Notas E. G Whiste
Lección 10

Jesús ganaba su confianza

Sábado 27 de agosto

Cada acto del ministerio de Cristo tenía un propósito de largo alcance. Abarcaba más de lo que el acto mismo revelaba. Así fue en el caso del leproso. Mientras Jesús ministraba a todos los que venían a él, anhelaba bendecir a los que no venían. Mientras atraía a los publícanos, los paganos y los samaritanos, anhelaba alcanzar a los sacerdotes y maestros que estaban trabados por el prejuicio y la tradición. No dejó sin probar medio alguno por el cual pudiesen ser alcanzados. Al enviar a los sacerdotes el leproso que había sanado, daba a los primeros un testimonio que estaba destinado a desarmar sus prejuicios (El Deseado de todas las gentes, p. 230).
En la estima de los rabinos, era la suma de la religión estar siempre en un bullicio de actividad. Ellos querían manifestar su piedad superior por algún acto externo. Así separaban sus almas de Dios y se encerraban en la suficiencia propia. Existen todavía los mismos peligros. Al aumentar la actividad, si los hombres tienen éxito en ejecutar algún trabajo para Dios, hay peligro de que confíen en los planes y métodos humanos. Propenden a orar menos y a tener menos fe. Como los discípulos, corremos el riesgo de perder de vista cuánto dependemos de Dios y tratar de hacer de nuestra actividad un salvador. Necesitamos mirar constantemente a Jesús comprendiendo que es su poder lo que realiza la obra. Aunque hemos de trabajar fervorosamente para la salvación de los perdidos, también debemos tomar tiempo para la meditación, la oración y el estudio de la Palabra de Dios. Es únicamente la obra realizada con mucha oración y santificada por el mérito de Cristo, la que al fin habrá resultado eficaz para el bien.
Ninguna vida estuvo tan llena de trabajo y responsabilidad como la de Jesús, y, sin embargo, cuán a menudo se le encontraba en oración. Cuán constante era su comunión con Dios. Repetidas veces en la historia de su vida terrenal, se encuentran relatos como éste: “Levantándose muy de mañana, aún muy de noche, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba”. “Y se juntaban muchas gentes a oír y ser sanadas de sus enfermedades. Mas él se apartaba a los desiertos, y oraba”. “Y aconteció en aquellos días, que fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios”.
En una vida completamente dedicada al beneficio ajeno, el Salvador hallaba necesario retirarse de los caminos muy transitados y de las muchedumbres que le seguían día tras día. Debía apartarse de una vida de incesante actividad y contacto con las necesidades humanas, para buscar retraimiento y comunión directa con su Padre. Como uno de nosotros, participante de nuestras necesidades y debilidades, dependía enteramente de Dios, y en el lugar secreto de oración, buscaba fuerza divina, a fin de salir fortalecido para hacer frente a los deberes y las pruebas. En un mundo de pecado, Jesús soportó luchas y torturas del alma. En la comunión con Dios, podía descargarse de los pesares que le abrumaban. Allí encontraba consuelo y gozo (El Deseado de todas las gentes, pp. 329, 330).

Domingo 28 de agosto:
Ganar la confianza

Muchos no ejercitan la fe que es su privilegio y deber ejercitar, y a menudo aguardan aquel sentimiento íntimo que solo la fe puede dar. El sentimiento de por sí no es fe. Son dos cosas distintas. A nosotros nos toca ejercitar la fe; pero el sentimiento gozoso y sus beneficios han de sernos dados por Dios. La gracia de Dios llega al alma por el canal de la fe viva, que está en nuestro poder ejercitar.
La fe verdadera demanda la bendición prometida y se aferra a ella antes de saberla realizada y de sentirla. Debemos elevar nuestras peticiones al lugar santísimo con una fe que dé por recibidos los prometidos beneficios y los considere ya suyos. Hemos de creer, pues, que recibiremos la bendición, porque nuestra fe ya se apropió de ella, y, según la Palabra, es nuestra. “Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá” (Marcos 11:24). Esto es fe sincera y pura: creer que recibiréis la bendición aun antes de recibirla en realidad... pero muchos suponen... que no pueden tener fe a menos que sientan el poder del Espíritu. Los tales confunden la fe con la bendición que nos llega por medio de ella. Precisamente el tiempo más apropiado para ejercer fe es cuando nos sentimos privados del Espíritu. Cuando parecen asentarse densas nubes sobre la mente, se debe dejar que la fe viva atraviese las tinieblas y disipe las nubes. La fe verdadera se apoya en las promesas contenidas en la Palabra de Dios, y únicamente quienes obedezcan a esta Palabra pueden pretender que se cumplan sus gloriosas promesas.
¿Nos atrevemos a deshonrar a Dios imaginando que no responderá a las súplicas de sus hijos?... El Espíritu Santo, su representante, es la mayor de todas sus dádivas. Todas las “buenas dádivas” quedan abarcadas en ésta. El Creador mismo no pide damos cosa alguna que sea mejor ni mayor. Cuando suplicamos al Señor que se compadezca de nosotros en nuestras aflicciones y que nos guíe mediante su Espíritu Santo, no desoirá nuestra petición (La maravillosa gracia de Dios, p. 207).
Mientras Moisés examinaba el resultado de sus arduas labores, casi le pareció haber vivido en vano su vida de pruebas y sacrificios. No se arrepentía, sin embargo, de haber llevado tal carga. Sabía que Dios mismo le había asignado su misión y su obra. Cuando se le llamó por vez primera para que acaudillara a Israel y lo sacará de la servidumbre, quiso eludir la responsabilidad; pero desde que inició la obra, nunca depuso la carga. Aun cuando Dios propuso relevarle a él, y destruir al rebelde Israel, Moisés no pudo consentir en ello. Aunque sus pruebas habían sido grandes, había recibido demostraciones especiales del favor de Dios; había obtenido gran experiencia durante la estada en el desierto, al presenciar las manifestaciones del poder y la gloria de Dios y al sentir la comunión de su amor; comprendía que había decidido con prudencia al preferir sufrir aflicciones con el pueblo de Dios más bien que gozar de los placeres del pecado durante algún tiempo. Mientras repasaba lo que había experimentado como jefe del pueblo de Dios, veía que un solo acto malo manchaba su foja de servicios. Sentía que si tan solo se pudiera borrar esa transgresión, ya no rehuiría la muerte. Se le aseguró que todo lo que Dios pedía era arrepentimiento y fe en el sacrificio prometido, y nuevamente Moisés confesó su pecado e imploró perdón en el nombre de Jesús (Patriarcas y profetas, pp. 505, 506).

Lunes 29 de agosto:
Un equilibrio cuidadoso

Mientras se esforzaba por conducir almas al pie de la cruz, Pablo no se atrevió a reprender directamente a los licenciosos, y a mostrar cuán horrible era su pecado a la vista de un Dios Santo. Más bien les presentó el verdadero objeto de la vida, y trató de inculcarles las lecciones del Maestro divino, que, si eran recibidas, los elevarían de la mundanalidad y el pecado a la pureza y la justicia. Se explayó especialmente en la piedad práctica y en la santidad que deben tener aquellos que serán considerados dignos de un lugar en el reino de Dios. Anhelaba ver penetrar la luz del evangelio de Cristo en las tinieblas de su mente, para que pudieran ver cuán ofensivas a la vista de Dios eran sus prácticas inmorales. Por lo tanto, la nota tónica de su enseñanza entre ellos era Cristo y él crucificado. Trató de mostrarles que su más ferviente estudio y su mayor gozo debía ser la maravillosa verdad de la salvación por el arrepentimiento para con Dios y la fe en el Señor Jesucristo.
El filósofo se aparta de la luz de la salvación, porque ella cubre de vergüenza sus orgullosas teorías; el mundano rehúsa recibirla porque ella lo separaría de sus ídolos terrenales. Pablo vio que el carácter de Cristo debía ser entendido antes que los hombres pudieran amarle, o ver la cruz con los ojos de la fe. Aquí debe comenzar ese estudio que será la ciencia y el canto de los redimidos por toda la eternidad. Solamente a la luz de la cruz puede estimarse el valor del alma humana.
La influencia refinadora de la gracia de Dios cambia el temperamento natural del hombre... Cuando el hombre muere al pecado y despierta a una nueva vida en Cristo, el amor divino llena su corazón; su entendimiento se santifica; bebe en una fuente inagotable de gozo y conocimiento; y la luz de un día eterno brilla en su senda, porque con él está continuamente la Luz de la vida (Los hechos de los apóstoles, pp. 220, 221).
Nadie recargue excesivamente las facultades que Dios le ha dado en un esfuerzo para hacer progresar más rápidamente la obra de Dios. El poder del hombre no puede apresurar la obra; ese poder debe unirse al poder de los seres celestiales. Únicamente así puede llegar la obra de Dios a la perfección. El hombre no puede hacer la parte de la obra que le toca a Dios. Un Pablo puede plantar, y Apolo regar, pero Dios da el crecimiento. Con sencillez y mansedumbre, el hombre ha de cooperar con los agentes divinos, haciendo en todo momento lo mejor que pueda, aunque comprendiendo siempre que Dios es el gran Artífice maestro. El hombre no debe sentir confianza en sí mismo; porque con ello agotaría su fuerza de reserva y destruiría sus facultades mentales y físicas. Aunque fuesen puestos a un lado todos los obreros que ahora llevan las cargas más pesadas, la obra de Dios seguiría adelante. Por lo tanto, dejemos que nuestro celo en el trabajo esté templado por la razón y suspendamos nuestros esfuerzos por hacer lo que el Señor solo puede realizar (Joyas de los testimonios, tomo 2, p. 354).
En la tarea de presentar la verdad, ninguna cosa servirá mejor para dar carácter a la obra que la ayuda que se preste a la gente en el lugar donde ésta se encuentra, tal como lo hizo el samaritano. La obra debidamente conducida para salvar a los pobres pecadores que han sido pasados por alto por las iglesias constituirá la cuña de entrada donde la verdad hallará lugar permanente. Hay que establecer un orden diferente de cosas entre nosotros como pueblo, y al hacer esta clase de obra se creará una atmósfera completamente diferente que rodeará las almas de los obreros, porque el Espíritu Santo se comunica a todos los que se ocupan en el servicio de Dios, y los que reciben la influencia del Espíritu Santo constituirán un poder para el bien que elevará, fortalecerá y salvará a las almas que están a punto de perecer (El evangelismo, p. 413).


Martes 30 de agosto:
Capital social

La fiel integridad de José lo llevó a la pérdida de su reputación y libertad. Esta es la prueba más severa a la que están sometidos los virtuosos y temerosos de Dios: que el vicio parece prosperar mientras la virtud es hollada en el polvo. La seductora estaba viviendo en la prosperidad como un modelo de virtuosa corrección, mientras que José, fiel a los principios, estaba bajo la envilecedora acusación del más repulsivo crimen. La religión de José mantuvo la dulzura de su carácter y su simpatía con la humanidad firme y cálida, a pesar de todas sus pruebas. Si sienten que no se los trata debidamente, hay quienes se vuelven agrios, poco generosos, ásperos y descorteses en sus palabras y comportamiento. Se hunden desanimados, llenos de odio y odiando a otros. Pero José era cristiano. Apenas entró en la vida de la prisión, puso en acción todo el brillo de la práctica de sus principios cristianos; comenzó a hacerse útil para otros. Se ocupó de las dificultades de sus compañeros de prisión. Fue alegre porque era un caballero cristiano. Dios lo estaba preparando mediante esta disciplina para una posición de gran responsabilidad, honor y utilidad, y estuvo dispuesto a aprender; aceptó de buen grado las lecciones que el Señor quería enseñarle. Aprendió a llevar el yugo en su juventud. Aprendió a gobernar aprendiendo la obediencia primero él mismo. Se humilló, y el Señor lo exaltó a un honor especial.
El papel que desempeñó José en las escenas de la oscura prisión fue lo que lo elevó finalmente a la prosperidad y el honor. Dios tenía el propósito de que se fogueara por medio de las tentaciones, la adversidad y las penalidades, a fin de prepararlo para ocupar un puesto encumbrado (Comentario bíblico adventista, tomo 1, p. 1111).
El caso de Daniel encierra una lección para nosotros. Revela el hecho de que un hombre de negocios no es necesariamente un hombre astuto y político. Puede ser instruido por Dios a cada paso. Daniel, mientras era primer ministro del reino de Babilonia, era profeta de Dios, y recibía la luz de la inspiración celestial. Los hombres de estado ambiciosos y mundanos son representados en la Palabra de Dios como la hierba que crece, y como la flor de la hierba que se marchita. Empero el Señor desea tener en su servicio hombres inteligentes, calificados para diversos ramos de trabajo. Se necesitan hombres de negocio que entretejan los grandes principios de la verdad en todas sus transacciones. Y sus talentos deben perfeccionarse mediante el estudio y la preparación más cabales. Si hay en cualquier ramo de trabajo hombres que necesiten aprovechar sus oportunidades para llegar a ser sabios y eficientes, son aquellos que están usando sus aptitudes para edificar el reino de Dios en nuestro mundo. De Daniel sabemos que aun cuando todas sus transacciones comerciales eran sometidas al más minucioso examen, no se podía hallar una sola falta o error. Él fue un ejemplo de lo que puede ser todo hombre de negocios. Su historia muestra lo que puede realizar una persona que consagra la fuerza del cerebro, los huesos y los músculos, del corazón y la vida, al servicio de Dios (Palabras de vida del gran Maestro, p. 285).

 

Miercoles 31 de agosto:
El valor del capital social

Mientras Nehemías imploraba la ayuda de Dios, no se cruzaba de brazos pensando que a eso se limitaba su tarea o responsabilidad en la realización de su propósito de restaurar Jerusalén. Con prudencia y previsión admirables, procedió a realizar todos los preparativos necesarios para asegurar el éxito de la empresa...
El ejemplo de este hombre santo debiera ser una lección para todos los hijos de Dios, de que no deben solamente orar con fe, sino trabajar diligentemente y con fidelidad. ¡Cuántas dificultades encontramos, cuán a menudo ponemos trabas a la obra de la Providencia en nuestro favor, porque se considera que la prudencia, la previsión, y el esmero tienen muy poco que ver con la religión! Este es un grave error. Es nuestro deber cultivar y ejercitar toda facultad que pueda hacernos obreros más eficientes para Dios. La reflexión cuidadosa y la elaboración de planes bien maduros son tan esenciales hoy para el éxito de las empresas sagradas como lo eran en el tiempo de Nehemías... Los hombres de oración debieran ser hombres de acción. Los que están listos y dispuestos, encontrarán formas y medios de trabajar. Nehemías no dependía de lo incierto. Los medios que a él le faltaban los pedía a quienes podían concederlos...
El Señor aun actúa sobre los corazones de reyes y gobernantes para que favorezcan a su pueblo. Los que trabajan por él, deben valerse de la ayuda que hace que los hombres den para el avance de la causa de Dios... Estos hombres pueden no simpatizar con la obra de Dios, no tener fe en Cristo, no estar familiarizados con su Palabra; pero no por esto deben rehusarse sus dones... Mientras estemos en este mundo, mientras el Espíritu de Dios contienda con los hijos de los hombres, seguiremos recibiendo y haciendo favores. Debemos dar al mundo la luz de la verdad tal como está revelada en las Escrituras, y debemos recibir del mundo aquello que Dios hace que dé a favor de su causa (Conflicto y valor, p. 263).
Necesitamos comprender profundamente que toda influencia es un talento precioso que ha de usarse para Dios... En los seres humanos, hay la tentación constante de considerar que cualquier influencia que hayan ganado es el resultado de algo valioso que hay en ellos mismos. El Señor no puede actuar con los tales... El convierte en su representante al siervo fiel y humilde: el que no se ensoberbecerá, ni pensará de sí más elevadamente de lo que deba pensar. La vida de tal siervo será dedicada a Dios como un sacrificio vivo, y esa vida será aceptada, usada y sostenida. Dios anhela hacer sabios a los hombres con su propia sabiduría divina, para que esa sabiduría pueda ser ejercida para provecho de Dios. Él se manifiesta a sí mismo mediante el consagrado y humilde obrero... Emplead cada facultad que os ha sido confiada como un sagrado tesoro, que ha de usarse para impartir a otros el conocimiento y la gracia recibidos. Así responderéis al propósito para el cual Dios os las ha dado. El Señor nos requiere que sumerjamos el yo en Jesucristo y que dejemos que toda la gloria sea para Dios (A fin de conocerle, p. 90).

 

Jueves 1 de septiembre:
Favor con todas las personas

Los hijos de Israel habían de ocupar todo el territorio que Dios les había señalado. Habían de ser desposeídas las naciones que rechazaran el culto y el servicio al verdadero Dios. Pero el propósito de Dios era que por la revelación de su carácter mediante Israel, los hombres fueran atraídos a él. A todo el mundo se le dio la invitación del evangelio. Por medio de la enseñanza del sistema de sacrificios, Cristo había de ser levantado delante de las naciones, y habían de vivir todos los que lo miraran. Todos los que, como Rahab la cananea, y Rut la moabita, se volvieran de la idolatría al culto del verdadero Dios, habían de unirse con el pueblo escogido. A medida que aumentara el número de los israelitas, éstos habían de ensanchar sus fronteras, hasta que su reino abarcara el mundo.
Dios deseaba colocar todas las naciones bajo su gobierno misericordioso. Deseaba que la tierra se llenara de gozo y paz. Creó al hombre para la felicidad, y anhela llenar el corazón humano con la paz del cielo. Desea que las familias terrenales sean un símbolo de la gran familia celestial (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 232, 233).
Después del derramamiento del Espíritu Santo, los discípulos salieron para proclamar al Salvador resucitado, poseídos del único deseo de salvar almas. Se regocijaban en la dulzura de la comunión con los santos. Eran afectuosos, atentos, abnegados, dispuestos a hacer cualquier sacrificio en favor de la verdad. En sus relaciones cotidianas unos con otros, manifestaban el amor que Cristo les había ordenado revelar al mundo. Por sus palabras y sus acciones desinteresadas, se esforzaban por encender este amor en otros corazones. Los creyentes debían continuar cultivando el amor que llenaba el corazón de los apóstoles después del derramamiento del Espíritu Santo. Debían proseguir adelante y obedecer gustosos al nuevo mandamiento: “Como os he amado, que también os améis los unos a los otros” (S. Juan 13:34). Debían vivir tan unidos con Cristo que se verían capacitados para cumplir sus requerimientos. Debían ensalzar el poder de un Salvador que podía justificarlos por su justicia (Joyas de los testimonios, tomo 3, pp. 244, 245).
Cuando la gracia de Cristo se exprese en las palabras y obras de los creyentes, la luz brillará hacia los que están en tinieblas, pues mientras los labios pronuncien la alabanza de Dios, la mano se extenderá para ayudar a los que perecen. Leemos que en el día de Pentecostés, cuando descendió el Espíritu Santo sobre los discípulos, nadie dijo que algo de lo que poseía era suyo. Todo lo que tenían fue entregado para el adelanto de una reforma admirable. Y millares se convirtieron en un día. Cuando el mismo espíritu actúe en los creyentes de hoy y devuelvan a Dios lo que es suyo con la misma liberalidad, se realizará una amplia obra muy abarcante (El ministerio de la bondad, p. 285).