser humano que razone tiene la facultad de escoger lo recto. En toda vicisitud de la vida la Palabra de Dios nos dice: "Escogeos hoy a quién sirváis". "Escogeos hoy a quién sirváis".Jos. 24: 15. Todos pueden poner su voluntad de parte de la de Dios, escoger obedecerle y así, al relacionarse con los instrumentos divinos, mantenerse donde nada pueda forzarlos a hacer mal. En todo joven y todo niño hay poder para formar, con la ayuda de Dios, un carácter íntegro y vivir una vida útil. (Nota: Jos. 24: 15.*)

El padre o el maestro que, por medio de esta instrucción, enseña al niño a dominarse, será utilísimo y siempre tendrá éxito. Tal vez su obra no parezca muy provechosa al observador superficial; tal vez no sea tan apreciada como la del que tiene la mente y la voluntad del niño bajo el dominio de una autoridad absoluta; pero los años ulteriores mostrarán el resultado del mejor método de educación.

El educador sabio, al tratar con sus alumnos, procurará estimular la confianza y fortalecer el sentido del honor. La confianza que se tiene en los jóvenes y niños los beneficia. Muchos, hasta entre los pequeños, tienen un elevado concepto del honor; todos desean ser tratados con confianza y respeto y tienen derecho a ello. No debería hacérseles sentir que no pueden salir o entrar sin que se los vigile. La sospecha desmoraliza y produce los mismos males que trata de impedir. En vez de vigilar continuamente, como si sospecharan el mal, los maestros que están ,en contacto con sus alumnos se darán cuenta de las actividades de una mente inquieta y pondrán en juego influencias que contrarresten el mal. Hágase sentir a los jóvenes que se les tiene confianza y pocos serán los que no traten de mostrarse dignos de ella.

ES MEJOR PEDIR QUE ORDENAR

Según el mismo principio, es mejor pedir que ordenar; así se da oportunidad a la persona a quien uno se dirige de mostrarse fiel a los principios justos. Su obediencia es más bien resultado de su propia decisión que de la obligación.

En todo lo posible, las reglas que rigen en el aula deberían representar la voz de la escuela. Se debería presentar de tal modo al alumno todo principio implícito en ellas, que se convenza de su justicia. De ese modo se sentirá responsable de que se obedezcan las leyes que él mismo ayudó a formular.

Las reglas deberían ser poco numerosas pero bien meditadas; y una vez promulgadas, se deberían aplicar. La mente aprende a reconocer y adaptarse a todo lo que le resulte imposible de cambiar; por el contrario, la posibilidad de que haya lenidad despierta el deseo, la esperanza y la incertidumbre, y los resultados son la inquietud, la irritabilidad y la insubordinación.

Se debería explicar que el gobierno de Dios no reconoce transigencias con el mal. Ni en el hogar ni en la escuela se debería tolerar la desobediencia. Ningún padre ni maestro que desee sinceramente el bienestar de los que están a su cuidado, transigirá con la voluntad terca que desafíe a la autoridad o recurra al subterfugio o la evasiva con el fin de no obedecer. No es el amor, sino el sentimentalismo el que se complace con el mal, trata de obtener obediencia por medio de ruegos o sobornos, y finalmente acepta algún sustituto en vez de lo que exigía.

"Los necios se mofan del pecado"."Los necios se mofan del pecado".Prov. 14: 9. Deberíamos cuidar de no tratar al pecado como algo sin importancia. Es terrible su poder sobre el transgresor. "Prenderán al impío sus propias iniquidades, y retenido será con las cuerdas de su pecado"Prenderán al impío sus propias iniquidades, y retenido será con las cuerdas de su pecado". El mayor mal que se le puede hacer a un joven o a un niño es el de permitirle que se someta a la esclavitud de un hábito malo. (Nota: Prov. 14: 9.*Prov. 5: 22.*)

Los jóvenes poseen un amor innato a la libertad: La desean. Y necesitan comprender que la única manera de gozar esa bendición inestimable consiste en obedecer la ley de Dios. Esa ley preserva la verdadera libertad. Señala y prohíbe lo que degrada y esclaviza, y de ese modo proporciona al obediente protección contra el poder del mal.

El salmista dice: "Y andaré en libertad, porque busqué tus mandamientos". "Pues tus testimonios son mis delicias, y mis consejeros"."Y andaré en libertad, porque busqué tus mandamientos". "Pues tus testimonios son mis delicias, y mis consejeros".Sal. 119: 45, 24. (Nota: Sal. 119: 45, 24.*)

LA CENSURA NO REFORMA

En los esfuerzos que hacemos por corregir el mal, deberíamos guardarnos contra la tendencia a la crítica o la censura. Esta, si se repite incesantemente, aturde, pero no reforma. Para muchas mentes, y con frecuencia para las dotadas de una sensibilidad mas delicada, una atmósfera de crítica hostil es fatal para el esfuerzo. Las flores no se abren bajo el soplo del ventarrón.

El niño a quien se censura frecuentemente por alguna falta especial, la llega a considerar como peculiaridad suya, algo contra lo cual es en vano luchar. Así se da origen al desaliento y la desesperación que a menudo están ocultos bajo una aparente indiferencia o fanfarronería.

Sólo se logra el verdadero objeto de la reprensión cuando se induce al transgresor a ver su falta y se prepara su voluntad para su corrección. Obtenido esto, indíquesela la fuente del perdón y el poder. 292 Trátese de que conserve el respeto propio e inténtese inspirarle valor y esperanza.

Esta obra es la más hermosa y difícil que haya sido confiada a los seres humanos. Requiere tacto y sensibilidad delicadísimos, conocimiento de la naturaleza humana, fe y paciencia divinas, dispuestas a obrar, velar y esperar. Nada puede ser más importante que esta obra.

LOS FRUTOS DEL DOMINIO PROPIO

Los que desean dominar a otros deben primero dominarse a sí mismos. Si se trata airadamente a un niño o joven, sólo se provocará su resentimiento. Cuando un padre o un maestro se impacienta, y corre peligro de hablar imprudentemente, es mejor que guarde silencio. En éste hay un poder maravilloso.

El maestro debe tener en cuenta que va a encontrar naturalezas perversas y corazones endurecidos. Pero al tratar con ellos, nunca debería olvidar que él también fue niño y necesitó disciplina. Aún siendo adulto, y poseyendo las ventajas de la edad, la educación y la experiencia, yerra a menudo y necesita misericordia y tolerancia. Al educar a los jóvenes debería considerar que trata con personas que tienen inclinaciones al mal semejantes a las suyas. Tienen que aprender casi todas las cosas y para algunos es mucho más difícil aprender que para otros. Debería tratar pacientemente al alumno torpe, no censurar su ignorancia, sino aprovechar toda oportunidad para animarlo. Con los alumnos muy sensibles y nerviosos debería proceder con mucha ternura. La sensación de sus propias imperfecciones debería inducirlo constantemente a manifestar simpatía y tolerancia hacia los que también tienen que luchar con dificultades.

La regla del Salvador: "Y como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced "Y como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced 293vosotros con ellos" vosotros con ellos" 5Luc. 6:31., debería ser adoptada por todos los que emprenden la educación de los niños y jóvenes. Son ellos los miembros más jóvenes de la familia del Señor, herederos, como nosotros, de la gracia de la vida. Se debería observar sagradamente la regla del Señor en el trato con los más torpes, los más jóvenes, los más desatinados, y hasta para con los extraviados y rebeldes. (Nota: 5Luc. 6:31.*)

Esta regla inducirá al maestro a evitar, en todo lo posible, el hacer públicas las faltas o los errores de un alumno. Tratará de evitar reprender o castigar en presencia de otros. No expulsará a un alumno antes de haber hecho todo esfuerzo posible para reformarlo. Pero cuando resulta evidente que el alumno no recibe beneficio, y que en cambio su desafío o indiferencia por la autoridad tiende a derribar el gobierno de la escuela, y su influencia contamina a otros, es necesario expulsarlo. Sin embargo, en muchos casos la vergüenza de la expulsión pública puede conducir a la apatía absoluta y a la ruina. En la mayoría de los casos en que la expulsión es inevitable, no hay por qué dar publicidad al asunto. Con la cooperación y el consejo de los padres, arregle privadamente el maestro el retiro del alumno.

TODA ESCUELA UNA CIUDAD DE REFUGIO

En esta época de peligro especial para los jóvenes, la tentación los rodea por todas partes, y así como es fácil dejarse llevar por la corriente, se requiere un gran esfuerzo para ir contra ella. Toda escuela debería ser una "ciudad de refugio" para el joven tentado, un lugar donde se traten paciente y prudentemente sus debilidades. Los maestros que comprenden sus responsabilidades quitarán de su propio corazón y su vida todo lo que les impida tener éxito en el trato con los tercos y desobedientes. En todo momento, el amor y la ternura, la paciencia y el dominio propio deben constituir la ley de su lenguaje.

La justicia debe ir mezclada con la misericordia y la compasión. Cuando sea necesario reprender, su lenguaje no debe ser exagerado sino humilde. Con suavidad han de mostrar al transgresor sus errores y ayudarlo a corregirse. Todo verdadero maestro debería creer que, si ha de errar, es mejor errar del lado de la misericordia que del de la severidad.

Muchos jóvenes a quienes se cree incorregibles no son de corazón tan duro como parecen. Mediante una sabia disciplina, se puede ganar a muchos que se considera casos desesperados. Estos son con frecuencia los que más prestamente ceden a la influencia de la bondad. Conquiste el maestro la confianza del tentado, y al reconocer y desarrollar lo bueno que hay en su carácter, podrá, en muchos casos, corregir el mal sin llamar la atención.

SU AMOR NO SE ENFRÍA

El Maestro divino soporta a los que yerran, a pesar de toda su perversidad. Su amor no se enfría; sus esfuerzos para conquistarlos no cesan. Espera con los brazos abiertos para dar repetidas veces la bienvenida al extraviado, al rebelde y hasta al apóstata. Su corazón se conmueve con la impotencia del niñito sujeto a un trato rudo. Jamás llega en vano a su oído el clamor del sufrimiento humano. Aunque todos son preciosos a su vista, los caracteres, toscos, sombríos, testarudos, atraen más fuertemente su amor y simpatía, porque va de la causa, al efecto. Aquel que es más fácilmente tentado y más inclinado a errar es objeto especial de su solicitud.

Todo padre y maestro debería atesorar los atributos de Aquel que hace suya la causa de los afligidos, dolientes y tentados. Debería poder ser "paciente con los ignorantes y extraviados, puesto que él también está rodeado de debilidad"."paciente con los ignorantes y extraviados, puesto que él también está rodeado de debilidad".Heb. 5:2. Jesús nos 295 trata mucho mejor de lo que merecemos, y así como nos ha tratado, debemos nosotros tratar a los demás. No se justifica el proceder de ningún padre o maestro, a menos que sea semejante al que seguiría el Salvador en circunstancias semejantes. (Nota: Heb. 5:2.*)

ANTE LA DISCIPLINA DE LA VIDA

Después de la disciplina del hogar y la escuela, todos tienen que hacer frente a la severa disciplina de la vida. La forma de hacerlo sabiamente constituye una lección que debería explicarse a todo niño y joven. Es cierto que Dios nos ama, que obra para nuestra felicidad y que si siempre se hubiese obedecido su ley nunca habríamos conocido el sufrimiento; y no menos cierto es que, en este mundo, toda vida tiene que sobrellevar sufrimientos, penas y preocupaciones como resultado del pecado. Podemos hacer a los niños y jóvenes un bien duradero si les enseñamos a afrontar valerosamente esas penas y preocupaciones. Aunque les debemos manifestar simpatía, jamás debería ser de tal suerte que los induzca a compadecerse de sí mismos. Por el contrario, necesitan algo que estimule y fortalezca, y no que debilite.

Se les debería enseñar que este mundo no es un desfile, sino un campo de batalla. Se invita a todos a soportar las dificultades como buenos soldados. Deben ser fuertes y conducirse como hombres. Enséñeseles que la verdadera prueba del carácter se encuentra en la disposición a llevar responsabilidades, ocupar el puesto difícil, hacer lo que hay que hacer, aunque no produzca reconocimiento ni recompensa terrenal.

El verdadero modo de enfrentar las pruebas no consiste en evitarlas sino en transformarlas. Esto se aplica a todo tipo de disciplina, tanto a la de los primeros años como a la de los últimos. El descuido de la educación en los primeros años de la vida del niño y el consecuente fortalecimiento de las malas tendencias dificulta su educación ulterior y es causa de que la disciplina sea, con demasiada frecuencia, un proceso difícil. Tiene que ser penosa para la naturaleza baja, pues se opone a los deseos y las inclinaciones naturales, pero se puede olvidar el dolor si se tiene en vista un gozo superior.

Enséñese al niño y al joven que todo error, toda falta, toda dificultad vencida, llega a ser un peldaño que conduce hacia las cosas mejores y más elevadas. Por medio de tales vicisitudes han logrado éxito todo los que han hecho de la vida algo digno de ser vivido.

"Las alturas logradas y conservadas por los grandes hombres.

No fueron conseguidas repentinamente;

Sino que, mientras sus compañeros dormían,

Ellos aprovechaban la noche para seguir cuesta arriba.

"Nos elevamos mediante las cosas que están de bajo de nuestros pies;

Mediante lo que hemos logrado dominar para el bien y el provecho.

Mediante el orgullo destronado y la pasión destruida,

Y la derrota de los males que encontramos a cada momento.

"Las casas comunes, los sucesos cotidianos, Que comienzan y terminan cada hora,

Nuestros placeres y nuestros disgustos,

Son peldaños por medio de los cuáles podemos ascender".

No debemos mirar "las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son "las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas".temporales, pero las que no se ven son eternas".2 Cor. 4:18. Al sacrificar los deseos e inclinaciones egoístas cambiamos cosas sin valor y transitorias por cosas preciosas y duraderas. Esto no es sacrificio, sino ganancia infinita. (Nota: 2 Cor. 4:18.*)

"Algo mejor" es el santo y seña de la educación, la ley de toda vida verdadera. Al pedirnos Cristo que abandonemos alguna cosa, nos ofrece en su lugar otra mejor. A menudo los jóvenes albergan propósitos y anhelan ocupaciones y placeres que no parecen malos, pero que distan mucho de ser buenos. Desvían la vida de su más noble propósito. Las medidas arbitrarias o la acusación directa pueden no servir para inducir a esos jóvenes a renunciar a lo que desean. Diríjaseles a algo mejor que la ostentación, la ambición o la complacencia. Póngaselos en contacto con una belleza más verdadera, con principios más elevaos y con vidas más nobles. Permítaseles ver a Aquel que es "del todo amable". Una vez que la mirada se fija en él, la vida halla su centro. El entusiasmo, la devoción generosa, el ardor apasionado de la juventud hallan en esto su verdadero objeto. El deber llega a ser un deleite y el sacrificio un placer. Honrar a Cristo, asemejarse a él, es la ambición superior de la vida, y su mayor gozo.

"El amor de Cristo nos constriñe"."El amor de Cristo nos constriñe".2 Cor. 5: 14.299 (Nota: 2 Cor. 5: 14.*)

"Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que lo aman"."