27 La Gracia de la Cortesía


Los que trabajan para Cristo deben ser puros, rectos y dignos de confianza, y ser también de corazón tierno, compasivos y corteses. Hay una gracia especial en el trato de los que son verdaderamente corteses. Las palabras bondadosas, las miradas placenteras, un comportamiento cortés, son de valor inestimable. Los cristianos descorteses, por el descuido en el trato con los demás, muestran que no están en unión con Cristo. Es imposible estar en unión con Cristo y a la vez ser descorteses.

Lo que Cristo fue en su vida sobre esta tierra es lo que debe ser todo cristiano. Él es nuestro ejemplo, no solamente en su impecable pureza sino en su paciencia, en su bondad y en lo atractivo de su disposición. Él era firme como una roca en lo que concernía a la verdad y al deber, pero era invariablemente bondadoso y cortés. Su vida era una perfecta ilustración de la verdadera cortesía. Siempre tenía una mirada bondadosa y una palabra de aliento para el necesitado y oprimido.

Su presencia introducía una atmósfera más pura en el hogar, y su vida era una levadura activa entre los elementos de la sociedad. Inocente e incorruptible, caminaba entre los descuidados, los rudos, los descorteses; en medio de los injustos publicanos, los arbitrarios samaritanos, los soldados paganos, los rudos campesinos y la multitud mixta. Hablaba una palabra de simpatía aquí y otra palabra allí, mientras veía a los hombres cansados, y obligados a llevar cargas pesadas. Compartía sus cargas, y les repetía las lecciones que había aprendido de la naturaleza, acerca del amor, la bondad y la amabilidad de Dios.

Trataba de inspirar esperanza en el más rudo y en el que menos prometía, dándoles la seguridad de que podían llegar a ser irreprensibles e inocentes, y a adquirir un carácter que los revelara como hijos de Dios.

Aunque era judío, Cristo se mezcló con los samaritanos, anulando las costumbres farisaicas de su nación. Frente a sus prejuicios, él aceptó la hospitalidad de este pueblo despreciado. Durmió bajo sus techos, comió con ellos en sus mesas, participó de los alimentos preparados y servidos por sus manos, enseñó en sus calles y los trató con la más tierna bondad y cortesía.

Jesús se sentó como huésped de honor a la mesa de los publicanos, y mediante su simpatía y su sociable bondad demostró que él reconocía la dignidad de los seres humanos; y los hombres anhelaban llegar a ser dignos de su confianza. Sus palabras caían con poder bendito y vitalizador sobre sus almas sedientas. Se despertaban nuevos impulsos, y la posibilidad de una nueva vida se abría delante de estos parias de la sociedad.

El amor de Cristo suaviza el corazón y aligera toda dureza de la disposición. Aprendamos de él cómo combinar un alto sentido de pureza e integridad con un temperamento alegre. Un cristiano bondadoso y cortés es el 272 argumento más poderoso que pueda presentarse en favor del Evangelio.

La conducta de algunos cristianos es tan carente de bondad y cortesía que habla mal de su bondad. Puede ser que su sinceridad no se ponga en duda, que su rectitud no pueda ser cuestionada; sin embargo, su sinceridad y rectitud no justificarán su falta de bondad y cortesía. Los tales necesitan darse cuenta de que el plan de redención es un plan de misericordia, puesto en acción para suavizar todo lo que es duro y áspero en la naturaleza humana. Necesitan cultivar esa rara cortesía cristiana que hace que los hombres sean bondadosos y considerados con todos. El cristiano debe estar lleno de simpatía así como de veracidad, debe estar lleno de compasión así como de honestidad y rectitud.

Los hombres del mundo estudian para ser corteses, para hacerse tan agradables como sea posible. Estudian para que sus palabras y modales tengan la máxima influencia sobre aquellos con quienes se asocian. Usan su conocimiento y sus capacidades tan hábilmente como sea posible para obtener este objetivo. "Los hijos de este siglo son más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de luz" "(Luc. 16:8).

Mientras andáis por la vida, encontraréis personas cuya vida está lejos de ser fácil. Arduo trabajo y privaciones, sin ninguna esperanza de cosas mejores en el futuro, hacen que sus cargas sean muy pesadas. Y cuando se agregan el dolor y la enfermedad, la carga es casi mayor de lo que pueden soportar. Agobiados y oprimidos por los cuidados, no saben adónde ir en busca de alivio. Cuando encontréis a los tales, empeñaos de todo corazón en ayudarlos. No es el propósito de Dios que sus hilos se encierren en sí mismos. Recordad que Cristo murió por ellos así como por vosotros. En vuestro trato con ellos, sed corteses. Esto abrirá el camino para que podáis ayudarlos, para ganar su confianza, para inspirarlos dándoles esperanza y valor.

El apóstol nos exhorta: "Como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo" "(1 Ped. 1: 15-16). La gracia de Cristo cambia al hombre entero, refinando al que es áspero; haciendo amable al que es duro, y generoso al egoísta. Domina el temperamento y la voz. Su obra se ve en la cortesía y la tierna consideración manifestadas por el hermano hacia el hermano, en palabras bondadosas y animadoras y en acciones abnegadas. En el hogar hay una presencia angelical. La vida despide un dulce perfume, que es incienso santo que asciende hacia Dios.

El amor se manifiesta en bondad, amabilidad, tolerancia, paciencia. Cambia la expresión del rostro. Se revela la paz del cielo. Se ve una bondad habitual, un amor más que humano. La humanidad participa de la divinidad. Cristo es honrado por la perfección del carácter. Mientras se acrecientan estos cambios, los ángeles irrumpen en alegre canto, y Dios y Cristo se regocijan sobre las almas amoldadas a su divina semejanza.

Debemos acostumbrarnos a hablar en un tono agradable, a usar un lenguaje puro y correcto, y con palabras corteses y bondadosas. Las palabras amables son como rocío y como la lluvia suave para el alma. La Escritura dice de Cristo que la gracia estaba derramada en sus labios, para que pudiera "hablar palabras al cansado" "(Isa. 50:4). Y el Señor nos ordena: "Sea vuestra palabra siempre con gracia" "(Col. 4:6), "a fin de dar gracia a los oyentes" "(Efe. 4:29).

Algunas de las personas con quienes os relacionáis son ásperas y descorteses, pero por ello no seáis vosotros 274 menos corteses. Él que desea conservar su respeto propio debe ser cuidadoso para no herir innecesariamente el respeto propio de otros. Esta regla debe observarse en forma sagrada hacia los más ásperos, los que tienen menos consideración.

Vosotros no sabéis lo que Dios se propone hacer con estas personas que aparentemente nada prometen. En lo pasado aceptó personas que no eran mas promisorias o atractivas para hacer una gran obra para él. Su Espíritu, actuando en el corazón, ha despertado toda facultad para una acción vigorosa. El Señor vio en esas piedras ásperas, sin labrar, material precioso que soportaría la prueba de la tormenta y del fuego y de la presión. Dios ve no como el hombre ve. É no juzga por las apariencias, sino que escudriña el corazón, y juzga rectamente.

Olvidémonos de nosotros mismos, tratando siempre de alegrar a otros, para aliviar sus cargas por actos de tierna bondad y hechos de amor abnegado. Estas consideraciones corteses, comenzando en el hogar y extendiéndose mucho más allá del círculo familiar, tienen mucho que ver con hacer la vida feliz; y el descuido de ellas constituye una parte no pequeña de la miseria de la vida (Manuscrito 69, 1902; publicado en la Review and Herald del 20 de agosto de 1959).