Notas E. G Whiste
Lección 11
Jesús les decía: “Síganme”

Sábado 3 de septiembre

De todas las criaturas, la oveja es una de las más tímidas e indefensas, y en el Oriente el cuidado del pastor por su rebaño es incansable e incesante...
Mientras el pastor guía su rebaño por sobre las colinas rocosas, a través de los bosques y de las hondonadas desiertas, a los rincones cubiertos de pastos junto a la ribera de los ríos; mientras lo cuida en las montañas durante las noches solitarias, lo protege de los ladrones y con ternura atiende a las enfermizas y débiles, su vida se unifica con la de sus ovejas. Un fuerte lazo de cariño lo une a los objetos de su cuidado. Por grande que sea su rebaño, él conoce cada oveja. Cada una tiene su nombre, al cual responde cuando la llama el pastor. Como un pastor terrenal conoce sus ovejas, así el divino Pastor conoce su rebaño, esparcido por el mundo. “Y vosotras, ovejas mías, ovejas de mi pasto, hombres sois, y yo vuestro Dios, dice el Señor Jehová”. Jesús dice: “Te puse nombre, mío eres tú”. “He aquí que en las palmas te tengo esculpida”... Cada alma es tan plenamente conocida por Jesús como si fuera la única por la cual el Salvador murió. Las penas de cada uno conmueven su corazón. El clamor por auxilio penetra en su oído. El vino para atraer a todos los hombres a sí. Los invita: “Seguidme”, y su Espíritu obra en sus corazones para inducirlos a venir a él. Muchos rehúsan ser atraídos. Jesús conoce quiénes son. Sabe también quiénes oyen alegremente su llamamiento y están listos para colocarse bajo su cuidado pastoral. Él dice: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen”. Cuida a cada una como si no hubiera otra sobre la faz de la tierra. “A sus ovejas llama por nombre, y las saca... y las ovejas le siguen, porque conocen su voz”. Los pastores orientales no arrean sus ovejas. No se valen de la fuerza o del miedo, sino que van delante y las llaman. Ellas conocen su voz, y obedecen el llamado (El Deseado de todas las gentes, pp. 444-446).
La relación de Cristo con su pueblo se compara a la del pastor con su rebaño. Después de la caída, vio a sus ovejas en una condición deplorable y expuestas a una destrucción segura. Abandonó los honores y la gloria de la casa de su Padre para ser pastor y salvar... a las ovejas errantes que estaban por perecer. Se escuchó su voz bondadosa llamándolas a su redil: un refugio seguro contra la mano de los ladrones; también un techo contra el calor ardiente y un reparo contra la crudeza del frío. Se preocupaba constantemente por el bien del rebaño. Fortalecía a las débiles, alimentaba a las que sufrían algún padecimiento, tomaba en sus brazos a los corderitos del rebaño y los llevaba en su regazo. Sus ovejas lo aman. Sale delante de ellas y las ovejas escuchan su voz y lo siguen. “Mas al extraño no seguirán, sino huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños” (Juan 10:5). Cristo dice: “Yo soy el Buen Pastor; el Buen Pastor su vida da por las ovejas”... Cristo es el Príncipe de los pastores. Él ha confiado a sus pastores ayudantes el cuidado de su rebaño. Pero de estos pastores requiere el mismo interés por sus ovejas que él siempre les ha manifestado, y que sientan constantemente la responsabilidad del trabajo que les ha encomendado... Si imitan la abnegación de su ejemplo, el rebaño prosperará bajo el cuidado de ellos... entonces trabajarán constantemente por el bienestar del rebaño (Exaltad a Jesús, p. 190).

 

 

Domingo 4 de septiembre:
Conocen su voz


Cada día debemos preparamos para el reino de gloria. La norma de Dios debe probar nuestros caracteres. Si pasamos la prueba, se nos dará un lugar entre los redimidos. El cielo debe llenar nuestro corazón y nuestra vida diaria. Cristo es un todopoderoso ayudador, y los que lo siguen no andarán en tinieblas, sino que comprenderán los pensamientos del cielo. Oirán la voz del verdadero Pastor y avanzarán por la senda de la obediencia. Debemos escudriñar las Escrituras por nosotros mismos. Al escrutarlas como tesoro escondido, las verdades que encontremos nos darán fortaleza para resistir en el día de Dios. El Señor nos considera responsables por aquellos que nos rodean. Hay pecadores que salvar; almas que ganar. ¿Permitiremos que la iniquidad nos separe de Cristo y de la obra que nos ha encargado hacer? Cada uno de nosotros diga: “No le fallaré al Salvador. No debe morir en vano por mí. Quiero alabarlo por toda la eternidad. Quiero llegar al cielo a cualquier costo” (Cada día con Dios, p. 320).
Cristo nos ha dejado un maravilloso ejemplo de sacrificio propio. No se agradó a sí mismo, sino que gastó su vida en servicio a los demás. Hizo sacrificios a cada paso, sacrificios que ninguno de sus seguidores alguna vez tendrá que hacer, porque nunca han ocupado la posición que ocupó antes de venir a esta tierra. Era el comandante de las huestes celestiales, pero vino acá a sufrir por los pecadores. Era rico, pero por amor a nosotros se hizo pobre, para que por su pobreza pudiéramos ser enriquecidos. Dejó a un lado su gloria porque nos amó, y tomó sobre sí la forma de un siervo. Dio su vida por nosotros. ¿Qué estamos dando por él?...
Al seguir en el sendero de la negación propia, elevando la cruz y llevándola tras él a la casa de su Padre, revelaremos en nuestra vida la belleza de la vida de Cristo. En el altar del sacrificio propio —el lugar designado para el encuentro entre Dios y el alma— recibimos de mano de Dios la antorcha celestial que escudriña el corazón, revelando la necesidad de un Cristo que permanezca en él (Reflejemos a Jesús, p. 224).
El gran Pastor tiene subpastores, a quienes delega el cuidado de sus ovejas y corderos. La primera obra que Cristo confió a Pedro, al restaurarlo en el ministerio, fue la de apacentar sus corderos. Esta era una obra en la cual Pedro tenía poca experiencia. Iba a requerir gran cuidado y ternura, mucha paciencia y perseverancia. Lo llamaba a ministrar a los niños y jóvenes, y a los que fuesen nuevos en la fe, a enseñar a los ignorantes, abrirles las Escrituras y educarlos para ser útiles en el servicio de Cristo. Hasta entonces Pedro no había sido idóneo para hacer esto, ni siquiera para comprender su importancia. Era significativa la pregunta que Cristo dirigió a Pedro. Mencionó una sola condición del discipulado y servicio. “¿Me amas?” le preguntó. Esta es la calificación esencial. Aunque Pedro poseyese todas las demás, sin el amor de Cristo no podía ser un fiel pastor de la grey del Señor. El saber, la benevolencia, la elocuencia, la gratitud y el celo son de ayuda en la buena obra; pero sin el amor de Jesús en el corazón, la obra del ministerio cristiano resultará en fracaso (Exaltad a Jesús, p. 217).

Lunes 5 de septiembre:
Debemos buscar

En la religión verdadera no hay egoísmo ni exclusividad. El evangelio de Cristo es expansivo y agresivo. Se lo describe como la sal de la tierra, como la levadura transformadora, como la luz que alumbra en lugar oscuro. Es imposible que alguien retenga el amor y el favor de Dios, y disfrute de comunión con él, y no sienta responsabilidad por las almas por las cuales Cristo murió, que se encuentran en el error y las tinieblas, y que perecen en sus pecados. Si los que profesan ser seguidores de Cristo no resplandecen como luminarias en el mundo, el poder vital los abandonará y se volverán fríos y sin la semejanza de Cristo. El embrujo de la indiferencia se apoderará de ellos, junto con una mortal pereza espiritual, que los convertirá en cadáveres en lugar de representantes vivientes de Jesús. Todos debemos levantar la cruz, y asumir con modestia, humildad y sencillez intelectual los deberes que Dios nos asigna, para realizar esfuerzos personales en favor de los que nos rodean y que necesitan auxilio y luz. Todos los que acepten estos deberes gozarán de una experiencia rica y variada, sus propios corazones irradiarán fervor, y serán fortalecidos y estimulados para hacer esfuerzos renovados y perseverantes con el fin de obrar su propia salvación con temor y temblor, porque Dios es quien obra en ellos tanto el querer como el hacer según su buena voluntad (Cada día con Dios, p. 211).

La pobreza de la gente a quien somos enviados no ha de impedimos trabajar por ella. Cristo vino a esta tierra para andar y trabajar entre los pobres y los que sufrían. Ellos recibieron la mayor parte de su atención. Y hoy en día, en la persona de sus hijos, el Señor visita a los pobres y necesitados, para aligerar las cargas y aliviar el sufrimiento. Quítese el sufrimiento y la necesidad, y no tendremos ninguna forma de comprender la misericordia y el amor de Dios; no habrá forma de conocer al compasivo Padre celestial lleno de simpatía. Nunca se presenta el evangelio con un aspecto de mayor amabilidad y encanto que cuando se lleva a las regiones más necesitadas y destituidas. Es entonces cuando su luz brilla con mayor fulgor y mayor poder. La verdad de la Palabra de Dios entra en la choza del campesino; los rayos del Sol de justicia iluminan la casita del pobre, trayendo alegría al enfermo y al que sufre. Los ángeles de Dios están allí, y la fe sencilla manifestada convierte el mendrugo de pan y el vaso de agua en un banquete. El Salvador que perdona el pecado da la bienvenida al pobre y al ignorante, y les da a comer del pan que viene del cielo. Beben del agua de la vida. Aquellos que han sido detestados y abandonados son elevados por medio de la fe y el perdón a la dignidad de hijos e hijas de Dios. Elevados por encima del mundo, se sientan en los lugares celestiales con Cristo. Pueden no tener ningún tesoro terrenal, pero han encontrado la Perla de gran precio (Un llamado al evangelismo médico, p. 30).


Martes 6 de septiembre:
El puente

Cristo impartirá a sus mensajeros el mismo anhelante amor que tiene él para buscar a los perdidos. No hemos de decir meramente: “Ven”. Hay quienes oyen el llamado, pero tienen oídos demasiado embotados para comprender su significado. Sus ojos están demasiado cegados para ver cualquier cosa buena provista para ellos. Muchos comprenden su gran degradación. Dicen: no soy digno de ser ayudado, dejadme solo. Pero los obreros no deben desistir. Sostened con ternura y piadoso amor a los desalentados e impotentes. Infundidles vuestro valor, vuestra esperanza, vuestra fuerza. Compeledlos por la bondad a venir. “A los unos en piedad, discerniendo; mas haced salvos a los otros por temor, arrebatándolos del fuego”. Si los siervos de Dios quieren caminar con él por la fe, él impartirá poder al mensaje que den. Serán así capacitados para presentar su amor y el peligro de rechazar la gracia de Dios, para que los hombres sean constreñidos a aceptar el evangelio. Cristo realizará maravillosos milagros si tan solo los hombres quisieran hacer la parte que Dios les ha encomendado. En los corazones humanos puede obrarse hoy una transformación tan grande como la que se operó en las generaciones pasadas (Palabras de vida del gran Maestro, p. 187).

Jesucristo ha tomado la posición de uno que vino a buscar y a salvar lo que se había perdido, y ha exaltado al mundo puesto que murió para redimirlo y traer de vuelta a la oveja perdida al redil. Jesús le dio su preciosa vida y su atención personal al más pequeñito de los hijos de Dios; y hay ángeles poderosos en fortaleza que acampan en derredor de los que temen a Dios. Entonces, mantengámonos en guardia y nunca nos permitamos un solo pensamiento de desprecio acerca de uno de los pequeñitos de Dios. Deberíamos ocupamos con solicitud de los que yerran, y hablar palabras animadoras a los caídos y cuidar que ninguna acción imprudente de nuestra parte los aleje del Salvador compasivo. Los que aman a Jesús también amarán a aquellos por quienes Cristo murió. Si muchos de los pecadores que nos rodean hubieran recibido la luz que nos ha bendecido a nosotros, podrían haberse regocijado en la verdad y haberse adelantado a los que han tenido una larga experiencia y grandes ventajas. Hagan de estas ovejas perdidas su preocupación especial y cuiden a las almas como quienes han de dar cuenta. No dediquen ni siquiera una mirada para ustedes mismos, sino exclamen con profundo y cordial interés: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Este es el mensaje cristiano para el mundo. Este es el argumento efectivo. Que su corazón se sienta animado a realizar esfuerzos fervientes con el propósito de inducir a las almas que perecen a fijar su vista sobre Aquel que fue levantado en la cruz; y recuerden que al hacerlo, ángeles invisibles están ocupados en impresionar el corazón y guiar al alma a creer en Jesús. El pecador es capacitado así para ver a Jesús tal como es: lleno de compasión, misericordia y amor, y terminará por exclamar: “Tu benignidad me ha engrandecido” (Salmo 18:35) (Exaltad a Jesús, p. 203).

Miercoles 7 de septiembre:
El pedido

Era su vida una continua abnegación. No tuvo hogar en este mundo, a no ser cuando la bondad de sus amigos proveía a sus necesidades de sencillo caminante. Llevó en favor nuestro la vida de los más pobres; anduvo y trabajó entre los menesterosos y dolientes. Entraba y salía entre aquellos por quienes tanto hiciera sin que le reconocieran ni le honraran. Siempre se le veía paciente y alegre, y los afligidos le aclamaban como mensajero de vida y paz. Veía las necesidades de hombres y mujeres, de niños y jóvenes, y a todos invitaba diciéndoles: “Venid a mí” (Mateo 11:28). En el curso de su ministerio, dedicó Jesús más tiempo a la curación de los enfermos que a la predicación. Sus milagros atestiguaban la verdad de lo que dijera, a saber que no había venido a destruir, sino a salvar. Doquiera iba, las nuevas de su misericordia le precedían. Donde había pasado se alegraban en plena salud los que habían sido objeto de su compasión y usaban sus recuperadas facultades. Muchedumbres los rodeaban para oírlos hablar de las obras que había hecho el Señor. Su voz era para muchos el primer sonido que oyeran, su nombre la primera palabra que jamás pronunciaran, su semblante el primero que jamás contemplaran. ¿Cómo no habrían de amar a Jesús y darle gloria? Cuando pasaba por pueblos y ciudades, era como corriente vital que derramara vida y gozo por todas partes (El ministerio de curación, pp. 12, 13).
El Señor siempre da su obra al agente humano. Aquí está la cooperación divina y humana. En esto consiste en que el hombre actúe obedeciendo la luz divina que recibe. Si Saulo hubiese dicho: “Señor, no siento el menor deseo de seguir tus órdenes específicas para alcanzar mi salvación”, entonces, aunque el Señor hubiera hecho brillar diez veces más la luz sobre Saulo, habría sido inútil. La obra del hombre es cooperar con lo divino. Y el conflicto más duro y severo viene junto con el propósito y la hora de la gran resolución y decisión del ser humano de inclinar su voluntad y el rumbo de su vida ante la voluntad de Dios y el rumbo que Dios indica... El carácter determinará la naturaleza de la resolución y la acción. Lo que uno hace no está en armonía con los sentimientos o las inclinaciones, sino con la voluntad conocida de nuestro Padre que está en el cielo. Seguid y obedeced las directivas del Espíritu Santo (Comentario bíblico adventista, tomo 5, p. 1058).
Pablo llevaba consigo durante su vida en la tierra la misma atmósfera del cielo. Todos los que se relacionaban con él experimentaban la influencia de su contacto con Cristo y su comunión con los ángeles. En esto reside el poder de la verdad. La influencia espontánea e inconsciente de una vida santa es el sermón más convincente que se puede predicar en favor del cristianismo. Los argumentos, aunque sean incontestables, pueden provocar solo oposición; pero un ejemplo piadoso tiene un poder que es imposible resistir (La historia de la redención, p. 333).

Jueves 8 de septiembre:
“Buscad, y hallaréis”

La orden dada en la parábola: “Fuérzalos a entrar”, ha sido a menudo mal interpretada. Se ha considerado que enseña que debemos forzar a los hombres a aceptar el evangelio. Pero denota más bien la urgencia de la invitación, la eficacia de los alicientes presentados. El evangelio nunca emplea la fuerza para llevar los hombres a Cristo. Su mensaje es: “A todos los sedientos: Venid a las aguas”. “Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven... Y el que quiere, tome del agua de la vida de balde”. El poder del amor y la gracia de Dios nos constriñen a venir. El Salvador dice: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo: si alguno oyere mi voz y abriere la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo”. Él no es ahuyentado por el desprecio o desviado por la amenaza, antes busca continuamente a los perdidos diciendo: “¿Cómo tengo de dejarte?” Aunque su amor sea rechazado por el corazón obstinado, vuelve a suplicar con mayor fuerza: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo”. El poder conquistador de su amor compele a las almas a acceder (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 186, 187).

El Testigo verdadero dice: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo”. Toda amonestación, reprensión y súplica de la Palabra de Dios o de sus mensajeros es un llamamiento a la puerta del corazón. Es la voz de Jesús que procura entrada. Con cada llamamiento desoído se debilita la inclinación a abrir. Si hoy son despreciadas las impresiones del Espíritu Santo, mañana no serán tan fuertes. El corazón se vuelve menos sensible y cae en una peligrosa inconsciencia en cuanto a lo breve de la vida frente a la gran eternidad venidera. Nuestra condenación en el juicio no se deberá al hecho de que hayamos estado en el error, sino al hecho de haber descuidado las oportunidades enviadas por el cielo para que aprendiésemos lo que es la verdad (El Deseado de todas las gentes, p. 454).

Cuando vaciáis el corazón del yo, debéis aceptar la justicia de Cristo. Aferraos a ella por fe... Si abrís la puerta del corazón, Jesús llenará el vacío mediante el don de su Espíritu, y entonces podréis ser predicadores vivientes en vuestro hogar, en la iglesia y en el mundo. Podréis difundir la luz, porque los brillantes rayos del Sol de Justicia brillan sobre vosotros. Vuestra vida humilde, vuestra conducta santa, vuestra rectitud e integridad dirán a todos los que os rodean que sois hijos de Dios, herederos del cielo, que no hacéis de este mundo el lugar de vuestra morada, sino que sois peregrinos y extranjeros aquí, que buscáis una patria mejor, la celestial (A fin de conocerle, p. 167).