Comentario Elena G. White
Lección 5
La guerra visible e invisible

Sábado 23 de abril

Las lecciones de Cristo eran de ese carácter para mostrar la importancia relativa del cielo y la tierra. El presenta ante la consideración de la mente que las demandas del cielo son de primera importancia. Las demandas de Dios son supremas. Pide todo el corazón, la mente, la fuerza y el vigor. Él asigna su lugar a las cosas terrenas, y han de subordinarse a los intereses eternos.
Las tentaciones de Satanás presentan las cosas terrenas y las hacen absorbentes y atractivas, para que eclipsen a las realidades celestiales y se ponga en primer lugar el apego a este mundo; Cristo vino para romper el encantamiento satánico, para contrarrestar la obra de Satanás, y llevar cautiva la mente, apartándola de las cosas terrenas para fijarla en las celestiales. Solamente él puede romper el encantamiento... Si mantenemos en vista las realidades eternas, formaremos el hábito de cultivar pensamientos de la presencia de Dios. Esto será un escudo contra las incursiones del enemigo. Proporcionará fuerza y seguridad, y elevará el alma por encima del temor. Si respiramos la atmósfera del cielo, dejaremos de respirar el aire viciado del mundo. No permaneceremos en un sótano oscurecido, sino que subiremos a las cámaras superiores donde se abren las ventanas que miran hacia el cielo y reciben los brillantes rayos del Sol de Justicia (Nuestra elevada vocación, p. 287).
Cada alma tiene un cielo que ganar y un infierno que evitar. Y los seres angelicales siempre están dispuestos a venir en ayuda del alma probada y tentada. Él, el Hijo del Dios infinito, soportó la prueba y la aflicción en nuestro lugar. Delante de cada alma, se levanta vívidamente la cruz del Calvario. Cuando sean juzgados los casos de todos, ellos [los perdidos] sean entregados para sufrir por haber deseado a Dios, por no haber tomado en cuenta el honor divino y por su desobediencia, nadie tendrá una excusa, nadie necesitará haber perecido. Dependió de su propia elección quién habría de ser su príncipe, Cristo o Satanás. Toda la ayuda que recibió Cristo la puede recibir cada hombre en la gran prueba. La cruz se levanta como una promesa de que nadie necesita perderse, de que se da abundante ayuda para cada alma. Podemos vencer a los mismos agentes satánicos, o podemos unimos con los poderes que procuran contrarrestar la obra de Dios en nuestro mundo (Mensajes selectos, tomo 1, p. 112).
Todo aquel que rehúsa entregarse a Dios está bajo el dominio de otro poder. No es su propio dueño. Puede hablar de libertad, pero está en la más abyecta esclavitud. No le es dado ver la belleza de la verdad, porque su mente está bajo el dominio de Satanás. Mientras se lisonjea de estar siguiendo los dictados de su propio juicio, obedece la voluntad del príncipe de las tinieblas. Cristo vino a romper las cadenas de la esclavitud del pecado para el alma. “Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (El Deseado de todas las gentes, p. 431).

Domingo 24 de abril:
Mateo 11:11, 12

Un profundo sentido de nuestra necesidad y un gran deseo de recibir las cosas que pedimos deben caracterizar nuestras oraciones, de lo contrario no serán oídas. Pero no debemos cansamos y dejar de pedir porque nuestras oraciones no reciban una respuesta inmediata. “El reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan” (Mateo 11:12). Aquí se entiende por violencia un santo fervor, como el que manifestó Jacob. No necesitamos procurar ponemos en un estado de intensa excitación, sino que debemos presentar nuestras peticiones calmada pero persistentemente delante del trono de la gracia. Nuestra obra consiste en humillar nuestra alma delante de Dios, en confesar nuestros pecados y en acercamos con fe a Dios... El propósito de Dios es manifestarse a sí mismo en su providencia y en su gracia. El objeto de nuestras oraciones debe ser la gloria de Dios y no la glorificación de nosotros mismos...
El alma, mediante la oración secreta, debe abrirse a la inspección del ojo de Dios... Cuán preciosa es la oración secreta por medio de la que el alma entra en comunión con Dios. La oración secreta debe ser escuchada únicamente por el oído de Dios (A fin de conocerle, p. 274).
Cristo podría haber abierto ante los hombres las más profundas verdades de la ciencia. Podría haber descubierto misterios cuya penetración habría requerido muchos siglos de fatiga y estudio. Podría haber hecho insinuaciones en los ramos científicos que habrían proporcionado alimento para el pensamiento y estímulo para la inventiva hasta el fin de los tiempos. Pero no lo hizo. No dijo nada para satisfacer la curiosidad o para gratificar las ambiciones de los hombres abriéndoles las puertas a las grandezas mundanas. En toda su enseñanza. Cristo puso la mente del hombre en contacto con la Mente infinita. No indujo a sus oyentes a estudiar las teorías de los hombres acerca de Dios, su Palabra o sus obras. Les enseñó a contemplarlo tal como se manifestaba en sus obras, en su Palabra y por sus providencias (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 12, 13).
Muchos, especialmente los que son nuevos en la vida cristiana, se sienten a veces turbados con las sugestiones del escepticismo. Hay muchas cosas en la Biblia que no pueden explicar y ni siquiera entender, y Satanás las emplea para hacer vacilar su fe en las Santas Escrituras como revelación de Dios. Preguntan: “¿Cómo sabré cuál es el buen camino? Si la Biblia es en verdad la Palabra de Dios, ¿cómo puedo librarme de estas dudas y perplejidades?”
Dios nunca nos exige que creamos sin damos suficiente evidencia sobre la cual fundar nuestra fe. Su existencia, su carácter, la veracidad de su Palabra, todas estas cosas están establecidas por abundantes testimonios que excitan nuestra razón. Sin embargo, Dios no ha quitado nunca toda posibilidad de duda. Nuestra fe debe reposar sobre evidencias, no sobre demostraciones. Los que quieran dudar tendrán oportunidad; al paso que los que realmente deseen conocer la verdad, encontrarán abundante evidencia sobre la cual basar su fe (El camino a Cristo, p. 106).

 

Lunes 25 de abril:
Las fronteras de las tinieblas

Al principio, la obra es dura y lenta. Ahora es cuando todos deben poner el hombro para levantar la carga y llevarla adelante. Debemos avanzar, aunque tengamos delante el mar Rojo y montañas inaccesibles del otro lado. Dios ha sido con nosotros y ha bendecido nuestros esfuerzos. Debemos trabajar con fe. “El reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan” (Mateo 11:12). Hemos de orar, creer que nuestras oraciones son escuchadas, y entonces trabajar. Ahora la obra puede parecemos pequeña; pero debe haber un comienzo antes de que haya progresado. “Primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga”. La obra puede comenzar débilmente y su progreso por un tiempo puede ser lento; sin embargo, si se empieza de una manera saludable, habrá un progreso firme y, sustancial. Debe ponerse una norma elevada delante de aquellos que acaban de aceptar la fe. Ellos deben ser educados a ser cuidadosos en su habla y circunspectos en su conducta, dando evidencia de que la verdad ha hecho algo por ellos, y esparciendo así por su ejemplo la luz sobre los que están en tinieblas (Notas biográficas, pp. 327, 328).
La gran crisis está por sobrecogemos. Para hacer frente a sus pruebas y tentaciones, para cumplir sus deberes, se necesitará una fe perseverante. Pero podemos triunfar gloriosamente; nadie que vele, ore y crea será entrampado por el enemigo...
Hermanos, vosotros a quienes han sido reveladas las verdades de la Palabra de Dios, ¿qué papel desempeñaréis en las escenas finales de la historia de este mundo? ¿Comprendéis estas solemnes realidades? ¿Os percatáis de la gran obra de preparación que se está realizando en el cielo y en la tierra? Presten atención a las cosas que están escritas en las profecías todos los que han recibido la luz y que han tenido oportunidad de leerlas y oírlas; “porque el tiempo está cerca”. Nadie juegue ahora con el pecado, fuente de toda desgracia en nuestro mundo. Nadie permanezca ya en letargo y en el estupor de la indiferencia, ni deje que el destino de su alma dependa de una incertidumbre. Aseguraos de que estáis plenamente de parte del Señor. Preguntaos con corazones sinceros y labios temblorosos: “¿Quién podrá subsistir?” En estas últimas preciosas horas del tiempo de gracia, ¿habéis estado colocando el mejor material posible en el edificio de vuestro carácter? ¿Habéis estado purificando vuestras almas de toda mancha? ¿Habéis seguido la luz? ¿Habéis hecho obras correspondientes a vuestra profesión de fe? (Testimonios para la iglesia, tomo 6, pp. 404, 405).
Mediante la historia y la profecía, la Palabra de Dios describe el prolongado conflicto entre la verdad y el error. Ese conflicto sigue en desarrollo. Las cosas que han acontecido volverán a repetirse. Revivirán antiguas controversias, y continuamente surgirán teorías nuevas. Pero el pueblo de Dios, el cual mediante sus creencias y su cumplimiento de la profecía ha desempeñado una parte en la proclamación de los mensajes del primero, del segundo y del tercer ángel, sabe dónde se encuentra. Tiene una experiencia que es más preciosa que el oro refinado. Debe permanecer firme como una roca, aferrándose al comienzo de su confianza hasta el fin (Mensajes selectos, tomo 2, pp. 124, 125).

Martes 26 de abril:
La “cosmovisión bélica”

El gran engañador ha preparado sus artimañas para cada alma que no está fortalecida para la prueba y preservada por constante oración y fe viviente. Como ministros, como cristianos, debemos trabajar para eliminar del camino las piedras de tropiezo. Debemos retirar cada obstáculo. Confesemos y abandonemos cada pecado, para que pueda estar aparejado el camino del Señor, para que él pueda estar en nuestras reuniones e impartimos su rica gracia. Deben ser vencidos el mundo, la carne y el demonio. No podemos preparar el camino ganando la amistad del mundo, que es enemistad contra Dios; pero con la ayuda divina podemos quebrantar su influencia seductora sobre nosotros y sobre otros.
No podemos, individual ni colectivamente, libramos de las tentaciones constantes de un enemigo implacable y determinado. Pero podemos resistirlas con la fortaleza de Jesús (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 143, 144). El gran día del Señor está cerca. Cuando Cristo aparezca en las nubes de los cielos, los que no lo han buscado de todo corazón, los que han permitido que se los engañe, ciertamente perecerán. Nuestra única seguridad consiste en ser hallados en Cristo por medio del arrepentimiento y la confesión y debido a que nuestros pecados han sido borrados. Los que quieran buscar hoy al Señor fervientemente, dispuestos a humillar sus corazones ante él, y a abandonar sus pecados, serán preparados para formar parte de la familia real y ver al Rey en su hermosura, por medio de la santificación de la verdad (Cada día con Dios, p. 248).
Es tan cierto que tenemos la verdad como que Dios vive; y Satanás, con todas sus artes y todo su poder infernal, no puede cambiar la verdad de Dios en mentira. Aunque el gran adversario procurará anular hasta lo sumo la Palabra de Dios, la verdad fulgurará como una lámpara encendida.
El Señor nos ha elegido, y nos ha hecho objetos de su misericordia maravillosa. ¿Nos dejaremos hechizar por las charlas de los apóstatas? ¿Nos colocaremos de parte de Satanás y de su hueste? ¿Nos uniremos con los transgresores de la ley de Dios? Sea más bien nuestra oración: “Señor, pon enemistad entre mí y la serpiente”. Si no estamos en enemistad con sus obras tenebrosas, nos circuyen sus poderosos repliegues y su dardo está listo para penetrar en cualquier momento hasta nuestro corazón. Debemos tenerla por enemigo mortal. Debemos oponernos a ella en nombre de Cristo. Nuestra obra es seguir adelante. Debemos defender cada pulgada del terreno. Que todos los que llevan el nombre de Cristo se revistan de la armadura de justicia (Joyas de los testimonios, tomo 1, p. 591).

Miércoles 27 de abril:
Cuando la batalla se vuelve peligrosa

La vida de Juan había sido de labor activa, y la lobreguez e inactividad de la cárcel le abrumaban enormemente. Mientras pasaba semana tras semana sin traer cambio alguno, el abatimiento y la duda fueron apoderándose de él. Sus discípulos no le abandonaron. Se les permitía tener acceso a la cárcel, y le traían noticias de las obras de Jesús y de cómo la gente acudía a él. Pero se preguntaban por qué, si ese nuevo maestro era el Mesías, no hacía algo para conseguir la liberación de Juan. ¿Cómo podía permitir que su fiel heraldo perdiese la libertad y tal vez la vida? Estas preguntas no quedaron sin efecto. Sugirieron a Juan dudas que de otra manera nunca se le habrían presentado. Satanás se regocijaba al oír las palabras de esos discípulos, y al ver cómo lastimaban el alma del mensajero del Señor. ¡Oh, con cuánta frecuencia los que se creen amigos de un hombre bueno y desean mostrarle su fidelidad, resultan ser sus más peligrosos enemigos! ¡Con cuánta frecuencia, en vez de fortalecer su fe, sus palabras le deprimen y desalientan! (El Deseado de todas las gentes, pp. 185, 186).
El sistema más completo que los hombres hayan concebido jamás, si está privado del poder y de la sabiduría de Dios, resultará en un fracaso, mientras que tendrán éxito los métodos menos promisorios cuando sean divinamente ordenados, y ejecutados con humildad y fe. La confianza en Dios y la obediencia a su voluntad, son tan esenciales para el cristiano en la guerra espiritual como lo fueron para Gedeón y Josué en sus batallas contra los cananeos. Mediante las repetidas manifestaciones de su poder en favor de Israel, Dios quería inducirle a tener fe en él, a buscar con confianza su ayuda en toda emergencia. Está igualmente dispuesto a obrar en cooperación con los esfuerzos de su pueblo hoy y a lograr grandes cosas por medio de instrumentos débiles. Todo el cielo espera que pidamos sabiduría y fortaleza. Dios “es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos” (Efesios 3:20) (Patriarcas y profetas, p. 596).
Muchos se agitan cuando no pueden saber qué resultará en definitiva de los asuntos. No pueden soportar la incertidumbre, y en su impaciencia rehúsan esperar para ver la salvación de Dios. Los males que presienten casi los enloquecen. Ceden a sus sentimientos de rebelión, y corren de aquí para allá en dolor apasionado, procurando entender lo que no se ha revelado. Si tan solo confiaran en Dios y velaran en oración, hallarían consuelo divino. Su espíritu sería calmado por la comunión con Dios. Los cansados y trabajados hallarían descanso para sus almas, con solo ir a Jesús; pero cuando descuidan los medios que Dios dispuso para su consuelo, y recurren a otras fuentes, con la esperanza de averiguar lo que Dios vedó, cometen el error de Saúl, y con ello solo adquieren un conocimiento del mal {Patriarcas y profetas, pp. 742, 743).

Jueves 28 de abril:
Causa perdida

Debemos establecer una acérrima enemistad entre nuestra alma y nuestro enemigo; pero debemos abrir nuestro corazón al poder y la influencia del Espíritu Santo. Queremos que la oscuridad de Satanás sea rechazada, y que la luz del cielo fluya. Queremos tomarnos tan sensibles a las santas influencias, que el menor susurro de Jesús mueva nuestras almas...Entonces nos deleitará hacer la voluntad de Dios, y Cristo nos manifestará ante Dios y los santos ángeles como los que estamos en él, y no se avergonzará de llamamos hermanos.
Pero no alardearemos de nuestra santidad. Al comprender mejor la infinita pureza de Cristo, sentiremos como Daniel cuando contempló la gloria del Señor y dijo: “Mi fuerza se cambió en desfallecimiento” (Daniel 10:8). No podemos decir: “Yo no tengo pecado”, hasta que este cuerpo vil sea cambiado y transformado a la semejanza de su cuerpo divino. Pero si procuramos constantemente seguir a Jesús, tenemos la bendita esperanza de estar ante el trono de Dios sin mancha ni arruga, completos en Cristo, ataviados con su justicia y perfección ({A fin de conocerle, p. 363).
Toda manifestación del poder de Dios en favor de su pueblo despierta la enemistad de Satanás. Cada vez que Dios obra en su favor, Satanás y sus ángeles obran con renovado vigor para lograr su mina. Tiene celos de todos aquellos que hacen de Cristo su fuerza. Su objeto consiste en instigar al mal, y cuando tiene éxito arroja toda la culpa sobre los tentados. Señala sus ropas contaminadas, sus caracteres deficientes. Presenta su debilidad e insensatez, su pecado e ingratitud, su carácter distinto al de Cristo, que ha deshonrado a su Redentor. Todo esto lo presenta como un argumento que prueba su derecho a destruirlos a voluntad. Se esfuerza por espantar sus almas con el pensamiento de que su caso no tiene esperanza, que la mancha de su contaminación no podrá nunca lavarse. Espera destruir así su fe, a fin de que cedan plenamente a sus tentaciones, y abandonen su fidelidad a Dios.
Los hijos del Señor no pueden contestar las acusaciones de Satanás. Al mirarse a sí mismos, están listos a desesperar, pero apelan al divino Abogado. Presentan los méritos del Redentor. Dios puede ser “justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús”. Con confianza los hijos del Señor le suplican que acalle las acusaciones de Satanás, y anule sus lazos. “Hazme justicia de mi adversario”, ruegan; y con el poderoso argumento de la cruz, Cristo impone silencio al atrevido acusador (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 132, 133).