Lección 1 La restauración de todas las cosas

Sábado 25 de junio

Al nacer Jesús, Satanás supo que había venido un Ser comisionado divinamente para disputarle su dominio. Tembló al oír el mensaje del ángel que atestiguaba la autoridad del Rey recién nacido. Satanás conocía muy bien la posición que Cristo había ocupado en el cielo como amado del Padre. El hecho de que el Hijo de Dios viniese a esta tierra como hombre le llenaba de asombro y aprensión. No podía sondear el misterio de este gran sacrificio. Su alma egoísta no podía comprender tal amor por la familia engañada. La gloria y la paz del cielo y el gozo de la comunión con Dios, eran débilmente comprendidos por los hombres; pero eran bien conocidos para Lucifer, el querubín cubridor. Puesto que había perdido el cielo, estaba resuelto a vengarse haciendo participar a otros de su caída. Esto lo lograría induciéndolos a menospreciar las cosas celestiales, y poner sus afectos en las terrenales (El Deseado de todas las gentes, p. 90) “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17). Por medio del poder de Cristo, los hombres y mujeres han roto las cadenas de los hábitos pecaminosos. Han renunciado al egoísmo. El profano se transformó en reverente, el borracho en sobrio, el libertino en puro. Almas que habían manifestado la semejanza de Satanás, han llegado a transformarse a la imagen de Dios. Este cambio, en sí mismo, es el milagro de los milagros. El cambio realizado por la Palabra es uno de los más profundos misterios de ella. No lo podemos entender; solamente podemos creerlo, como lo señalan las Escrituras: “Cristo en vosotros, la esperanza de gloria”.
Cuando el Espíritu de Dios domina la mente y el corazón, el alma convertida prorrumpe en una nueva canción; porque ha reconocido que la promesa de Dios ha sido cumplida en su experiencia, que su transgresión ha sido perdonada, su pecado cubierto. Ha sentido arrepentimiento hacia Dios por la violación de su divina ley, y fe hacia Cristo, quien murió por la justificación del hombre. Justificado “pues por la fe” tiene “paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1).
Pero habiendo alcanzado esa experiencia, el cristiano no debe por lo tanto cruzarse de brazos conforme con lo que ha logrado. Aquel que está determinado a entrar en el reino espiritual encontrará que todos los poderes y las pasiones de la naturaleza no regenerada, respaldadas por las fuerzas del reino de las tinieblas, están preparadas para atacarle. Cada día debe renovar su consagración, cada día debe batallar contra el pecado. Los hábitos antiguos, las tendencias hereditarias hacia el mal, se disputarán el dominio, y contra ellos debe siempre velar, apoyándose en el poder de Cristo para obtener la victoria (Los hechos de los apóstoles, pp. 379, 380).
El poder restrictivo del Espíritu de Dios se está retirando de la tierra. Nuestra obra tiene que terminar pronto. Deberíamos hacer todos los esfuerzos posibles para salvar a las almas de la muerte. Dentro de poco el Señor Dios del cielo establecerá su reino, que no será destruido. Ha llegado el momento de desarrollar un carácter puro y celestial. La obra aumentará en fervor e intensidad hasta el mismo fin. Necesitamos que nuestra fe aumente. Debemos velar en oración (Cada día con Dios, p. 198).

 

Domingo 26 de junio: La imagen de Dios

El Señor dio al hombre el intelecto de modo que pudiera comprender aun cosas mayores que los bellos objetos de la naturaleza. Conduce al agente humano a una esfera más elevada de la verdad, ennobleciendo la mente más y aún más, y revelándole la inteligencia divina. Y en el libro de la Providencia de Dios, en el tomo de la vida, se le otorga a cada uno una página. Esa página contiene cada detalle de su historia. Aun los cabellos de su cabeza están todos contados. Los hijos de Dios nunca están ausentes de su pensamiento.
Y aunque el pecado existió durante siglos, procurando contrarrestar la misericordiosa corriente de amor que fluye de Dios hacia la raza humana, el amor y el cuidado que Dios ofrece a los seres que creó a su propia imagen no han cesado de crecer en riqueza y abundancia. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Coronó su benevolencia con el inestimable don de Jesús. Por medio de este sacrificio, un torrente sanador de vida y gracia celestial fue vertido sobre nuestro mundo. Esta fue la dádiva de Dios para el hombre; una dádiva que desafía todo cálculo (Alza tus ojos, p. 199).
Cuando el hombre salió de las manos de su Creador, era de elevada estatura y perfecta simetría. Su semblante llevaba el tinte rosado de la salud y brillaba con la luz y el regocijo de la vida. La estatura de Adán era mucho mayor que la de los hombres que habitan la tierra en la actualidad. Eva era algo más baja de estatura que Adán; no obstante, su forma era noble y plena de belleza.
No existe fundamento alguno para la suposición de que el hombre llegó a existir mediante un lento proceso evolutivo de las formas bajas de la vida animal o vegetal... El que colocó los mundos estrellados en la altura y coloreó con delicada maestría las flores del campo, el que llenó la tierra y los cielos con las maravillas de su potencia, cuando quiso coronar su gloriosa obra... supo crear un ser digno de las manos que le dieron vida. La genealogía de nuestro linaje, como ha sido revelada, no hace remontar su origen a una serie de gérmenes, moluscos o cuadrúpedos sino al gran Creador. Aunque Adán fue formado del polvo, era el hijo de Dios (La fe por la cual vivo, p. 31).
Después de los seres angélicos, la familia humana, formada a imagen de Dios, es la más noble de las obras creadas por Dios, quien desea que los seres humanos lleguen a ser todo lo que él ha hecho posible que sean, y quiere que hagan el mejor uso de las facultades que él les ha concedido (El ministerio de curación, p. 309).
Adán tenía temas como motivos de contemplación en las obras de Dios en el Edén, que era el cielo en miniatura. Dios no creó al hombre meramente para que contemplara las gloriosas obras de Dios. Por eso le dio manos para trabajar así como mente y corazón para meditar. Si la felicidad del hombre hubiese consistido en no hacer nada, el Creador no le hubiera asignado un trabajo a Adán. El hombre había de encontrar felicidad tanto en el trabajo como en la meditación (Comentario bíblico adventista, tomo 1, p. 1096).

Lunes 27 de junio: La Caída y sus consecuencias

Las noticias de la caída del hombre se difundieron por el cielo. Todas las arpas enmudecieron. Los ángeles depusieron con tristeza sus coronas. Todo el cielo estaba conmovido. Los ángeles se sentían apena­dos por la vil ingratitud del hombre en respuesta a las riquezas con que Dios lo había provisto. Se celebró un concilio para decidir qué se haría con la pareja culpable. Los ángeles temían que extendieran la mano y comieran del árbol de la vida, para perpetuar así sus vidas pecaminosas.
El Señor visitó a Adán y Eva y les dio a conocer las consecuencias de su desobediencia. Cuando se percataron de la presencia majestuosa de Dios trataron de esconderse de su vista, de la que antes se deleita­ban, cuando gozaban de inocencia y santidad. “Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él le respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí'. Y Dios le dijo: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses?” El Señor no formuló esa pregunta porque necesitaba información, sino para tratar de convencer a la pare­ja culpable. ¿Qué te infundió vergüenza y temor? Adán reconoció su transgresión, no porque estuviera arrepentido de su gran desobediencia, sino para reprochar a Dios. La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí”. Entonces preguntó a la mujer: “¿Qué es lo que has hecho?” Eva respondió: “La serpiente me engañó, y comí” (La historia de la redención, pp. 40, 41).
Tanto Adán como Eva comieron del fruto y obtuvieron un conoci­miento que, si hubiesen obedecido a Dios, nunca habrían tenido —una experiencia en la desobediencia y deslealtad a Dios—, el conocer que estaban desnudos. Desapareció el ropaje de inocencia, una cobertura proveniente de Dios que los rodeaba. Ellos sustituyeron esa vestimenta celestial cosiendo delantales de hojas de higuera.
Esta es la cobertura que han usado los transgresores de la ley de Dios desde los días de la desobediencia de Adán y Eva. Han cosido hojas de higuera para cubrir su desnudez causada por la transgresión. Las hojas de higuera representan los argumentos usados para cubrir la desobediencia. Cuando el Señor llama la atención de hombres y mujeres a la verdad, comienza la confección de delantales de hojas de higuera para ocultar la desnudez del alma. Pero no se cubre la desnudez del pecador. Todos los argumentos reunidos en forma de remiendos por todos los que se han interesado en esta costura endeble quedarán en nada (Comentario bíblico adventista, tomo 1, p. 1098).
El pecado que conduce a los resultados más desastrosos es el espí­ritu frío de crítica inexorable, que caracteriza al farisaísmo. Cuando no hay amor en la experiencia religiosa, no está en ella Jesús ni el sol de su presencia. Ninguna actividad diligente, ni el celo desprovisto de Cristo, pueden suplir la falta. Puede haber una agudeza maravillosa para descubrir los defectos de los demás; pero a toda persona que manifiesta tal espíritu, Jesús le dice: “¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano”. El culpable del mal es el primero que lo sospecha. Trata de ocultar o disculpar el mal de su propio corazón condenando a otro. Por medio del pecado fue como los hombres llegaron al conocimiento del mal; apenas Adán y Eva incurrieron en pecado, empezaron a recriminarse mutua­mente. Esta será la actitud inevitable de la naturaleza humana, siempre que no sea gobernada por la gracia de Cristo (El discurso maestro de Jesucristo, pp. 107, 108).

Martes 28 de junio: Enemistad y expiación

Adán había sido rey de los seres inferiores, y mientras permaneció fiel a Dios, toda la naturaleza reconoció su gobierno, pero cuando pecó, perdió su derecho al dominio. El espíritu de rebelión, al cual él mismo había dado entrada, se extendió a toda la creación animal. De ese modo, no solo la vida del hombre, sino la naturaleza de las bestias, los árboles del bosque, el pasto del campo, hasta el aire que respiraba, hablaban de la triste lección del conocimiento del mal.
Sin embargo, el hombre no fue abandonado a los resultados del mal que había escogido. En la sentencia pronunciada contra Satanás se insi­nuó la redención. “Y pondré enemistad entre ti y la mujer”, dijo Dios, “y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar”. Esta sentencia pronunciada a oídos de nuestros primeros padres, fue para ellos una promesa. Antes que oyesen hablar de las espinas y cardos, del trabajo rudo y del dolor que les habían de tocar en suerte, o del polvo al cual debían volver, oyeron palabras que no podían dejar de infundirles esperanza. Todo lo que se había perdido al ceder a las insinuaciones de Satanás se podía recuperar por medio de Cristo (La educación, pp. 26, 27).
La gracia que Cristo derrama en el alma es la que crea en el hombre enemistad contra Satanás. Sin esta gracia transformadora y este poder renovador, el hombre seguiría siendo esclavo de Satanás, siempre listo para ejecutar sus órdenes. Pero el nuevo principio introducido en el alma crea un conflicto allí donde hasta entonces reinó la paz. El poder que Cristo comunica habilita al hombre para resistir al tirano y usurpa­dor. Cualquiera que aborrezca el pecado en vez de amarlo, que resista y venza las pasiones que hayan reinado en su corazón, prueba que en él obra un principio que viene enteramente de lo alto (El conflicto de los siglos, p. 560).
“Y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo; y él es la propiciación por nuestros pecados: y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo”. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados y nos limpie de toda maldad”. Las condiciones para obtener la misericordia de Dios son sencillas y razonables. El Señor no requiere que hagamos algo doloroso a fin de obtener el perdón. No necesitamos hacer largas y cansadoras peregrinaciones o ejecutar penitencias penosas para encomendar nuestras almas a él o para expiar nuestra transgresión. El que “confiesa y se aparta” de su pecado “alcan­zará misericordia” (Proverbios 28:13).
En los atrios celestiales, Cristo intercede por su iglesia, intercede por aquellos para quienes pagó el precio de la redención con su sangre. Los siglos de los siglos no podrán menoscabar la eficiencia de su sacri­ficio expiatorio. Ni la vida ni la muerte, ni lo alto ni lo bajo, pueden separamos del amor de Dios que es en Cristo Jesús; no porque nosotros nos asimos de él tan firmemente, sino porque él nos sostiene con segu­ridad. Si nuestra salvación dependiera de nuestros propios esfuerzos, no podríamos ser salvos; pero ella depende de Uno que endosa todas las promesas. Nuestro asimiento de él puede parecer débil, pero su amor es como el de un hermano mayor; mientras mantengamos nuestra unión con él, nadie podrá arrancamos de su mano (Los hechos de los apóstoles, p. 441).

Miércoles 29 de junio: Restauración en Jesús

Nadie vive para sí. Ninguna vida es neutral en sus resultados... Cada alma está bajo la obligación de vivir una vida cristiana. Nuestra personalidad, nuestros talentos, nuestro tiempo, nuestra influencia, nuestras capacidades, todo lo hemos recibido de Dios y le debe ser devuelto en servicio voluntario. El blanco y objeto de la vida no consis­ten en aseguramos ventajas materiales transitorias sino aseguramos las ventajas eternas. Dios reclama vuestra alma, vuestro cuerpo, vuestras capacidades, porque os ha comprado con su propia sangre preciosa y le pertenecéis...
Nuestra vida no nos pertenece, nunca nos perteneció ni nos perte­necerá. La pregunta importante es: ¿Está nuestra vida entretejida con la de Jesús? (La fe por la cual vivo, p. 32).
El alma imbuida con el amor de Jesús... gusta de contemplar a Jesús, y contemplándolo, será transformada a su semejanza. Cristo, la esperanza de gloria, se forma en el interior. Su confianza aumenta... y su amor se profundiza y amplía, a medida que tiene la seguridad de que mora en Cristo, y Cristo en él... Y nosotros podemos volvemos a Jesús en busca de su más tierna simpatía recibir ánimo para perseverar, poniendo toda nuestra confianza en el que dijo: “Confiad, yo he vencido al mundo” (Hijos e hijas de Dios, p. 312).
El verdadero e intenso gozo del alma comienza cuando Cristo se forma en el interior, como la esperanza de gloria. Si Ud. elige ahora el camino que Dios le muestra y va hacia donde la voz del deber lo llama, desaparecerán las dificultades que Satanás ha magnificado delante de Ud.
Ningún camino es seguro, salvo el que se toma cada vez más claro y más firme a medida que Ud. lo recorre. El pie a veces puede resbalar aun en el camino más seguro. A fin de andar sin temor, Ud. debe saber que su mano está firmemente sostenida por la mano de Cristo. No debe pensar ni por un momento que tal vez no haya peligro para Ud. Hasta los más sabios cometen errores. Aun los más fuertes desfallecen a veces. Los necios, los confiados en sí mismos, los testarudos y los altivos, que avanzan descuidadamente por senderos prohibidos, y que se jactan de poder cambiar su conducta cada vez que lo deseen, están recorriendo un camino lleno de trampas. Pueden recuperarse de una caída, de un error que cometan, pero son muchos los que dan un paso en falso que basta para determinar su ruina eterna (Mensajes selectos, tomo 2, p. 192).

Jueves 30 de junio: El papel restaurador de la iglesia

Todos los que reciben el mensaje del evangelio en su corazón anhe­larán proclamarlo. El amor de Cristo ha de expresarse. Aquellos que se han vestido de Cristo relatarán su experiencia, reproduciendo paso a paso la dirección del Espíritu Santo: su hambre y sed por el conoci­miento de Dios y de Cristo Jesús, a quien él ha enviado; el resultado de escudriñar las Escrituras; sus oraciones, la agonía de su alma, y las pala­bras de Cristo a ellos dirigidas: “Tus pecados te son perdonados”. No es natural que alguien mantenga secretas estas cosas, y aquellos que están llenos del amor de Cristo no lo harán. Su deseo de que otros reciban las mismas bendiciones estará en proporción con el grado en que el Señor los haya hecho depositarios de la verdad sagrada. Y a medida que hagan conocer los ricos tesoros de la gracia de Dios, les será impartida cada vez más la gracia de Cristo. Tendrán el corazón de un niño en lo que se refiere a su sencillez y obediencia sin reservas. Sus almas suspirarán por la santidad, y cada vez les serán revelados más tesoros de verdad y de gracia para ser transmitidos al mundo (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 95, 96).
Cristo no podía evitar ser una fuente de luz. Su misma obra consis­tía en brillar. Dijo él: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10). En mí no hay ninguna clase de tinieblas. La luz significa revelación, y la luz debe brillar en medio de la oscuridad moral. Cristo lo es todo para los que lo reciben. Es su consolador, su seguridad, su salud. No hay ninguna luz aparte de Cristo. No necesita haber una nube entre el alma y Jesús... Su gran corazón de amor está anheloso de inundar el alma con los rayos brillantes de su justicia (Exaltad a Jesús, p. 215).
Cristo llegó a ser uno con la humanidad, para que la humanidad pudiera llegar a ser una en espíritu y en vida con él. En virtud de esa unión, en obediencia a la Palabra de Dios, la vida de Cristo llega a ser la vida de la humanidad...
... El mismo poder que levantó a Cristo de los muertos levantará a su iglesia y la glorificará con Cristo, como a su novia, por encima de todos los principados, por encima de todos los poderes, por encima de todo nombre que se nombra, no solo en este mundo, sino también en los atrios celestiales, el mundo de arriba. La victoria de los santos que duermen será gloriosa en la mañana de la resurrección. (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 355-359).