Comentario Mateo - Mario Velozo

Muerte del Bautista: Juramentos equivocados (Mateo 14:1-12)

HerodesAntipas, gobernador de Galilea y Perea, era un gobernante autoritario y despótico. En casi todo seguía el modelo de su padre, Herodes el Grande, pero no poseía su inteligencia, ni su fuerza de voluntad. Su carácter era inferior, su personalidad incierta, su voluntad débil; pero era de fuertes pasiones. La estabilidad de sus promesas dependía de la intensidad de sus pasiones. Un tirano peligroso.

Herodes reconoce el verdadero poder (Mateo 14:1, 2)

Los hombres débiles siempre reconocen el verdadero poder; lo temen. Pero no lo respetan. Dice Mateo que, por aquel tiempo, el tiempo del tercer viaje de Jesús por Galilea, se enteró Herodes de sus obras. Sus informantes fueron los miembros de la corte. Ellos, a su vez, debieron haberlo oído de otras personas. Herodes se asustó. Pensó enseguida que era Juan el Bautista, ya muerto por su tiránica voluntad, muchas veces sujeta a la manipulación de terceros. Él temía a Juan el Bautista cuando estaba vivo. Reconocía el poder superior que obraba en él. Al escuchar el comentario de sus hombres, les dice: Ese es Juan el Bautista que ha resucitado, por eso tiene poder para realizar milagros. Reconocióelpoderdelosdos: JuanelBautistayJesús.Desgraciadamente, el mero reconocimiento del verdadero poder con el que actuaban Juan y Jesús no otorgó poder al carácter débil de Herodes. Tendría que haber creído en ellos. Sin superstición, con fe genuina. Si hubiera aceptado a Jesús, aunque su fe no hubiese tenido otra base más que sus milagros, ya habría sido un buen comienzo. Pero no, él no quería renunciar a la acción de sus pasiones.

Las pasiones de un hombre débil (Mateo 14:3-5)

Herodes había arrestado a Juan el Bautista, cuenta Mateo. Lo puso en la cárcel. Una horrible cárcel ubicada en la Fortaleza Negra de Maqueronte, al este del Mar Muerto, en Perea. La fortaleza había sido construida por Herodes el Grande, para proteger la frontera de los merodeadores árabes, que constantemente trataban de invadir su reino. ¿Por qué lo puso en la cárcel? ¿Por motivos de Estado, como dice Josefo? ¿Por asuntos relacionados con la defensa de la frontera? Nada de eso. Por sus pasiones. Por causa de Herodías, dice Mateo. Herodías era la esposa de su tío Herodes Felipe I, hermano de Herodes Antipas. Herodes Antipas le quitó la esposa a su hermano y así Herodías, su propia sobrina, se convirtió en su mujer. Pasiones. Juan el Bautista constantemente le hacía recordar su pecado. La Ley te prohíbe tenerla por esposa, le decía. Cada vez que lo oía, las pasiones de Herodes entraban en ebullición. Quería matarlo, dice Mateo. Pero la debilidad de su carácter lo frenaba. Tenía miedo, informa Mateo. Miedo a la gente. ¡Paradójico! Un tirano que teme al pueblo. Tal vez sea el temor al pueblo la razón principal por la que los tiranos son siempre despóticos y violentos. Y el pueblo tenía a Juan por un profeta. Es posible que, después de un tiempo de relación con Juan, el mismo Herodes haya concluido que era profeta. Pero, como no lo aceptó, ni siguió sus enseñanzas, lo temía.

El juramento de las pasiones (Mateo 14:6-11)

No tenía por qué prometer nada. Mucho menos jurar. Era el rey. Tenía todo el poder. Con una sola orden, podía controlar cualquier situación que surgiera en el palacio. De paso, en esta ocasión estaba de visita en la Fortaleza Negra. Su destino era enfrentar a Aretas, rey árabe de los nabateos, que en esa zona tenía frontera común con el territorio de Herodes. Aretas era su suegro. Padre de su legítima esposa, de quien se había divorciado. En esta ocasión estaba celebrando su cumpleaños y tenía muchos invitados, los más poderosos de su gobierno. Salomé, hija de Herodías, entró en la sala donde los invitados comían y bebían. Danzó. Los embotados sentidos de Herodes, por el alcohol y la danza, dieron rienda suelta a sus pasiones. Primero quiso mostrarse grande y poderoso. Pide lo que quieras, le dijo; yo te lo daré. Promesa ilimitada, muy inconveniente para un hombre grande. Después quiso mostrarse generoso y confiable. Juró. El juramento de un rey, y de cualquier persona, tiene que ser serio, si se trata de cosas serias, por supuesto. Pero nada era serio en esa fiesta. Pasiones. Todo era pasional y orgiástico. Banal. Todas las pasiones son así. Siempre conducen a lo peor, lo despreciable; destructor. Destruyen todo, hasta la vida. Dame en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista, pidió Salomé, después de consultar con su madre. Terrible demanda del odio. Y, entonces, la sorpresa. El Rey se entristeció, dice Mateo. La tristeza de las pasiones. Uno imagina que sus dones serán gratos, mejores cada vez, cada vez más numerosos, más llenos de alegría, más gustosos y agradables. No es así. Tristeza es lo que traen. Angustia, sinsabor. Una conciencia atormentada. Una experiencia de dolor. Pasiones que controlan la misma voluntad, y el débil se hace fuerte en su flaqueza. Persiste en el error, como si fuera la única manera de conservar una virtud, que ya ha perdido. Entonces pesa el juramento. La opinión de los demás, como una ley de obligación inalterable, exige su obediencia. A causa de sus juramentos y en atención a los invitados, dice Mateo, Herodes, mandó decapitar a Juan. Una tragedia, una injusticia, un crimen. ¡Terrible asesinato! La propia maldad de las pasiones. Llevaron a Salomé, en una bandeja, la cabeza de Juan; y ella la entregó a su madre. No hay nada rescatable en las pasiones. Solo la muerte existe en ellas. Y, antes de la muerte, la miseria humana destroza lo mejor que tiene en la vida, poco a poco, hasta que acaba con la vida misma. Herodes no debió haber prometido nada a Salomé. Si quería hacerle un regalo, como recompensa, debiera haberlo elegido él mismo; y ella hubiera estado contenta con lo que fuera. Aun habiendo prometido, con toda clase de juramentos, hubiera sido más propio de un rey haberse retractado de ellos. El juramento de las pasiones no tiene valor moral; en sí mismo es inmoral. ¿Por qué reconocer obligación, sentirse responsable, por lo que en sí no es más que una grosera y descuidada irresponsabilidad? Es mejor reconocer un error y terminar con él que seguir acumulando otros mayores, tan solo porque cometimos el primero.

Acciones sin pasiones (Mateo 14:12)

Mateo concluye el relato sobre la muerte de Juan el Bautista diciendo lo que sus discípulos hicieron, después de enterarse de su muerte. Dos cosas: Primero, llevaron el cuerpo para sepultarlo. No hay gritos, no hay lamentos, no hay acusaciones, no hay protestas contra nadie. No hay preguntas. Nadie dice ¿por qué? Nadie piensa que Dios abandonó a su mensajero. Nadie se lamenta. No hay pasiones. ¿Será que esos discípulos fueron tan fríos, que no sintieron nada por la trágica muerte de su maestro? Por cierto, sintieron la muerte. La sintieron profundamente; de otro modo no se hubieran molestado en recuperar su cuerpo y darle debida sepultura. Sentimientos, ellos tenían, y fuertes; lo que no tenían eran pasiones. Por eso, hicieron todo con paciencia. Sin desbordes. Sin rencores. Sin ardientes intenciones de venganza. A pesar del dolor, sabían en quién confiar y a él fueron. En segundo lugar, avisaron a Jesús sobre todo lo ocurrido. Así hacen los que, en lugar de dejarse conducir por las pasiones, actúan por la fe. Van a Jesús. En él encuentran su consuelo, su seguridad, su paz y la completa explicación de todo lo que sufren. Es más, estos discípulos se identificaron tan completamente con Jesús, que integraron todas las labores, hechas por ellos bajo la dirección de Juan, con las labores de Jesús. Los que actúan por la fe, siempre hacen lo mismo. Integran sus propias obras con las obras de Jesús de tal manera que, en nada, actúan separados de él. Las obras de Jesús son las obras de ellos y las obras de ellos solo son hechas en Jesús. La voluntad del creyente se integra de tal modo con la voluntad de Cristo, sin dejar espacio a las pasiones, que ya no existen dos voluntades, sino una. La de Cristo. Por eso, Pablo dirá más tarde: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo; lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí” (Gál. 2:20, NVI).

Alimenta cinco mil: Compasión (Mateo 14:13-21)

Ahora Mateo nos traslada a un lugar solitario. Jesús se fue allí, en una barca, después de recibir la triste noticia de la muerte de Juan el Bautista. Él solo, dice Mateo. La multitud lo sigue. Luego se unen a él los discípulos. Algo importante en este relato: la compasión de Jesús y la responsabilidad de los discípulos. No hay separación entre Jesús y sus discípulos en las obras de compasión. Actúan juntos. No hay eficiencia en un servicio independiente: los discípulos no tienen los recursos para atender a la multitud y Jesús los usa como sus representantes. Los beneficiados son todos los que están en contacto con ellos: hombres, mujeres y niños.

Compasión de Jesús (Mateo 14:13, 14)

Se acercaba la Pascua. La gente comenzaba a salir de todos los pueblos para el viaje familiar y comunitario hacia Jerusalén. Los que debían pasar por Capernaum, planearon una visita a Jesús, para escuchar sus enseñanzas y recibir el beneficio de la sanidad. Se encontraron con una multitud en movimiento. La gente se dirigía hacia el otro lado del lago. Se habían enterado de que Jesús y sus discípulos estaban en viaje, hacia un lugar solitario, para descansar. Los discípulos acababan de regresar de su viaje misionero, necesitaban descanso y evaluación de sus actividades. Se sumaron a ellos los discípulos de Juan que habían traído, a Jesús, la noticia de su muerte. La multitud no pensó en nada de esto, ni lo sabía. Solo pensaron en verlo. Fueron al otro lado del lago. Unos a pie, bordeando el lado norte, otros en barco. Cuando Jesús llegó al lugar, ya había una multitud esperando. Desembarcó en un lugar sin gente y subió la colina. Desde allí vio cómo, poco a poco, se juntaron unos cinco mil hombres, muchas mujeres y niños. El descanso ya no era importante. Lo importante era la gente, sus necesidades, su interés. Y, viéndolos, dice Mateo, Jesús tuvo compasión de ellos. Compasión. Lo que Jesús sintió no era la emoción de lástima que a veces sentimos por las personas que sufren alguna desgracia. Era una profunda disposición de simpatía que conmovió todas sus entrañas y su voluntad para ayudar a la gente, solo porque necesitaban algo. El amor se centra en la persona objeto del amor y da, sin esperar nada en retorno, salvo el afecto. La compasión, como afecto entrañable, procura el bienestar de la persona objeto de la compasión, pero describe a la persona que la siente y produce alegría a Dios (Fil. 2:1, 2). Por eso, Mateo usa el término con pleno sentido mesiánico. En un momento cuando cualquier ser humano protestaría por la interrupción en su descanso y por la invasión de su privacidad, Jesús siente compasión por la multitud, y siente así, tan diferente del resto de los seres humanos, porque él es el Mesías. No solo Jesús siente compasión, también los cristianos deben sentirla. Cuando cuenta la parábola del samaritano para describir quién es nuestro prójimo, dice que este buen hombre tuvo compasión del herido: le dio los primeros auxilios, lo llevó al mesón, cuidó de él y pagó la cuenta por adelantado (Luc. 10:33-35). De nuevo, en la parábola del hijo pródigo, al describir al padre, cuando el hijo regresa, dice que tuvo compasión de él: corrió hacia su hijo, se echó sobre su cuello, lo besó, le puso un vestido nuevo, un anillo en su dedo, calzados en sus pies, le hizo una fiesta, y todos se regocijaron (Luc. 15:20-24). La compasión es una marca que distingue la vida de los cristianos individuales y la comunidad cristiana en conjunto (Fil. 2:1). La compasión cristiana no es un sentimiento de lástima, triste y abatido. Es afecto que conmueve todas las entrañas y la persona entera. Se manifiesta en un cariño alegre, sin protesta por nada, para atender cualquier necesidad de alguien incapaz de resolverla de otro modo. Movido por la compasión, Jesús sanó a los que estaban enfermos y predicó el evangelio a todos los presentes, durante todo el día. Y había otra obra que debía hacer, pero esa no la haría solo; porque necesitaba dar una lección de valor práctico a sus amados discípulos recién llegados de su viaje misionero.

Responsabilidad de los discípulos (Mateo 14:15-18)

Hay una responsabilidad que tenían los discípulos de entonces, no muy diferente de la que todos los discípulos de todos los tiempos han tenido. Aparece aquí de dos maneras, como ellos la entendieron y como Jesús la entendía
Cómo los discípulos entienden su responsabilidad. Ya era tarde. El sol estaba poniéndose en el oeste y nadie había comido en todo el día. Los discípulos entienden que ellos deben preocuparse por la necesidad de la gente. No necesariamente atenderla. Se acercaron a Jesús. Este es un lugar apartado, le dicen, y se hace tarde. Despide a la gente. Hay pueblos cercanos en los que ellos pueden comprar el alimento que necesitan. Están cumpliendo con la responsabilidad que reconocen, no con la que tienen. Ni siquiera se dan cuenta de ella. Si los seres humanos, aunque fueran cristianos, hubiesen quedado en libertad de definir la misión de la iglesia y, por consiguiente, la de ellos también, habrían optado por una misión muy reducida. Limitada solo a lo que sus reducidos recursos naturales pudieran resolver. Ellos podían controlar el horario, organizar las actividades, señalar dónde estaba el alimento, crear las condiciones para que la gente buscara su alimento. Pero darles alimento, no era su responsabilidad. No la entendían así. Hasta el día de hoy, existen cristianos que no quieren dar alimento a los necesitados; para que no acepten el evangelio por los panes y los peces. Como si fuera un error estratégico fundamental atender sus necesidades materiales. No tienen que irse, les objetó Jesús. Denles ustedes mismos de comer. Ahora está clara, delante de ellos, su tarea. El cumplimiento de la misión no ocurre cuando se organiza su acción, cuando se pide a los dirigentes que tomen los acuerdos apropiados que la favorezcan, cuando se invita a los creyentes a participar en ella, cuando se definen los presupuestos para ejecutarla, cuando se imprimen los materiales que se usarán en ella. Aunque todo esto sea indispensable y haya que hacerlo, la misión se cumple cuando se ofrece la comida a los que la necesitan. Cuando los creyentes cuentan el evangelio a los que no lo han oído. Denles ustedes de comer, les dijo Jesús. No tenemos aquí, le respondieron los discípulos, más que cinco panes y dos pescados. Tráiganlos acá, les dijo Jesús. Trabajemos juntos. Tráiganme a mí lo que ustedes tienen, y juntos vamos a alimentar a esta multitud. No intenten hacerlo solos. Ustedes ya saben lo que ocurrirá. Pero tampoco menosprecien ni disminuyan lo que yo puedo hacer junto con ustedes y lo que ustedes junto conmigo son capaces de realizar. ¡Vamos! ¡Manos a la obra!

Acción compartida (Mateo 14:19, 20)

Quien da las órdenes es Jesús. Mandó a la gente que se sentara sobre la hierba, dice Mateo. Los discípulos organizaron a la multitud en grupos. Jesús bendijo los panes. No era mucho. Cinco panes y dos pescados es realmente poca cosa. Pero era todo lo que tenían, y esta es la medida de la abundancia. Todo lo que el ser humano tiene más la bendición de Jesús. Para qué más. Lo importante es que estén juntos. No hay misión imposible cuando los creyentes y Jesús trabajan juntos. Luego, dice Mateo, Jesús partió los panes y se los dio a los discípulos. Cuando ellos recibieron los pedazos, ya estaban multiplicados; porque si así no fuera ¿cómo alcanzarían cinco panecillos, la merienda de un niño pobre, para que cada uno de los doce discípulos recibiera una cantidad suficiente para repartir a la multitud? Todos comieron, dice Mateo, hasta quedar satisfechos. El trabajo fue realizado con eficiencia y plenitud; a plena satisfacción de todos. Ni una queja. ¿Por qué? Los discípulos no estaban solos, sujetos a sus propias limitaciones. Trabajaron unidos al poder de Jesús. Y la limitación humana, cuando se une con el poder divino, lo puede todo. Nada os será imposible, dirá Jesús a sus discípulos, un poco después, cuando les hable de la fe que necesitan para realizar sus labores (Mat. 17:20).

Los beneficiados: hombres, mujeres, niños (Mateo 14:21)

La información estadística de Mateo, con que concluye el relato, nada tiene que ver con el trabajo de los especialistas de nuestro tiempo, que sin duda objetarán la falta de precisión de los datos. Los que comieron, dice, fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños. Tampoco tiene nada que ver con nuestras sofisticadas discusiones sobre los derechos de los miembros más débiles de nuestra comunidad humana, entre los cuales están las mujeres y los niños. No digo que esta discusión esté necesariamente mal. Digo que ella no estaba en la mente de Mateo, ni pretende agregar combustible a nuestro fuego, ausente en ese tiempo. Lo único que dice es que en esa reunión participaron hombres, mujeres y niños. Muchos. Y todos fueron igualmente atendidos. Todos recibieron la misma cosa, panes y pescados. Lo que estaba disponible. Tampoco tenemos que pedir a la iglesia que haga distinción entre ellos. Con el objetivo de atenderlos bien, podemos caer en el delito de crear subgrupos en conflicto. Todos tienen que ser atendidos, sin exclusión de nadie, con todo lo que tengamos, bajo la multiplicación milagrosa de

Dios. Jesús camina sobre el lago: Poder para la acción (Mateo 14:22-36)

Cuando el día terminó, tuvieron que buscar otro escenario para la acción redentora que cumplían juntos, Jesús y sus discípulos. Tuvieron que regresar al otro lado del lago, a la región de Genesaret. Allí los esperaba otro trabajo intenso. Necesitarían el poder que proviene de la oración y de la fe. Poder por la oración (Mateo 14:22-24) Jesús ordenó a sus discípulos que subieran al barco y se adelantaran a él en el viaje hacia el otro lado. No preguntaron cómo se iría él. ¿Para qué? Él siempre sabía qué hacer y cómo. Mientras ellos se iban, Jesús despidió a la multitud y luego se apartó a un lugar solitario, en la montaña, para orar. Era su hábito. Vivía en constante comunicación con su Padre. Ahí estaba la Fuente de su poder como ser humano. Todos los seres humanos necesitamos vivir unidos a Dios; de lo contrario, nuestra vida espiritual será inestable, de altibajos. En cambio, la comunión con Dios nos otorga una vida espiritual de crecimiento constante y de alegría permanente en el Señor. Nos produce espontáneo interés en la misión y nos da los recursos espirituales para ejecutarla. Jesús oró desde el anochecer hasta cerca de la madrugada..

El poder de la fe (Mateo 14:25-33)

El viaje de los discípulos fue lento. Tenían viento en contra, y en esas condiciones se necesitaban unas ocho o nueve horas para cruzar las cuatro o cinco millas del lago desde el lugar en el que estaban navegando. Se zarandeaba el barco, y ellos tenían miedo. Ya en la madrugada, se acercó Jesús. No lo reconocieron. Su mente estaba concentrada en el peligro y la dificultad de la navegación. Es fácil que ocurra. Todos lo sabemos. Las preocupaciones, con los problemas de la vida, nos quitan a Jesús de la memoria y vivimos como si él no existiera. Y hasta cuando se presenta a nosotros, no lo reconocemos. Llegó él caminando sobre las aguas y los discípulos, al verlo, pensaron que era un fantasma. Más miedo. Gritaron de miedo, dice Mateo. Angustia. A las dificultades propias de la vida, los humanos siempre les agregamos los problemas que nos crean nuestras supersticiones, o nuestra propia imaginación descontrolada o nuestras creencias espirituales erradas. En lugar de resolverlas con la fe, dejando que Cristo utilice su poder para ayudarnos, las aumentamos con nuestra angustia y nuestra ansiedad. Apesar de todo, Jesús no olvida nuestras necesidades, ni nos abandona a nuestros males. ¡Cálmense!, soy yo, les dijo. No tengan miedo.
Pedro, con su permanente oportunismo religioso, al ver que Jesús caminaba sobre las aguas, quiso sacar ventaja para sí y hacer lo que los otros no harían. Señor, le dice, si eres tú, ordéname que vaya a ti sobre las aguas. Ven, le dijo Jesús. Pero él sabía lo que iba a ocurrir. La intención de sobresalir por encima de los demás no es base suficiente para el milagro. El deseo de ser más que los otros no corresponde a la mente consagrada. Ni produce resultados espirituales permanentes; ni siquiera es útil para aumentar nuestro prestigio a la vista de los otros. Pedro caminó, sí, por un trecho corto. El viento lo asustó. La fe no se desanima con la primera dificultad que aparezca. Al contrario, se confirma, persiste, crece; y, a medida que las dificultades la sometan a prueba, dará una confianza cada vez mayor y más segura. Pero Pedro no tenía fe suficiente. Si la hubiese tenido, es muy probable que no habría pedido lo que pidió. Comenzó a hundirse. ¡Señor, sálvame!, clamó, con pánico. Ahí estaba la mano extendida de Jesús, que nunca se esconde ante el menor pedido de sus seguidores. Sujetándolo, le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste? La fe no duda nunca. Toda vez que dudamos es porque no tenemos fe, o porque nuestra fe es demasiado pequeña. La acción cristiana, cualquiera que sea, siempre requiere fe. Hasta cuando estamos bien junto a Jesús, la necesitamos. Nada podemos hacer sin fe; porque sin fe es imposible agradar a Dios. Jesús y Pedro, sostenido por la mano de Jesús, subieron a la barca y se calmó el viento. ¡Qué alivio para Pedro! Ya no tenía los pies sobre las inquietas y peligrosas aguas. ¡Qué tranquilidad para los discípulos! Ya no amenazaba el viento. Al menos una cosa buena hicieron. No olvidaron a Jesús. Lo adoraron, diciendo: Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios. Gratitud y reconocimiento. ¡Cuán indispensables son en la vida espiritual! Dios actúa en todas las experiencias nuestras de la vida. ¡Cuánto bien nos hace reconocerlo! ¡Cuánta alegría nos da saber que él es quien controla nuestras tormentas y es él quien disipa las angustias nuestras! Solo el que cree de verdad puede ver la mano de Cristo sobre su propia mano, cuando con él actúa. Y nunca, el que cree, actúa solo. Porque sus obras son hechas siempre con Dios (Juan 3:21).

Las obras de la oración y la fe (Mateo 14:34-36)

Llegaron a Genesaret. Como siempre, la noticia de su viaje a la ciudad se esparció por todos los alrededores. Genesaret era un pueblo pequeño, ubicado en la ribera noroeste del Mar de Galilea; en la región del mismo nombre, no muy extensa. Generosa y ubérrima. Producía nueces, dátiles, higos, uvas, aceitunas en abundancia y por mucho tiempo. Había frutas todo el año. Las higueras y las viñas estaban en plena producción durante diez meses del año. La llamaban el Paraíso de Galilea. La gente comenzó a llegar con sus enfermos. Muchos enfermos. Todos ellos suplicando, cada uno por su propia enfermedad. Déjanos, aunque tan solo sea, tocar el borde de tu manto, le decían. ¡Inmensa fe! Y los que lo tocaban, eran sanados. Todo era perfecto: la exuberancia de la tierra, la confianza de la gente, la hermosura del lago, la belleza de la llanura y las colinas que elevaban hacia el cielo la hermosura de los huertos de producción casi ilimitada. Jesús, en plena labor de agradable enseñanza y sanidades llenas de gozo. La gente y los discípulos sentían el poder y, con plena capacidad, lo disfrutaban sin mezcla de inquietudes, ni dudas, ni angustias, ni dolores. Todo era alegría, gozo perfecto, y una confianza espiritual tan plena y tan segura que hubieran querido continuar así, para siempre, con Cristo como rey de un reino más fuerte y más extenso que el Imperio Romano. Pero siempre surgen problemas.

Tradición y Mandamientos de Dios (Mateo 15:1-20)

¿Qué es más importante, la tradición o el Mandamiento de Dios? Esta pregunta no pareciera ser relevante hoy. Primero, porque se trata de una tradición sobre la pureza ceremonial, sin ningún valor en nuestro tiempo. Segundo, porque la mayoría de los cristianos, al parecer, no están interesados en la obediencia a la Ley, pues consideran que la obediencia no es importante para la salvación. La salvación, afirman acertadamente, es por fe; no por obras. Problemas de una tradición sobre impureza ceremonial no existen hoy, pero existen otras tradiciones, que pueden producir, y de hecho muchas veces producen, el mismo problema. Cuando la tradición, cualquiera que sea, sin tener nada que ver con la limpieza ceremonial, tiene que ver con la limpieza moral, es relevante hoy y siempre. Y en cuanto a la obediencia a la Ley moral, ¿qué dijo Cristo y cómo nos afecta?

Discusión con los líderes de Jerusalén (Mateo 15:1-9)

Los dirigentes de Jerusalén enviaron una delegación de fariseos y escribas, o maestros de la Ley, para plantear a Jesús un problema específico. Se trataba de la impureza ceremonial en relación con el lavamiento de las manos antes de comer. Muy importante para esos líderes. Se produjo un diálogo con Jesús, quien respondió sus preguntas con ideas bien claras y directas. ¿Por qué quebrantan, tus discípulos, la tradición de los ancianos?, preguntaron. Luego agregaron: ¡Comen sin cumplir el rito de lavarse las manos! La tradición de los ancianos estipulaba que todo judío debía lavarse las manos antes de cada comida, y cada vez que comiera. Escribas y fariseos eran particularmente celosos en la enseñanza de esta tradición. Especialmente los fariseos, que la practicaban fielmente y la exigían de los demás, con mayor celo aún. No comían con alguien que no se lavara las manos, porque una persona tal contaminaba la comida y a los que comieran con ella. Esta falta, decían, era un pecado contra Dios. Tan grande pecado como el adulterio (Rabino Joses). Las tradiciones, en general, eran preceptos para ayudar a la gente en su cumplimiento de la Ley. Pero, llegaron a considerarlos más sagrados que ella. Si algún precepto de la tradición contradijera la Ley, ese precepto tenía prioridad sobre la Ley. Era el caso en cuestión. Si la persona no se purificaba y persistía en su falta, podía ser muerta, sin castigo para el que ejecutara la sentencia. La tradición era más importante que el sexto mandamiento del Decálogo: No matarás. Y ahí estaba el problema: un mandamiento humano tenía más importancia que el divino mandamiento. La idea de que lo humano tiene prioridad sobre lo divino, traslada la discusión de la purificación ritual a la purificación moral. Y esto es relevante para todos los tiempos, incluso el nuestro. El ataque contra los discípulos era, en realidad, un ataque contra Jesús, contra Dios. Jesús no podía permanecer indiferente a esta contradicción. ¿Y por qué ustedes quebrantan el Mandamiento de Dios, retrucó Jesús, a causa de la tradición? Luego citó un mandamiento del Decálogo, de valor universal, y un mandamiento de Moisés, de valor nacional. Honra a tu padre y a tu madre, dice el quinto Mandamiento (Éxo. 20:12). Y el mandamiento de Moisés: El que maldiga a su padre o a su madre será condenado a muerte (Éxo. 21:17). El cuidado de padre y madre era supremo. Pero ustedes, les dijo Jesús, han invalidado el Mandamiento de Dios enseñando que un hijo puede quedar exonerado de toda responsabilidad para con ellos, si les dice: Es Corbán, es decir, dedico al Templo todo aquello con lo que pudiera ayudarlos. Por supuesto que podía seguir usufructuando de todo ello hasta su muerte. Solo entonces pasaba al templo. Después del voto, darles a los padres cualquier porción de lo dedicado al Templo, era sacrilegio. Una tradición que pretendía superar la Ley moral era más que un problema de purificación; era un problema moral. ¡Hipócritas!, les dijo Jesús. Con razón, el profeta Isaías, acerca de ustedes, profetizó diciendo: “Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado” (Isa. 29:13). La superioridad de las leyes morales de Dios sobre las tradiciones y los mandamientos creados por seres humanos es un asunto de relevancia permanente. La posición de Cristo sobre la Ley moral quedó muy clara. La defendió con toda la fuerza de argumentación que podía usar ante la delegación que vino de Jerusalén. La defendió de la mayor autoridad que ellos aceptaban, las tradiciones. Las tradiciones eran lo único, entre los judíos, que realmente neutralizaba el Decálogo dado por Dios a Moisés en el monte Sinaí. Jesús puso el Decálogo sobre la tradición. Nada reconocía superior a los Diez Mandamientos.

Respuesta a la multitud (Mateo 15:10, 11)

Dirigiéndose a la multitud, Jesús aclaró aún más la discusión. Escuchen y entiendan, les dijo. No se confundan con la enseñanza de los fariseos y los maestros de Israel. Ellos dicen que, si no se purifican antes de comer, la comida que coman los contaminará. No es así. Lo que realmente los contamina a ustedes es la tradición, que ha salido de la boca de ellos y, usando sus bocas, ustedes también la defienden. Eso que sale de la boca de todos ustedes es lo que contamina al ser humano. De dentro de ustedes sale también el mal pensamiento, la palabra mala, la mala acción. Lo que Dios manda, no contamina. La Ley moral de Dios tiene que ser cumplida, porque ella nos mantiene distantes de toda contaminación moral. No hay contaminación moral en la obediencia a Dios. Por el contrario, la obediencia preserva la moral.

Respuesta a los discípulos (Mateo 15:12-20)

Los escribas y los fariseos reaccionaron contra Jesús, murmurando entre ellos, sin poder hacer nada en público contra él; porque su argumentación había sido muy clara. Los discípulos escucharon sus quejas. Aproximándose a Jesús, le dijeron: ¿Sabes que los fariseos se escandalizaron al oír eso? La respuesta de Jesús incluyó dos argumentos para tranquilizar a los discípulos: la planta y el ciego. No se preocupen por ellos; son plantas que mi Padre no plantó, y el mismo Padre celestial, a su debido tiempo, las arrancará de raíz. Ellos solo son ciegos, siguió diciendo, y porque están guiando a otros ciegos, todos juntos caerán en un hoyo. Pedro inmediatamente tomó la palabra y dijo: Explícanos la comparación. ¿Ni ustedes han entendido?, dijo Jesús. Y procedió a explicar todo lo conversado con los fariseos, dándoles el sentido pleno de la purificación y sus implicaciones morales. La comida que entra por la boca, les dijo, va al estómago y del estómago a la letrina. Lavarse o no lavarse las manos es intrascendente en relación con este proceso. Ocurrirá de todas maneras y de la misma forma. Pero, lo que sale de la boca viene del corazón y contamina. ¿Por qué? Muy simple, del corazón vienen malos pensamientos, adulterios, homicidios, robos, falsos testimonios, calumnias. Todo esto salía de la boca de los fariseos. Querían entrampar a Jesús para matarlo. Eso contaminaba la vida de ellos, y a todos los que invitaban a participar con ellos en esta obra criminal, si accedían. Comer sin lavarse las manos era inocente comparado con todo eso. Ya no discutimos el lavamiento de las manos. Como problema, en el transcurso de la historia, murió solo. No tenía consecuencias, ni valores permanentes. En cambio, la impiedad desobediente a la Ley moral de Dios, que sale del corazón, sigue siendo importante, aun para los que piensen que las obras de la Ley no tienen valor alguno para la salvación de los perdidos. Y es verdad, la salvación es un regalo de Dios por la fe. Pero los principios morales todavía se encuentran en los Diez Mandamientos; y los malos pensamientos, los adulterios, la inmoralidad sexual, los robos, los falsos testimonios y las calumnias, junto con una hueste de otros males que salen del corazón, siguen siendo malos. La salvación es un regalo, y se obtiene por la fe; pero, si una persona continúa realizando todos esos males morales, sin arrepentirse, por ellos se perderá. La ley de las obligaciones rituales, junto con las leyes civiles, dadas para regir la vida de la nación israelita, terminaron. Estaban llenas de símbolos y de enseñanzas acerca del sacrificio de Cristo en la cruz; y, cuando la realidad, presentada por los símbolos, llegó, se acabaron los símbolos. Pero la Ley moral continúa. No puede terminar, porque es el fundamento moral del gobierno eterno de Dios.