Lección 13
¿Cómo esperaremos?


Sábado 17 de septiembre

Se nos da esta palabra de ánimo: “No nos cansemos, pues, de hacer bien”, “creciendo en la obra del Señor siempre” (1 Corintios 15:58). Hay un mundo que salvar, una obra que hacer, que solo puede ser realizada por la proclamación del mensaje del evangelio. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). ¿No agradeceremos al Señor de corazón y alma por su don inefable? ¿No estaremos dispuestos a dedicar toda capacidad y talento a la obra de representar a Cristo delante del mundo?... Las “buenas obras” comenzarán a aparecer cuando la experiencia de arrepentimiento y conversión sea encamada en la vida... Al mostrar que nuestro carácter ha sido cambiado por creer en la verdad damos a conocer a los demás el poder transformador de la gracia de Dios (Reflejemos a Jesús, p. 279).
Si estáis viviendo a la luz de Cristo irradiaréis luz a esas pobres almas que están heladas en la vida religiosa. Con la justicia de Cristo cubriéndoos como un ropaje, ¡cuánto no podríais hacer para bendecir a otros!... Debéis tener un compañerismo con el Padre y con el Hijo, y crecer en el conocimiento de la perfección divina. Creceréis en reverencia, obtendréis confianza en la comunión con Dios. Mirando firmemente a Jesús creceréis en fe, y aprenderéis a desconfiar del yo, y apreciaréis estas palabras de Cristo: “Sin mí, nada podéis hacer” (Juan 15:5). Podéis tener un espíritu ferviente, y vuestro corazón radiante con el amor de Jesús. Permaneced en Cristo como el vástago en la vid. Extrayendo sustancia de la vid, seréis ramas florecientes, y llevaréis mucho fruto para la gloria de Dios. ¡Oh, necesitáis mucho contemplar fijamente a Jesús! Perseverad contemplando sus encantos. Mientras lo contempléis se mantendrán brillando y ampliándose hasta que seáis llenos con toda la plenitud de Dios, y llevéis mucho fruto para su gloria. El sarmiento está demasiado firmemente implantado en la cepa como para ser separado por cualquier viento. La fortaleza y el crecimiento vigoroso dicen al mundo que estáis arraigados en Jesús, que vuestro fundamento es seguro (Nuestra elevada vocación, p. 218).
Pablo trabajaba algunas veces noche y día, no solamente para su propio sostén, sino para poder ayudar a sus colaboradores. Compartía sus ganancias con Lucas, y ayudaba a Timoteo. Hasta sufría hambre a veces, para poder aliviar las necesidades de otros. La suya era una vida de abnegación. Hacia el fin de su ministerio, en ocasión de su discurso de despedida a los ancianos de Éfeso, en Mileto, pudo levantar ante ellos sus manos gastadas por el trabajo, y decir: “La plata, o el oro, o el vestido de nadie he codiciado. Antes, vosotros sabéis que para lo que me ha sido necesario, y a los que están conmigo, estas manos me han servido. En todo os he enseñado que, trabajando así, es necesario sobrellevar a los enfermos, y tener presente las palabras del Señor Jesús, el cual dijo: Más bienaventurada cosa es dar que recibir” (Hechos 20:33- 35) (Los hechos de los apóstoles, pp. 283, 284).

 

Domingo 18 de septiembre:
Mientras esperamos a Jesús

Jesús dijo a sus discípulos que velaran, pero no respecto a un tiempo definido. Sus seguidores han de estar en la posición de aquellos que escuchan las ordenes de su Capitán; han de vigilar, esperar, orar y trabajar, mientras se acerca el tiempo para la venida del Señor; pero nadie podrá predecir justamente cuándo vendrá ese tiempo; pues “el día y hora nadie sabe”. No podéis decir que él vendrá de aquí a un año, o dos, o cinco años, ni tampoco debéis postergar su venida declarando que no ocurrirá antes de diez o de veinte años... No hemos de saber el tiempo definido, ni del derramamiento del Espíritu Santo ni de la venida de Cristo (El evangelismo, p. 165).
Necesitamos confiar en Dios con serenidad. Es imperiosa la necesidad de esto. El ruido y el bullicio que hacemos en el mundo no es lo que demuestra nuestra utilidad. ¡Ved cuán silenciosamente obra Dios! No oímos el ruido de sus pasos, y sin embargo está caminando alrededor de nosotros, obrando para nuestro bien. Jesús no buscó notoriedad; su poder vivificante fluía hacia los necesitados y los afligidos por medio de acciones silenciosas cuya influencia se extendía ampliamente por todos los países, y se sentía y expresaba en la vida de millones de seres humanos. Los que desean trabajar con Dios necesitan cada día de su Espíritu; necesitan caminar y trabajar con mansedumbre y humildad de espíritu sin procurar hacer cosas extraordinarias, sino satisfechos con hacer la obra que está ante ellos, y hacerla fielmente. Quizá los hombres no vean o aprecien sus esfuerzos, pero los nombres de estos fieles hijos de Dios están escritos en el cielo entre los más nobles obreros del Señor, como los que esparcen la semilla divina teniendo en cuenta una gloriosa cosecha. “Por sus frutos los conoceréis” (Comentario bíblico adventista, tomo 4, p. 1166).
Por cuanto no sabemos la hora exacta de su venida, se nos ordena que velemos. “Bienaventurados aquellos siervos, a los cuales cuando el Señor viniere, hallare velando”. Los que velan esperando la venida de su Señor no aguardan en ociosa expectativa. La espera de la venida de Cristo debe inducir a los hombres a temer al Señor y sus juicios sobre los transgresores.
Les ha de hacer sentir cuán grande pecado es rechazar sus ofrecimientos de misericordia. Los que aguardan al Señor purifican sus almas obedeciendo la verdad. Con la vigilancia combinan el trabajo ferviente. Por cuanto saben que el Señor está a las puertas, su celo se vivifica para cooperar con los seres divinos y trabajar para la salvación de las almas. Estos son los siervos fieles y prudentes que dan a la familia del Señor “a su tiempo... su ración”. Declaran la verdad que tiene aplicación especial a su tiempo. Como Enoc, Noé, Abrahán y Moisés declararon cada uno la verdad para su tiempo, así también los siervos de Cristo dan ahora la amonestación especial para su generación (El Deseado de todas las gentes, p. 588).

Lunes 19 de septiembre:
Reavivamiento y reforma mientras esperamos

Cristo es la fuente de todo buen impulso. Él es el único que puede implantar en el corazón enemistad contra el pecado. Todo deseo de verdad y de pureza, toda convicción de nuestra propia pecaminosidad, es una prueba de que su Espíritu está obrando en nuestro corazón. Jesús dijo: “Yo, si fuere levantado en alto de sobre la tierra, a todos los atraeré a mí mismo” (S. Juan 12:32).
Cristo debe ser revelado al pecador como el Salvador que muere por los pecados del mundo; y cuando consideramos al Cordero de Dios sobre la cruz del Calvario, el misterio de la redención comienza a abrirse a nuestra mente y la bondad de Dios nos guía al arrepentimiento. Al morir Cristo por los pecadores, manifestó un amor incomprensible; y este amor, a medida que el pecador lo contempla, enternece el corazón, impresiona la mente e inspira contrición en el alma... Los que en vuestro corazón anheláis algo mejor que lo que este mundo puede dar, reconoced este deseo como la voz de Dios que habla a vuestras almas. Pedidle que os dé arrepentimiento, que os revele a Cristo en su amor infinito y en su pureza perfecta. En la vida del Salvador quedaron perfectamente ejemplificados los principios de la ley de Dios y el amor a Dios y al hombre. La benevolencia y el amor desinteresado fueron la vida de su alma. Contemplándolo, nos inunda la luz de nuestro Salvador y podemos ver la pecaminosidad de nuestro corazón (El camino a Cristo, pp. 24-26).
El Espíritu de Dios se está retirando de la tierra, y una calamidad sigue a otra por tierra y mar. Hay tempestades, terremotos, incendios, inundaciones, homicidios de toda magnitud. ¿Quién puede leer lo futuro? ¿Dónde hay seguridad? No hay seguridad en nada que sea humano o terrenal. Rápidamente los hombres se están colocando bajo la bandera que han escogido. Inquietos, están aguardando y mirando los movimientos de sus caudillos. Hay quienes están aguardando, velando y trabajando por la aparición de nuestro Señor. Otra clase se está colocando bajo la dirección del primer gran apóstata. Pocos creen de todo corazón y alma que tenemos un infierno que rehuir y un cielo que ganar.
La crisis se está acercando gradual y furtivamente a nosotros. El sol brilla en los cielos y recorre su órbita acostumbrada, y los cielos continúan declarando la gloria de Dios. Los hombres siguen comiendo y bebiendo, plantando y edificando, casándose y dándose en casamiento... el tiempo de gracia está llegando rápidamente a su fin, y cada caso está por ser decidido para la eternidad. Satanás ve que su tiempo es corto. Ha puesto todos sus agentes a trabajar a fin de que los hombres sean engañados, seducidos, ocupados y hechizados hasta que haya terminado el tiempo de gracia, y se haya cerrado para siempre la puerta de la misericordia. Solemnemente llegan hasta nosotros, a través de los siglos, las palabras amonestadoras de nuestro Señor desde el Monte de las Olivas: “Mirad por vosotros, que vuestros corazones no sean cargados de glotonería y embriaguez, y de los cuidados de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día”. “Velad pues, orando en todo tiempo, que seáis tenidos por dignos de evitar todas estas cosas que han de venir y de estar en pie delante del Hijo del hombre” (El Deseado de todas las gentes, pp. 590, 591).


Martes 20 de septiembre:
La misión de la iglesia mientras esperamos

Los tiempos en que vivimos requieren que dispongamos de colaboradores de alma íntegra. El carácter práctico de las doctrinas que profesamos impresionarán los corazones, porque los mensajeros celestiales colaboran con el obrero cuya fe y cuyas obras están bien complementadas. Quien tenga una relación vital con Jesucristo tendrá un testimonio que dar en favor del Maestro. “Vosotros sois mis amigos —dijo Cristo— si hacéis lo que yo os mando” (Juan 15:14). Todos los que verdaderamente sean amigos de Cristo harán sus obras. Estamos sumamente inclinados a manifestar los rasgos de carácter no santificados y carentes de conversión en el gobierno de nuestras familias y en la iglesia, y esos rasgos influyen para que nuestras palabras, nuestros modales y nuestro espíritu no solo sean una ofensa para el hogar, sino para la iglesia y el universo celestial. Dios lo califica de espíritu perverso. Si todos pudieran ver cómo considera Dios esa disposición egoísta y mezquina, se despreciarían a sí mismos y harían esfuerzos decididos para apartarse de todo acto desagradable. La idea de que los hombres pueden unirse con la familia de Dios sin modificar en esta vida todos esos desagradables rasgos de carácter, es el mayor de los engaños. El poder para vencer depende, no de las circunstancias, no de nadie que viva en la actualidad, por erudito que sea, sino del pronto auxilio que Dios proporciona. La verdad no es algo que se pueda mantener envasado para usarla solo en ocasiones especiales. Si la verdad mora en el corazón, quien la reciba manifestará esa fe que obra por el amor y purifica el alma. Los principios permanentes grabados en el corazón se manifestarán en todo tiempo y en toda oportunidad.
Todo nuestro éxito y nuestra eficiencia residen en Cristo. Continuamente debemos mirar más allá de toda ayuda terrenal, más allá del mayor poder humano, más allá de los apóstoles. Nuestra fe debe estar puesta directamente en Cristo mismo. Afirmó: “Separados de mí nada podéis hacer” (S. Juan 15:5). “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí” (Juan 15:4) (Cada día con Dios, p. 289).
Vi que en la providencia de Dios han sido colocados en estrecha relación cristiana con su iglesia, viudas y huérfanos, ciegos, mudos, cojos y personas afligidas de varias maneras; es para probar a su pueblo y desarrollar su verdadero carácter. Los ángeles de Dios vigilan para ver cómo tratamos a estas personas que necesitan nuestra simpatía, amor y benevolencia desinteresada. Esta es la forma en que Dios prueba nuestro carácter. Si tenemos la verdadera religión de la Biblia, sentiremos que es un deber de amor, bondad e interés el que hemos de cumplir para Cristo en favor de sus hermanos; y no podemos hacer nada menos que mostrar nuestra gratitud por su incomparable amor manifestado hacia nosotros mientras éramos pecadores indignos de su gracia, revelando un profundo interés y un amor abnegado por aquellos que son nuestros hermanos, y que son menos afortunados que nosotros... La verdadera simpatía entre el hombre y su prójimo ha de ser la señal que distinga a los que aman y temen a Dios de los que no tienen en cuenta su ley. ¡Cuán grande es la simpatía que Cristo expresó al venir a este mundo para dar su vida como sacrificio por un mundo agonizante! (El ministerio de la bondad, pp. 39, 40).

Miercoles 21 de septiembre:
Preparación para la cosecha final mientras esperamos

Hoy día, en el gran campo de la mies, Dios necesita sembradores y segadores. Recuerden los que salen a trabajar, algunos para sembrar y otros para segar, que nunca han de atribuirse la gloria y el éxito de su obra. Los agentes de Dios han estado antes que ellos preparando el camino para la siembra de la simiente y la siega de la mies... Los que siembran la semilla, presentando ante congregaciones grandes y pequeñas la verdad decisiva para este tiempo, a costa de mucho trabajo, no recogen tal vez siempre la mies. Muchas veces los obreros del Señor encuentran acerba oposición, y su obra es estorbada. Ellos hacen lo mejor que pueden; con esfuerzo ferviente y esmerado, siembran la buena simiente. Pero el elemento de oposición se vuelve más y más violento. Algunos de los oyentes pueden estar convencidos de la verdad, pero quedan intimidados por la oposición manifestada, y no tienen el valor de reconocer sus convicciones...
La semilla sembrada en medio de pruebas y desaliento demostrará tener vida en sí. La adversidad, el pesar, la pérdida de bienes, los cambios de la providencia de Dios, recordarán con vivida claridad las palabras dichas años atrás por el fiel siervo de Dios. La semilla sembrada nace y da fruto. Dios necesita hombres y mujeres prudentes que quieran trabajar ardorosamente para hacer la obra a ellos confiada. Los empleará como instrumentos suyos en la conversión de las almas. Algunos sembrarán, y algunos segarán la mies de la semilla sembrada. Haga cada uno lo mejor que pueda para aprovechar sus talentos, a fin de ser sembrador o segador (Obreros evangélicos, pp. 425, 426).
La obra de los ángeles consiste en acercarse a los probados, dolientes o tentados. Trabajan incansablemente en favor de aquellos por quienes Cristo murió... De todo esfuerzo de nuestra parte por disipar las tinieblas y difundir el conocimiento de Cristo, se lleva un informe al cielo. Y al referirse la acción ante el Padre, el gozo conmueve todas las huestes celestiales. Los principados y las potestades de los cielos están contemplando la guerra que, en circunstancias aparentemente desalentadoras, están riñendo los siervos de Dios. Se verifican nuevas conquistas, se ganan nuevos honores a medida que los cristianos, congregándose en derredor del estandarte de su Redentor, salen a pelear la buena batalla de la fe. Todos los ángeles celestiales están al servicio de los humildes y creyentes hijos de Dios; y cuando el ejército de obreros canta aquí en la tierra sus himnos de alabanza, el coro celestial se une a él para tributar loor a Dios y a su Hijo (Los hechos de los apóstoles, pp. 124, 125).
No es el poder que emana del hombre el que da éxito a la obra, sino que el poder de los seres celestiales que cooperan con los agentes humanos lleva la obra a la perfección. Un Pablo puede plantar y un Apolo regar, pero es Dios el que da el crecimiento. El hombre no puede hacer la parte de Dios en la obra. Como agente humano, puede cooperar con los seres celestiales, y con sencillez y humildad hacer lo mejor que pueda, comprendiendo que Dios es el gran artífice Maestro (Servicio cristiano, p. 322).

Jueves 22 de septiembre:
Terminó la espera

El dolor no puede existir en el ambiente del cielo. Allí no habrá más lágrimas, ni cortejos fúnebres, ni manifestaciones de duelo... En la ciudad de Dios “no habrá ya más noche”. Nadie necesitará ni deseará descanso. No habrá quien se canse haciendo la voluntad de Dios ni ofreciendo alabanzas a su nombre. Sentiremos siempre la frescura de la mañana, que nunca se agostará. “No necesitan luz de lámpara, ni luz del sol; porque el Señor Dios los alumbrará” (Apocalipsis 22:5, V.M.).
La luz del sol será sobrepujada por un brillo que sin deslumbrar la vista excederá sin medida la claridad de nuestro mediodía. La gloria de Dios y del Cordero inunda la ciudad santa con una luz que nunca se desvanece. Los redimidos andan en la luz gloriosa de un día eterno que no necesita sol (El conflicto de los siglos, pp. 734, 735).
Luego las puertas del cielo se abrirán para recibir a los hijos de Dios y de los labios del Rey de gloria resonará en sus oídos, como la más rica música, la bendición: “¡Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino destinado para vosotros desde la fundación del mundo!” (Mateo 25:34). Entonces los redimidos serán recibidos con gozo en el lugar que Jesús les está preparando. Vi que Jesús conducía a los redimidos a la puerta de la ciudad; y al llegar a ella la hizo girar sobre sus resplandecientes goznes y mandó que entraran todas las gentes que hubiesen guardado la verdad. Dentro de la ciudad había todo lo que pudiese agradar a la vista. Por doquiera los redimidos contemplaban abundante gloria. Jesús miró entonces a sus santos redimidos, cuyo semblante irradiaba gloria, y fijando en ellos sus ojos bondadosos les dijo con voz rica y musical: “Veo el fruto de la aflicción de mi alma, y estoy satisfecho. Esta excelsa gloria es vuestra para que la disfrutéis eternamente. Terminaron vuestras aflicciones. No habrá más muerte ni llanto ni pesar ni dolor”... Las palabras son demasiado pobres para intentar una descripción del cielo. Siempre que se vuelve a presentar ante mi vista, el espectáculo me anonada de admiración. Arrobada por el insuperable esplendor y la excelsa gloria, dejo caer la pluma exclamando: “¡Oh, qué amor, qué maravilloso amor!” El lenguaje más exaltado no bastaría para describir la gloria del cielo ni las incomparables profundidades del amor del Salvador (La maravillosa gracia de Dios, p. 359).
A veces, cuando veo una nube en el cielo, exclamo involuntariamente: “Ven, Señor Jesús; ven pronto”. Tiempos como éste revelarán el carácter de cada cual. Anhelo ver quebrantado el poder engañoso del enemigo. Pero no permitamos que nuestra fe falle. El único verdadero consuelo que encuentro consiste en mirar más allá del conflicto y contemplar el triunfo final, la gloria de Dios que refleja su resplandor sobre los vencedores. La profecía señala con certeza el resultado final del conflicto, y por fe lo podemos ver... Dentro de poco el Señor Dios del cielo establecerá su reino, que no será destruido. Ha llegado el momento de desarrollar un carácter puro y celestial. La obra aumentará en fervor e intensidad hasta el mismo fin. Necesitamos que nuestra fe aumente. Debemos velar en oración (Cada día con Dios, p. 198).