Comentario Mateo - Mario Velozo

CUARTO GRAN DISCURSO:
PRIORIDADES EN LA IGLESIA

Este discurso abarca todo el capítulo 18. Su contenido está determinado por dos preguntas. La primera hecha por los discípulos y la segunda, derivada de la anterior, por Pedro. El tema de la primera pregunta es la importancia o la jerarquía en la iglesia. El segundo tema es el perdón y la relación que debe existir entre los miembros de la iglesia. El término “iglesia” aparece en el versículo 17. Dos veces, en el resto del capítulo, como expresión hermana, Jesús menciona “el reino de los cielos”. Las prioridades mencionadas en el discurso afectan a los dos en forma equivalente. Constituyen la nueva comunidad en Jesús. El cuarto discurso, dirigido específicamente a los discípulos, ocurre en secuencia con lo que Mateo contó antes. Recordemos, al bajar del monte de la transfiguración sanó a un endemoniado y se dirigieron, de regreso, a Capernaum. En el camino, ya en territorio de Galilea, Jesús les anunció su retorno a Jerusalén (17:22, 23; Luc. 18:31). Ante esta perspectiva, los discípulos pensaron que en Jerusalén anunciaría la inauguración oficial de su reino terrenal, y comenzaron a discutir entre ellos, quién sería el más importante en el Reino. Jesús no dijo nada. Pero, al terminar el incidente sobre el impuesto del Templo, los discípulos abren el tema de la importancia o las jerarquías.

El más importante: ¿Jerarquías en la iglesia? (Mateo 18:1-20)

La cuestión de las jerarquías, muy propia de las instituciones humanas, era un asunto que necesitaba explicación. Es verdad que los discípulos no estaban interesados en el tema como tal, o en una definición acerca de su funcionamiento en la iglesia. Ellos más bien querían saber cuál de ellos sería el más importante en el reino de Cristo, que ellos imaginaban como un reino terrenal. La pregunta (Mateo 18:1) ¿Quién es el más importante en el Reino de los cielos?, preguntaron (18:1). Ellos no estaban pensando en una jerarquía eclesiástica. Aunque habían oído el anuncio de Jesús, cuando dijo que edificaría su iglesia sobre la declaración de fe de Pedro (16:18), la palabra iglesia no había dejado ningún contenido específico en sus mentes. Su pregunta estaba relacionada con la jerarquía política del Reino. Algo así como quién sería el primer ministro del Reino, o el segundo después de Jesús. El puesto todavía no existía, y ya lo querían. Peor aún, el reino que ellos pensaban, estaba solo en la imaginación de ellos. Dos graves errores aquí: primero, confundir la iglesia con política; segundo, actuar como si lo que solo existe en la imaginación, de veras existiese en la realidad. Toda vez que estos errores se repiten, producen un daño parecido: la semilla de la confusión solo multiplica su propia realidad en muchas confusiones. Jesús aclaró muy bien las cosas.

La jerarquía de la humildad (Mateo 18:2-4)

La roca donde se funda la iglesia es la Palabra de Dios: Jesucristo como palabra encarnada, la Biblia como palabra escrita. La humildad es el principio básico de las relaciones entre los miembros y las relaciones de los líderes con todos los demás. Jesús llamó a un niño y lo puso en medio de ellos, dice Mateo. Les aseguro, dijo Jesús, que a menos que ustedes cambien y se vuelvan como niños, no entrarán en el Reino de los cielos. No podría haber elegido un ejemplo mejor. Delante de ellos estaba la sencillez sin pretensiones, el olvido de sí mismo y el amor sin intereses de un niño. Modelo visible para el cambio que Jesús estaba pidiendo.
Antes de buscar un puesto en el Reino, tienen que entrar en él. Y, para entrar tienen que cambiar. Este es un cambio de la mente, no como una modificación de ella sino como cuando se cambia una cosa por otra. Tienen que adquirir otra mente: la mente del Reino, como la mente de un niño. No política ni ambiciosa de posiciones. La ambición por el puesto más elevado es un invento de Luzbel; quería ser igual a Dios. Esta ambición introdujo el pecado en el universo, y con él vino el gran conflicto entre el bien y el mal. Costó la muerte de Jesús. No se puede traer el mismo conflicto a la iglesia. Por eso, la mente que se ensalza a sí misma tiene que ser cambiada por una mente humilde, que ensalce a Dios. Humildad es el principio básico, de mayor prioridad, para las relaciones fraternales y para el gobierno de la iglesia. La jerarquía de la humildad no tiene jerarquía de posiciones. Tiene actitudes de servicio. Tiene espíritu de pacificación. Tiene relaciones de afecto. Tiene la grandeza que se mide con la vara divina, no con las ambiciones de los seres humanos pervertidos por el enemigo de Jesús. El que se humille como este niño, dijo Jesús, ese es el mayor en el Reino de los cielos.

El principio de la aceptación (Mateo 18:5)

El que recibe en mi nombre a un niño como este, me recibe a mí, agregó Jesús. Este es el principio de aceptación de las personas, basado en la aceptación de Jesús. Porque aceptamos a Cristo, aceptamos a los demás. Con la alegría y el afecto con que hemos aceptado a Cristo, aceptamos a los demás. Aceptamos a los demás con el mismo amor agradecido con que aceptamos a Cristo. Cristo y nuestro prójimo tienen todo nuestro cariño y nuestra buena voluntad completa. No hay rechazo en el Reino de los cielos, ni en la iglesia; porque Cristo no rechaza a nadie.

El principio de la mente espiritual (Mateo 18:6-9)

A cualquiera que haga tropezar a alguno de los pequeños que creen en mí, continuó Jesús, mejor sería que le colgaran al cuello una piedra de molino y lo hundieran en lo profundo del mar. Hay que tener una mentalidad especial para no escandalizar a nadie; especialmente es necesario cuidarse de escandalizar a los más pequeños en edad, a los menos importantes de la sociedad y de la iglesia.
¿Qué significa no escandalizar? Por supuesto, incluye la capacidad de no producir escándalos. Pero hay mucho más aquí.

Primero. Empecemos por su sentido más elemental; significa no inducir a nadie a cometer pecado. Para esto hay que tener una mente limpia de pecado. La mente maliciosa, pecadora, que maquina el mal y lo origina, como la mente que tenían los antediluvianos (Gén. 6:5), no debe estar en la iglesia. Su influencia es negativa y corruptora. La mente espiritual es pura, cristalina, inclinada siempre hacia el bien. Por eso, nunca induce a nadie a cometer pecado alguno. Una persona con mente espiritual no invita a otra persona para que participe con ella en ningún pecado, sea pequeño o grande, sea de vicios del cuerpo o desvío del corazón. Su influencia es siempre hacia el bien.

Segundo. No escandalizar también significa no inducir a nadie al abandono de la fe. La fe como creencia doctrinal y como capacidad espiritual para creer. Nadie en la iglesia, miembros ni líderes, debe nunca, por palabras o actos, inducir a otros para que dejen de creer o desprecien las doctrinas. Algunos critican a la iglesia, desprestigian las doctrinas, en forma directa o de manera sutil; influyen así en personas de mente más sencilla, para que dejen de creer o rechacen alguna doctrina o todas. No es así la mente de los ciudadanos del Reino de los cielos, miembros de la iglesia. La mente espiritual no tiene dudas, ni las estimula; y, por no tenerlas, no las expresa. Cree. No es autónoma; por lo contrario, está siempre sometida a la Revelación divina y acepta sus contenidos sin rechazar nada. Enseña la doctrina.

Tercero. No escandalizar significa no ofender. Algunos ofenden con facilidad. Usan palabras ofensivas, realizan actos que ofenden, toman decisiones o realizan actos que afectan negativamente las emociones de los demás. La mente espiritual no ofende nunca. Es cristianamente diplomática, cautelosa, considerada, respetuosa y simpática.

Cuarto. No escandalizar significa no producir desconfianza o aborrecimiento contra alguien. La mente espiritual no juzga desfavorablemente a las personas, confía sin ingenuidad, obedece, es justa y nunca desprecia a nadie.
El mundo hace pecar a mucha gente. Esto parece natural, pero ¡ay del mundo por las cosas que hacen pecar a la gente!, dijo Jesús. Y agregó: ¡Ay del que hace pecar a los demás! (18:7). Y no te hagas pecar a ti mismo. Cualquier cosa que tengas en ti que te arrastre hacia el pecado, échala de ti. Aunque te sea tan querida como una mano, un pie, un ojo; córtala. Es mejor que sin ella entres en el Reino de los cielos que quedarte fuera de él, por conservarla.

El principio de la justa valoración de las personas (Mateo 18:10, 11)

No menosprecien a uno de estos pequeños, afirmó Jesús. Sean justos en la valoración de las personas. No les den menos valor del que realmente tienen. ¿Cuál es el valor real de una persona? Un principio general: Nadie vale menos que el sacrificio de Cristo en la cruz. Él hubiera muerto por un solo ser humano. Entonces, no valoremos a nadie por debajo de ese nivel. Jesús dio otro elemento para pedir que nadie sea valorado por debajo de lo que vale. El ángel que sirve a cada persona (Heb. 1:13, 14) ve constantemente a Dios. Dios recibe toda la información sobre cada persona; y si tú menosprecias a alguien, Dios lo sabe. No solo por lo que él sabe en sí mismo, sino también por el servicio de los ángeles. No permitas que un ángel tenga que informar a Dios sobre la necesidad de una ayuda para alguien, por causa tuya. Entonces, no hay que menospreciar a nadie, a causa del valor que Jesús le concede y a causa del valor que le conceden los ángeles. ¿Cómo nosotros, que estamos al servicio de Jesús y trabajamos en armonía con los ángeles, vamos a valorar menos a las personas del valor que ellos les conceden? Imposible. Tiene que haber armonía total entre nosotros y Jesús, como los ángeles están en armonía con él, con respecto a todos los miembros humanos de su Reino. Este principio es vital en toda relación con los miembros, en la iglesia.
Además de este valor básico de toda persona, hay también un valor funcional. ¿Cuánto vale para una función determinada dentro de la iglesia? También en esto tenemos que ser justos. No descalificar a alguien por razones ocultas, de cualquier naturaleza. Debemos cuidarnos mucho del criterio egoísta que dice: Mi amigo sirve para todo; el que no es mi amigo no sirve para nada. O comenzar a disminuir el valor de una persona con respecto a un cargo determinado, porque queremos ese cargo para nosotros.

La oveja perdida: El principio de no perder a nadie (Mateo 18:12-14)

La parábola comienza así: ¿Qué les parece?, preguntó Jesús. Si un hombre tiene 100 ovejas y se le pierde una de ellas, continuó, ¿no dejará las 99 para ir a buscar la que se perdió? Entiendan bien, ahora les hablo de las ovejas que ya están en el redil. Ustedes saben que mi interés principal y el objetivo de mi misión es salvar a todos los seres humanos que están perdidos en el pecado, fuera del redil. Pero también me interesan las que ya están en la iglesia. La prioridad, entre las 100 ovejas, está con la que se perdió. Recuerden que la que se fue no es una oveja pagana, es miembro del redil. Las otras pueden quedar bien protegidas en la iglesia, pero ahora vamos a concentrar el trabajo para recuperar a la que se fue; hasta que la traigamos de vuelta.
Y, cuando la hayamos encontrado, alegrémonos con gran regocijo. Hagamos una fiesta, como hizo fiesta el padre del hijo pródigo. De paso, no se le ocurra a nadie amargarse como el hermano mayor del hijo pródigo. No reclamen nada. Ni pretendan que son tan justos como él creyó serlo; porque él, en realidad, fue injusto, con su hermano y con su padre. No quería fiesta para el hermano; hubiera preferido un buen castigo, o una reprimenda por lo menos. No quería reconocer el bien que su padre hacía; prefirió reclamar que nunca había hecho nada, ni siquiera parecido, para él, en reconocimiento de todo lo bueno que había hecho. Ese espíritu de justificación propia no ayuda a buscar a la oveja perdida. Nunca está dispuesto a hacer todo lo necesario para encontrarla. Por favor, no piensen en castigos; participen del regocijo que hay en el cielo por un pecador que se arrepiente. Ayuden a los 99 justos que están en el redil, sin haberse perdido nunca, para que su religión no se base en la buena conducta de ellos, sino en la gracia redentora de Jesús. Esta produce felicidad; la otra, tristeza; porque nunca es completa. Nuestra buena conducta nunca es buena del todo. Siempre le falta algo. Alegría espiritual le falta. En cambio, a la gracia de Cristo jamás le falta nada, y lo mejor de todo es que todo lo da sin zaherir. La felicidad espiritual viene por esa vía. Demos prioridad al que se apartó, porque Jesús no quiere que se pierda ninguno de los miembros de su iglesia (18:14). Ese mismo deseo de Jesús debe estar en cada creyente.

La disciplina justa para los pecadores (Mateo 18:15-20)

Tengo que aclararles otro asunto. ¿Cómo deben tratar al pecador? Este no es el pecador arrepentido que vuelve solo o ustedes traen de vuelta, después de haberlo buscado con todo su esfuerzo individual y comunitario. Este es el pecador que, sin irse del redil, comete un pecado contra otro miembro de la iglesia o contra toda la comunidad; o contra Dios directamente, pero afecta también a la iglesia. Tres pasos y una autoridad.
Primer paso: uno solo. La persona afectada por la falta cometida debe ir sola. La conversación tiene que ocurrir con un espíritu de humildad, tratando de convencer al pecador de la falta cometida. Es la misma forma en que el Espíritu Santo nos convence de pecado (Juan 16:8). Sin convicción de pecado no hay arrepentimiento verdadero. Por eso, el objetivo de esta conversación personal es que esa convicción se produzca. Nunca surge en un ambiente de acusación. Ni Dios lo hace así. Vengan, aclaremos las cosas, dice el Señor. ¿Son los pecados de ustedes como escarlata? ¡Quedarán blancos como la nieve! ¿Son rojos como el carmesí? ¡Blancos quedarán como la lana! (Isa. 1:18). No hay acusación aquí. Dios conversa con el ser humano y le ofrece una solución. En el acto de hablar sobre el pecado hay una promesa, no hay recriminación. Este tipo de comunicación con un pecador requiere humildad, la humildad de Dios. Y cada miembro del Reino de los cielos tiene que conseguirla de él. En este ambiente, es bien posible que el pecador se arrepienta genuinamente. Si así ocurriera, el gozo espiritual de los dos será inmenso.
Segundo paso: dos o tres testigos. Puede ser que no ocurra. Busque, entonces, uno o dos miembros más, con el mismo espíritu. De nuevo una conversación como la anterior. Influyan para que se produzca la convicción de pecado. Si no se produce, los acompañantes se convertirían en testigos del rechazo y de la persistencia en el pecado. Pero no se apresuren a disciplinarlo. Ofrézcanle una nueva oportunidad a través de la iglesia. Infórmenla de lo ocurrido.
Tercer paso: toda la iglesia. Después de que la iglesia haya recibido el informe tiene que hacer también la comunicación afectuosa con el pecador, tratando de producir en él la convicción de pecado. Si el rechazo persiste y el orgullo pecador no cede a la humildad de la invitación, trátalo como publicano o gentil. Colócalo fuera de la iglesia, como ellos están fuera.
Una autoridad. Luego, Jesús les habla de la autoridad, en la que coloca a la iglesia y a él mismo actuando juntos. Sobre la iglesia, les dice: Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo; y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo (18:18). ¿Es esta una autoridad despótica o intrínseca, como formando parte del ser de la iglesia, que está en ella siempre, porque Jesús dijo: les aseguro? No parece, por lo que sigue. Además, les digo, agregó. Lo que dijo primero, sobre la autoridad de la iglesia, se completa con esto. Cuando ustedes, como iglesia, estén de común acuerdo en algo y lo pidan, se los concederé, como concedo a dos o tres personas que se ponen de acuerdo para pedir algo; porque yo estoy en medio de ellos para ese acuerdo. Está claro. Para que la decisión disciplinaria que la iglesia tome en la tierra quede atada en el cielo, la disciplina de la iglesia y la disciplina de Cristo tienen que ser la misma. Esto se logra cuando hay unidad completa entre los miembros de la iglesia y la voluntad de Jesús, a quien la iglesia invita por medio de la oración. La integración de la iglesia y Cristo, en una sola autoridad, solo se logra por la actividad del Espíritu Santo. Por eso, la aplicación de disciplina en la iglesia tiene que ser una actividad espiritual, regida por los principios divinos. Nunca por procedimientos políticos, o intereses de grupos, o motivaciones egoístas. Entonces, por ser dirigida por el Espíritu Santo y por estar identificada con Cristo, será una autoridad espiritualmente respetable, y hay que respetarla. Esto nos lleva nuevamente a la pregunta inicial de los discípulos: ¿Quién es el más importante en el Reino de los cielos y en la iglesia? La respuesta es, por demás, simple y grandiosa: es Jesús, el Mesías, Rey.

El perdón en el Reino de los cielos y la iglesia (Mateo 18:21-35)

Como Jesús habló de un proceso disciplinario que deja abierta la posibilidad de perdonar y, sin duda, para aclarar esa situación, Pedro hizo la segunda pregunta de las dos que motivan el contenido del discurso pronunciado por Jesús.

Perdón ilimitado (Mateo 18:21, 22)

¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano que peca contra mí, hasta siete veces? (18:21). Preguntó y ya sugirió la respuesta. Perdonar siete veces en la vida, a una misma persona, le pareció muy generoso. ¿Por qué siete veces? El texto no lo revela. Pero se dice que los rabinos, interpretando Amós 2:1, decían que se podía perdonar hasta tres veces. Como el texto dice: “Por tres pecados de Moab, y por el cuarto, no revocaré su castigo”, Pedro pudo haber pensado que Jesús sería más generoso que los rabinos. Hay otra alternativa que no está fuera de posibilidades. Pudo Pedro haber basado su sugestión de siete veces en uno de los Proverbios de Salomón, que dice: “Porque siete veces podrá caer el justo, pero otras tantas se levantará” (Prov. 24:16, NVI).
En todo caso, Jesús amplió en mucho la buena voluntad de Pedro. No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete, le dijo (18:22). Perdona a tu hermano toda vez que él te pida perdón, indefinidamente, siempre con la misma buena voluntad, y sin llevar la cuenta; no sea que se te ocurra hacerle recordar cuántas veces ya lo has perdonado. Aunque así la pregunta estaba bien respondida, Jesús incorporó en su respuesta una parábola que daría una idea más completa de lo que significaba el perdón. No es solamente la ilimitada cantidad de veces que debemos perdonar; también es importante la calidad del perdón que otorgamos: de todo corazón (18:35).

Un perdón restringido, o limitado, sería falso perdón. Parábola de los dos deudores (Mateo 18:23-35)

Un rey que perdona (18:23-27) El Reino de los cielos, dijo Jesús, y la iglesia, se parecen a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. El primer caso era de un siervo que le debía 10.000 talentos. Mucho dinero. Unos 340.000 kilos de plata, suficiente dinero para contratar 10.000 jornaleros durante 20 años. ¿De qué manera un simple siervo paga una deuda tal? No la paga; sin dinero, sin propiedades, sin recursos de ninguna clase, no puede. Imposible. El rey decidió transformar en dinero lo único que tenía: su propia persona, su esposa, sus hijos y los enseres de casa. ¡Véndanlos a todos!, dijo el Rey. ¡Qué dramática descripción de un ser humano cualquiera delante de Dios! ¡Sin nada para pagar una deuda tan grande! El siervo se postró delante del Rey y le rogó misericordia. Tenga paciencia conmigo, le dijo. Sujete dentro de usted, la ira que tiene contra mí. No me castigue. Yo se lo pagaré todo. No pedía perdón de la deuda, solo más tiempo. Pero el tiempo de toda su vida no le alcanzaría para reunir lo suficiente y pagar. El Rey se compadeció del siervo, dice Mateo, le perdonó la deuda y lo dejó en libertad. Uno puede imaginar la alegría y el enorme alivio del siervo. Pero los humanos somos seres muy extraños. No sabemos disfrutar plenamente de lo bueno. El egoísmo siempre nos destruye lo mejor.
Un siervo que exige (18:28-30). Al salir de la casa del perdón, el siervo se encontró con uno de sus compañeros de servidumbre que le debía 100 denarios. Solo el equivalente a 100 días de trabajo de un jornalero. Muy poco, comparado con la deuda que el Rey acaba de perdonarle. Pero estos cien denarios eran suyos, y él no los perdería por nada. La alegría del perdón recibido se le fue. Ahora exige con dureza. Tan duro estaba, que se volvió violento. Tomó por el cuello a su consiervo y comenzó a estrangularlo. ¡Tienes que pagarme todo lo que me debes!, le decía. Su deudor hizo lo mismo que él había hecho antes. Le rogó que le diera más tiempo, y le pagaría todo. Su rígido corazón no escuchó el clamor, y actuó de una manera completamente irracional. No solo por la dureza conque trata a su consiervo, sino también por la solución que encuentra para exigirle el pago. Al ponerlo en la cárcel, lo imposibilita para trabajar y reunir el dinero que le debe. Así no podrá pagar una deuda que, si estuviera libre, con cien días de trabajo, la pagaría sin problemas.
No olvidemos que Jesús, al hablar de este deudor, se refiere a los pecadores que tenemos una deuda muy grande con Dios. ¿Qué hacemos con los otros miembros de iglesia cuando ellos cometen faltas, a lo mejor más pequeñas que las nuestras? ¿No habrá algo de egoísmo en la rigidez de nuestras exigencias? Mejor sería que estuviéramos en el grupo de los demás siervos.
Otros siervos: Se entristecen (18:31). Los otros siervos viendo lo que su compañero de servidumbre hacía, se entristecieron mucho. Primero porque no concordaron con lo que él hacía; y segundo, porque sintieron misericordia del que no recibió perdón. ¿Qué puede hacer un fiel cristiano, cuando ve que uno de sus hermanos es demasiado rígido y duro, en la aplicación de la disciplina a otros hermanos suyos que han pecado? No puede actuar como un superhéroe que sale a vengar víctimas, sea con acciones o palabras. Tampoco puede condenar a la iglesia entera por la dureza de uno, algunos o muchos. Menos aún concienciar a otros para formar un grupo de reacción, como si ellos fueran los santos y el resto de la iglesia, pecadores y apóstatas. Esa solución repite el mal que condena. Vuelve a incorporar la dureza, o paradójicamente la liviandad, en los asuntos disciplinarios de la iglesia. Dureza para los otros, liviandad para los miembros del grupo. Los otros siervos de la parábola no hicieron nada de eso. Solo hicieron lo que podían realmente y lo que ayudaría a resolver el problema. Contaron al Rey todo lo que estaba pasando. Para que él interviniera.
Perdonar de corazón (Mat. 18:32-35). Intervino el Rey. Trató al siervo perdonado como deudor. Ese siervo perdió el perdón del Rey por no haber perdonado a su consiervo. Jesús había enseñado a pedir perdón a Dios diciendo: Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores (Mat. 6:12). El perdón que otorgamos es la medida del perdón que recibimos. Si no perdonamos las faltas de alguien cuando nos ofende, ¿cómo pediremos perdón a Dios cuando lo ofendamos con nuestros pecados?
Concluyó Jesús su discurso diciendo que de la misma forma en que el Rey trató al siervo deudor, nos tratará a nosotros el Padre, a menos que cada uno de nosotros perdone de corazóna nuestro hermano. Y, con esta frase, indica que las prioridades del Reino son al mismo tiempo las prioridades en la iglesia; donde la relación fraternal de los miembros, determinada por el perdón genuino, es una prioridad absoluta.