MINISTERIO URBANO EN EL
TIEMPO DEL FIN

Notas E. G White
Lección 12


Sábado 10 de septiembre

Por intermedio de Jeremías, Sedequías y todo Judá, inclusive los que habían sido llevados a Babilonia, recibieron el consejo de someterse tranquilamente al gobierno provisorio de sus conquistadores. Era especialmente importante que los que se hallaban en cautiverio procurasen la paz de la tierra a la cual habían sido llevados. Pero esto era contrario a las inclinaciones del corazón humano; y Satanás, aprovechándose de las circunstancias, hizo que se levantaran entre el pueblo, tanto en Jerusalén como en Babilonia, falsos profetas para declarar que no tardaría en verse roto el yugo de servidumbre, y restaurado el anterior prestigio de la nación. Si el rey y los desterrados hubiesen prestado oídos a profecías tan halagüeñas, habrían dado pasos fatales y frustrado los misericordiosos designios de Dios en su favor... ¡Con qué tierna compasión informó Dios a su pueblo cautivo acerca de sus planes para Israel! Sabía que si éste se dejaba persuadir por los falsos profetas a esperar una pronta liberación, su posición en Babilonia resultaría muy difícil. Cualquier demostración o insurrección de su parte despertaría la vigilancia y la severidad de las autoridades caldeas, y acarrearía una mayor restricción de sus libertades. De ello resultarían sufrimientos y desastres. Él deseaba que se sometiesen a su suerte e hiciesen tan placentera como fuese posible su servidumbre; de manera que el consejo que les daba era: “Edificad casas, y morad; y plantad huertos, y comed del fruto de ellos... Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice traspasar, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz” (Jeremías 29:57) (Profetas y reyes, pp. 324, 325).
En la profecía referente a la destrucción de Jerusalén, Cristo dijo: “Y por haberse multiplicado la maldad, la caridad [el amor] de muchos se resfriará. Mas el que perseverare hasta el fin, éste será salvo. Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, por testimonio a todos los gentiles; y entonces vendrá el fin”. Esta profecía volverá a cumplirse. La abundante iniquidad de aquel día halla su contraparte en esta generación. Lo mismo ocurre con la predicción referente a la predicación del evangelio. Antes de la caída de Jerusalén, Pablo, escribiendo bajo la inspiración del Espíritu Santo, declaró que el evangelio había sido predicado a “toda criatura que está debajo del cielo”. Así también ahora, antes de la venida del Hijo del hombre, el evangelio eterno ha de ser predicado “a toda nación y tribu y lengua y pueblo”. Dios “ha establecido un día, en el cual ha de juzgar al mundo”.
Cristo nos dice cuándo ha de iniciarse ese día. No afirma que todo el mundo se convertirá, sino que “será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, por testimonio a todos los gentiles; y entonces vendrá el fin”. Mediante la proclamación del evangelio al mundo, está a nuestro alcance apresurar la venida de nuestro Señor. No solo hemos de esperar la venida del día de Dios, sino apresurarla.
Si la iglesia de Cristo hubiese hecho su obra como el Señor le ordenaba, todo el mundo habría sido ya amonestado, y el Señor Jesús habría venido a nuestra tierra con poder y grande gloria (El Deseado de todas las gentes, pp. 587, 588)

 

Domingo 11 de septiembre:
La naturaleza de las ciudades

Pablo... ilustró de una manera práctica lo que pueden hacer los laicos consagrados en muchos lugares donde la gente no está enterada de las verdades del evangelio. Su costumbre inspiró en muchos humildes trabajadores el deseo de hacer lo que podían para el adelanto de la causa de Dios, mientras se sostenían al mismo tiempo con sus labores cotidianas. Aquila y Priscila no fueron llamados a dedicar todo su tiempo al ministerio del evangelio; sin embargo, estos humildes trabajadores fueron usados por Dios para enseñar más perfectamente a Apolos el camino de la verdad. El Señor emplea diversos instrumentos para el cumplimiento de su propósito; mientras algunos con talentos especiales son escogidos para dedicar todas sus energías a la obra de enseñar y predicar el evangelio, muchos otros, a quienes nunca fueron impuestas las manos humanas para su ordenación, son llamados a realizar una parte importante en la salvación de las almas. Hay un gran campo abierto ante los obreros evangélicos de sostén propio. Muchos pueden adquirir una valiosa experiencia en el ministerio mientras trabajan parte de su tiempo en alguna clase de labor manual; y por este método pueden desarrollarse poderosos obreros para un servicio muy importante en campos necesitados. El abnegado siervo de Dios que trabaja incansablemente en palabra y doctrina, lleva en su corazón una pesada carga. No mide su trabajo por horas. Su salario no influye en su labor, ni abandona su deber por causa de las condiciones desfavorables. Recibió del cielo su comisión, y del cielo espera su recompensa cuando haya terminado el trabajo que se le ha confiado (Los hechos de los apóstoles, pp. 286, 287).
Por todo el mundo se necesitan mensajeros de la gracia. Conviene que familias cristianas vayan a vivir en poblaciones sumidas en las tinieblas y el error, que entren en campos extranjeros, conozcan las necesidades de sus semejantes y trabajen por la causa del Maestro. Si se estableciesen familias tales en puntos tenebrosos de la tierra, donde la gente está rodeada de tinieblas espirituales, para dejar que por su medio brillase la luz de la vida de Cristo, ¡cuán noble obra se realizaría! Esta obra requiere abnegación. Mientras que muchos aguardan que se quite todo obstáculo, su trabajo queda por hacer, y siguen muriendo las muchedumbres sin esperanza y sin Dios. Hay algunos que, por el aliciente de las ventajas comerciales, o para adquirir conocimientos científicos, se arriesgan a penetrar en regiones aun no colonizadas, y con valor soportan sacrificios y penalidades; pero ¡cuán pocos son los que por amor a sus semejantes consienten en llevar a sus familias a regiones necesitadas del evangelio! El verdadero ministerio consiste en llegar a todas las gentes, cualquiera que sea su situación o condición, y ayudarlas de toda forma posible. Mediante tal esfuerzo podéis conquistar los corazones y obtener acceso a las almas que perecen.
En todo vuestro trabajo, recordad que estáis unidos con Cristo y que sois parte del gran plan de la redención. El amor de Cristo debe fluir por vuestra conducta como un río de salud y vida. Mientras procuráis atraer a otros al círculo del amor de Cristo, la pureza de vuestro lenguaje, el desprendimiento de vuestro servicio, y vuestro comportamiento gozoso han de atestiguar el poder de su gracia. Dad al mundo una representación de Cristo tan pura y justa, que los hombres puedan contemplarle en su hermosura (El ministerio de curación, p. 113).

Lunes 12 de septiembre:
Escuchar las quejas

Dios pide a cada miembro de iglesia que dedique su vida sin reservas al servicio del Señor. Pide que se lleve a cabo una reforma decidida. La creación entera gime bajo la maldición. El pueblo de Dios debiera colocarse en un lugar donde pueda crecer en gracia, y donde pueda ser santificado en cuerpo, alma y espíritu por la verdad. Cuando se aparten de las complacencias que destruyen la salud, obtendrán una percepción más clara de lo que constituye la verdadera piedad. Se observará un cambio admirable en la experiencia religiosa (Consejos sobre la salud, p. 581).
Pocos piensan en el sufrimiento que el pecado causó a nuestro Creador. Todo el cielo sufrió con la agonía de Cristo; pero ese sufrimiento no empezó ni terminó con su manifestación en la humanidad. La cruz es, para nuestros sentidos entorpecidos, una revelación del dolor que, desde su comienzo, produjo el pecado en el corazón de Dios. Le causan pena toda desviación de la justicia, todo acto de crueldad, todo fracaso de la humanidad en cuanto a alcanzar su ideal. Se dice que cuando sobrevinieron a Israel las calamidades que eran el seguro resultado de la separación de Dios, sojuzgamiento a sus enemigos, crueldad y muerte, el alma de Dios “fue afligida a causa de la desdicha de Israel” (Jueces 10:16). “En todas sus aflicciones él fue afligido... Y los alzaba en brazos, y los llevaba todos los días de la antigüedad” (Isaías 63:9). Su Espíritu “hace intercesión por nosotros, con gemidos que no pueden expresarse con palabras”. Cuando “la creación entera gime juntamente con nosotros” (Romanos 8:26, 22), el corazón del Padre infinito gime en simpatía. Nuestro mundo es un vasto lazareto, una escena de miseria a la cual no nos atrevemos a dedicar siquiera nuestros pensamientos. Si nos diéramos cuenta exacta de lo que es, la carga sería demasiado terrible. Sin embargo, Dios lo siente todo. No se exhala un suspiro, no se siente un dolor, ni ningún agravio atormenta el alma, sin que haga también palpitar el corazón del Padre (La maravillosa gracia de Dios, p. 189).
Bienaventurados también los que con Jesús lloran llenos de compasión por las tristezas del mundo y se afligen por los pecados que se cometen en él y, al llorar, no piensan en sí mismos. Jesús fue Varón de dolores, y su corazón sufrió una angustia indecible. Su espíritu fue desgarrado y abrumado por las transgresiones de los hombres. Trabajó con celo consumidor para aliviar las necesidades y los pesares de la humanidad, y se le agobió el corazón al ver que las multitudes se negaban a venir a él para obtener la vida. Todos los que siguen a Cristo, compartirán también la gloria que será revelada. Estuvieron unidos con él en su obra, apuraron con él la copa del dolor, y participan también de su regocijo. Por medio del sufrimiento, Jesús se preparó para el ministerio de consolación. Fue afligido por toda angustia de la humanidad, y “en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados”. Quien haya participado de esta comunión de sus padecimientos tiene el privilegio de participar también de su ministerio. “Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación”. El Señor tiene gracia especial para los que lloran, y hay en ella poder para enternecer los corazones y ganar a las almas. Su amor se abre paso en el alma herida y afligida, y se convierte en bálsamo curativo para cuantos lloran (El discurso maestro de Jesucristo, pp. 16, 17).


Martes 13 de septiembre:
Sembrar y cosechar en las ciudades

En las ciudades grandes hay ciertas clases que no pueden ser alcanzadas por las reuniones públicas. Hay que buscarlas como el pastor busca a su oveja perdida. Deben hacerse diligentes esfuerzos personales en favor de ellas. Si no vienen a la fiesta del evangelio a la cual los invita el llamado de Cristo, los mensajeros de Dios deben acomodarse a las circunstancias y llevarles el mensaje por medio de una labor de casa en casa, extendiendo así su ministerio por los caminos y los vallados para dar el último mensaje al mundo.
Id aun a las casas de las personas que no manifiestan ningún interés. Mientras la dulce voz de la misericordia invita al pecador, trabajad con toda la energía del corazón y del cerebro, como lo hizo Pablo, quien no cesaba “de amonestar con lágrimas a cada uno”. En el día de Dios, cuántos nos enfrentarán y dirán: “¡Estoy perdido! ¡Estoy perdido! Y tú nunca me amonestaste; nunca me rogaste que viniera a Jesús. Si yo hubiera creído como tú lo hiciste, hubiera seguido a toda alma sujeta al juicio que estuviera a mi alcance, con oraciones y lágrimas y amonestaciones”...
Luz, luz de la Palabra de Dios: esto es lo que la gente necesita. Si los maestros de la Palabra están dispuestos, el Señor los guiará a una estrecha relación con la gente. El los llevará a los hogares de los que necesitan y desean la verdad; y a medida que los siervos de Dios se empeñan en la obra de buscar las ovejas perdidas, las facultades espirituales son despertadas y vigorizadas. Sabiendo que están en armonía con Dios, se sienten gozosos y contentos. Bajo la dirección del Espíritu Santo, obtienen una experiencia que es inapreciable para ellos. Sus facultades intelectuales y morales obtendrán su más alto desarrollo; porque se concede gracia en respuesta a la demanda (El evangelismo, pp. 318,319).
Después de terminadas las reuniones públicas hay que establecer una misión. Hay que organizar en un equipo a los mejores obreros que sea posible encontrar para que vendan nuestras publicaciones y también regalen revistas y folletos a los que no pueden comprar. La obra preparatoria que se realiza no tiene ni la mitad del valor de la obra que debe realizarse después de las conferencias. Después que la gente ha oído las razones de nuestra fe, hay que comenzar el trabajo de casa en casa. Hay que familiarizarse con la gente y leerles las preciosas palabras de Cristo. Hay que destacar entre ellos a Jesús crucificado, y los que han escuchado los mensajes de amonestación de los labios de los ministros de Dios... y han sido convencidos de pecado, pronto serán inducidos a inquirir acerca de lo que han oído.
Este es el tiempo cuando debemos presentar las razones de nuestra fe con mansedumbre y temor, no un temor esclavizante, sino un temor cauteloso a fin de no hablar imprudentemente. Presentad la verdad tal como se encuentra en Jesús, con toda mansedumbre y humildad, es decir con sencillez y sinceridad, dando el alimento a su debido tiempo, y a cada persona su porción de comida (El evangelismo, p. 317).

Miercoles 14 de septiembre:
Hazlo personal

Gracias a Dios de que se está realizando una obra fuera de la iglesia. La iglesia no ha sido educada debidamente para trabajar fuera de sus propios miembros.
Muchas almas ajenas a la iglesia podrían haber sido iluminadas, y un caudal mucho mayor de luz podría haber sido traído a la iglesia, si ésta hubiera trabajado con el corazón y el alma y la voz para ganar almas para la verdad. Demasiado poco trabajo realizan los miembros de la iglesia en favor de los que necesitan la luz, los que están fuera de la Iglesia Adventista. El Señor declara: “La caña cascada no quebrará, y el pábilo que humea no apagará, hasta que saque a victoria el juicio. Y en su nombre esperarán los gentiles”. Los que cooperan con Cristo Jesús se darán cuenta de que todas estas promesas se cumplen en su propia experiencia. El Señor ha señalado el deber de cada alma. En el juicio nadie tendrá excusa alguna que presentar por no haber cumplido con su deber (Testimonios para los ministros, p. 125).
Existen posibilidades de trabajar por Jesús en las cuales nunca habéis soñado. Un cristiano es un hombre o una mujer semejante a Cristo, que es activo en el servicio de Dios, que asiste a las reuniones sociales, y cuya presencia animará también a otros. La religión no consiste en obras, pero obra; no es inactiva, La religión pura de Jesús es una fuente de la cual fluyen corrientes de caridad, amor, abnegación... Con el amor de Cristo en el corazón, los labios lo alabarán y magnificarán su nombre. El alma que esté llena del amor de Cristo contendrá en sí una gran energía...
Los hijos e hijas de Dios deben mostrar su procedencia celestial. El hombre grande a la vista de Dios es el que en medio de las multitudes, de los cuidados y las premuras financieras, mantiene su alma pura, sin mancha de contaminación mundanal. Al confiar firmemente en Dios por medio de la oración y la fe, el alma se mantendrá en una independencia moral, y no obstante mantendrá una actitud bondadosa, amante y delicada. Se resistirán las tentaciones que ofrece el medio ambiente, se mantendrá la comunión con Dios, y la comunicación entre vuestra alma y Dios os capacitará para transmitir a otros, mediante vuestras relaciones sociales, las más exquisitas bendiciones que el cielo os haya concedido... En todos sus procedimientos se advertirá una justicia exacta e imparcial, pero allí no termina su deber. Dios requiere algo más. El demanda que améis a las almas como Cristo las amó (Hijos e hijas de Dios, p. 273).

Jueves 15 de septiembre:
Alcanzar las ciudades

Los que trabajan para Cristo nunca han de pensar, y mucho menos hablar, acerca de fracasos en su obra. El Señor Jesús es nuestra eficiencia en todas las cosas; su Espíritu ha de ser nuestra inspiración; y al colocamos en sus manos para ser conductos de luz, nunca se agotarán nuestros medios de hacer bien. Podemos allegamos a su plenitud, y recibir de la gracia que no tiene límites. Cuando nos entregamos completamente a Dios y en nuestra obra seguimos sus instrucciones, él mismo se hace responsable de su realización. Él no quiere que conjeturemos en cuanto al éxito de nuestros sinceros esfuerzos. Nunca debemos pensar en el fracaso. Hemos de cooperar con Uno que no conoce el fracaso (Servicio cristiano, p. 323).
El pueblo de Dios no se debe concentrar en un solo lugar. La palabra del Señor para ellos es: “Te extenderás a la mano derecha y a la mano izquierda” (Isaías 54:3). Tienen que establecerse en todas partes. Tienen que proclamar la verdad para este tiempo en todo lugar. Aquellos en cuyos corazones ha resplandecido la luz, deben recordar que son obreros de Dios, sus testigos. Servirlo y honrarlo debe ser su ciencia. Deben invitar a otros para que guarden sus mandamientos y vivan. La obediencia a la ley de Dios es el asunto que ha de probar al mundo... Hay que proclamar la verdad a todo pueblo, nación y tribu. Ha llegado el tiempo de realizar una obra agresiva en las ciudades, y en todos los territorios descuidados, donde no se ha trabajado (Cada día con Dios, p. 325).
¿Os dais cuenta de que cada año miles y miles y decenas de miles de almas están pereciendo, muriendo en sus pecados? Las plagas y los juicios ya están casi haciendo su obra, y las almas van a la ruina porque la luz de la verdad no ha resplandecido sobre su sedero. ¿Creemos plenamente que hemos de llevar la Palabra de Dios a todo el mundo? ¿Quién cree esto? “¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán a aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?” ¿Quién tiene la fe que lo induzca a llevar a la práctica esta palabra? ¿Quién cree en la luz que Dios ha dado? (Testimonios para los ministros, p. 405).