Comentario EG White
Lección 2
Comienza el ministerio


Sábado 2 de abril

Cristo ha tomado toda medida necesaria para que su iglesia sea un cuerpo transformado, iluminado por la Luz del mundo, en posesión de la gloria de Emmanuel. Él se propone que todo cristiano esté rodeado de una atmósfera espiritual de luz y de paz. Desea que revelemos su gozo en nuestra vida (Profetas y reyes, p. 532). Es propósito de Dios que su pueblo sea un pueblo santificado, purificado y santo, que comunique luz a cuantos le rodean. Es su propósito que, al ejemplificar la verdad en su vida, le alabe en el mundo. La gracia de Cristo basta para realizar esto. Pero deben recordar los hijos de Dios que únicamente cuando ellos crean en los principios del evangelio y obren de acuerdo con ellos, puede él hacer de ellos una alabanza en la tierra. Únicamente en la medida en que usen las capacidades que Dios les ha dado para servirle, disfrutarán de la plenitud y el poder de la promesa en la cual la iglesia ha sido llamada a confiar (Joyas de los testimonios, tomo 3, p. 205). Debería considerarse cuidadosamente el verdadero objeto de la educación. Dios ha confiado a cada uno facultades y poderes para devolvérselos aumentados y mejorados. Todos sus dones nos son concedidos para ser usados al máximo. Él requiere que cada uno de nosotros cultivemos nuestros poderes y alcancemos la máxima capacidad posible de utilidad, para que podamos hacer una obra noble para Dios y bendigamos a la humanidad. Cada talento que poseemos, ya sea de capacidad mental, dinero o influencia, es de Dios, de modo que podemos decir con David: “Todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos” (1 Crónicas 29:14) (Mente, carácter y personalidad, tomo 1, pp. 102, 103). “El temor de Jehová es el principio de la sabiduría; y la ciencia de los santos es inteligencia” (Proverbios 9:10). La formación del carácter es la gran obra de la vida; y un conocimiento de Dios, el fundamento de toda educación verdadera. Impartir este conocimiento y amoldar el carácter de acuerdo con él, debe ser el propósito del maestro en su trabajo. La ley de Dios es un reflejo de su carácter. Por esto dice el salmista: “Todos tus mandamientos son justicia,” y “de tus mandamientos he adquirido inteligencia” (Salmo 119:172, 104). Dios se nos ha revelado en su Palabra y en las obras de la creación. Por el libro de la inspiración y el de la naturaleza hemos de obtener un conocimiento de Dios (Patriarcas y profetas, pp. 646, 647).

 

Domingo 3 de abril: Juan el Bautista y “la verdad presente”

Cuando el Espíritu Santo mueve al agente humano, no nos pregunta de qué manera ha de guiarlo. A menudo lo usa de maneras inesperadas. Cristo no vino en la forma en que los judíos lo esperaban. No vino de una manera tal que los glorificara como nación. Su precursor vino a preparar el camino para él, llamando al pueblo a arrepentirse de sus pecados, a, convertirse y bautizarse. El mensaje de Cristo fue: “El reino de Dios está cerca: arrepentíos, y creed al evangelio”. Los judíos rehusaron recibir a Cristo, porque él no vino según la forma en que lo esperaban. Las ideas de hombres finitos eran tenidas como infalibles, porque eran de venerable edad. Este es el peligro al cual la iglesia se halla expuesta ahora, es a saber, que las invenciones de hombres finitos determinen la forma precisa en que debe venir el Espíritu Santo. Aunque no quieran reconocerlo, algunos ya han hecho esto. Y porque el Espíritu ha de venir, no para alabar a los hombres o para construir sus erróneas teorías, sino para reprobar al mundo de pecado, de justicia y de juicio, muchos se apartan de él. No están dispuestos a ser despojados de su justicia propia. No están dispuestos a cambiar su justicia, que es injusticia, por la justicia de Cristo, que es la verdad pura no adulterada. El Espíritu Santo no adula a ningún hombre, ni trabaja de acuerdo con el designio de algún hombre. Los hombres finitos, pecadores, no han de manejar al Espíritu Santo. Cuando éste venga como un reprobador, por medio de cualquier agente humano a quien Dios escoja, le toca al hombre oír y obedecer su voz (Testimonios para los ministros, pp. 61, 62). Y ya también —decía el profeta— el hacha está puesta a la raíz de los árboles: todo árbol pues que no hace buen fruto, es cortado, y echado en el fuego”. No por su nombre, sino por sus frutos, se determina el valor de un árbol. Si el fruto no tiene valor, el nombre no puede salvar al árbol de la destrucción. Juan declaró a los judíos que su situación delante de Dios había de ser decidida por su carácter y su vida. La profesión era inútil. Si su vida y su carácter no estaban en armonía con la ley de Dios, no eran su pueblo. Bajo sus escrutadoras palabras, sus oyentes quedaron convencidos. Vinieron a él preguntando: “¿Pues qué haremos?” Él contestó: “El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo”. Puso a los publícanos en guardia contra la injusticia, y a los soldados contra la violencia. Todos los que se hacían súbditos del reino de Cristo, decía él, debían dar evidencia de fe y arrepentimiento. En su vida, debía notarse la bondad, la honradez y la fidelidad. Debían atender a los menesterosos, y presentar sus ofrendas a Dios. Debían proteger a los indefensos y dar un ejemplo de virtud y compasión. Así también los seguidores de Cristo darán evidencia del poder transformador del Espíritu Santo. En su vida diaria, se notará la justicia, la misericordia y el amor de Dios. De lo contrario, son como el tamo que se arroja al fuego (El Deseado de todas las gentes, p. 82)

 

 

Lunes 4 de abril: El contraste en el desierto Satanás es un engañador.

Cuando él pecó en el cielo, aun los ángeles leales no discernieron plenamente su carácter. Esta es la razón por la cual Dios no destruyó en el acto a Satanás. Si lo hubiese hecho, los santos ángeles no hubieran percibido la justicia y el amor de Dios. Una duda acerca de la bondad de Dios habría sido una mala semilla productora de amargos frutos de pecado y dolor. Por lo tanto, el autor del mal fue dejado con vida hasta que desarrollase plenamente su carácter. A través de las largas edades, Dios ha soportado la angustia de contemplar la obra del mal, y otorgó el infinito Don del Calvario antes de permitir que alguien fuese engañado por las falsas interpretaciones del maligno; pues la cizaña no podía ser extirpada sin peligro de desarraigar también el grano precioso. ¿Y no seremos nosotros tan tolerantes para con nuestros semejantes como el Señor del cielo y de la tierra lo es con Satanás? (Palabras de vida del gran Maestro, p. 61).
El carácter del gran engañador se mostró tal cual era en la lucha entre Cristo y Satanás, durante el ministerio terrenal del Salvador. Nada habría podido desarraigar tan completamente las simpatías que los ángeles celestiales y todo el universo leal pudieran sentir hacia Satanás, como su guerra cruel contra el Redentor del mundo. Su petición atrevida y blasfema de que Cristo le rindiese homenaje, su orgullosa presunción que le hizo transportarlo a la cúspide del monte y a las almenas del templo, la intención malévola que mostró al instarle a que se arrojara de aquella vertiginosa altura, la inquina implacable con la cual persiguió al Salvador por todas partes, e inspiró a los corazones de los sacerdotes y del pueblo a que rechazaran su amor y a que gritaran al fin: “¡Crucifícale! ¡Crucifícale!” — todo esto, despertó el asombro y la indignación del universo.
Fue Satanás el que impulsó al mundo a rechazar a Cristo. El príncipe del mal hizo cuanto pudo y empleó toda su astucia para matar a Jesús, pues vio que la misericordia y el amor del Salvador, su compasión y su tierna piedad estaban representando ante el mundo el carácter de Dios. Satanás disputó todos los asertos del Hijo de Dios, y empleó a los hombres como agentes suyos para llenar la vida del Salvador de sufrimientos y penas. Los sofismas y las mentiras por medio de los cuales procuró obstaculizar la obra de Jesús, el odio manifestado por los hijos de rebelión, sus acusaciones crueles contra Aquel cuya vida se rigió por una bondad sin precedente, todo ello provenía de un sentimiento de venganza profundamente arraigado. Los fuegos concentrados de la envidia y de la malicia, del odio y de la venganza, estallaron en el Calvario contra el Hijo de Dios, mientras el cielo miraba con silencioso horror (El conflicto de los siglos, pp. 555, 556).
Estudia día y noche el carácter de Cristo. Su tierna compasión, su inexpresable e incomparable amor por las almas lo indujeron a soportar toda la vergüenza, las injurias, los maltratos, las incomprensiones de la tierra. Acércate más a él, contempla sus manos y pies, lastimados y heridos por nuestras transgresiones. El castigo de nuestra paz sobre él, y por su herida fuimos curados (A fin de conocerle, p. 58).

 

Martes 5 de abril: Las tentaciones

Se declara expresamente que Satanás obra en los hijos de desobediencia y que no solo tiene acceso a su mente, sino que obra mediante su influencia, ora sea consciente o inconsciente, para atraer a otros a la misma desobediencia. Si los malos ángeles tienen un poder tal sobre los hijos de los hombres en su desobediencia, ¡cuánto mayor poder tienen los ángeles buenos sobre los que se esfuerzan por ser obedientes! Cuando ponemos nuestra confianza en Jesucristo, procediendo con obediencia para justicia, los ángeles de Dios obran en nuestro corazón para justicia...
Los ángeles vinieron y ministraron a nuestro Señor en el desierto de la tentación. Los ángeles celestiales estuvieron con él todo el tiempo que estuvo expuesto a los ataques de los instrumentos satánicos. Esos ataques fueron más severos que los que jamás haya soportado el hombre. Todo estaba en juego en favor de la familia humana. En ese conflicto, Cristo no pulió sus palabras. Dependió de un “escrito está” (Mateo 4:4).
En ese conflicto, la humanidad de Cristo fue puesta a prueba en forma tal que ninguno de nosotros comprenderá jamás. El Príncipe de la vida y el príncipe de las tinieblas se encontraron en un terrible conflicto, pero Satanás no pudo obtener la menor ventaja en palabra o acción. Las tales fueron tentaciones verdaderas, no artificiales. Cristo “padeció siendo tentado” (Hebreos 2:18)... En sus conflictos con Satanás, la familia humana dispone de toda la ayuda que tuvo Cristo. No necesitamos ser vencidos. Podemos ser más que vencedores, mediante Aquel que nos ha amado y ha dado su vida por nosotros. “Habéis sido comprados por precio” (1 Corintios 6:20). ¡Y qué precio! En su humanidad, el Hijo de Dios luchó con las mismísimas terribles y aparentemente abrumadoras tentaciones que asaltan al hombre: tentaciones a complacer el apetito, a aventurarse atrevidamente donde Dios no nos conduce, y a adorar al dios de este mundo, a sacrificar una eternidad de bienaventuranza por los placeres fascinadores de esta vida. Cada uno será tentado pero declara la Palabra que no seremos tentados más allá de lo que podamos soportar. Podemos resistir y vencer al astuto enemigo (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 110-112).
En la vida diaria tropezará con sorpresas repentinas, chascos y tentaciones. ¿Qué dice la Palabra? “Resistid al diablo”, confiando firmemente en Dios, “y de vosotros huirá”. “Echen mano... de mi fortaleza, y hagan paz conmigo. ¡Sí, que hagan paz conmigo!” Mire a Jesús en todo momento y lugar, elevando una oración silenciosa y con corazón sincero para que pueda saber cómo hacer su voluntad. Entonces, cuando venga el enemigo como avenida de aguas el Espíritu del Señor levantará bandera en favor de Vd. contra ese enemigo. Cuando esté a punto de ceder, de perder la paciencia y el dominio propio y manifestar un espíritu duro y condenatorio, dispuesto a censurar y acusar, será el momento de elevar al cielo esta oración: “¡Ayúdame, oh Dios, a resistir la tentación, a desechar de mi corazón toda amargura, ira y maledicencia! Dame tu mansedumbre, tu humildad, tu longanimidad y tu amor. No me dejes deshonrar a mi Redentor” (El hogar cristiano, p. 191).

 

 

 

 

Miércoles 6 de abril: La tierra de Zabulón y Neftalí

Fue en Capernaum donde Jesús residía en los intervalos de sus viajes de aquí para allá, y ésta llegó a denominarse “su ciudad”. Esta ciudad era adecuada para ser el centro de trabajo del Salvador. Siendo el camino de Damasco a Jerusalén y a Egipto, así como al Mar Mediterráneo, era un gran centro de viaje. Personas provenientes de muchos países pasaban por la ciudad, o se quedaban a descansar de sus viajes de aquí para allá. Aquí Jesús podía encontrarse con personas de todas las naciones y los rangos sociales, con los ricos y grandes, así como con los pobres y humildes; y sus lecciones serían llevadas a otros países y a muchos hogares. Así podía excitarse el interés en la investigación de las profecías; la atención sería dirigida al Salvador, y su misión sería presentada al mundo (Servicio cristiano, pp. 158, 159).
Cristo pudo haber ocupado la posición más elevada entre los más destacados maestros de la nación judía. Pero eligió en cambio llevar el evangelio a los pobres. Fue de lugar en lugar, para que los que se encontraban en los lugares poblados y en los sitios apartados pudieran comprender las palabras del evangelio de la verdad. Trabajó en la forma como desea que sus obreros trabajen en la actualidad. Junto al mar, sobre la falda de la montaña, en las calles de la ciudad, se oyó su voz que explicaba las escrituras del Antiguo Testamento. Su explicación fue tan distinta de la explicación dada por los escribas y fariseos, que llamó la atención de la gente. Enseñó como alguien que tenía autoridad, y no como los escribas. Proclamó el mensaje evangélico con claridad y poder.
Nunca existió un evangelista como Cristo. Era la mayúscula majestad del cielo, pero se humilló para adoptar nuestra naturaleza a fin de encontrar a los hombres en el lugar donde están. Cristo, el Mensajero del Pacto, llevó las nuevas de la salvación a todos, ricos y pobres, libres y esclavos. ¡Cómo se agolpaba la gente junto a él! Venían de lejos y de cerca en busca de sanamiento, y él los sanaba a todos. Su fama como Gran Sanador se difundió por toda Palestina, desde Jerusalén hasta Siria. Los enfermos acudían a los lugares por donde pensaban que pasaría, a fin de pedir su ayuda, y él los sanaba de sus enfermedades. También acudían los ricos ansiosos de escuchar sus palabras y de recibir un toque de su mano. Así iba de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, predicando el evangelio y sanando a los enfermos — el Rey de gloria ataviado con el humilde ropaje de la humanidad (Consejos sobre la salud, pp. 314, 315).
Sed “amigables”, es un mandato bíblico. Todos tenemos nuestro temperamento peculiar. Algunos tienen muy vivo el genio, algunos se inclinan a ser hoscos, algunos obstinados y otros vulgares y rudos, ásperos en palabras. Por consiguiente necesitamos cultivar nuestro genio, dominamos a nosotros mismos... Mitigad todo lo que sea áspero en vuestro temperamento y pulid los ásperos bordes de vuestro carácter.
No seáis nunca agrios ni bruscos. Absteneos de enojos y desdenes, no importa cuán ofendidos os sintáis. Ganaréis respeto siendo respetuosos y corteses. Tratad a cada uno con cortesía; han sido comprados con la sangre de Cristo. Si tratáis de imitar a Cristo en vuestro carácter, la impresión sobre la gente no será hecha por vosotros sino por los ángeles de Dios que están precisamente a vuestro lado. Ellos tocarán los corazones de aquellos con quienes habláis.
Los que esperan ser compañeros de ángeles santos debieran poseer modales refinados. Si los principios de la religión cristiana son llevados a cabo en la vida diaria, habrá una bondadosa consideración hacia otros; porque ésta fue la característica de Cristo. Entonces, aunque un hombre pueda ser pobre, tendrá verdadera dignidad, porque es un noble de Dios (En lugares celestiales, p. 296).

 

 

Jueves 7 de abril: El llamado de los pescadores

Había llegado el momento en que los discípulos que estaban más estrechamente relacionados con Cristo debían unirse más directamente en su obra, para que estas vastas muchedumbres no quedaran abandonadas como ovejas sin pastor. Algunos de esos discípulos se habían vinculado con Cristo al principio de su ministerio, y los doce vivían casi todos asociados entre sí como miembros de la familia de Jesús. No obstante, engañados también por las enseñanzas de los rabinos, esperaban, como todo el pueblo, un reino terrenal. No podían comprender las acciones de Jesús. Ya los había dejado perplejos y turbados el que no hiciese esfuerzo alguno para fortalecer su causa obteniendo el apoyo de sacerdotes y rabinos, y porque nada había hecho para establecer su autoridad como Rey de esta tierra. Todavía había que hacer una gran obra en favor de estos discípulos antes que estuviesen preparados para la sagrada responsabilidad que les incumbiría cuando Jesús ascendiera al cielo. Habían respondido, sin embargo, al amor de Cristo, y aunque eran tardos de corazón para creer, Jesús vio en ellos a personas a quienes podía enseñar y disciplinar para su gran obra. Y ahora que habían estado con él suficiente tiempo como para afirmar hasta cierto punto su fe en el carácter divino de su misión, y el pueblo también había recibido pruebas incontrovertibles de su poder, quedaba expedito el camino para declarar los principios de su reino en forma tal que les ayudase a comprender su verdadero carácter (El discurso maestro de Jesucristo, P- 9).
Una vida dedicada a Dios no debe ser una vida de ignorancia. Muchos hablan contra la educación porque Jesús eligió a pescadores sin letras para predicar el evangelio. Aseveran que él manifestó preferencia por los analfabetos. Pero muchos hombres sabios y honorables creyeron las enseñanzas de Jesús. Si hubiesen obedecido intrépidamente a las convicciones de su conciencia, le habrían seguido. Su capacidad habría sido aceptada y empleada para el servicio de Cristo, si se la hubiesen ofrecido. Pero, frente a los ceñudos sacerdotes y celosos gobernantes, no tenían fuerza moral para confesar a Cristo y aventurar su reputación en relación con el humilde Galileo.
El que conoce todos los corazones comprendía esto. Si los educados y nobles no querían hacer la obra para la cual estaban preparados,
Cristo iba a elegir hombres que serían obedientes y fieles en hacer su voluntad. Eligió a hombres humildes y los relacionó consigo, a fin de que pudiese educarlos para que llevasen adelante por toda la tierra la gran obra cuando él la dejase. Cristo era la luz del mundo. Era la fuente de todo conocimiento. Podía preparar a los pescadores sin letras para que ejecutasen la gran comisión que les iba a dar (Consejos para los maestros, pp. 497, 498).
Nuestra primera tarea tiene que ver con nuestro propio corazón. Debemos practicar los principios verdaderos que conducen a la reforma. El corazón se debe convertir y santificar; en caso contrario, no tendremos relación con Cristo. Mientras nuestro corazón esté dividido, jamás estaremos preparados para servir en esta vida o en la futura. Como seres inteligentes, necesitamos sentamos a pensar si realmente estamos buscando el reino de Dios y su justicia. Lo mejor que podemos hacer es meditar seria y sinceramente en si estamos dispuestos a hacer el esfuerzo necesario para obtener la esperanza y lograr el cielo que aguarda al cristiano. Si por la gracia de Cristo llegamos a la conclusión de que realmente lo queremos, la siguiente pregunta será: ¿Qué debo abandonar en mi vida para que no me sea una piedra de tropiezo? (Cada día con Dios, p. 48)