Comentario EG White
Lección 9
Ídolos del alma (y otras lecciones de Jessús

Sábado 21 de mayo

En el capítulo dieciocho de Mateo está registrada otra lección de humildad. Estas lecciones en la Palabra son ofrecidas para nuestra admonición. Quienes se niegan a beneficiarse con ellas, no tienen excusa. Los discípulos “vinieron a Jesús, diciendo: ¿Quién es el mayor en el reino de los cielos? Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos, y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos” (Mateo 18:1-4).
Muchos no se dan cuenta de que al caminar humildemente con Dios nos ubicamos en una posición donde el enemigo no puede aventajamos... Solo cuando nos sometemos, como hijos obedientes, a ser enseñados y disciplinados, Dios puede usamos para su gloria (Reflejemos a Jesús, p. 253).
Satanás y sus huestes hacen guerra contra el gobierno de Dios. A todos los que tienen deseo de entregar su corazón al Señor y de obedecer sus requerimientos, Satanás tratará de hacerles sufrir perplejidades y de vencerlos con sus tentaciones, a fin de que se desalienten y renuncien a la lucha. Nunca necesitamos una relación más íntima con Dios como hoy día. Uno de los mayores peligros que acosan al pueblo de Dios siempre ha sido el conformarse con las máximas y las costumbres mundanas. Los jóvenes especialmente están en constante peligro. Los padres y las madres debieran estar en guardia contra las artimañas de Satanás. Mientras él procura efectuar la mina de sus hijos, no se engañen los padres a sí mismos pensando que no hay un peligro particular. No den pensamiento y cuidado a las cosas de este mundo al paso que descuiden los intereses más elevados y eternos de sus hijos (Conducción del niño, pp. 443, 444).
El reino de Dios viene sin manifestación exterior. El evangelio de la gracia de Dios, con su espíritu de abnegación, no puede nunca estar en armonía con el espíritu del mundo. Los dos principios son antagónicos. “Mas el hombre animal no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque le son locura: y no las puede entender, porque se han de examinar espiritualmente”... No por las decisiones de los tribunales o los consejos o asambleas legislativas, ni por el patrocinio de los grandes del mundo, ha de establecerse el reino de Cristo, sino por la implantación de la naturaleza de Cristo en la humanidad por medio de la obra del Espíritu Santo. “Mas a todos los que le recibieron, dióles potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre: los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, mas de Dios”. En esto consiste el único poder capaz de elevar a la humanidad. Y el agente humano que ha de cumplir esta obra es la enseñanza y la práctica de la Palabra de Dios (El Deseado de todas las gentes, pp. 470, 471).

Domingo 22 de mayo:
La grandeza de la humildad

Si tan solo quisiéramos aprender las lecciones admirables que Jesús procuro enseñar a sus discípulos mediante un niñito, ¡cuántas cosas que parecen ahora dificultades insuperables desaparecerían! Cuando los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: “¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?... llamando Jesús a un niño, le puso en medio de ellos, y dijo: De cierto os digo, que si no os volvierais y fuereis como un niño, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humillaré como este niño, éste es el mayor en el reino de los cielos” (El hogar cristiano, pp. 252, 253).
Los hombres que se humillan a sí mismos como un niñito serán enseñados por Dios. El Señor no depende de los talentos del hombre; porque él es la fuente de todo don perfecto. El más humilde de los hombres si ama y teme a Dios podrá poseer los dones celestiales (La fe por la cual vivo, p. 140).
Los niñitos no manifiestan sentimientos de superioridad ni se sienten aristócratas. Son sencillos y naturales en su aspecto. Cristo quiere que sus seguidores cultiven modales carentes de afectación, para que todo su comportamiento sea humilde y semejante al de él. Nos ha asignado el deber de vivir en favor de los demás. Vino a este mundo desde las reales cortes del cielo para manifestar el gran interés que tenía por el hombre, y el precio infinito pagado por la redención de éste revela que es de tan gran valor que Cristo pudo sacrificar sus riquezas, su honor y las cortes reales, para librarlo de la degradación del pecado. Si la Majestad del cielo pudo hacer tanto para poner en evidencia su amor por el hombre, ¿qué no debería éste estar dispuesto a hacer por los demás, para ayudarles a salir del pozo del sufrimiento y las tinieblas? (Cada día con Dios, p. 182).
Toda verdadera obediencia proviene del corazón. La de Cristo procedía del corazón. Y si nosotros consentimos, se identificará de tal manera con nuestros pensamientos y fines, amoldará de tal manera nuestro corazón y mente en conformidad con su voluntad, que cuando le obedezcamos estaremos tan solo ejecutando nuestros propios impulsos. La voluntad, refinada y santificada, hallará su más alto deleite en servirle. Cuando conozcamos a Dios como es nuestro privilegio conocerle, nuestra vida será una vida de continua obediencia. Si apreciamos el carácter de Cristo y tenemos comunión con Dios, el pecado llegará a sernos odioso (El Deseado de todas las gentes, p. 621).

Lunes 23 de mayo:
La grandeza del perdón

Si pong>iensas que tu hermano te ha injuriado, ve a él con bondad y amor, y podrás llegar a un entendimiento y reconciliación... Si tienes éxito en arreglar la cuestión, has ganado a tu hermano sin poner de manifiesto sus debilidades, y el arreglo a que habéis llegado ha cubierto multitud de pecados, de la observación de otros... Se necesita velar especialmente para mantener vivos los afectos, y nuestro corazón sensible a lo bueno que hay en el corazón ajeno. Si no vigilamos en esto, Satanás pondrá celos en nuestra alma; pondrá sus anteojos delante de nuestros ojos para que veamos las acciones de nuestros hermanos distorsionadas. En vez de mirar críticamente a nuestros hermanos, debiéramos volver nuestros ojos dentro de nosotros y estar dispuestos para descubrir los rasgos objetables de nuestro carácter. Al comprender debidamente nuestras propias faltas y fracasos, las faltas ajenas se hundirán en la insignificancia (A fin de conocerle, p. 183).
Que la atmósfera que circunda vuestra alma sea dulce y fragante. Si lucharais contra la naturaleza humana egoísta, avanzaréis decididamente en la obra de vencer las tendencias al mal heredadas y cultivadas. Mediante la paciencia, la tolerancia y la indulgencia lograréis mucho. Recordad que no podéis ser humillados por las palabras necias de algún otro, sino que cuando vosotros habláis neciamente os humilláis a vosotros mismos y perdéis una victoria que podríais haber ganado (En lugares celestiales, p. 176).
Nuestro Señor enseña que las dificultades entre los cristianos deben arreglarse dentro de la iglesia. No debieran presentarse ante los que no temen a Dios. Si un cristiano es maltratado por su hermano, no recurra a los incrédulos en un tribunal de justicia. Siga las instrucciones que ha dado Cristo. En vez de tratar de vengarse, trate de salvar a su hermano. Dios guardará los intereses de los que le aman y temen, y con confianza podemos encomendar nuestro caso a Aquel que juzga rectamente... Si tus hermanos yerran debes perdonarlos. Cuando vienen a ti confesando sus faltas, no debes decir: No creo que sean lo suficientemente humildes. No creo que sientan su confesión. ¿Qué derecho tienes para juzgarlos, como si pudieras leer el corazón? La Palabra de Dios dice: “Si se arrepintiera, perdónale. Y si siete veces al día pecare contra ti tu hermano, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale”. Y no solo siete veces, sino setenta veces siete, tan frecuentemente como Dios te perdona (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 194, 195).

 

Martes 24 de mayo:
ídolos del alma

El que se ama a sí mismo es un transgresor de la ley. Jesús deseaba revelarle esto al joven, y le dio una prueba que pondría de manifiesto el egoísmo de su corazón. Le mostró la mancha de su carácter. El joven no deseaba mayor iluminación. Había acariciado un ídolo en el alma; el mundo era su dios. Profesaba haber guardado los mandamientos, pero carecía del principio que es el mismo espíritu y la vida de todos ellos. No tenía un verdadero amor a Dios o al hombre. Esto significaba la carencia de algo que lo calificaría para entrar en el reino de los cielos. En su amor a sí mismo y a las ganancias mundanales estaba en desacuerdo con los principios del cielo. Cuando este joven príncipe vino a Jesús, su sinceridad y fervor ganaron el corazón del Salvador. “Mirándole, amóle”. En este joven vio él a uno que podría ser útil como predicador de justicia. Él quería recibir a este noble y talentoso joven tan prestamente como recibió a los pobres pescadores que lo siguieron. Si el joven hubiera consagrado su habilidad a la obra de salvar almas, habría llegado a ser un diligente obrero de éxito para Cristo. Pero primeramente debía aceptar las condiciones del discipulado. Debía consagrarse a sí mismo sin reservas a Dios (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 323, 324).
Dios en su providencia ha enternecido los corazones de algunos que poseen riquezas, y los ha convertido a la verdad, para que con sus bienes contribuyan a mantener en marcha la obra. Y si los que son ricos no hacen esto, si no cumplen el propósito de Dios, él los pasará por alto, y traerá a otros para que llenen su lugar y cumplan su propósito, y distribuyan gozosamente sus posesiones para satisfacer las necesidades de la causa de Dios. En esto serán primeros. Dios tendrá en su causa a personas que harán esto.
Él podría enviar recursos financieros desde el cielo para llevar adelante su obra; pero él no trabaja en esta forma. Ha dispuesto que los seres humanos sean sus instrumentos, y que así como se efectuó un gran sacrificio para redimirlos, también ellos desempeñen una parte en esta obra de salvación, sacrificándose por los demás, y al hacerlo muestren cuánto aprecian el sacrificio que se hizo por ellos (Testimonios para la iglesia, tomo 1, p. 162).

Miércoles 25 de mayo:
“¿Qué hay en esto para nosotros?”

Pedro fue el primero en reponerse de la secreta convicción obrada por las palabras del Salvador. Pensó con satisfacción en lo que él y sus hermanos habían abandonado por Cristo. “He aquí —dijo— nosotros hemos dejado todo, y te hemos seguido”. Recordando la promesa condicional hecha al joven príncipe, “tendrás tesoro en el cielo”, ahora preguntó qué habían de recibir él y sus compañeros como recompensa por sus sacrificios.
La respuesta del Salvador emocionó los corazones de aquellos pescadores galileos. Pintó honores que sobrepujaban sus más altos sueños: “De cierto os digo, que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando se sentará el Hijo del hombre en el trono de su gloria, vosotros también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel”. Y añadió: “No hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o heredades, por causa de mí y del evangelio, que no reciba cien tantos ahora en este tiempo, casas, y hermanos y hermanas, y madres, e hijos, y heredades, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna”.
Mas la pregunta de Pedro: “¿Qué, pues, tendremos?” había revelado un espíritu que, de no ser corregido, haría ineptos a los discípulos para ser mensajeros de Cristo: era el espíritu del asalariado. Aunque habían sido atraídos por el amor de Cristo, los discípulos no estaban completamente libres de fariseísmo. Todavía trabajaban con el pensamiento de merecer una recompensa en proporción a su labor. Acariciaban un espíritu de exaltación y complacencias propias, y hacían comparaciones entre ellos. Cuando alguno de ellos fracasaba en algún respecto, los otros se sentían superiores...
El Señor desea que confiemos en él sin hacer preguntas con respecto a nuestra recompensa. Cuando Cristo mora en el alma, el pensamiento de recompensa no primará. Este no es el motivo que impulsa nuestro servicio. Es cierto que, en un sentido secundario, debemos tener en cuenta la recompensa. Dios desea que apreciemos las bendiciones que nos ha prometido. Pero no quiere que estemos muy ansiosos por la remuneración, ni que pensemos que por cada deber hemos de recibir un galardón. No debemos estar tan ansiosos de obtener el premio, como de hacer lo que es recto, independientemente de toda ganancia. El amor a Dios y a nuestros semejantes debe ser nuestro motivo (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 326-329).
Esta parábola es una amonestación a todos los obreros, por largo que sea su servicio, por abundantes que sean sus labores, acerca de que sin el amor hacia los hermanos, sin humildad ante Dios, ellos no son nada. No hay religión en la entronización del yo. Aquel que hace de la glorificación propia su blanco, se hallará destituido de aquella gracia que es lo único que puede hacerlo eficiente en el servicio de Cristo. Toda vez que se condesciende con el orgullo y la complacencia propia, la obra se echa a perder.
No es la cantidad de tiempo que trabajamos, sino nuestra pronta disposición y nuestra fidelidad en el trabajo, lo que lo hace aceptable a Dios. En todo nuestro servicio se requiere una entrega completa del yo. El deber más humilde, hecho con sinceridad y olvido de sí mismo, es más agradable a Dios que el mayor trabajo cuando está echado a perder por el engrandecimiento propio. Él mira para ver cuánto del Espíritu de Cristo abrigamos y cuánta de la semejanza de Cristo revela nuestra obra.
Él considera mayores el amor y la fidelidad con que trabajamos que la cantidad que efectuamos. Tan solo cuando el egoísmo está muerto, cuando la lucha por la supremacía está desterrada, cuando la gratitud llena el corazón, y el amor hace fragante la vida, tan solo entonces Cristo mora en el alma, y nosotros somos reconocidos como obreros juntamente con Dios (Palabras de vida del gran Maestro, p. 332).

Jueves 26 de mayo:
“Podemos”

Santiago y Juan presentaron, por medio de su madre, una petición a Cristo para solicitar que les fuera permitido ocupar los más altos puestos de honor en el reino. A pesar de las repetidas instrucciones de Cristo concernientes a la naturaleza de su reino, estos jóvenes discípulos aun abrigaban la esperanza de un Mesías que ascendería a su trono con majestuoso poder, de acuerdo con los deseos de los hombres...
Pero el Salvador contestó: “No sabéis lo que pedís: ¿podéis beber el vaso que yo he de beber, y ser bautizados del bautismo de que yo soy bautizado?” Sabiendo que sus palabras misteriosas señalaban pruebas y sufrimiento, con todo contestaron confiadamente: “Podemos”. Deseaban atribuirse el supremo honor de demostrar su lealtad compartiendo todo lo que estaba por sobrevenir a su Señor. “A la verdad mi vaso beberéis, y del bautismo de que yo soy bautizado, seréis bautizados”, declaró Jesús... Santiago y Juan iban a ser partícipes con su Maestro en el sufrimiento el uno destinado a una muerte prematura por la espada, el otro seguiría a su Maestro en trabajos, vituperio y persecución por más tiempo que todos los demás discípulos. “Mas el sentaros a mi mano derecha y a mi izquierda —continuó Jesús— no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está aparejado de mi Padre”...
En el reino de Dios no se obtiene un puesto por medio del favoritismo. No se gana ni es otorgado por medio de una gracia arbitraria. Es el resultado del carácter. La cruz y el trono son los símbolos de una condición alcanzada, los símbolos de la conquista propia por medio de la gracia de nuestro Señor Jesucristo... Aquel que ocupe el lugar más cerca de Cristo, será el que haya bebido más profundamente de su espíritu de amor abnegado —amor que “no hace sinrazón, no se ensancha... no busca lo suyo, no se irrita, no piensa el mal”— amor que induce al discípulo, así como indujo a nuestro Señor, a darlo todo, a vivir y trabajar y sacrificarse aun hasta la muerte para la salvación de la humanidad (Conflicto y valor, p. 314).
Antes de dejar a sus discípulos, Cristo presentó claramente la naturaleza de su reino. Les recordó lo que les había dicho antes acerca de ello.
Declaró que no era su propósito establecer en este mundo un reino temporal, sino un reino espiritual. No iba a reinar como rey terrenal en el trono de David. Volvió a explicarles las Escrituras, demostrando que todo lo que había sufrido había sido ordenado en el cielo, en los concilios celebrados entre el Padre y él mismo. Todo había sido predicho por hombres inspirados del Espíritu Santo. Dijo: Veis que todo lo que os he revelado acerca de mi rechazamiento como Mesías se ha cumplido. Todo lo que os he dicho acerca de la humillación que iba a soportar y la muerte que iba a sufrir, se ha verificado. El tercer día resucité. Escudriñad más diligentemente las Escrituras y veréis que en todas estas cosas se ha cumplido lo que especificaba la profecía acerca de mí (El Deseado de todas las gentes, p. 759).
La vida terrenal del Salvador no fue una vida de comodidad y devoción a sí mismo, sino que trabajó con un esfuerzo persistente, ardiente, infatigable por la salvación de la perdida humanidad. Desde el pesebre hasta el Calvario, siguió la senda de la abnegación y no procuró estar libre de tareas arduas, duros viajes y penosísimo cuidado y trabajo. Dijo: “El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mateo 20:28).
Tal fue el gran objeto de su vida. Todo lo demás fue secundario y accesorio. Fue su comida y bebida hacer la voluntad de Dios y acabar su obra. No había amor propio ni egoísmo en su trabajo. Así también los que son participantes de la gracia de Cristo están dispuestos a hacer cualquier sacrificio a fin de que aquellos por los cuales él murió tengan parte en el don celestial. Harán cuanto puedan para que el mundo sea mejor por su permanencia en él. Este espíritu es el fruto seguro del alma verdaderamente convertida (El camino a Cristo, p. 77).