Comentario Elena G. White
Lección 6
Descanso en Cristo

Sábado 30 de abril

A medida que la mente se espacia en Cristo, el carácter es modelado a la semejanza divina. Los pensamientos son saturados de un sentido de su bondad, de su amor. Contemplamos su carácter, y así él está en todos nuestros pensamientos. Su amor nos abarca... Al contemplar, somos conformados a la semejanza divina, a la semejanza de Cristo. Ante todos aquellos con quienes nos asociamos reflejamos los brillantes y alegres rayos de su justicia. Hemos sido transformados en carácter; pues el corazón, el alma, la mente, han sido irradiados por el reflejo de Aquel que nos amó y dio su vida por nosotros (Testimonios para los ministros, pp. 394, 395).
La verdad ha de implantarse en el corazón. Ha de dominar la mente y los afectos. Todo el carácter debe ser amoldado por las declaraciones divinas. Cada jota y tilde de la Palabra de Dios ha de ser puesto en práctica en la vida diaria.
El que llegue a ser participante de la naturaleza divina estará en armonía con la gran norma de justicia de Dios, su santa ley. Esta es la regla por la cual Dios mide las acciones de los hombres. Esta será la prueba del carácter en el juicio...
Cristo depuso su vida para expiar la transgresión que el hombre hiciera de la ley. Si la ley pudiera haber sido cambiada o puesta a un lado, entonces Cristo no habría necesitado ser muerto. Por su vida sobre la tierra, él honró la ley de Dios. Por su muerte, la estableció. El dio su vida como sacrificio, no para destruir la ley de Dios, no para crear una norma inferior, sino para que la justicia pudiera ser mantenida, para demostrar la inmutabilidad de la ley, para que permaneciera para siempre.
Satanás había aseverado que era imposible para el hombre obedecer los mandamientos de Dios; y es cierto que con nuestra propia fuerza no podemos obedecerlos. Pero Cristo vino en forma humana, y por su perfecta obediencia probó que la humanidad y la divinidad combinadas pueden obedecer cada uno de los preceptos de Dios (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 254, 255).
Así como el árbol del conocimiento fue colocado en el medio del huerto del Edén, también el mandamiento que atañe al sábado fue colocado en medio del Decálogo. Respecto del fruto del árbol del conocimiento, la prohibición fue ésta: “No comeréis de él... porque no muráis” (Génesis 3:3). Dijo Dios acerca del sábado: No lo contaminaréis, sino que lo santificaréis. “Acordarte has del día de reposo para santificarlo” (Éxodo 20:8). Así como el árbol del conocimiento fue la prueba de la obediencia de Adán, también el cuarto mandamiento es la prueba que Dios ha dado para probar la lealtad de todo su pueblo.

El sábado es una señal entre Dios y su pueblo. Es un día santo, dado por el Creador al hombre como día de reposo, para reflexionar sobre las cosas sagradas. Dios dispuso que fuera observado a través de las edades como un pacto eterno. Debía considerárselo como un tesoro peculiar, como un legado que debía ser cuidadosamente preservado (Nuestra elevada vocación, p. 345).

 

Domingo 1 de mayo:
El liviano yugo de Cristo

El pecado por el cual Cristo reprochó a Corazín y Betsaida fue el pecado de rechazar la evidencia que las habría convencido de la verdad, y se hubieran rendido a su poder. El pecado de los escribas y fariseos fue el pecado de colocar en las tinieblas de la incredulidad la obra celestial que se había efectuado delante de ellos, de modo que fue puesta en duda la evidencia que debiera haberlos conducido a una fe arraigada, y las cosas sagradas que debieran haber sido apreciadas fueron consideradas como si no tuvieran valor. Temo que los nuestros hayan permitido que el enemigo proceda precisamente así, de modo que algunos hayan considerado como fanatismo el bien emanado de Dios, la rica bendición que él ha dado (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 165, 166).
Jesús vivió dependiendo de Dios y de su comunión con él. Los hombres acuden de vez en cuando al lugar secreto del Altísimo, bajo la sombra del Omnipotente; permanecen allí un tiempo, y el resultado se manifiesta en acciones nobles; luego falla su fe, se interrumpe la comunión con Dios, y se echa a perder la obra de la vida. Pero la vida de Jesús era una vida de confianza constante, sostenida por una comunión continua, y su servicio para el cielo y la tierra fue sin fracaso ni vacilación.
Como hombre, suplicaba ante el trono de Dios, hasta que su humanidad se cargaba de una corriente celestial que unía la humanidad con la Divinidad. Recibía vida de Dios, y la impartía a los hombres (La educación, pp. 80, 81).
Queremos tener el espíritu correcto, el espíritu que se deja enseñar, el deseo de aprender en la escuela de Cristo lecciones de humildad y mansedumbre. “Aprended de mí”, dijo el Maestro celestial, “que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:29, 30). Cuando tratamos de llevar nuestras cargas por nosotros mismos y fabricamos nuestro propio yugo, éste resulta penoso y la carga se vuelve pesada. Anhelamos la mansedumbre de Cristo; entonces las cosas pequeñas ya no nos irritan. Podemos tener celo en el trabajo, pero esto no es todo lo que necesitamos, Necesitamos la verdadera simpatía cristiana. Necesitamos que el yo y nuestra voluntad se sumerjan en la voluntad de Cristo. Necesitamos mantener el ojo fijo en la gloria de Dios. Necesitamos estar continuamente anhelantes y trabajar para el honor y la gloria de Dios (Alza tus ojos, p. 32).

 

Lunes 2 de mayo:
Inquietud sobre un día de quietud

Jesús había venido para “magnificar la ley y engrandecerla”. Él no había de rebajar su dignidad, sino ensalzarla. La Escritura dice: “No se cansará, ni desmayará, hasta que ponga en la tierra juicio”. Había venido para librar al sábado de estos requerimientos gravosos que hacían de él una maldición en vez de una bendición.
Por esta razón, había escogido el sábado para realizar el acto de curación de Betesda. Podría haber sanado al enfermo en cualquier otro día de la semana; podría haberle sanado simplemente, sin pedirle que llevase su cama, pero esto no le habría dado la oportunidad que deseaba. Un propósito sabio motivaba cada acto de la vida de Cristo en la tierra. Todo lo que hacía era importante en sí mismo y por su enseñanza. Entre los afligidos del estanque, eligió el caso peor para el ejercicio de su poder sanador, y ordenó al hombre que llevase su cama a través de la ciudad a fin de publicar la gran obra que había sido realizada en él. Esto iba a levantar la cuestión de lo que era lícito hacer en sábado, y prepararía el terreno para denunciar las restricciones de los judíos acerca del día del Señor y declarar nulas sus tradiciones.
Jesús les declaró que la obra de aliviar a los afligidos estaba en armonía con la ley del sábado. Estaba en armonía con la obra de los ángeles de Dios, que están siempre descendiendo y ascendiendo entre el cielo y la tierra para servir a la humanidad doliente. Jesús dijo: “Mi Padre hasta ahora obra, y yo obro”. Todos los días son de Dios y apropiados para realizar sus planes en favor de la familia humana. Si la interpretación que los judíos daban a la ley era correcta, entonces era culpable Jehová cuya obra ha vivificado y sostenido toda cosa viviente desde que echó los fundamentos de la tierra. Entonces el que declaró buena su obra, e instituyó el sábado para conmemorar su terminación, debía hacer alto en su labor y detener los incesantes procesos del universo...
La obra del cielo no cesa nunca, y los hombres no debieran nunca descansar de hacer bien. El sábado no está destinado a ser un período de inactividad inútil. La ley prohíbe el trabajo secular en el día de reposo del Señor; debe cesar el trabajo con el cual nos ganamos la vida; ninguna labor que tenga por fin el placer mundanal o el provecho es lícita en ese día; pero como Dios abandonó su trabajo de creación y descansó el sábado y lo bendijo, el hombre ha de dejar las ocupaciones de su vida diaria, y consagrar esas horas sagradas al descanso sano, al culto y a las obras santas. La obra que hacía Cristo al sanar a los enfermos estaba en perfecta armonía con la ley. Honraba el sábado (El Deseado de todas las gentes, pp. 176, 177).
Durante su ministerio terrenal, Cristo recalcó la vigencia de lo ordenado acerca del sábado; en toda su enseñanza manifestó reverencia hacia la institución que él mismo había dado. En su tiempo el sábado había quedado tan pervertido que su observancia reflejaba el carácter de hombres egoístas y arbitrarios más bien que el carácter de Dios. Cristo puso a un lado las falsas enseñanzas con que habían calumniado a Dios los que aseveraban conocerle. Aunque los rabinos le seguían con implacable hostilidad, no aparentaba siquiera conformarse con sus exigencias, sino que iba adelante observando el sábado según la ley de Dios (Profetas y reyes, pp. 135, 136).

 

Martes 3 de mayo:
La respuesta de Jesús

En vez de disculparse por el hecho del cual se quejaban, o explicar el propósito que tuviera al realizarlo, Jesús se encaró con los gobernantes, y el acusado se trocó en acusador. Los reprendió por la dureza de su corazón y su ignorancia de las Escrituras. Declaró que habían rechazado la palabra de Dios, puesto que habían rechazado a Aquel a quien Dios había enviado. “Escudriñáis las Escrituras, pues pensáis que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí”...
Los judíos poseían las Escrituras, y suponían que en el mero conocimiento externo de la palabra tenían vida eterna. Pero Jesús dijo: “No tenéis su palabra morando en vosotros”. Habiendo rechazado a Cristo en su palabra, le rechazaron en persona. “No queréis venir a mí —dijo— para que tengáis vida” (El Deseado de todas las gentes, pp. 182, 183).
Los hombres pueden llegar a ser exactamente lo que eran los fariseos: Muy vigilantes para condenar al mayor de los maestros que este mundo haya visto alguna vez. Cristo dio evidencias inconfundibles de que él era enviado por Dios, y sin embargo los gobernantes judíos se adjudicaron la tarea que el enemigo los indujo a hacer, y acusaron a Aquel que había hecho el sábado, que era el Señor del sábado, de ser uno que quebrantaba el sábado. ¡Oh, la insensatez de los hombres! ¡La debilidad de los hombres!
Existen personas que hoy en día están haciendo las mismas cosas. En sus consejos se aventuran a pronunciar juicio sobre la obra de Dios; pues se han adiestrado para hacer lo que el Señor nunca ha requerido de ellos. Mejor sería que humillaran sus corazones delante de Dios; y trataran de no tocar el arca de Dios con sus manos, para que la ira del Señor no caiga sobre ellos; pues si el Señor alguna vez ha hablado por mi intermedio, testifico que han tomado sobre sí el trabajo de criticar y pronunciar juicio insensato que yo sé que no es correcto. No son sino hombres finitos, y estando ellos mismos entenebrecidos, suponen que los otros hombres están en el error (Testimonios para los ministros, pp. 298, 299).
Dios vio que el sábado era esencial para el hombre, aun en el paraíso. Necesitaba dejar a un lado sus propios intereses y actividades durante un día de cada siete para poder contemplar más de lleno las obras de Dios y meditar en su poder y bondad. Necesitaba el sábado para que le recordase más vivamente la existencia de Dios, y para que despertase su gratitud hacia él, pues todo lo que disfrutaba y poseía procedía de la mano benéfica del Creador.
Dios quiere que el sábado dirija la mente de los hombres hacia la contemplación de las obras que él creó. La naturaleza habla a sus sentidos, declarándoles que hay un Dios viviente, Creador y supremo Soberano del universo. “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y la expansión denuncia la obra de sus manos. El un día emite palabra al otro día, y la una noche a la otra noche declara sabiduría” (Salmo 19:1, 2). La belleza que cubre la tierra es una demostración del amor de Dios. La podemos contemplar en las colinas eternas, en los corpulentos árboles, en los capullos que se abren y en las delicadas flores. Todas estas cosas nos hablan de Dios. El sábado, señalando siempre hacia el que lo creó todo, manda a los hombres que abran el gran libro de la naturaleza y escudriñen allí la sabiduría, el poder y el amor del Creador (Patriarcas y profetas, p. 29).

Miércoles 4 de mayo:
Sanó en sábado

Durante una porción del día [sábado], todos debieran tener oportunidad de salir al aire libre. ¿Cómo pueden los niños recibir un conocimiento más correcto de Dios y una impresión mental mejor, que pasando una parte del tiempo al aire libre, no jugando, sino en compañía de sus padres? Asóciense sus mentes juveniles con Dios en los hermosos panoramas de la naturaleza, llámeseles la atención hacia las manifestaciones de su amor por el hombre en sus obras creadas y se sentirán atraídos e interesados. No correrán el peligro de asociar el carácter de Dios con todo lo severo y adusto sino que al ver las cosas bellas que creó para la felicidad del hombre, serán inducidos a considerarle como un Padre tierno y amable (Joyas de los testimonios, tomo 1, p. 277).
El Salvador dedicó más tiempo y energías a la curación de los enfermos que a la predicación del evangelio. El último encargo que les dio a los apóstoles —sus representantes en la tierra— fue que impusieran las manos sobre los enfermos, para sanarlos. Y cuando el Maestro vuelva, recompensará a los que hayan visitado a los enfermos y aliviado las necesidades de los afligidos.
Nuestro Salvador experimentaba una tierna simpatía por los pobres y dolientes. Y si nosotros somos seguidores de Cristo debemos cultivar también la compasión y la simpatía. El amor por la humanidad doliente debe reemplazar a la indiferencia por la aflicción humana. La viuda, el huérfano, el enfermo y el moribundo, siempre necesitarán que se les ayude. Entre ellos existe una dorada oportunidad para proclamar el evangelio y para poner en alto el nombre de Jesús, la única esperanza y consolación del ser humano. Cuando la persona que sufre obtiene sanidad, y se ha demostrado un interés viviente por el alma afligida, entonces el corazón se abre y se puede derramar el bálsamo celestial sobre él. Si acudimos a Jesús y obtenemos de él conocimiento, fortaleza y gracia, podremos impartir su consuelo a los demás, porque el Consolador está con nosotros (Consejos sobre la salud, p. 34).
¿Debía Dios prohibir al sol que realizase su oficio en sábado, suspender sus agradables rayos para que no calentasen la tierra ni nutriesen la vegetación? ¿Debía el sistema de los mundos detenerse durante el día santo? ¿Debía ordenar a los arroyos que dejasen de regar los campos y los bosques, y pedir a las olas del mar que detuviesen su incesante flujo y reflujo? ¿Debían el trigo y la cebada dejar de crecer, y el racimo suspender su maduración purpúrea? ¿Debían los árboles y las flores dejar de crecer o abrirse en sábado?
En tal caso, el hombre echaría de menos los frutos de la tierra y las bendiciones que hacen deseable la vida. La naturaleza debía continuar su curso invariable. Dios no podía detener su mano por un momento, o el hombre desmayaría y moriría. Y el hombre también tiene una obra que cumplir en sábado: atender las necesidades de la vida, cuidar a los enfermos, proveer a los menesterosos. No será tenido por inocente quien descuide el alivio del sufrimiento ese día. El santo día de reposo de Dios fue hecho para el hombre, y las obras de misericordia están en perfecta armonía con su propósito. Dios no desea que sus criaturas sufran una hora de dolor que pueda ser aliviada en sábado o cualquier otro día (El Deseado de todas las gentes, pp. 176, 177).

 

Jueves 5 de mayo:
Observancia del sábado

De acuerdo con el cuarto mandamiento, el sábado fue dedicado al descanso y culto religioso. Todo asunto secular debía ser suspendido, pero las obras de misericordia y benevolencia estaban en armonía con el propósito del Señor. Estas obras no estaban limitadas ni por el lugar ni por el tiempo. Aliviar a los afligidos y consolar a los tristes es un trabajo de amor que realmente honra el santo día de Dios (El ministerio de la bondad, p. 81).
A fin de santificar el sábado, no es necesario que nos encerremos entre paredes, y que nos privemos de las hermosas escenas de la naturaleza, del aire libre y vigorizador y de la hermosura del cielo. En ningún caso debemos permitir que las cargas y las transacciones comerciales distraigan nuestra mente en el sábado del Señor que él ha santificado. No debemos permitir que nuestra mente se espacie siquiera en cosas de carácter mundanal. Pero la mente no puede ser refrigerada, vivificada y elevada si quedamos encerrados durante casi todas las horas del sábado entre paredes, escuchando largos sermones y oraciones tediosas y formales. El sábado del Señor recibe un uso erróneo si se lo celebra así. No se alcanza el objeto para el cual fue instituido. El sábado fue hecho para el hombre, para beneficiarle al apartar su espíritu de la labor secular a fin de que contemple la bondad y la gloria de Dios. Es necesario que el pueblo de Dios se reúna para hablar de él, para intercambiar pensamientos e ideas acerca de las verdades contenidas en su Palabra, y dedicar una parte del tiempo a la oración apropiada. Pero estos momentos, aun en sábado, no deben ser hechos tediosos por su dilación y falta de interés (Joyas de los testimonios, tomo 1, pp. 276, 277).
Nuestras vidas deben estar escondidas con Cristo en Dios. Debemos tener un conocimiento personal de Cristo. Solo entonces podremos representarlo correctamente ante el mundo. Doquiera estemos debemos permitir que nuestra luz resplandezca para gloria de Dios en buenas obras. Esta es la grande e importante obra de nuestras vidas. Quienes están realmente bajo la influencia del Espíritu Santo, revelarán su poder por medio de una aplicación práctica de los eternos principios de verdad (Reflejemos a Jesús, p. 122).
Haced de la obra de Cristo vuestro ejemplo. Constantemente él iba haciendo el bien: alimentando al hambriento y curando al enfermo. Ninguno que se allegó a él en busca de simpatía se sintió chasqueado. El Príncipe de las cortes celestiales, se hizo carne y habitó entre nosotros, y su vida de trabajo es un ejemplo de la obra que nosotros debemos realizar. Su tierno, misericordioso amor censura nuestro egoísmo e indiferencia (El ministerio de la bondad, p. 57).