La Temperancia y el Régimen Alimentario


"Todo aquel que lucha, de todo se abstiene"."

TODO estudiante necesita comprender la relación que existe entre la vida sencilla y el pensamiento elevado. A nosotros nos toca decidir individualmente si nuestras vidas han de ser regidas por la mente o por el cuerpo. Cada joven por sí mismo debe hacer la decisión que amoldará su vida, y no se deberían ahorrar energías para hacerle comprender las fuerzas con las cuales tendrá que contender, y las influencias que modelan el carácter y determinan el destino.

La intemperancia es un enemigo contra el cual debemos precavernos todos. El rápido aumento de este terrible mal debería incitar a la lucha a todo el que ama al género humano. La costumbre de dar instrucción en cuanto a temas de temperancia en las escuelas, es un paso que se está dando en la buena dirección. Debería practicarse esa costumbre en todas las escuelas y todos los hogares. Los jóvenes y los niños deberían comprender la parte que el alcohol, el tabaco y otros venenos similares desempeñan en la ruina del cuerpo, el entorpecimiento de la mente y la sensualización del alma. Debería explicarse que ninguno que use esas cosas poseerá por mucho tiempo toda la fuerza de sus facultades físicas, mentales o morales.

Pero, a fin de descubrir la raíz de la intemperancia, debemos ir más allá del uso del alcohol o el tabaco. La ociosidad, la falta de ideales, las malas compañías, pueden ser las causas que predisponen a la intemperancia. A menudo se las halla en la mesa del hogar de las familias que se consideran estrictamente temperantes. Todo lo que desordene la digestión, que cree una excitación mental anormal, o que de cualquier modo debilite el organismo y perturbe el equilibrio de las facultades mentales y físicas, disminuye el dominio de la mente sobre el cuerpo y tiende a fomentar la intemperancia. Si se buscara el motivo de la caída de más de un joven promisorio, se llegaría a apetitos anormales creados por un régimen alimentarlo malsano.

El té, el café, los condimentos, los dulces y las tortas, son causas activas de indigestión. La carne también es perjudicial. Su efecto naturalmente excitante debería ser argumento suficiente contra su consumo; y el hecho de que los animales estén casi universalmente enfermos la hace doblemente reprobable. Tiende a irritar los nervios y excitar las pasiones, de modo que predominan las tendencias más bajas.

Los que se acostumbran a un régimen alimentario muy sazonado y estimulante, descubren al cabo de un tiempo que el estómago no se satisface con alimentos sencillos. Exige cosas cada vez más condimentadas, picantes y excitantes. A medida que los nervios se perturban y el organismo se debilita, la voluntad parece impotente para resistir al apetito pervertido. La delicada membrana del estómago se irrita de tal modo que no la alivia ni el alimento más excitante. Se siente una sed que sólo la bebida fuerte puede calmar.

Es el comienzo del mal lo que debería evitarse. Al instruir a los jóvenes debería explicarse el efecto que tiene el apartarse de lo recto, por poco que parezca. Debería enseñarse al estudiante el valor que tiene un régimen alimentarlo sencillo y saludable para impedir el deseo de estimulantes artificiales. Establézcase desde los primeros años el hábito del dominio propio. Incúlquese en los jóvenes el pensamiento de que deben ser amos y no esclavos. Dios los ha hecho reyes del reino que hay dentro de ellos y deben tomar posesión del trono asignado por el cielo. Si se da fielmente esta instrucción, los buenos resultados se extenderán más allá de los jóvenes mismos. La influencia ejercida salvará a miles de hombres y mujeres que están al borde mismo de la ruina.

EL RÉGIMEN ALIMENTARIO Y EL DESARROLLO MENTAL

La relación del régimen alimentarlo con el desarrollo intelectual debería recibir más atención de la que ha recibido hasta ahora. A menudo, la confusión y el embotamiento mental son el resultado de errores en el régimen alimentario.

Con frecuencia se arguye que, en la elección del alimento, el apetito es un guía seguro. Esto sería cierto si se hubieran obedecido siempre las leyes de la salud. Pero a causa de los hábitos erróneos, practicados de generación en generación, el apetito se ha pervertido de tal modo que constantemente ansía algo dañino. Ahora no sé puede confiar en él como guía.

En el estudio de la higiene se les debería enseñar a los alumnos el valor nutritivo de los diferentes alimentos. Debería explicarse el efecto de una alimentación concentrada y estimulante, y también de los alimentos que no tienen suficientes elementos nutritivos. El té, el café, el pan blanco, los encurtidos [pickles], las verduras de fibras bastas, los caramelos, los condimentos y las tortas, no proveen la debida nutrición. Más de un estudiante ha quebrantado su salud por ingerir esos alimentos. Más de un niñito débil, incapaz de todo esfuerzo físico o mental vigoroso, es víctima de un régimen alimentario pobre. Los cereales, las frutas frescas, las frutas oleaginosas o nueces y los vegetales, debidamente combinados, contienen todos los elementos nutritivos, y si están bien preparados, constituyen la alimentación que más aumenta la fuerza física y mental.

Es necesario considerar no sólo las propiedades del alimento, sino también su adaptación al consumidor. A menudo las personas que se dedican principalmente al trabajo mental, deben privarse de alimentos que pueden ser consumidos libremente por las que hacen trabajo físico. También se debería dedicar atención a la debida combinación de los alimentos. Los que hacen trabajo mental o tienen ocupaciones sedentarias, deberían combinar pocas clases de alimentos en una comida.

Ha de evitarse el exceso de comida, aunque sea de la más saludable. El cuerpo no puede usar más de lo que se requiere para la reparación de los diversos órganos del cuerpo, y el exceso entorpece al organismo. Más de un estudiante cree haber arruinado su salud por el exceso de estudio, cuando la verdadera causa es el exceso de alimento. Mientras se presta la debida atención a las leyes de la salud, el trabajo mental ofrece poco peligro, pero en muchos casos del así llamado fracaso mental, lo que cansa el cuerpo y debilita la mente es el hábito de sobrecargar el estómago.

En muchos casos, es mejor comer dos veces al día que tres. La cena, a una hora temprana, interrumpe la digestión de la comida anterior. A una hora tardía, no tiene tiempo para ser digerida antes del momento de ir a acostarse. En esa forma, el estómago no tiene el descanso debido, se perturba el sueño, el cerebro y los nervios se cansan, se pierde el apetito por el desayuno, y todo el organismo no recibe nuevo vigor, ni está preparado para desempeñar los deberes del día.

No se debería pasar por alto la importancia de la regularidad de las horas para comer y dormir. Puesto que la obra de reparar el cuerpo se efectúa durante las horas de descanso, es esencial especialmente para los jóvenes, que el sueño sea metódico y abundante.

Siempre que podamos, deberíamos evitar el comer apresuradamente. Cuanto más breve es el tiempo de que se dispone, menos se debe comer. Es mejor omitir una comida que comer sin masticar debidamente.

La hora de la comida debería ser un momento de sociabilidad y descanso. Debería desaparecer todo lo que abrume o irrite. Se deberían abrigar sentimientos de confianza, bondad y gratitud hacia el Dador de todo lo bueno, y la conversación debería ser alegre y de un carácter comunicativo, que eleve sin cansar.

La observancia de la temperancia y la regularidad en todas las cosas tiene un poder maravilloso. Para producir la dulzura y la serenidad de carácter que tanto contribuyen a suavizar el camino de la vida, será de más valor que las circunstancias o las dotes naturales. Al mismo tiempo, el dominio propio así adquirido resultará ser una de las condiciones más valiosas para hacer frente con éxito a los serios deberes y las realidades que esperan a todo ser humano.

Los caminos de la sabiduría "son caminos deleitosos, y todas sus veredas paz"son caminos deleitosos, y todas sus veredas paz". Medite todo joven que tiene ante sí posibilidades de un destino superior al de reyes coronados en la lección transmitida por las palabras del sabio: "¡Bienaventurada tú, tierra, cuando. . . tus príncipes comen a su hora, para reponer sus fuerzas y no para beber!" "¡Bienaventurada tú, tierra, cuando. . . tus príncipes comen a su hora, para reponer sus fuerzas y no para beber!"*207 (Nota: Prov. 3: 17.**)