Comentario Mateo - Mario Velozo

La iglesia, comunidad del Reino (Mateo 16:13-17:27)

Jesús llevó a sus discípulos a las cercanías de Cesarea de Filipo, no la Cesarea de la costa mediterránea, a unas 25 millas al norte de la frontera de Galilea. Era una región idólatra, lejos de la influencia de los maestros judíos. Había paganismo por todas partes. Toda clase de dioses paganos, de la región y de todas partes del mundo, a través de los cuales se adoraba a la naturaleza y al ser humano. Cerca de Banías, como ahora se llama, había un templo al dios Pan, de origen griego, pero considerado un dios universal. Había también un templo de mármol blanco, construido por Herodes el Grande en honor del Emperador Augusto, cuando éste le dio estos territorios en el año 20 a.C. Jesús quería decirles abiertamente que él era el Mesías y hablarles más claramente acerca de la misión universal. No era conveniente hacerlo en Galilea ni en Judea. En esos territorios no conseguían estar solos. La multitud nunca los abandonaba, y los escribas y los fariseos asechaban todo el tiempo, a la expectativa de encontrar algo que pudieran torcer para condenarlo. En cambio, en Cesarea de Filipo nada de esto ocurriría.

¿Quién es el Hijo del Hombre?: Edificación de la iglesia (Mateo 16:13-20)

La gente. Cuando llegaron a la región de Cesarea de Filipo, dice Mateo, Jesús comenzó su enseñanza con una pregunta: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre? Unos dicen que es Juan el Bautista, le respondieron; otros, Elías; otros, Jeremías o alguno de los profetas. Todos ellos habían hecho una obra extraordinaria. Juan, un revolucionario, anunció el comienzo de un nuevo tiempo, la era del Mesías, la época del Reino de los cielos. Elías, un profeta de poder, hizo grandes milagros y convirtió a hombres poderosos. Jeremías, un reformador, predicó la esperanza en tiempos de desastrosa crisis nacional. Cualquier ser humano se hubiese dado por satisfecho con estas comparaciones. Pero Jesús no era un ser humano común. Ninguno de estos notables del pasado israelita comunicaba lo especial y único que había en Jesús. Él era más que todo eso. Y ustedes, continuó Jesús, ¿quien dicen que soy yo? (16:15). Cambió la expresión “Hijo del Hombre”, por el pronombre personal: Yo. Todo es bien específico. Ustedes y yo. Este es el punto crucial de la religión cristiana. La doble relación con Cristo: individual y comunitaria. Ustedes, el grupo (Juan 20:23), la nueva comunidad que un poco después llamará iglesia. La pregunta va dirigida a cada uno de ellos en particular, pero cada uno en el grupo y a través del grupo. El cristianismo no es individualista, ni comunista; no es individuo solo, ni es comunidad sin consideración por los individuos. Las dos cosas juntas. El individuo y el grupo, integrados; pero no confundidos. Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente, afirmó Pedro con vehemencia y fe. Habló por sí mismo y por el grupo. No podía ser diferente; la pregunta fue dirigida al grupo. Pero el grupo no podría hablar como grupo, hablando todos juntos y a la vez; tenían que hacerlo por medio de uno de sus integrantes. Sin salirse de la intención grupal de la pregunta, Pedro ofreció su declaración voluntaria. No pretendía separarse de los otros, ni quería producir una declaración de fe propia. Pero Jesús reconoció su contribución individual, que no era creación suya, sino de Dios. Pedro sólo era el instrumento. Dichoso eres tú, hijo de Jonás, le dijo Jesús, porque eso no te lo reveló ningún mortal, sino mi Padre que está en los cielos. Los discípulos no se juntaron para deliberar los términos de su respuesta. No se apartó Pedro para, en soledad, meditar lo que diría. La declaración fundamental de la fe cristiana fue una revelación de Dios. Atribuírsela a Pedro, para transformarlo en un discípulo superior a los otros, es una argumentación exclusivamente humanista, que olvida la Revelación. El autor de lo que Pedro dijo era Dios; y la transmisión fiel de su revelación, un deber del instrumento humano, que Pedro cumplió con fe plena. La iglesia. Ya establecida, como roca inamovible, la declaración básica de la fe cristiana, declaración que pertenece a la comunidad entera, Jesús está en condiciones de hablar de su iglesia y de la edificación de ella. La iglesia está relacionada con el reino de la muerte y con el Reino de los cielos. Sobre esta piedra, dijo Cristo, edificaré mi iglesia, y las puertas del reino de la muerte no prevalecerán contra ella (16:18). Mientras la iglesia se mantenga dentro de los límites de la fe en Jesús, como Mesías e Hijo de Dios, estará bajo un poder superior al poder del reino de la muerte; esto es, superior al que domina en el reino de la muerte, Satanás. Jesús es superior al demonio; y la iglesia, por creer en Jesús, está libre de todos sus poderes, incluyendo el de la muerte. La iglesia es el triunfo visible sobre el reino de la muerte. En ella están todos los que han pasado de muerte a vida, de la perdición a la salvación. Jesús continúa hablando a Pedro, siempre como representante de la comunidad entera: Te daré las llaves del Reino de los cielos, le dice. No se trata de dar, como quien da algo una vez y nada más, ni se refiere al tiempo como un momento específico situado en el futuro indefinido. Significa: Comienzo a darte las llaves del Reino, desde ahora hacia el futuro, ininterrumpidamente, todo el tiempo. ¿Qué son las llaves? Las palabras de Jesús, la Revelación de Dios. Esto nunca faltará en la iglesia, a menos que ella apostate de Jesús y se aparte de la Revelación. “Amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro”, dijo Pedro años más tarde, pues habéis renacido, “no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre. [...] Y esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada” (1 Ped. 1:22-25). El evangelio del Reino de los cielos. La iglesia tiene las llaves que abren el Reino de los cielos para la gente, el evangelio; y los que aceptan el evangelio entran en el Reino de la gracia y en la iglesia. La iglesia es la expresión visible del Reino de la gracia, expresión presente del Reino de los cielos, que a la segunda venida de Cristo se convertirá en el reino de la gloria. Todo lo que ates en la tierra, concluyó Jesús, será atado en los cielos y todo lo que desates en la tierra será desatado en el cielo (Mat. 16:19). No se trata de poder para definir doctrina. Este poder ya fue explicado por Jesús cuando habló a Pedro sobre la revelación que recibió del Padre. Dios es quien define la doctrina. La iglesia enseña lo que Dios revela. Tampoco se trata de poder para definir disciplina. La iglesia no decide qué pecados perdonar ni qué pecados condenar. Mucho menos definir qué es pecado y qué no es pecado. La iglesia no tiene tales poderes. Dios ya definió el pecado por medio del Decálogo, y por medio de la Revelación, determinó el castigo. La paga del pecado es muerte, más la salvación es vida eterna en Cristo Jesús. Jesús no dio poderes infalibles a la iglesia, ni a Pedro. Tampoco dio a Pedro poderes de gobierno superiores a los demás discípulos. Por lo menos la iglesia primitiva no lo sabía porque a quien concedió funciones administrativas no fue Pedro, sino a Jacobo (Hech. 15:13, 19). Pablo tampoco conocía que Pedro tuviera poderes infalibles; de lo contrario, no hubiera contradicho un error suyo en público (Gál. 2:11, 14). El poder de atar y desatar es la autoridad para administrar la disciplina, según las instrucciones que Jesús dará un poco más tarde, en su discurso sobre las prioridades del Reino. Y debe administrar la disciplina con la presencia de Jesús (Mat. 18:15-20). Jesús ordenó a los discípulos que a nadie dijeran nada de esto. Lo que les estaba enseñando en esta oportunidad era una cuestión interna de la iglesia. No era conveniente que las discutieran fuera de su círculo. Este es un principio válido para todos los tiempos. Especialmente los asuntos disciplinarios. ¿En qué se benefician los no creyentes sabiendo los contenidos de las discusiones doctrinarias, disciplinarias o administrativas de los creyentes? Lo que ellos necesitan recibir de los creyentes es la Palabra de vida, el evangelio del Reino.

Pedro tienta a Jesús: Los verdaderos discípulos (Mateo 16:21-28)

Luego Jesús entró en otro tema interno de la nueva comunidad. Su muerte. Les habló de la necesidad que tenía de ir a Jerusalén. De los sufrimientos que experimentaría por parte de los líderes religiosos: ancianos, jefes de los sacerdotes, maestros de la Ley. Finalmente lo matarían. Pero al tercer día iba a resucitar. Todo esto era necesario. No tenían que afligirse, porque el objetivo de su venida se alcanzaría así y, con seguridad, resucitaría.
Pedro se confundió. Equivocó su rol. Lo llamó aparte “para reprenderlo” (16:22). El texto puede traducirse: para llamarle la atención por su error. ¡Qué variaciones bruscas en la personalidad de Pedro! ¡Acababa de reconocer a Jesús como el Mesías y como Hijo del Dios viviente, y ahora piensa que hay una falla en su buen juicio! ¡Cómo puede Pedro pensar que su criterio es mejor que el de Jesús! Sin justificar a Pedro, porque justificarlo sería un error muy grande y considerarlo superior a los otros discípulos, que no cometieron esta falta de buen juicio, un error mayor aún; sin justificarlo, hay que decir que esto es muy común entre los seres humanos. Jesús acababa de encomiarlo por la revelación venida del Padre, gracias a la cual supo que Jesús era el Mesías. Se sintió superior a todo el grupo. Como alguien que supiera más que todos ellos. Una especie de líder con poder moral para mostrar el camino a los demás. Nada fuera del sentimiento humano. Tan humano que ha habido, en la historia, personas muy inteligentes, convencidas de la posición superior de Pedro y lo han elevado a la categoría de líder máximo de la iglesia apostólica, aunque no haya tenido ninguna función administrativa y los otros discípulos no le hayan reconocido ningún poder especial, como infalibilidad u otros. Salvo los poderes que Dios otorgó a todos ellos para el cumplimiento de la misión. Pero la iglesia no debía manejarse con los criterios humanos, sino con la sabiduría divina. Jesús lo reprendió con firmeza. ¡Aléjate de mí, Satanás!, le dijo. Quieres hacerme tropezar; no piensas en las cosas de Dios sino en las de los hombres. Cuando el ser humano se ensalza a sí mismo, solo puede estar pensando en las cosas humanas. Y a la actitud de colocar al ser humano en primer lugar, sobre Dios, la llamamos humanismo. Los líderes de la iglesia cristiana verdadera, lo mismo que sus miembros, no pueden ser humanistas; tienen que pensar en las cosas divinas y colocar la autoridad de Dios sobre la autoridad de ellos mismos. Características del verdadero discípulo. Sobre ese antecedente, Jesús procedió a mostrar algunas características del verdadero discípulo. Si alguno quiere ser mi discípulo, comenzó diciendo (16:24): Primero, niéguese a sí mismo. No puede ser como Pedro, que intentó ensalzarse a sí mismo. Tiene que someterse totalmente al Padre y al Hijo. No debe elaborar ninguna idea, ni realizar acción alguna que estorbe la misión o la retrase. Mucho menos cambiarla. No puede hacer nada contra la iglesia, porque ella es de divina creación. Segundo, tome su cruz. La cruz era el símbolo del mayor castigo aplicado a una persona por el poder romano. Tenían que estar dispuestos a sufrirlo. Los discípulos, como todos los judíos de la época, odiaban al Imperio y todavía no habían captado que Jesús, aunque realmente era el Mesías, no lo conquistaría; porque su Reino no era de este mundo, como más tarde dirá a Pilato. Aceptar la cruz era someter sus propias ideas, sus propios deseos, sus propios planes, a Dios. Tercero, sígame. Seguirlo ¿a dónde? A la muerte que acaba de anunciarles. No para morir con él; porque Jesús no vino para arrastrar a sus seguidores a la muerte. Vino para que tengan vida y para que la tengan en abundancia. Debían seguirlo a su muerte para aceptarla como muerte vicaria, en lugar de ellos, y para que ellos quedasen libres de esa muerte. Con la muerte de Cristo, sin embargo, morirán todas sus ambiciones imperiales. Ya no podrán estar pensando en sentarse a su derecha en el Reino; porque el Reino no será como ellos quieren. No es muy diferente con los discípulos de todos los tiempos. La aceptación de la muerte de Jesús significa una transformación completa de nuestra vida en este mundo: antes de aceptarla, centrados en nosotros mismos, solo vivíamos para cumplir nuestros ideales y los proyectos que las circunstancias nos imponían. Después de la Cruz, Jesús es el centro de todo, en nosotros; y lo único que nos interesa es su plan para nosotros; su proyecto de la iglesia, como entidad creada por él y como misión por él encomendada. Vivimos para él, trabajamos para la iglesia y la misión, el centro de todo lo que hacemos es nuestro prójimo y nuestro mayor interés es su eterna salvación. Cuarto, está dispuesto a perder la vida; porque el que quiera salvar su vida, la perderá. Pero el que pierda su vida por mi causa, la encontrará, dijo Jesús. Abnegación. Disposición a perder la vida por amor. Ausencia total del egoísmo; porque el egoísmo es muerte. Muerte de la persona para el servicio de los demás; y muerte para sí misma, porque el egoísta no entrará en la vida eterna. La muerte eterna no es ninguna buena expectativa para la vida de nadie. ¿De que sirve, dijo Jesús, ganar el mundo entero si se pierde la vida? Por otro lado, aunque el Hijo del Hombre va a la muerte y morirá; no perderá la vida. Porque el Hijo del Hombre volverá en la gloria de su Padre, con todos sus santos ángeles; y entonces recompensará a cada uno según lo que haya hecho. Los que perdieron la vida por causa de mí y del evangelio, resucitarán para vivir eternamente conmigo. Jesús concluye sus instrucciones anunciándoles que pronto verán al Hijo del Hombre llegando en su Reino. Con la gloria del Reino. Esto ocurrirá seis días después, en el monte de la transfiguración.

La transfiguración: Realidad del Reino (Mateo 17:1-13)

El día, lleno de trabajos como siempre, había sido agotador. Los discípulos estaban listos para una noche de buen descanso, como ocurre a todos los trabajadores cuando llega el fin de la jornada. Pero Jesús invitó a Pedro, Santiago y Juan para que fueran con él a una montaña cercana. La subida aumentó el cansancio de todos. Todos en silencio. Solo preguntas mentales, se hacían los discípulos, sin encontrar respuesta alguna. ¿Adónde vamos? ¿Para qué subimos este monte? ¿Por qué solo nosotros? En un cierto lugar, Jesús se detuvo y les pidió que oraran. Él también lo haría. Los discípulos oraron un poco y se durmieron. Jesús siguió orando un largo tiempo. Su preocupación eran esos tres discípulos que estaban con él. Sabían de su muerte próxima. No quería que se desanimaran cuando ese momento triste llegara. Rogó a Dios por ellos. Le pidió una manifestación de la gloria que tuvo antes de venir. Que los tres discípulos lo vieran en la gloria de su Reino. Esto les daría seguridad para soportar la prueba y superarla. El Padre le concedió lo que pedía. Cuando el brillo de la gloria divina se hizo visible en él, los discípulos despertaron. En su rostro humano resplandecía la gloria de su divinidad oculta por la encarnación. Su ropa se volvió blanca como la luz, dice Mateo. No estaba solo. Sus discípulos sintieron una tremenda impresión de asombro y alegría. Moisés y Elías acompañaban a Jesús y conversaban familiarmente con él. Pedro, como siempre, el primero en expresarse. Señor, dice, ¡qué bien que estemos aquí! Si quieres, levantaré tres albergues: uno para ti, otro para Moisés y otro para Elías. ¡Quién no hubiera querido hacer lo mismo! ¡Quedarse con Jesús cuando él está vestido con toda la gloria de su Reino! Mateo no dice por cuánto tiempo quería Pedro quedarse ahí. No era poco; el deseo de construir albergues lo dice. Pero, para siempre no era. Nosotros quizás hubiéramos dicho: para siempre. Nada es más preciso, nada más deseado, nada más querido que su reino. Pero no es por el Reino mismo, es porque el Reino ofrece la oportunidad y da la seguridad de estar junto con Cristo para siempre. Lo más atractivo es su persona misma. Por él vivimos, y nos movemos y somos; por él sufrimos, nos alegramos y existimos; somos lo que somos, por él; por él queremos ser lo que él quiere que seamos; y lo que no quiere que hagamos, nunca queremos hacer, por él; porque fuimos creados por él y para él. Entonces, la voz del Padre se hizo oír. Clara y distinta como una luz sonora en medio de las sombras que la noche colocaba sobre todos ellos. Este es mi Hijo amado, anunció; estoy muy complacido con él. ¡Escúchenlo! Los discípulos cayeron sobre sus rostros inclinándose sobre la tierra, aterrorizados. No existía la noche. Su propio cansancio, no existía. Solo el poder de Dios. Solo el temor humano. ¿Dónde queda tu orgullo, Pedro, cuando aparece Dios? ¿Dónde, Hijos del trueno, se van las iras cuando es Dios quien habla? ¿Qué somos nosotros cuando el Eterno está presente? Solo un ser humano postrado, con miedo. Miedo, no tengan, les dijo Jesús. ¡Levántense! Cuando alzaron la vista, dice Mateo, no vieron a nadie más que a Jesús. ¡Ayúdanos, Señor; solo queremos verte a ti, siempre! Descendieron de la montaña, ya olvidados del cansancio. Jesús les encomendó guardar silencio sobre lo que habían visto. No lo cuenten a nadie, les dijo, hasta que el Hijo del Hombre resucite (17:9). Esas palabras, que confirmaban la condición mesiánica de Jesús, provocaron una pregunta en la mente de los discípulos, que aún prestaban atención a los maestros de Israel. ¿Por qué dicen los maestros de la Ley que Elías tiene que venir primero? ¿Cómo vas a morir, si Elías todavía no vino? ¿No habrá un error en tus conceptos? ¿No estarán tus decisiones adelantadas, en eso, a lo anunciado en los profetas? ¡Cuánto cuesta liberarse de la influencia ejercida por maestros falsos! El problema está en que ellos nunca enseñan solo error. Siempre es una mezcla, y la parte verdadera de su enseñanza hace que hasta el error parezca verdad. Sin duda, les dijo Jesús, Elías viene y restaurará todas las cosas. Pero Elías ya vino, y no lo reconocieron. Hicieron lo que quisieron con él, y de la misma manera harán sufrir al Hijo del Hombre. Ellos entendieron, dice Mateo, que hablaba de Juan el Bautista (17:13).

Sanidad de un endemoniado: Poder del Reino (Mateo 17:14-21)

Descendieron de la montaña. Ya era de día, y un nuevo trabajo los esperaba. Un trabajo relacionado con el poder en la comunidad apostólica y en el Reino de los cielos. Cuando los discípulos salieron en su viaje misionero, Jesús los invistió con autoridad para expulsar demonios (10:1), y pudieron hacerlo. En esta oportunidad, no pueden. ¿Por qué? Mateo cuenta la historia, con la explicación de Jesús. Señor, ten compasión de mi hijo, pidió un hombre, cuando Jesús y sus tres discípulos, Pedro, Santiago y Juan, llegaron a la llanura. Le dan ataques y sufre, agregó. Muchas veces cae en el fuego o en el agua. Lo traje a tus discípulos, y no pudieron sanarlo. Expectativa. La multitud guardó silencio. Los maestros de Israel siempre dijeron que todos sus milagros eran fraudulentos y, mientras los discípulos trataban de expulsar el demonio, sin poder hacerlo, llegaron a pensar que esos maestros tenían razón. Ahora, ni ellos ni el pueblo estaban tan seguros; pero esperaban. Querían ver si la falta de poder de sus discípulos no era una señal de la misma situación en la persona de Jesús. Siempre ocurre que el error de un cristiano, o su falta de fidelidad, se utiliza para dudar de Jesús y para reducir su prestigio. Para los incrédulos, no es el ser humano el que falla; es Cristo. Jesús contempló al grupo humano, incluyendo a los discípulos; nadie tenía fe suficiente, excepto el padre del muchacho. ¡Ah, generación incrédula y perversa!, exclamó Jesús. Acérquenme al muchacho. El demonio hizo su último intento de conservar el control de aquella vida. El muchacho se retorcía delante de Jesús, ante los ojos espantados de la gente. Reprendió, Jesús, al demonio; y el demonio, reconociendo su poder, se retiró inmediatamente. Ahí estaba el poder. Lo que los discípulos pudieran o no pudieran, no era una señal de presencia o ausencia de poder en Jesús, sino una muestra de la presencia o ausencia de Jesús en ellos. Una prueba de su fe. Al que cree, todo es posible; pero nada es posible al que no cree. ¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?, preguntaron, en privado, los discípulos a Jesús. Respondió: Porque ustedes tienen muy poca fe. Y era muy poca, tal vez nada. Si alguien hubiese preguntado a los discípulos si creían en Jesús o no, la respuesta habría sido, sin vacilar: Sí, por supuesto. Respuesta que todos los cristianos repetiríamos con igual vehemencia y con énfasis semejante. Pero la fe no es cuestión de palabras. No todo el